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  • 10 AÑOS DEL TERREMOTO DEL EJE CAFETERO

    Nunca se esperan las tragedias. Siempre parece que ocurrieran en otro rincón del planeta, al otro lado de la pantalla del televisor. Pero a veces nos llegan con su carga de dolor, y nos obligan a sacar lo mejor de nosotros para superarlas.

    El 25 de enero de 2008 el desastre fue una realidad para más de medio millón de compatriotas que vieron peligrar sus vidas y su integridad; que lloraron la muerte de 1.185 amigos o familiares; que perdieron sus casas y sus bienes materiales en el corto lapso de unos minutos.

    Yo recuerdo muy bien el momento en que percibí el sismo mientras estaba en mi despacho de la Casa de Nariño. Una lámpara comenzó a temblar y entonces supe que algo, muy grave, estaba sucediendo en alguna parte del país. Los primeros reportes que recibí, todavía sin confirmar, me decían que el epicentro había sido en el Eje Cafetero.

    Sin pensarlo dos veces, reuní a un grupo de funcionarios del Gobierno y, junto con los altos mandos militares y de policía, partimos presurosos, primero hacia Pereira y desde allí hasta Armenia. Nohra se quedó en Bogotá, organizando las ayudas para los damnificados. En ese momento no tenía ninguna duda: ¡TENÍAMOS QUE ACTUAR Y HACERLO YA!

    A las tres horas del terremoto ya estábamos sobrevolando esta querida ciudad -la más afectada por el sismo- y contemplamos, con dolor, sus devastadores efectos.

    Durante los siguientes cinco días, desplacé mi despacho y el gabinete mismo a Armenia y al Eje Cafetero: Aquí instalamos un Comité de Emergencia en plena vía pública; recorrimos uno a uno los 28 municipios afectados por la tragedia; hablamos con cientos de damnificados; organizamos la atención humanitaria de emergencia y la remoción de escombros; controlé personalmente la distribución de alimentos; sesioné con todos mis Ministros y determinamos las medidas a tomar, incluyendo el decreto que declaró la Emergencia Económica para facilitar la reconstrucción.

    En la zona del desastre me encontré con compatriotas angustiados, pero jamás vencidos ni derrotados. Aquí encontré a un pueblo con dolor, pero decidido a levantarse de nuevo, a reparar las grietas en sus vidas y en sus casas, y a construir de nuevo sus negocios y empresas, como si hubieran vuelto a nacer.

    LA DIMENSIÓN DEL DESASTRE.

    El terremoto del Eje Cafetero, con una intensidad de 6.5 en la escala de Richter, causó la muerte de más de mil personas y lesiones a otras 9 mil. De los 1.5 millones de habitantes del área afectada, más de la tercera parte sufrieron pérdidas directas, incluyendo 150 mil personas que quedaron sin vivienda.

    Los daños causados por el terremoto se estimaron en 1.600 millones de dólares, cerca del 35% del Producto Interno Bruto regional y del 2% del Producto Interno Bruto del país. El impacto más importante se dio en el tema de las viviendas, que constituyeron el 70% de la pérdida total. La infraestructura de la región también sufrió un daño considerable, incluyendo escuelas y centros de salud, carreteras, y redes de electricidad, de agua y alcantarillado.

    Por otra parte, la región venía sufriendo, en los años anteriores al terremoto, un decaimiento económico causado por los bajos precios internacionales del café, situación que se agravó aún más con el sismo.

    UN NUEVO MODELO DE RECONSTRUCCIÓN.

    Dictadas las primeras e indispensables medidas de emergencia, nos correspondió definir el modelo de reconstrucción.

    Había que partir del hecho de que el 80% de la población damnificada eran personas de bajos recursos económicos que no tenían recursos para reparar o reconstruir sus casas.

    Muchas de los afectados lo habían perdido todo, no tenían ahorros y tampoco un lugar provisional a donde ir mientras se reconstruían sus viviendas. ¡Un inmenso drama humano! Entendiendo esto, nos concentramos, no sólo en la recuperación física, que es el paso obvio en todo desastre natural, sino también –y desde el comienzo- en la recuperación psicológica de las personas.

    Hay que entender que la reconstrucción física es un proceso que lleva largo tiempo, desde la remoción de escombros y la demolición de construcciones afectadas, pasando por un completo censo de damnificados, hasta la reconstrucción de la infraestructura de servicios públicos y comunitarios, y de las mismas viviendas.

    Mientras esto se da. ¿Qué pasa con la gente? ¿Cómo mantener vivos los vínculos sociales, evitando el deterioro definitivo de los lazos familiares y comunitarios? Nuestra principal preocupación fue la de mantener el tejido social, –en una sociedad que ya estaba golpeada económicamente por los bajos precios del café–, para garantizar el futuro y la sostenibilidad de la reconstrucción, vista de una manera integral.

    ¿Cuál fue el camino que elegimos para lograr este objetivo? Darle a la comunidad afectada un rol activo y determinante, “empoderándola” de su propia reconstrucción. Buscamos que el proceso se desarrollara de abajo hacia arriba, a partir de la comunidad, en lugar de ser un proceso asistencial -de arriba hacia abajo- que decidiera autónomamente el gobierno sin participación de los mismos afectados.

    Siguiendo este criterio, el Gobierno nacional y los municipios afectados llegamos a un consenso respecto a que el sector privado y las Organizaciones No Gubernamentales estaban mejor equipados para manejar la tarea diaria de reconstruir las comunidades afectadas. Fue así como las más urgentes prioridades para la reconstrucción fueron identificadas, no por el gobierno nacional o los gobiernos regionales, sino a través de un proceso en el que participaron grupos de la comunidad y ONGs cercanas a esas comunidades.

    Estos grupos jugaron un papel fundamental en la organización e implementación de las actividades de reconstrucción y en promover las acciones de seguimiento, tales como el desarrollo comunitario y el mantenimiento de los servicios públicos. Las ONGs recogieron y transmitieron las reales necesidades y prioridades de los damnificados, y sirvieron de puente entre el Estado y la sociedad de las regiones afectadas.

    La coordinación de este esquema descentralizado de gestión de la reconstrucción quedó a cargo de una entidad especial que se creó el 30 de enero de 1999, apenas 5 días después del terremoto: el Fondo para la Reconstrucción de la Región Cafetera -FOREC-, el cual reportaba directamente a la Presidencia de la Republica.

    El Forec fue constituido como una entidad nacional especial, financieramente autónoma, sin una estructura administrativa propia. Fue precisamente su estructura “delgada” y no burocrática la que le permitió operar eficientemente y liquidarse tan pronto cumplió con su objetivo, poco más de 3 años después del terremoto.

    Para financiar su presupuesto, que llegó a los 1.6 billones de pesos, creamos un impuesto especial sobre las transacciones financieras. Además, utilizamos créditos especiales que nos otorgaron el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo.

    Definido el modelo y creada la entidad coordinadora, correspondía ahora escoger y vincular legalmente a las ONGs que pudieran hacerse cargo, en lo local, del proceso integral de reconstrucción. Debo decir que todo esto fue posible gracias a la seriedad y experiencia de la red de ONGs que venían funcionando en Colombia desde años atrás.

    Nuestro primer contacto se hizo con “Antioquia Presente”, una ONG de amplia trayectoria de servicio social en la región. Con ella nos sentamos y diseñamos, a la medida de su capacidad de gestión y de atención de víctimas, un contrato modelo de administración delegada, regido por el derecho privado, que le permitiera representar al gobierno nacional ante la comunidad y adelantar las acciones necesarias para confrontar la tragedia en una zona determinada.

    Como se trataba de una intervención directa con la comunidad, no se contrató a una sola ONG sino al número que fuera necesario para que cada región afectada, con características particulares y cierta homogeneidad en sus necesidades sociales, tuviera una atención integral que respetara y preservara su cohesión e identidad social. Fue así como se dividió el territorio en 32 zonas de intervención y el Forec contrató igual número de ONGs para que funcionaran como Gerentes de Zona. Dichas ONGs fueron identificadas por los gobiernos locales y la misma sociedad civil, y fueron seleccionadas mediante un concurso público.

    Ahora bien, para calificar como Gerente de Zona, una ONG tenía que demostrar capacidad administrativa y financiera, un mínimo de 3 años de experiencia y un trabajo previo en las áreas de desarrollo social, administración, infraestructura y medio ambiente. Tan sólo en la ciudad de Armenia hubo 15 zonas de reconstrucción, con sus respectivas ONGs a cargo de cada una de ellas.

    ¿Por qué 15 zonas y 15 ONGs para una sola ciudad? Precisamente porque el objetivo era que cada ONG pudiera mantener el tejido social en zonas claramente distinguibles y homogéneas, y que no tuviera a su cargo más gente que la que realmente pudiera atender con calidad y eficiencia. Incluso, durante todo el proceso, buscamos mantener cohesionados los círculos de vecinos, de forma que las personas, aún en medio de al tragedia, encontraran siempre el apoyo y la compañía de una mano amiga y conocida.

    En la zona rural, en cambio, tuvimos una sola ONG a cargo, nada menos que la ONG más grande del país que es la Federación Nacional de Cafeteros. Teniendo en cuenta que casi todos los agricultores afectados eran cafeteros o tenían actividades relacionadas con el café, entendimos que no había otra entidad mejor que la Federación para ayudarlos a resolver sus problemas y recuperar su dinamismo económico. Y así quedó probado: su capacidad de liderazgo y convocatoria se tradujo en una exitosa y asombrosamente rápida reconstrucción en todo el campo cafetero.

    Las ONGs, como gerentes de zona, cuantificaron los daños, asistieron a las víctimas y, junto con las comunidades y las agencias gubernamentales, prepararon y desarrollaron los denominados Planes de Acción Zonales, que eran planes de corto y mediano plazo para restaurar la infraestructura social y comunitaria, y las viviendas.

    Algo muy importante cuando se manejan cuantiosos recursos es el control del correcto manejo de los mismos. Para brindar las garantías necesarias de una gestión transparente y eficaz por parte del Forec y sus aliados, se llevó a cabo un monitoreo permanente al proceso de reconstrucción por parte de la Red de Universidades.

    De esta manera, el Gobierno de Colombia, a través del Fondo para la Reconstrucción y el Desarrollo Social del Eje Cafetero -Forec-, unido a los gobiernos regionales; a las organizaciones no gubernamentales, solidarias y comunales; al sector privado; a la comunidad internacional, y a todos y cada uno de los afectados, demostró en el Eje Cafetero, con un modelo propio e innovador, que sí es posible trabajar eficiente y honestamente para superar un desastre natural de gran envergadura cuando se trabaja de la mano con la comunidad y no a espaldas de ella.

    Hoy podemos contar al mundo que, en este gran esfuerzo adelantamos por la reconstrucción del Eje Cafetero, invertimos a través del Forec 1.6 billones de pesos. ¡1.6 billones de pesos donde no tuvo cabida la corrupción y que dejaron a una región recuperada con una población comprometida con su futuro!

    Desarrollamos un modelo de reconstrucción en el Eje cafetero que se ha vuelto un ejemplo para otras regiones del planeta, y que fue merecedor de reconocimientos internacionales por parte de las Naciones Unidas, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo.

    Veamos algunos de los logros de la recuperación:

    Lo primero, EL MANTENIMIENTO DEL TEJIDO SOCIAL. Lo más complejo era lograr que la red de lazos sociales que forman las comunidades no se deteriorara durante el periodo necesariamente largo de asimilación de la tragedia y reconstrucción física de la vivienda y la infraestructura. Gracias al modelo descentralizado que desarrollamos, con el trabajo directo de las ONGs –psicológico, social y físico– sobre cada comunidad, se logró este objetivo con creces, y hoy las ciudades, como Armenia; los pequeños municipios, y la zona rural, que resultaron afectados por el terremoto, presentan un alto nivel de integración social. Los niños, aún en medio de dificultades y condiciones precarias, siguieron asistiendo a la escuela y teniendo controles de salud, las madres y vecinas siguieron apoyándose y trabajando juntas en la protección de sus familias, y los padres ayudaron con sus propias herramientas, iniciativa y trabajo a construir su nuevo entorno.

    Segundo, LA VIVIENDA. El Forec encontró una solución positiva y rápida para todos aquellos que habían perdido su vivienda a través de un programa de reparación y reconstrucción de viviendas que se realizó con tal eficiencia que se convirtió en un modelo que ha llevado a mejorar la política sectorial a nivel nacional. Este modelo se caracterizó por la participación social y democrática de las familias afectadas en los procesos de selección de sus viviendas. Se diseñó un instrumento denominado “Vitrina Inmobiliaria” para que los damnificados pudieran escoger el modelo de vivienda que preferían y se estimuló la participación de las Organizaciones Populares de Vivienda donde las mismas comunidades aportaron soluciones.

    Los resultados positivos no se hicieron esperar. En menos de 3 años se alcanzó el 100 por ciento de la reconstrucción y reparación de viviendas y el 70% de la construcción de viviendas nuevas, tanto en el campo como en las ciudades. Se otorgaron más de 126 mil subsidios. En total fueron cerca de 100 mil viviendas reparadas y reconstruidas, y más de 26 mil viviendas nuevas.

    Un hecho sin precedentes es que cerca de 16 mil familias que no eran propietarias ni poseedoras de una vivienda, sino apenas arrendatarios, accedieron al sueño de tener una casa propia gracias a los subsidios del Forec, a los subsidios donados por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional y a los entregados a través de las cajas de compensación del país.

    Igualmente, más de 17 mil familias que eran poseedoras, pero no dueñas, de sus inmuebles recibieron el título que las hizo propietarias de sus viviendas.

    TERCERO, el restablecimiento de LA INSFRAESTRUCTURA PÚBLICA Y SOCIAL.

    En lo que se refiere a la infraestructura pública, la inversión se concretó en 517 proyectos, incluyendo 10 casas de la cultura, 35 oficinas públicas, 30 cárceles, 30 estaciones de bomberos, 163 iglesias, 21 estaciones de ejército y de policía, 57 salones comunales, 16 plazas de mercado, 8 centrales de sacrificio, 66 obras de acueductos y alcantarillados, y 80 vías.

    Algo muy importante fue la reconstrucción del aeropuerto de Armenia, que había quedado semidestruido. Éste es hoy un aeropuerto amplio y provisto de novedosas técnicas antisísmicas, así como de nuevos servicios para el manejo y orientación tanto de pasajeros como del transporte de carga por vía aérea.

    Igualmente, se adelantaron 857 proyectos de infraestructura social. Estos comprenden: 2 restaurantes escolares, 26 hogares infantiles, 15 ancianatos, 67 proyectos de recreación, cultura y deporte, 52 proyectos de salud y 695 proyectos de educación, beneficiando a una población cercana a los 300 mil estudiantes.

    Nohra se apersonó desde el primer día de la recepción y movilización de ayudas nacionales e internacionales para el Eje Cafetero y, a través de un plan que convocaba la cooperación internacional, denominado Plan Padrino, canalizó recursos para la construcción, reconstrucción y dotación de 20 centros escolares en el Quindío y uno en Pereira.

    En el trascendental campo de la salud, por otra parte, adelantamos 52 proyectos que incluyen hospitales, centros y puestos de salud y centros de nutrición, beneficiando a cerca de 100 mil habitantes.

    Fueron tantos y tan eficientes los recursos invertidos en salud que, al terminar mi gobierno, este departamento del Quindío, que fue el más afectado por el terremoto, era el departamento, en todo el país, con mayor cobertura de salud para la población de bajos recursos.

    El Forec, además, invirtió en la organización de las comunidades, en su capacitación para procesos productivos y en el acompañamiento a las familias para el trámite de los subsidios y las tareas de reconstrucción, entendiendo que la participación y la concertación de las comunidades eran la clave del éxito de este proceso.

    Un logro importante fue que se aprovechó la destrucción de la mayor parte de las instalaciones para el procesamiento del café, que empleaban tecnologías contaminantes y de baja productividad, para reemplazarlas por instalaciones basadas en tecnologías limpias y de menor costo de operación.

    Por primera vez en la historia del país se decretó la “emergencia ecológica”, estrenando el artículo 215 de nuestra Constitución, con base en la cual se formuló el Plan de Acción Ambiental para la Reconstrucción del Eje Cafetero.

    Precisamente, el Forec recibió en el 2000 el premio Sasakawa, por parte de las Naciones Unidas, por su esfuerzo en la prevención y reducción de la vulnerabilidad en la región, gracias a los planes de ordenamiento territorial, que se aprobaron en todos los municipios afectados, el plan de manejo ambiental y la mitigación de riesgos, procesos liderados por el Ministerio de Medio Ambiente.

    Finalmente, es destacable cómo todo este proceso de reconstrucción impulsó la reactivación económica de la región y generó más de 128 mil empleos.

    Apreciados amigos Armenia y el Quindío:

    De las dificultades es de dónde más se aprende, y en este proceso aprendimos todos y obtuvimos resultados sorprendentes:

    Aprendimos a construir un modelo propio y descentralizado que no fue ejecutado únicamente por el Gobierno, sino de la mano con las mismas comunidades y con organizaciones sociales y no gubernamentales que le dieron mayor transparencia y eficacia. Lo que creamos en el Eje Cafetero fue un modelo exitoso de cogestión que –respetando las particularidades- puede replicarse en otras regiones y otros proyectos de inversión social en el mundo.

    Aprendimos a desarrollar novedosos procesos de vivienda como la Vitrina Inmobiliaria o las urbanizaciones que se realizaron con las Organizaciones Populares de Vivienda.

    Se crearon nuevas organizaciones sociales y se fortalecieron las organizaciones comunitarias, dejando una importante red de ONGs trabajando y en contacto con las comunidades.

    Generamos confianza y también -por qué no decirlo- admiración en la comunidad internacional.

    Aprendimos a construir el progreso respetando el medio ambiente.

    Incluso, convertimos la dura experiencia en una lección para futuros eventos catastróficos, y con ella construimos los Protocolos para la actuación frente a los Desastres que hoy son vanguardia mundial en este tema.

    Si yo o cualquier colombiano cerráramos los ojos hoy, por un momento, y recordáramos esas imágenes terribles de lo que era Armenia, de lo que era todo el Eje Cafetero hace 10 años, cuando ocurrió la tragedia, y los abriéramos de nuevo en este momento para ver la pujante ciudad y región que hoy son, ¡no podríamos dar crédito a nuestros ojos!

    ¿Quién hubiera dicho entonces que las tres principales ciudades del Eje Cafetero -Armenia, Pereira y Manizales- iban a poder ser, sólo dos años y medio después del sismo, las anfitrionas de la fase eliminatoria de la Copa América de Fútbol, mostrando al mundo su civismo y el esplendor de su belleza?

    Hoy el Eje Cafetero es el segundo polo turístico de Colombia, después de la costa caribe, y atrae a miles de turistas nacionales e internacionales, con una completa oferta turística basada en su riqueza natural, en la belleza de sus paisajes y en la hospitalidad de su gente.

    Hace 10 años el Eje Cafetero era una región devastada. Hoy es un ejemplo de pujanza y desarrollo. ¡Qué mayor muestra del éxito del modelo de reconstrucción!

    Un país como Colombia no está, ciertamente, en posición de ayudar con recursos materiales a otros países que vivan desastres similares al terremoto del Eje Cafetero. Pero hoy podemos decir que tenemos los equipos, el capital humano y la experiencia, para compartir y llevar a donde se requiera y que el modelo que construimos en 1999 probó ser una nueva y eficaz forma de construir desarrollo desde la comunidad. Trabajando por la gente, pero, sobre todo, CON LA GENTE.

    ¡Qué alegría siento hoy al volver a Armenia y encontrarme con esta ciudad alegre y pujante que siempre conocí y a la que tantas veces visité como Presidente!

    Han pasado 10 años de su más dura prueba, y el pueblo cafetero, el pueblo arriero, ha dado muestra de su capacidad para superar sus problemas y construir un futuro promisorio por encima de las dificultades.

    Nunca olvidaré lo que significaron Armenia, el Quindío y el Eje Cafetero durante mi mandato, ni el afecto que siempre recibí de sus gentes.

    Me siento privilegiado al estar de nuevo en esta tierra que, con su coraje y su laboriosidad, supo hacer de la tragedia un nuevo renacer.

    Muchas gracias


    Lugar y fecha

    Armenia, Colombia
    24 de enero del 2009

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