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  • ALIADOS EN LA PAZ Y EN EL DESARROLLO DE NUESTROS PUEBLOS, RECORREMOS EL MISMO CAMINO

    Cena de gala ofrecida por sus Majestades los Reyes de España.

    Madrid, España, 15 de marzo de 1999.

    Quiero agradecer a Sus Majestades el privilegio de estar con vosotros en esta noche y ver a nuestro alrededor, en compañía de Nohra y de los colombianos aquí presentes, cómo la democracia crece en esta España de todas las horas bajo el liderazgo de la corona que es ese hilo conductor de un orgulloso pasado, un esforzado presente y un promisorio porvenir.

    Traigo el saludo reconocido de Colombia, el más sentido “Dios les pague” de las gentes de la zona cafetera afectada por el terremoto; traigo el agradecimiento de Colombia que sabe que, cuando se trata de solidaridad, España y los españoles son la primera presencia que tiende su mano cargada de afectos y de recursos.

    Quiero agradecer de forma especial la presencia en Armenia de Su Alteza el Príncipe de Asturias, quien sintió en la profundidad de su espíritu la magnitud de la catástrofe y estamos seguros de que él ha sido y seguirá siendo el más generoso Portavoz y Embajador de las gentes de Colombia ante los propios y ante la Unión Europea. Qué bueno es venir a esta España que bajo su manto tutelar y con el liderazgo de Don José María Aznar ha comenzado a realizar anticipadamente el sueño de una nueva democracia redefinida a partir del humanismo y de los valores; una democracia edificada sobre los sólidos cimientos de la Constitución Española que en buena hora logró congregar a los ciudadanos en torno a la idea de la participación y la libertad y que nos ha servido como modelo y ejemplo a muchas de nuestras naciones.

    Me gusta esta España, Majestades, que ha sido capaz de arrinconar la corrupción que al decir de Vuestro jefe de gobierno “es el que produce el daño más grande en el sistema democrático”. Me gusta ese planteamiento y a tanto ha llegado a mi pensar que me he dado a la tarea de distinguir entre la “ética de los medios” y aquella no menos importante que es “la ética de los fines”.

    Creo que la corrupción de los fines se produce cuando se descubre que la democracia tiene precio; cuando se tiene la certeza de poder cambiar con información malintencionada el curso de la política; cuando la política se vende y cuando los medios de información no tienen como finalidad hacer al ciudadano más consciente sino domesticarlo; creo que la corrupción de los fines acontece cuando el país no tiene proyectos que lo orienten, cuando se encuentra como nave a la deriva, cuando nadie sospecha siquiera cuál es el camino a seguir, cuando los valores se han extraviado en la satisfacción del interés particular y cuando la ostentación asume su vigencia con los dineros públicos.

    Nada hay peor que una nación que ha extraviado su destino. Es duro aceptar que hay diversas clases de terrorismo atentando contra la democracia y es preciso entender que junto a la violencia sin sentido de quienes no tienen la fuerza espiritual para convencer en democracia y en libertad, está la sospechosa complicidad de los corrupto s por acción, de los corrupto s por omisión, que permiten que pase lo que no debe pasar; de aquellos que piensan que sus privilegios de ayer les permiten seguir cobrando dividendos en el hoy.

    Yo he visto y he aplaudido la manera como los españoles desfilan contra la violencia, contra el secuestro, contra la barbarie y he escuchado cómo ascienden las voces de los demócratas apoyando el creciente beneficio del empleo, respaldando las acciones de seguridad y colocándose al lado de sus gobernantes cuando los percibe llenos de honestidad.

    Es por eso, Majestades, que en esta hora de interrogaciones tenemos que tener la valentía de frenar en seco si no queremos caer al abismo; tenemos que tener el coraje de decirles BASTA YA quienes han instaurado el reino de la muerte, bien sea por el problema mundial de las drogas ilícitas, bien sea por cualquier forma de violencia.

    Colombia, amigos, está formada por una inmensa mayoría de ciudadanos buenos, por una inmensa mayoría de mujeres y de hombres que han logrado descorrer el velo de la mentira para mirar a su país como debe vérsele: con amor pero con realismo, con optimismo y con fe en el futuro.

    Ningún país del mundo -y lo digo con la dolorida tristeza y con el orgullo que reconoce a sus propios mártires- ha hecho los sacrificios de la comunidad colombiana que lleva ya más de una década asistiendo a la inmolación de sus mejores hijos, que no quieren dar- se por vencidos y no van a entregar a la voracidad de la degradación la herencia de sus mayores. Jueces, periodistas, defensores de los derechos humanos, soldados, policías, intelectuales, sindicalistas, religiosos y políticos han caído para que la Patria no caiga.

    Hoy estamos empeñados en la búsqueda de la paz que todos los colombianos anhelamos. Estamos dispuestos a buscarla como prioridad, bajo la idea de una solución política al conflicto respetando siempre nuestro Estado de derecho. En la senda de la paz contamos con la unión de los colombianos que con fe en el futuro quieren darles a sus hijos una patria sin violencia.

    Contamos también, como Vuestra Majestad lo decía, con la comunidad internacional que ha respaldado con generosidad este proceso. El apoyo unánime otorgado por los Jefes de Estado y de Gobierno en la pasada cumbre iberoamericana de Porto es muestra clara del compromiso internacional con la Paz de Colombia.

    Es preciso que España nos ayude con su fortaleza espiritual a construir esa paz que debe surgir del respeto a la vida, que debe brotar del reconocimiento de los valores, que debe surgir del cuidado de los derechos humanos y que ha de cubrirse de tolerancia, esa bella virtud donde luego del reconocimiento de lo que le es esencial a una sociedad abre todas sus posibilidades a la diversidad.

    Necesitamos también vincular el desarrollo a la paz; es preciso saber que invertir en desarrollo es invertir en la paz y que invertir en paz es invertir en desarrollo. Es preciso entender que toda cooperación cultural puede constituir la apertura de un camino sobre el que puedan transitar los seres humanos del mañana; es preciso entender que hay que promover los derechos humanos pero también hay que estar dispuesto a cumplir los deberes humanos que les son simétricos.

    Mi gobierno piensa en una Colombia y cree en una Iberoamérica construida sobre las columnas de la Vida, de la Paz, de la Justicia Social y de la Verdad.

    Yo entiendo perfectamente que está naciendo una nueva dimensión de la democracia que no se agota en el voto, sino que se hace explícita en la participación de una sociedad que no es otra cosa que la comunidad organizada en términos de poder para realizar el Bien Común.

    Yo entiendo que está naciendo una democracia con menos Estado -pero más eficaz- y ciudadanos formados -eso sí- para el discernimiento.

    Yo entiendo que ha surgido una democracia que se vincula internacionalmente en el respeto a la dignidad de la persona humana. Yo entiendo que estamos frente a una democracia que asiste a la evidencia de que los derechos humanos se han desarrollado más rápido que las instituciones. Yo entiendo que los derechos humanos constituyen ese capital social irrenunciable de las naciones que sobrevivirán esta época de cambios y este cambio de época.

    Tengo la convicción de que Colombia es una opción por la vida y, por tanto, una tarea fundamental de mi Gobierno es la de proteger en todos los casos no sólo la “cantidad de vida” sino la “calidad devida”. Es necesario entender que en esencia el desarrollo es el paso de condiciones menos humanas a condiciones más humanas.

    Somos un pueblo capaz de darles sentido a sus esperanzas. Somos los colombianos de bien una gente orgullosa de ser lo que somos.

    Gobernar es tener la capacidad de producir cambios, gobernar es tener vivo el optimismo y ustedes han podido notar que estamos gobernando.

    En política he sostenido siempre que lo que importa no es tener la razón, sino tenerla a tiempo. Quiero una política que identifique al ciudadano con la vida, con la paz, con la verdad, con la justicia social; el ciudadano debe entender que el desarrollo y el Bien Común son los hilos conductores que lo unen al Estado.

    Es preciso insistir en que, si bien tienen razón aquellos que afirman que hemos llegado al final de las certezas, también tenemos razón los que afirmamos que una nueva certeza está refundando la política y esa nueva certeza es la del respeto a los derechos humanos.

    Hemos llegado, Majestades, en este siglo, al momento de la gran bifurcación, en donde para evitar la catástrofe del puente roto de la violencia se hace preciso “activar el cambio de vías” y girar hacia lo humano.

    Nuestra tierra es una y ella se hizo para el ser humano. La Ecología que es el “cuidado de la casa” no debe estar reñida con la Economía que es la “administración de la casa del ser humano” que es este mundo.

    Se trata de vivir juntos creando las oportunidades de definir qué tipo de desarrollo es el adecuado para hacerla con calidad; se trata de aprender a gerenciar, en beneficio común, este patrimonio que es la naturaleza; se trata de modificar el estilo de vivir que nos está llevando a la muerte del planeta; se trata de que tengamos un mismo escenario para vivir en paz con desarrollo, teniendo la certeza de estar dando satisfacción a ese desafío de la conciencia que consiste en salvar el planeta.

    Una sola CASA en el mundo obliga a pensar en un auténtico desarrollo humano sostenible, obliga a pensar en que si bien se es responsable de sí mismo también se es responsable de los otros; obliga a pensar que el Estado es un animador de la participación; obliga a pensar que hay que reinventar el sentido empresarial y actualizar- lo obliga a pensar que una sociedad justa es la que deja una herencia educativa capaz de fabricar el porvenir; obliga a pensar que las decisiones del Estado y de las empresas van vinculadas a la productividad -es cierto-, pero igualmente a la generación de empleo; obliga a pensar en una auténtica seguridad social al mismo tiempo que obliga a la participación y a la solidaridad.

    Es preciso hacer surgir la nueva democracia centrada en esa ECOLOGlA HUMANA que ofrece el escenario de un mundo que debe ser conservado y enriquecido para el logro de la felicidad personal y para el logro del ascenso de lo humano.

    Queridos amigos, estamos llegando al momento en que cruzaremos “Bajo el Umbral de la Esperanza”, una nueva época de la historia que nos va a pedir que pensemos y renovemos nuestro discurso; que nos va a pedir que respondamos qué debemos hacer juntos los países iberoamericanos en un mundo globalizado; que nos pondrá en evidencia las megatendencias de nuestra cultura, así como esas “megausencias” de lo humano; que nos planteará la responsabilidad social de la economía porque una economía que sólo produce un aumento de la pobreza y del desempleo no es una buena economía.

    Estamos llegando a un momento donde debemos dar cuenta de nuestra renovación espiritual; donde la ética aparece para decir su exi- gente palabra; donde la naturaleza se rebela y reclama vivir.

    Yo felicito en Vosotros, Majestades, al Pueblo Español porque supo llegar a la historia oportunamente; felicito en Ustedes a un Gobierno que sin abandonar el cuidado del presente supo descifrar los sig- nos de los tiempos del provenir.

    Colombia, aun en medio de sus dificultades, está igualmente haciendo lo que le corresponde con grandes sacrificios y renovadas esperanzas.

    Majestades:

    Qué bueno es regresar a la España de los antepasados y poder sentir- se parte de esta familia iberoamericana. Qué bueno es regresar aquí y sentir ese especial afecto por quienes nos regalaron esta palabra que se nos convierte en sueños, en aspiración, en canto y en solidaridad.

    Me perdonarán Sus Majestades si convoco con toda la fuerza del recuerdo a Don Alfonso X “El Sabio”, a Mío Cid, al Arcipreste de Talavera, a Lope y a Calderón, a Cervantes, a Bécquer y a Permán, a Larca y a Don Antonio Machado, a  Canovas y a Don Miguel de Unamuno, a Alberti ya esa inseparable presencia de Aranguren que supo descifrar los desafíos de la ética para los nuevos tiempos.

    Puedo bien decir que en ellos reposa buena parte de nuestro cotidiano existir y que ellos orientan todavía ese mundo que nace junto a nosotros.

    Vengo desde Colombia, la nación que al decir del Maestro Dámaso Alonso habla mejor el castellano, es decir, que expresa mejor en Iberoamérica el testamento de la hispanidad. Vengo de una nación que es consciente de sus señas de identidad; una nación de gentes buenas y esforzadas; de personas sencillas y trabajadoras que se prohíben la mentira porque quieren mantener como “señores viejos” la fuerza de su mirada y el poder de sus testimonios.

    Y sin embargo vengo de una nación que se enfermó de injusticia social hace mucho tiempo, en donde los que no quieren soñar matan los sueños todavía no despiertos de los inocentes o las ilusiones de los jóvenes o las pequeñas realizaciones de los que con mucho esfuerzo las han construido.

    Pero también vengo, Majestades, de un país que reacciona y acciona. Un país que -como bien lo pudo observar la comunidad internacional en la pasada tragedia de Armenia- es capaz de heroísmos inteligentes. Un país que merece la paz, que merece que sus conciudadanos sean respetados dentro y fuera de sus fronteras porque son los verdaderos héroes de la supervivencia.

    Dos veces tuve, Majestad, el privilegio de llegar a Usted como periodista ganador del Premio Rey de España, surgidos mis trabajos de la identificación de los grandes problemas sociales que afligían a mi Patria. Fueron momentos inolvidables para el periodista de entonces. En particular viene a mi memoria la ocasión en la que, con renovada fe en mi país y en el valor de la libertad, usted me entregara ese premio tan sólo unos días después de haber sido liberado de las manos de mis secuestradores.

    Hoy vengo como el político que ha tomado la alternativa y está encerrado con la realidad, en esa maravillosa faena donde la historia se reserva el aplauso tardío a lo que hayamos logrado, sin atender a riesgos ni peligros.

    Permítame Usted decir que con la cooperación de España y de todas las demás naciones que tengan la misma “buena voluntad” haremos doblar la cabeza a ese macabro encierro constituido por el problema de las drogas, la corrupción, la violencia, el irrespeto a los derechos humanos, la injusticia social y la degradación de la naturaleza. Se abrirá entonces el portalón donde podremos unidos mirar y construir una misma esperanza.

    Aliados en la paz y en el desarrollo de nuestros pueblos hemos de recorrer el mismo camino. Estoy cierto que nuestros hijos y nuestros nietos continuarán dando gracias a Dios y a nuestros antepasados por el don de la Hispanidad.


    Lugar y fecha

    Madrid, España
    15 de marzo de 1999

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