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  • A UN GRAN ACUERDO NACIONAL INVITÓ A TODAS LAS FUERZAS POLÍTICAS, SOCIALES Y ECONÓMICAS DEL PAÍS

    ALOCUCIÓN A LOS COLOMBIANOS

    Compatriotas:

    El camino del cambio y la tarea de enderezar el rumbo de nuestra sufrida Colombia están sembrados de espinas pero iluminados por la fe, la persistencia y la esperanza. Desde el comienzo de mi mandato, las decisiones que he tomado han estado inspiradas por la convicción de que son convenientes para el país. La medicina contra la crisis que nos afecta en diferentes campos, ha exigido la paciencia de los colombianos, pero ha sido un tratamiento necesario porque tenemos la vista puesta en el futuro de una Colombia mejor, con más democracia, más desarrollo y más justicia social.

    No han sido decisiones fáciles. Ni en lo económico, ni en lo político, ni en lo social, ni -por supuesto- en la paz. Llegamos con el encargo popular de no aplicarle paños de agua tibia a un enfermo grave, y hemos sometido al paciente a una cirugía mayor con todo el costo político que ello implica.

    Sin embargo, no hemos estado solos en esta tarea. Hemos buscado que nuestro trabajo sea lo más incluyente posible, hemos realizado consultas permanentes y, sobre todo, hemos escuchado al pueblo, con cuyas demandas y necesidades estoy comprometido.

    El clamor de los colombianos contra la violencia y en favor de la paz es masivo y contundente. Quien no lo escuche no sólo padece de sordera frente el grito unánime del NO MÁS, sino que sufre de una total insensibilidad humana. Yo lo he escuchado, y por eso he liderado desde el inicio de mi gobierno, con convicción y firmeza, un proceso de paz en el que vamos avanzando, en medio de los naturales escollos y las obvias dificultades. Ese movimiento espontáneo de los colombianos que por millones han salido a las calles para rechazar a la violencia en todas sus expresiones -secuestro, extorsión, masacres, asaltos, desapariciones- nos compromete a todos a hacer lo posible y hasta lo imposible por construir una salida pacífica a un conflicto armado que ha desangrado a Colombia por demasiado tiempo.

    Ese país que sale a las calles para clamar por el cese de la violencia entre los colombianos comprende que la paz es la mejor política económica, el mayor motor del crecimiento, de los programas sociales, de la inversión extranjera y, en general, de la reactivación, necesaria para generar empleo en nuestro país.

    Porque sin paz no hay país posible. Sin paz nuestro futuro no es viable. Y con la paz, en cambio, los colombianos todo lo podemos, puesto que ella constituye el principal cimiento de una gran nación.

    Y así como los colombianos hemos coincidido en nuestra posición contra la violencia y los violentos, también hemos entendido la urgente necesidad de desterrar para siempre las malas costumbres políticas que han estancado nuestro desarrollo, que han viciado nuestra democracia y que han demorado nuestro progreso y la mejoría de las condiciones de los colombianos más pobres y necesitados.

    El repudio del pueblo colombiano contra el cáncer de la corrupción no ha sido inferior al rechazo contra la epidemia de la violencia. Ambos, la corrupción y la violencia, son los mayores enemigos del futuro de Colombia y por eso no podemos dar un minuto de tregua en la lucha para erradicarlos del panorama nacional.

    Hace ya un mes me dirigí a  los colombianos para anunciarles la convocatoria de un referendo que constituyese la cuota inicial de la gran reforma de las costumbres políticas. Hace ya treinta días planteé una propuesta al país, que se ha quedado estancada en el Congreso.

    Esto no es nuevo. Durante diez años, a partir de la Constitución del 91, la reforma a las costumbres políticas no sólo no ha sido posible en el Congreso sino que éste ha impulsado contrareformas, restableciendo las suplencias y los viajes parlamentarios, y presionando por auxilios parlamentarios disfrazados de fondos de cofinanciación. Igual cosa ha sucedido en Departamentos y municipios. La verdadera descentralización, aquella que debía fortalecer las comunidades y liberar las fuerzas económicas y políticas se ha encontrado en demasiados casos con el chantaje de las clientelas que se han aprovechado de los presupuestos públicos, impidiendo la inversión en la gente.

    Es evidente que la vía del Congreso para auto-reformarse ha estado estancada por diez años y que la vía del referendo gubernamental corrió la misma suerte, generando además una confrontación dentro del Congreso que ha impedido que avance la tarea legislativa necesaria para consolidar la reactivación económica y recuperar el empleo perdido con la recesión.

    Ante esta situación, y ya vencidos los términos constitucionales para que el Congreso diera el primer debate a la propuesta de referendo sin que éste se cumpliera, es necesario entregar las llaves del cambio a la ciudadanía para volverlas a colocar en el único lugar donde deben estar: en la calle, en las veredas, en las universidades, ¡en manos de todos y cada uno de los colombianos, que son sus legítimos dueños!

    Por ello, hemos retirado el proyecto de referendo del Congreso de la República y optamos por la vía directa del cambio que consagra nuestra Constitución. Vamos a apelar al querer ciudadano, para que los colombianos que estén por el cambio y contra la corrupción y la politiquería se manifiesten con sus firmas, apoyando un referendo que interpreta fielmente su voluntad. ¡Ahora sí tendrá que oírse fuerte y claro la voz de la soberanía popular!

    Por primera vez se utiliza el referendo de iniciativa popular para que sea el pueblo quien lidere las reformas que no han sido posibles en el Congreso. La idea es permitir que cese la confrontación en el Congreso y que todos, quienes estamos a favor o quienes están en contra de las reformas, decidamos el cambio que queremos en las urnas el próximo 16 de julio.

    A quienes no quieren la revocatoria o están en desacuerdo con otros aspectos, los hemos invitado a disentir libremente. Estén seguros de que el Gobierno va a ofrecer todas las garantías para que quienes están a favor o en contra puedan ejercer su derecho democrático de apelar a su electorado.

    ¡Ahora el referendo está en las calles! ¡El cambio, colombianos, está en sus manos! ¡Y sé que en mejores manos no puede estar!

    La reforma a la política que tanto necesitamos no puede servir de pretexto para dejar de avanzar en un Gran Acuerdo Nacional, en concordia, por encima de los partidos, con una perspectiva de grandeza y solidaridad para el desarrollo económico y social del país. Para lograr este objetivo, he decidido abrir un espacio de diálogo que permita escuchar desprevenidamente a todos los sectores de la vida nacional . En esa tarea me encuentro desde el día de ayer y continuaré realizándola en los próximos días. Como gobernante me corresponderá interpretar el momento político en que se desenvuelve este acuerdo.

    La paz, la economía y el empleo, el narcotráfico y las relaciones internacionales son temas de supervivencia colectiva en los que debemos obrar con espíritu patriótico. No podemos cometer el error histórico como país de fraccionar nuestra voluntad para quedarnos rezagados en un mundo que está avanzando, mientras nosotros nos desgastamos en discusiones personalistas o mezquinas.

    Por ello, debemos realizar sin demora un Acuerdo Nacional sobre el Futuro, para resolver -de una vez por todas- nuestra viabilidad como sociedad. Y a ese Gran Acuerdo invito hoy a todas las fuerzas políticas, sociales y económicas del país.

    No caeremos en los errores de la década de los noventa, en los que un exagerado gasto público tuvo graves consecuencias para nuestra economía, particularmente sobre el empleo. Simulaciones adelantadas por Fedesarrollo indican que, de haberse mantenido un equilibrio en la finanzas públicas entre 1992 y 1998, el crecimiento de la economía hubiera sido mucho mayor y el desempleo no hubiera  superado el nivel del 10 por ciento.

    No podemos volver a caer en este error. Si el país desea generar más empleo, aumentar la producción, el ahorro y la inversión social, deberá contar con unas finanzas públicas viables en el mediano y en el largo plazo.  Pero para ello hoy requerimos el concurso amplio y el compromiso a fondo de sectores y fuerzas sociales, políticas y étnicas, sin las mezquindades pequeñas de la política y con la gran solidaridad de una empresa común para garantizar nuestro futuro como nación y el porvenir de las nuevas generaciones.

    Los temas que se pondrán sobre la mesa son esenciales: Asegurar desde ya que a todos nuestros pensionados se les paguen sus mesadas sin retraso alguno en los próximos años; evitar que los recursos de los departamentos y municipios terminen alimentando la burocracia y no le dejen dinero a la inversión social; garantizar que las transferencias territoriales sean fuente de una descentralización ordenada y sin los sobresaltos actuales, y rebajar y modernizar los impuestos para generar empleo. Estas son las decisiones que determinarán el rumbo social y económico para la Colombia del nuevo siglo. La mayor parte de los frutos de estas determinaciones no serán cosechados por este gobierno, pero nuestro sentido de responsabilidad nos obliga a pensar en grande y a no seguir dilatando la solución a los principales temas del país.

    ¡ Es la hora de la grandeza! Todos debemos asegurar el futuro de la nación.

    ¡Si no enfrentamos ya estas reformas inaplazables, unidos por el bien del país, no tendremos ninguna excusa frente a las generaciones venideras!

    Compatriotas:

    Hoy quiero también compartir con ustedes la buena nueva de que el Plan Colombia ha recibido una nueva manifestación de confianza y apoyo. El Comité de Presupuesto del Senado de Estados Unidos aprobó el paquete de recursos para Colombia, que estará especialmente centrado en la porción de lucha contra el narcotráfico en forma integral, la inversión social y la protección y respeto de los derechos humanos en nuestro país.

    El proyecto deberá ser considerado ahora por la plenaria del Senado. Sin embargo, es claro que la comunidad internacional en general, y Estados Unidos en particular, han ido tomando conciencia de la gravedad del flagelo del narcotráfico. Poco a poco hemos ido construyendo un verdadero consenso internacional alrededor de la solución de los problemas de los colombianos, muchos de los cuales como la violencia indiscriminada, el crecimiento de los grupos al margen de la ley y la corrupción se han visto fortalecidos como consecuencia de los dineros que emanan de esta actividad criminal.

    Colombianos:

    Se siente en todos los rincones de la patria una autentica voluntad de cambio y un legítimo deseo por participar activamente en la transformación de las formas tradicionales de hacer política. He interpretado esta voluntad popular como un mandato democrático y asumo íntegramente la responsabilidad de abrir caminos nuevos para que esa voluntad pueda expresarse libremente.

    Hoy los quiero invitar a que construyamos juntos nuestro futuro.

    Hoy los invito a que abandonemos los intereses particulares y partidistas en aras de más altos ideales.

    Hoy quiero reafirmar ante ustedes y ante el mundo el compromiso de mi gobierno con la lucha contra la corrupción y la erradicación de las viejas costumbres políticas, con el logro de la paz, con las necesarias reformas económicas para generar empleo y sanear nuestras finanzas, y con los programas sociales para mejorar la calidad de vida de los colombianos más pobres.

    ¡Unidos podemos! ¡No desperdiciemos esta oportunidad histórica!

    Que Dios los bendiga. Y que Dios me bendiga.


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    9 de mayo del 2000

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