APERTURA DE LA MESA REDONDA SOBRE LA ACCIÓN SOCIAL DESDE UNA PERSPECTIVA INTERNACIONAL2017-12-18T11:56:43+00:00

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INTRODUCCIÓN

Antes que nada quiero manifestar mi enorme complacencia porencontrarme hoy con personajes de tan alto nivel y calidad profesional y humana para tratar un tema que nos concierne a todos y que tiene cada vez mayor importancia en los tiempos que vivimos, como lo es el de la responsabilidad social del sector privado.

Mi colega y gran amigo, el señor Ex Presidente de Costa Rica, Miguel  Ángel Rodríguez; mi compatriota, amigo y líder caracterizado del  sector privado en Colombia, el doctor Luis Carlos Villegas; el Presidente de ese ejemplar grupo empresarial que es Unión FENOSA,  don Antonio Basagoiti, y don Adolfo Jiménez, Secretario General de la Organización Iberoamericana de Seguridad Social, darán sin duda realce a la discusión que se adelante en esta mesa.

Agradezco, por otra parte, a don Juan Reig, Presidente de esta II Feria de Acción Social de Valencia, y a las empresas y fundaciones organizadoras, la gentil invitación que me han hecho para moderarla, porque significa una oportunidad única para referirme al ejercicio de la responsabilidad social, cada vez más crucial en el desarrollo de las actividades de los gobiernos, las organizaciones internacionales, la sociedad civil, y, por supuesto, del sector privado.

IMPORTANCIA DEL SECTOR PRIVADO

Comencemos recordando un célebre pensamiento de Winston Churchill que puede dar el tono a este debate. Decía el célebre primer ministro inglés lo siguiente: “Algunos consideran al sector privado como un gran predador al que debe dispararse; otros le miran como una vaca a la que puede ordeñársele, y sólo algunos lo aceptan como lo que es: ‘el caballo que arrastra todo el carruaje’”.

No cabe duda de que el sector privado, más que un predador o un simple benefactor, es de muchas maneras el motor del desarrollo económico y social de las naciones, tanto aquellas desarrolladas como las que padecen grandes niveles de pobreza.

Un reciente estudio conducido por la UNCTAD muestra en términos comparativos que 29 de las economías más grandes del mundo son empresas multinacionales. Esto implica, porcentualmente, que un país como Ecuador produce ingresos comparables a los de Bayer o que la economía de Chile es comparable con la de Mobil.

La globalización está creando entidades empresariales con igual o mayor poder económico que los mismos Estados, y con una capacidad de penetración aún mayor, ya que su actuación traspasa las fronteras.

No es de asombrarse, entonces, que en una reciente encuesta realizada en 18 países de América Latina, en desarrollo de un estudio sobre la democracia en la región adelantado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, a la pregunta “¿quién detenta el poder en su país?” la mayoría de los encuestados hubiera dado como respuesta: “los grupos económicos”. En segundo lugar figuran los medios de comunicación y sólo en el tercer puesto aparece el Poder Ejecutivo del Estado. (Algo sobre lo que debemos reflexionar, amigo Miguel Ángel, todos quienes hemos creído alguna vez detentar el poder público…)

RESPONSABILIDAD SOCIAL EMPRESARIAL

Así pues, si el sector privado está ganando cada vez más en poder y capacidad de influencia, no cabe duda de que esta “ganancia” debe ser equiparable a su responsabilidad para con la comunidad con la cual y hacia la cual trabaja.

De ahí que se hayan desarrollado en los últimos años teorías económicas alrededor de la ética empresarial (business ethics) y de la gobernabilidad en el sector privado (corporate governance), tan importantes hoy en día como los más sesudos estudios políticos sobre el manejo del Estado.

Las empresas -aún las que operan únicamente en países desarrollados- están, sin duda, obligadas a hacerse concientes y corresponsables de su entorno. No es posible cerrar los ojos a la abrumadora realidad de que por lo menos la mitad de la población mundial (más de 3 mil millones de personas) vive en condiciones de pobreza, con ingresos inferiores a 2 dólares por día, y que, de estos, alrededor de 1.200 millones soportan situaciones de indigencia, con menos de un dólar al día.

Bien lo decía otro primer ministro británico, Clement Attlee, hace ya medio siglo: “No podemos crear un paraíso adentro, dejar un infierno afuera, y creer que vamos a sobrevivir”.

El deber de solidaridad es hoy, algo más que un imperativo moral, una necesidad estratégica para la supervivencia del género humano y de nuestra civilización.

Como lo anota el mexicano Carlos Fuentes, a propósito del proceso imparable de la globalización: “Si vamos a vivir en un planeta unido, la globalidad no lo será sin la responsabilidad”.

También me valgo de un pensamiento de Fernando Savater para redondear esta idea: “Por mucho que indudablemente el desarrollo económico deba a la iniciativa personal de unos cuantos, toda riqueza es fundamentalmente social y no puede desentenderse de sus obligaciones comunitarias, es decir, democráticas”.

Partiendo de estas premisas, se ha construido la doctrina de la Responsabilidad Social Empresarial, según la cual el sector privado debe asumir su parte en la tarea de hacer del mundo un lugar mejor, demostrando de esa forma su liderazgo y compromiso ciudadano.

¿Cómo hacerlo? Apoyando activamente la consecución de un desarrollo sostenible, que tiene tres dimensiones fundamentales, en todas las cuales es válida la acción del sector privado: Económica, Social y Ambiental.

Aquí cabe perfectamente la definición que da una ilustre catedrática de Filosofía de la Universidad de Valencia, Adela Cortina: “La responsabilidad social consiste en asumir voluntariamente las consecuencias de la empresa en el medio social y en el medio ambiente”.

Por supuesto, no podemos olvidar que la primera función de las empresas se refiere a mantenerse, crecer y producir beneficios económicos para sus propietarios. Con sólo cumplir, dentro de los marcos legales, con este rol esencial, ya están contribuyendo a la sociedad mediante la generación de empleo estable y el estímulo al crecimiento de la economía a través de sus aportes tributarios y parafiscales.

Pero una empresa abarca mucho más que sus propios propietarios, directivos y empleados. Toda empresa existe en una comunidad en la que está inserta y a la que puede afectar positiva o negativamente. Su papel, pues, también implica pensar en esta comunidad y en su bienestar, en los consumidores de quienes depende, y en el país y la región donde se ubica.

Se entiende que las empresas busquen el lucro, y esto por sí sólo puede ser fuente de riqueza particular y también de bienestar común. Sin embargo, dicha búsqueda, -si es inteligente y moral-, debe estar acompañada de un sentido de responsabilidad social y ambiental con la comunidad de la que derivan sus ingresos, en el sentido más amplio de la misma.

Volviendo a citar a la doctora Cortina: “Las empresas que asumen la responsabilidad social intentan articular el imperativo de la competitividad con el imperativo de la humanidad. Por supuesto, una empresa tiene que ser competitiva, viable, pero esta competitividad no la conseguirá si no es a través del imperativo de la humanidad”.

Así entendida, la Responsabilidad Social Empresarial es un concepto humanista bajo el cual las compañías incorporan a su plan de negocios las preocupaciones sociales y ambientales de la comunidad en busca de soluciones específicas que les beneficien como personas, no como consumidores.

Esto implica una gestión voluntaria que trasciende las obligaciones puramente legales, beneficiando a la comunidad mediante la inversión en el capital humano y la protección del ambiente, todo esto dentro de un marco de cooperación activa con los gobiernos e instituciones de fin social.

Aquí es importante tener en cuenta este triángulo que reúne los llamados tres sectores: el privado, el estatal y el de la sociedad civil. Para que la responsabilidad social empresarial produzca verdaderos efectos debe ser coordinada y consensuada, en lo posible, desde estos tres protagonistas.

Ahora bien: Resulta claro, hoy en día, que la responsabilidad social empresarial genera, por sí misma, beneficios colaterales a las compañías que se comprometen con ella.

Por un lado, envían un mensaje positivo sobre sus actitudes a todos los interesados, sean estos empleados, accionistas, consumidores, entes reguladores u organizaciones no gubernamentales, con lo que realizan una inversión en su futuro, contribuyendo a su propia generación de ingresos.

Además, los consumidores e inversionistas son hoy en día más sofisticados incluso que hace diez años. Ambos demandan que la compañía cuyos productos adquieren o en la cual invierten desarrolle sus negocios en forma socialmente responsable.

En un reciente estudio conducido por Environics International, se estableció que más del 25% de los inversionistas tiende a comprar o vender acciones basado en el compromiso social de una empresa.

Entidades de inversión, como la Dow Jones, han comenzado a publicar un “indicador de sostenibilidad” que les permite hacer una medición de aquellas empresas que activamente promueven el aumento de utilidades mediante la adopción de políticas de desarrollo sostenible.

En otro estudio, desarrollado por Market and Opinion Research Internacional,  se demostró que la imagen que el público tiene de una empresa se encuentra ligada más a la adopción de prácticas socialmente responsables que a la calidad de su marca o a la percepción de la gestión de su negocio. Sin duda, esto debe dejar importantes enseñanzas a los empresarios.

Por fortuna, ya muchos de ellos están tomando en cuenta esta nueva realidad. El aumento en el número de compañías que han comenzado a incorporar información sobre sus políticas sociales en los reportes anuales es un claro indicador de la aceptación que tiene el movimiento de la Responsabilidad Social Empresarial a nivel mundial, como motor de desarrollo y cambio en el comportamiento corporativo.

No más miremos estos casos como ejemplo:

Coca Cola -en su búsqueda por crear una red de vendedores, embotelladores y distribuidores de sus productos en África- ha invertido más en el desarrollo de la microempresa en dicho continente que USAID y la Comisión Europea juntas, generando un gran impacto en la pequeña y mediana empresa y en la forma de hacer negocios.
Otras empresas, como Merck y DaimlerChrysler, han contribuido a mitigar las consecuencias del SIDA en África mediante la entrega de tratamientos retrovirales a los empleados y sus familias, opciones que no se encuentran disponibles por parte de los gobiernos y que van más allá de lo prescrito en las legislaciones locales.

Estoy convencido -y, con seguridad, ustedes también- de que las empresas tienen un inmenso potencial para convertirse en factores de cambio y de progreso, particularmente en las naciones que sufren mayores problemas de pobreza y marginalidad.

PERSPECTIVA INTERNACIONAL

Entrando más al tema específico de esta mesa, que es la perspectiva internacional de la acción social, es bueno constatar que el movimiento para promover la Responsabilidad Social Empresarial no se limita exclusivamente a las empresas o las organizaciones no gubernamentales. En la práctica, diferentes organismos internacionales y gobiernos nacionales han adoptado medidas para estimular la adopción de prácticas responsables por parte del sector privado.

El Pacto Mundial de las Naciones Unidas, propuesto por el Secretario General Kofi Annan en 1999, en el Foro Económico Social de Davos, ha buscado desde entonces recoger un consenso y un compromiso voluntario entre las empresas del mundo para promover valores universales fundamentales que satisfagan las necesidades de la población mundial.

El citado Pacto agrupa dichos valores en 3 grandes áreas: los Derechos Humanos, el Ámbito Laboral y el Medio Ambiente. Vale decir, pretende que las empresas que se acojan a él -y ya son más de setecientas en 54 países del mundo- preserven, en su gestión, los derechos humanos; eliminen cualquier forma de trabajo infantil o de discriminación en materia de empleo, y alienten el desarrollo y el uso de tecnologías respetuosas del medio ambiente, entre otros varios propósitos.

¡Qué bueno que cada vez más empresas en Iberoamérica se vinculen y comprometan con este Pacto Global!

Debo decir aquí, en España, que la Unión Europea puede sentirse orgullosa en cuanto a que es el grupo de países donde más desarrollo ha tenido el concepto de la responsabilidad social empresarial en el mundo.

En efecto, durante la reunión de Lisboa del año 2000, los países miembros de la Unión Europea aceptaron discutir una propuesta que ha sido descrita como la «mayor campaña para estimular al sector privado a aceptar con mayor seriedad la Responsabilidad Social Empresarial», la cual fue sometida a consideración por el Centro Copenhague.

Como resultado, la Responsabilidad Social Empresarial ha sido incluida oficialmente en la agenda de la Unión, lo que se ha visto traducido en conferencias y la adopción de políticas internas por parte de los países miembros.

Estos esfuerzos llevaron a la publicación del Libro Verde de la Comisión Europea “Fomentar un marco para la Responsabilidad Social de las Empresas”, del año 2001, y a la Comunicación de la Comisión del año 2002, en la que se establece una estrategia para promover las aportaciones empresariales al progreso social y medioambiental, más allá de las obligaciones legales básicas.

Organismos internacionales, como el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y las agencias internacionales de cooperación, han comenzado, por su parte, a exigir un estudio de impacto social y ambiental antes de aprobar la financiación de cualquier proyecto.

En el ámbito americano es bueno resaltar noticias como la donación realizada el año pasado por el Banco Interamericano de Desarrollo de 1.1. millones de dólares para la Fundación Acción Empresarial con el fin de impulsar medidas para promover la responsabilidad social empresarial, comenzando por Chile, Brasil, Perú y El Salvador.

Seminarios y foros como en el que hoy nos encontramos también comienzan a realizarse en Latinoamérica, como lo demuestran el “Seminario Internacional de Responsabilidad Social Empresarial” que se efectuó hace un año en Santiago de Chile o el “Primer Foro de Responsabilidad Social para Presidentes y Líderes Empresariales” que se reunió en Bogotá hace apenas mes y medio.

EL CASO DE COLOMBIA

No puedo dejar a un lado, por supuesto, mi propia experiencia como Presidente de Colombia entre 1998 y el 2002, y mi percepción sobre el papel que puede tener el sector privado para contribuir a la solución de crisis tan profundas como las que vivió mi país, e infortunadamente sigue viviendo, muchas de ellas derivadas del prolongado conflicto armado que sufrimos, financiado por los dineros del narcotráfico y sostenido por la intolerancia de unos grupos guerrilleros que desecharon la más importante oferta de paz de su historia y optaron por el terrorismo.

A pesar de este conflicto, logramos sacar a Colombia de un estado de postración económica y la insertamos nuevamente en la corriente positiva de la economía mundial, controlando factores claves como la inflación, las tasas de interés y el déficit fiscal.

Debo reconocer y agradecer -más aún aprovechando la presencia del Dr. Luis Carlos Villegas, presidente del gremio de los industriales en mi país- el importante papel del sector privado en todo este proceso económico y social que permitió devolver a Colombia al camino del crecimiento y la confianza.

No sólo se vincularon los empresarios colombianos a diversos programas sociales lanzados por el Gobierno, como Computadores para Educar, el Día del Niño, los pactos de transparencia, etc., sino que participaron con entusiasmo en estrategias de largo plazo como la Política de Competitividad y Productividad, que impulsamos desde el Ministerio de Comercio Exterior, o la Agenda de Conectividad, que desarrollamos a través del Ministerio de Comunicaciones.

Precisamente, en el tema de la competitividad, entendimos que, para responder a las exigencias de los procesos de globalización, era necesario fomentar en las empresas el concepto de responsabilidad social, incluyendo el tema ambiental y la participación en proyectos de interés general.

La empresa privada colombiana, por tradición, ha estado comprometida con el país, obrando muchas veces con un criterio más nacional que gremial. Fundaciones apoyadas por las principales empresas desde hace ya varias décadas son ejemplo del apoyo prestado por el sector privado a la población más vulnerable del país, viabilizando sus microempresas, capacitándola, generando programas en el tema de la vivienda y la salud, entre muchas otras áreas.

Incluso en desarrollo del proceso de paz que llevamos a cabo con las FARC, encontré el mayor de los respaldos en el empresariado y los gremios nacionales, dispuestos a realizar grandes sacrificios para recuperar la paz nacional. Tuvimos siempre los buenos aportes intelectuales de la Fundación Ideas para la Paz y el continuo y comprometido acompañamiento del Consejo Gremial, que reúne a los presidentes de los diferentes gremios de la producción y del comercio.

CONCLUSIONES

Yo me pregunto: ¿cómo va a salir un país adelante si no es de la mano del sector privado, que es el principal generador de riqueza y de empleo, y, por consiguiente, de mejores condiciones de vida para la población?

En Colombia, en Latinoamérica, en España y en el mundo entero la adopción de políticas de responsabilidad social empresarial hace parte del continuo proceso de evolución de las economías de mercado, y es la clave para alcanzar al fin una etapa de capitalismo maduro.

No olvidemos que el germen del descontento y de las revoluciones en el siglo XIX y comienzos del XX radicó en las condiciones inhumanas a las que la llamada “revolución industrial” sometió a los trabajadores, sin preocuparse en absoluto por su desarrollo social y su bienestar económico. Las consecuencias de este capitalismo salvaje, sin dirección social, fueron millones de muertos y décadas de totalitarismo.

Hoy debemos entender que la historia nos sirve para no repetirla. El sector privado está llamado, está compelido, en estos albores del siglo XXI a buscar -no sólo por filantropía, sino por su propio beneficio- un bienestar general, basado en principios de equidad y justicia social, al igual que un desarrollo ambiental sostenible.

Siempre existirá una tensión y aparente desconfianza entre aquellos que promueven la justicia social y el sector privado, pero, en el largo plazo, ambos deben trabajar en forma conjunta a fin que el mercado sobreviva.

El tema de la Responsabilidad Social Empresarial se ha convertido en un asunto prioritario en virtud de la globalización y la apertura de mercados que se inició hace más de dos décadas y que ha dado como consecuencia un incremento en la inversión extranjera y el comercio con países del tercer mundo. Esto, obviamente, ha puesto en el centro del debate a las empresas multinacionales que hacen negocios en esos países.

El comercio, las inversiones internacionales y las nuevas tecnologías –potenciados por la globalización- han creado inmensa riqueza, y los empresarios, quienes se han convertido en el principal motor y beneficiario de este proceso, deben asumir el deber correlativo de velar por que esta riqueza sea distribuida en forma más justa y equitativa.

Debo resaltar que para el sector privado mantener el status quo no puede ser una opción, mientras que más de la mitad del mundo sucumbe en la pobreza, y más de 800 millones de personas sufren de física hambre, tal como lo reveló la FAO hace tan sólo una semana.

Incluso si se asumiera que el único interés y responsabilidad del empresario es generar su propia riqueza,  aquel debe enfocarse en buscar soluciones a la pobreza a fin de incrementar las oportunidades y poder adquisitivo de quienes podrán adquirir sus bienes y servicios.

Ahora bien: La mejor forma como el sector privado puede contribuir a mejorar el nivel de vida de quienes viven en los países más pobres del mundo consiste en invertir en esos países, haciendo negocios en forma responsable y sostenible, yendo más allá del simple cumplimiento de las leyes nacionales para atender estándares éticos y de bienestar superiores aceptados internacionalmente.

Aquellas compañías que invierten a largo plazo en el mejoramiento de la capacidad productiva de un país, promueven el mejoramiento de las condiciones de su gente. La inversión extranjera directa, en este sentido, no solamente crea trabajos, sino que permite la transferencia de conocimiento y tecnología, y el mejoramiento de las condiciones de educación y salud de la comunidad donde se la empresa opera.

Obviamente, hay un límite en lo que las empresas pueden hacer, pues no puede olvidarse que son, por esencia, organizaciones económicas con un fin lucrativo. De ahí que los gobiernos, los organismos internacionales, las organizaciones no gubernamentales necesiten también asumir responsabilidades activas -y no de simple control- a fin de dar solución a los grandes problemas sociales, económicos y ambientales del planeta.

He pretendido, con esta introducción, dejar planteado el tema en su aspecto general, para que lo enriquezcan a continuación los diversos panelistas desde sus diversos puntos de vista, ya sea como empresarios o como representantes del Estado o de la sociedad civil.

Por mi parte, les reitero mi convicción de que sólo obrando con solidaridad y responsabilidad hacia el futuro podremos obtener las verdaderas y mayores ganancias, que son las del espíritu, y construir un legado memorable, que es el que queremos dejar a nuestros hijos.

Termino, entonces, para cederles a ustedes la palabra, con una reflexión del gran escritor argentino Ernesto Sábato:

“La solidaridad adquiere un lugar decisivo en este mundo acéfalo que excluye a los diferentes. Cuando nos hagamos responsables del dolor del otro, nuestro compromiso nos dará un sentido que nos colocará por encima de la fatalidad de la historia”.

Muchas gracias.

Lugar y Fecha

Valencia, España
6 de mayo del 2004