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  • CON UN PERIODISMO PROFESIONAL LOGRAREMOS LA CONVIVENCIA Y LA TOLERANCIA ENTRE LOS COLOMBIANOS

    Palabras del presidente Andrés Pastrana en la ceremonia de entrega del Premio Nacional de Periodismo “Simón Bolívar”

    Es ya costumbre que, atendiendo la amable invitación de José Alejandro Cortés, Presidente de Seguros Bolívar y de Ivonne Nicholls, el Presidente de la República se dirija a los periodistas en esta ceremonia, en la que se hace y se ha hecho merecido reconocimiento a la tarea de muchos de los aquí presentes.

    Es común, además, que esta ocasión se convierta en la oportunidad para proponer unos temas de reflexión sobre el papel del periodismo y sus relaciones entre el gobierno y los medios. Por eso, en mi doble condición de colega y presidente, me propongo en el día de hoy ofrecer algunos aportes a la discusión sana y actual sobre el periodismo.

    Pocos países necesitan tanto como Colombia un profundo intercambio de ideas sobre la tarea de la información. Nuestro país inmerso en un conflicto violento con más de 40 años de pervivencia se enfrenta a la posibilidad real de, por primera vez, negociar el fin de las hostilidades y el amanecer de la convivencia pacífica. y nos reconfortamos al empezar a ver síntomas alentadores que deben significar la anhelada reactivación económica que producirá más empleos.

    Hemos enfrentado tropiezos. Hemos encarado dificultades. Hemos caminado con paso firme y paciente. Pero no dudo en afirmar que, en materia de paz, hemos avanzado más en los últimos 10 meses de conversaciones que en toda nuestra historia reciente.

    Y estoy seguro que en el próximo futuro recuperaremos la senda de crecimiento que nos caracterizó en el pasado, acompañada de una merecida imagen internacional, producto de la seriedad y el compromiso con que encaramos nuestra diplomacia y nuestras relaciones comerciales y financieras.

    Sabemos, desde luego que nuestra tarea implica combatir el escepticismo originado porque esfuerzos similares terminaron en callejones sin salida.

    Pero tenemos fe y mantenemos razón en lo que estamos haciendo. Hemos avanzado con conciencia de las eventualidades pero con seguridad y convicción en nuestra tarea.

    He manifestado, en repetidas oportunidades, mi voluntad de escuchar las voces divergentes, las cavilaciones filosóficas y las dudas respetuosas.

    Todas estas opiniones, igualmente válidas y respetables, son fundamento de nuestro sistema democrático. Saludamos los espacios que ofrece la democracia para opinar y para disentir. El intercambio de ideas y la contraposición de tesis son elementos generadores del debate político sano y constructivo. Sé que a través de la consolida- ción democrática de consensos se construye la Colombia justa, pacífica y próspera que todos queremos. He escuchado esas voces. Comprendo su preocupación, no exenta del transcurrir político, aunque debo confesar que poco entiendo la ausencia de propuestas y el cierto facilismo que nace de la crítica prevenida y algo irresponsable.

    Los procesos de paz y de reconstrucción económica son labores de largo aliento, recorridos por múltiples dificultades y tachonados de momentos contradictorios tal como lo demuestran las experiencias de otros países. La posibilidad de ejercer la oposición en libertad no se conjuga con un ejercicio mordaz y excluyente de la misma.

    El ideario que defiende las libertades individuales y colectivas frente a las arbitrariedades del Estado constituye, desde la Revolución Francesa, el sólido fundamento de la estructura de una democracia, al reivindicar las garantías civiles sobre el poder despótico.

    Debemos reconocer, sin embargo, que dicha conquista ha puesto principalmente el énfasis en entender la libertad como la capacidad de obrar sin restricciones externas, otorgando preponderancia a la autonomía de la voluntad y a la necesidad de derrumbar todos los muros arbitrarios.

    Sin embargo, esta interpretación deja de lado la concepción de la libertad basada en la posibilidad de construir proyectos comunitarios y solidarios.

    La prensa libre es y debe ser un requisito para la vida en democracia. Pero la libertad de prensa no debe ser entendida sólo desde aquella perspectiva que rechaza las limitaciones arbitrarias, sino también desde la perspectiva que concibe la libertad como la capacidad de proteger la dignidad humana, fortalecer las redes sociales, la cultura democrática, la participación ciudadana, la tolerancia, y la posibilidad de transformar la realidad. La democracia exige hoy garantizar el respeto por los derechos ciudadanos, pero con fundamento en la existencia de obligaciones recíprocas, en especial la obligación de respetar la dignidad humana.

    Existe una sana preocupación por el papel que juegan los medios de comunicación en la actual situación del país. Es un debate que hay que fomentar y continuar. Veo con satisfacción las propuestas e iniciativas que provienen de las universidades, de los ciudadanos y los profesionales de la comunicación así como de los mismos me- dios en torno al manejo informativo sobre hechos violentos.

    El afán por aumentar los niveles de audiencia o de circulación no puede convertirse en el principal criterio para tomar la decisión de salir al aire o imprimir. No podemos permitir que se confundan los límites entre la concepción de libertad democrática y la posibilidad de ser utilizados como portadores apologéticos del mensaje del terror o en detrimento de la dignidad del hombre.

    Aunque es frecuente escuchar que vivimos en un mundo virtual en el que la forma prima sobre el contenido, el debate acerca de la función de los medios de comunicación debe orientarse primero al con- tenido de la información y no limitarse a la forma en que ella se transmite. Reconozco un esfuerzo en ese sentido en el acuerdo que sobre tratamiento formal de las imágenes producto de la violencia han fomentado los directores de los noticieros de televisión.

    La decisión de transmitir las escenas correspondientes a las manifestaciones violentas en blanco y negro es un primer paso en la dirección correcta. No sobra, sin embargo, precisar que la actuación de la fuerza pública no puede ser confundida en el marco de ese tratamiento con la arremetida de los violentos.

    Los medios tienen hoy una evidente capacidad para configurar y transformar la realidad, para convertirse en actores, y ser al mismo tiempo sujetos activos del cambio. La razón de ser de los medios, en un sentido político, está en la necesidad de los ciudadanos y de la comunidad democrática de tener acceso a la más completa información para poder tomar las decisiones.

    El obrar con intereses particulares o de grupo, la búsqueda de un impacto efectista con fines arbitrarios, la primacía de la imagen y el sensacionalismo para aumentar la audiencia o la circulación, la negligencia en la búsqueda de pruebas y testimonios que hagan integral el relato, constituyen el abandono de las obligaciones éticas y de la responsabilidad democrática del periodismo. Soy consciente de que no hemos llegado tan lejos. Pero cabe preguntarse si, en el afán del momento, no habremos bordeado algunas de las fronteras, muchas veces imperceptibles, entre ambas alternativas señaladas.

    Bien decía el ex mandatario tolimense Dario Echandía, con su natural perspicacia:

    “La convicción de que la unión nacional es la mejor política debería, pues, atemperar el espíritu de quienes asumen responsabilidades de conductores políticos y especialmente, de guías y orientadores de la opinión desde la prensa. Por tanto, deberían ser mucho más cuidadosos en la presentación de sus informaciones, más respetuosos de la verdad, más conscientes de su responsabilidad de comentaristas y preocuparse menos de estimular pasiones primitivas con miras a preparar éxitos electorales o simplemente a obtener provechos pecuruarios.

    Entre los males y abusos que de tal libertad puedan resultar (y de los cuales tradicionalmente han sido víctimas los mandatarios colombianos, aun los más rectos) y el daño que causaría la represión o censura a la expresión del pensamiento o la crítica a las actividades del gobierno, es preferible como mal menor el extremo de la libertad aun cuando ponga a prueba hasta el máximo límite la paciencia de los funcionarios (… )”.

    El reconocimiento que hoy se entrega a mis colegas es prueba de que, a pesar de las advertencias anteriores, no hemos transgredido nuestros límites. Los premios en prensa escrita, radio y televisión dan de la invaluable dedicación y el definitivo profesionalismo de los nominados.

    Sé que los premiados en las diferentes categorías establecidas por los reglamentos comparten los mismos honores. No es, por lo tanto, mi deseo reunir en un solo paquete la totalidad de los galardonados. Cada uno de ellos se distinguió, con propiedad y altura, en su oficio, en su ramo o en su medio. Son merecedores de la exaltación que les otorgó eljurado. A todos ellos quiero expresarles mi sincera felicitación.

    Sin pretender hacer una lista exhaustiva de las personas ganadoras quiero exaltar, de la misma forma en que lo hace el jurado del Premio Simón Bolívar, dos galardones dedicados al reconocimiento de sendos periodistas.

    Debo confesar que me encuentro en una disyuntiva difícil para hablar de mi amigo Julio Sánchez Cristo. Nos une una vieja y entrañable relación que no hemos abandonado ni en los más contradictorios momentos de fragor político cuando en algún momento, ya lejano, habitábamos orillas distintas de la contienda civilizada. No es fácil hablar, pues, de un amigo en momentos como este en donde ya ha sido exaltada su labor innovadora, su visión exploradora y su empuje luchador.

    Sin embargo, debo decirlo con franqueza, no puedo sentir más que algo de nostalgia ante la audacia y la constancia de Julito que le permitió convertirse, de la noche a la mañana, en uno de nuestros más destacados hombres de radio. Escalando posiciones, labrando su espacio y encontrando su público, inició una travesía arriesgada y que iba a ser fecunda, dejando de lado la televisión. En ese recorrido comenzó a adobar nuestros sábados y luego nuestras madruga- das con voces mágicas y sensuales que hacían perfecto sentido con sus preciosas compañeras de la hora del almuerzo. Con permiso de Letty, desde luego.

    Acompañaban esas voces, las palabras radicales que exigían un cam-bio, las que denunciaban, las que buscaban una salida a la crisis moral y las que anhelaban tiempos mejores para todos. Pero también se hacía presente la voz de líderes, de actrices, de médicos, de deportistas, de artistas, de políticos y de algunos personajes que parecían perdidos en la memoria colectiva de nuestro olvido. Estimo que es esa actitud y ese profesionalismo los que han valido el reconocimiento de ustedes, eljurado del Premio Simón Bolívar de Periodismo a mi amigo y colega Julio Sánchez Cristo.

    La obra de Hernando Corral es una larga crónica de acontecimientos solidarios con su vida inquieta y aventurera. “El Compañero”, como se conoce en el medio al merecedor del Gran Premio a la Vida y Obra de un Periodista, es la demostración palpable de que el trabajo periodístico de verdad empieza, se desarrolla y concluye con la reportería, labor que ha ejercido Corral, adentrándose en la profundidad de nuestros problemas, compartiendo sus puntos de vista, audaces y de avanzada, con sus colegas, sus fuentes y sus entrevistados y en filando sus baterías a la tarea de obtener una Colombia mejor donde quepamos todos.

    La independencia de Hernando, expresada desde los inicios de la re- vista Alternativa, le ha permitido en la vinculación de largo plazo con el Noticiero de las 7 ejercer su papel de periodista con toda pro- piedad, alejado de cercanías mal entendidas, amiguismos caros y posturas apriorísticas.

    y al mismo tiempo pocas personas han estado tan cerca de los acto- res del conflicto violento que desgarra a los colombianos. Corral ha consultado a la mayoría de los protagonistas de nuestra historia reciente sin importar su origen o sus motivos, con un único requisito: el de la búsqueda de la verdad. Gracias a sus reportajes, hemos podido conocer el pensamiento de nuestros más encarnizados opositores sin que medie una postura subjetiva o una actitud conciliadora frente a la violencia insensata o al crimen irracional. Por el contrario, su singular discreción y su agudo respeto le han hecho acreedor al mejor título que un periodista merece: el de la credibilidad.

    La exaltación de nombres como los mencionados me llena de orgullo y esperanza.

    Ellos con su profesionalismo y dedicación encarnan las voluntades que hacen parte de una nueva Colombia que no cejó ante la crisis y que empieza a ver, allá en el fondo del valle de dificultades por el que atravesamos, una era de prosperidad, justicia social y convivencia pacífica.

    Nos falta aún trocha por andar pero en días como hoy pienso que, en compañía de gente como ustedes, el camino ha de ser más corto.


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    14 de septiembre de 1999

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