CONFERENCIA ANTE LA XXX ASAMBLEA GENERAL DE LA ASOCIACIÓN IBEROAMERICANA DE CÁMARAS DE COMERCIO2017-12-18T11:57:23+00:00

Project Description

“Situación actual de la economía en Iberoamérica y perspectivas de futuro”

Cuando me invitaron a dar esta conferencia ante la Trigésima Asamblea de la Asociación Iberoamericana de Cámaras de Comercio me sentí particularmente honrado y, sobre todo, motivado por la calidad del auditorio y la importancia del tema propuesto: la situación de la economía en Iberoamérica y sus perspectivas hacia el futuro.

Antes que nada, -y debo aclararlo- no soy economista, pero sí he destinado mi vida entera al desempeño en la actividad pública de mi país y, como Presidente, tuve el reto y la oportunidad de trabajar, al frente de un equipo excelente de técnicos y economistas, para quebrar la tendencia decreciente que llegó a presentar su economía y reanudar el camino de estabilidad, seriedad y crecimiento que ha caracterizado a Colombia en el entorno internacional.

Con medidas muchas veces impopulares, pero necesarias, logramos poner al país de nuevo en la vía del desarrollo, bajando su índice de inflación a un dígito, controlando las desmedidas tasas de interés, liberando sin traumatismos su tasa de cambio y recuperando las cifras positivas en el comportamiento del PIB.

Todo esto se consiguió en medio de un difícil conflicto interno financiado por la inagotable fuente del narcotráfico, en cuya solución trabajamos sin descanso, a pesar de la intransigencia de los grupos subversivos, que derivaron tristemente hacia el terrorismo y traicionaron la voluntad de paz de todo un pueblo.

Con el bagaje de esta experiencia hoy quiero hacer algunas reflexiones sobre la situación que hoy viven las economías de Iberoamérica, cada una de ellas dentro de circunstancias particulares, si bien con un mismo contexto general, que es al que me referiré.

El nuevo desafío de América Latina

América Latina se encuentra hoy ante un desafío fundamental: la necesidad de redefinir el rumbo hacia el desarrollo económico y social. Ésta es una necesidad que surge después de haber apostado a realizar drásticas reformas estructurales a comienzos de la década pasada, sin percibir los beneficios prometidos, y después de haber esperado por varios años el regreso de altas tasas de crecimiento, que nunca llegaron.

La gran preocupación de los países latinoamericanos es recobrar una senda de crecimiento alto y sostenido. Infortunadamente, ni la estabilización de la inflación a niveles relativamente bajos, ni el mayor ritmo que ha venido mostrando la economía de los Estados Unidos, se han reflejado en la reactivación de la actividad productiva. Las proyecciones oficiales de crecimiento para este año se han reducido en varias ocasiones y, aunque las del año próximo muestran una mayor dinámica en la generalidad de los países, no alcanzan todavía niveles satisfactorios.

Como un factor positivo hay que anotar que, luego de la crisis que redujo los flujos de capital hacia la región, la abundante liquidez que hoy presentan los mercados internacionales ha posibilitado que retornen estos capitales, dándole un alivio a la pesada deuda externa que creció abruptamente con la devaluación de las monedas latinoamericanas.

La pregunta ahora es: ¿cómo mantener este creciente flujo de capitales dentro de un saneamiento progresivo de las aún maltrechas finanzas públicas? ¿Estamos realmente en Latinoamérica frente a un retorno de capitales más estable, o es éste apenas un respiro dentro de la volatilidad demostrada por dichos flujos en la década pasada?

La búsqueda de renovadas fuentes de crecimiento y la necesidad de reducir la vulnerabilidad externa han despertado de nuevo el interés por los procesos de integración comercial en la región, ahora también condicionados por elementos geopolíticos.

El fracaso de las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio en Cancún, México, y el papel protagónico que en ellas jugaron la mayoría de los países de la región, muestran claramente el interés de América Latina por repensar su proceso de crecimiento.

Por otro lado, el relativo estancamiento de las negociaciones tendientes a establecer el Área de Libre Comercio de las Américas -ALCA- que se ha producido a partir de los acontecimientos que rodearon las negociaciones en Cancún, y las dudas que existen sobre la viabilidad de una extensión del Mercosur, parecen haber despertado un afán en varios países por alcanzar tratados de libre comercio bilaterales con los Estados Unidos, tal como ya lo hizo Chile. Por el momento, sólo Centro América y Colombia han recibido una respuesta positiva del país del norte y avanzan en las respectivas negociaciones.

Mi esperanza es que el camino del ALCA se reactive y la región pueda avanzar de manera ordenada por el camino de la integración, elemento central del crecimiento futuro de sus economías. Pero ello sólo será posible en la medida en la que pueda establecerse un tratado más equitativo, consecuente con las diferencias relativas entre las distintas economías. Las negociaciones comerciales pueden ser la oportunidad para que el mundo desarrollado demuestre que puede romper barreras políticas que en el pasado han impedido una integración más equitativa.

Más allá de estos elementos, quiero llamar su atención respecto a unos problemas de gran profundidad que considero marcarán el futuro del continente latinoamericano.

Como dije al comienzo, la región se encuentra en un momento crucial de su historia ante evidencias que podrían estar señalando el fracaso del modelo de desarrollo que ha guiado el diseño de políticas en la última década.

Detrás de este fenómeno está un crecimiento lento, demasiado lento para servir de base a cualquier esfuerzo por incrementar el ingreso per cápita y aliviar la pobreza. Esto, sumado al hecho de que la política social no ha sido adecuadamente integrada dentro de la estrategia de manejo económico, ha conducido al deterioro de las condiciones de vida de la población, con mayor incidencia de la pobreza y el desempleo.

Adicionalmente, las economías de la región son cada vez más vulnerables a choques externos en los términos de intercambio y a los caprichos de los mercados internacionales de capital, lo que, de paso, genera dudas acerca de las bondades de la apertura comercial y de la integración financiera, elementos centrales de la globalización.

A esto puede sumarse el hecho de que nuestros gobiernos no tienen la capacidad financiera para poner en práctica políticas anticíclicas de carácter fiscal, ni cuentan con redes de apoyo social que permitan suavizar el impacto de estos choques.

Estos elementos combinados, -el lento crecimiento, el deterioro social, la vulnerabilidad externa y la imposibilidad de contrarrestar choques-, han sumido a los países de la región en una situación de virtual estancamiento que, por su prolongada duración, constituye un episodio único en la historia económica reciente.

Como es de esperarse, dicho estancamiento, con su efecto perverso sobre las posibilidades de inversión social y sobre el nivel de vida de la población, ha causado un profundo desencanto y una gran frustración en la población latinoamericana, que aún está esperando los frutos de la apertura democrática que acompañó el proceso de globalización.

Este escenario de fragilidad política, el prolongado período de virtual estancamiento económico y la falta de espacio para una política económica independiente y dirigida a las necesidades domésticas, contribuyen a conformar un peligroso clima de inestabilidad política que complica aún más la situación actual y hace más urgente su solución.

Frente a esta situación han surgido dos posiciones. Por un lado, están quienes condenan el modelo de desarrollo y proponen su inmediata supresión, para regresar al aislacionismo del pasado, aderezado con algunas porciones de populismo. Algo simplemente impensable en el escenario de la globalización.

Por el otro lado, está la propuesta de quienes sostienen que el problema del modelo de desarrollo seguido por América Latina no está tanto en el modelo como tal, sino en el hecho de que nos hemos quedado en la mitad del camino y que no logramos pasar el umbral donde el balance entre costos y beneficios comienza a favorecer a estos últimos. Esto se dice a menudo, por ejemplo, de la integración financiera a los mercados internacionales, cuyos efectos positivos no son aún plenamente evidentes, mientras que esa integración sí ha contribuido a aumentar la vulnerabilidad de las economías de la región a choques externos.

Se afirma que el problema está en que niveles bajos y moderados de integración no son suficientes para la generación de mayor crecimiento económico, pues no le proveen a la economía de la capacidad de absorción suficiente para asimilar los efectos de la integración, mientras que sí la hacen, en cambio, más frágil y la someten a crisis financieras recurrentes.

Sin embargo, esperar a que esta llamada “capacidad de absorción” se construya paralelamente a la adopción de estas reformas no es una opción inteligente. Soy de la opinión de que esa capacidad o incapacidad debe tenerse muy en cuenta desde el principio, como parte del diseño de las reformas mismas. No haberlo hecho en su momento puede ser el principal error del modelo de desarrollo de América Latina.

Hemos aprendido, sin embargo, y es necesario y urgente poner en práctica las lecciones adquiridas. Ya no es una herejía, por ejemplo, decir que la liberalización financiera debe hacerse con mucha mayor cautela que la comercial, ni mencionar la posibilidad de acudir eventualmente a controles a los flujos de capital como medida para disminuir la vulnerabilidad de nuestras economías, ni que las privatizaciones en los servicios públicos deben acompañarse de adecuadas instituciones de regulación, ni tampoco que las reformas a los regímenes de pensiones deben tener muy en cuenta la capacidad de pago de corto plazo de los gobiernos, independientemente de los beneficios de la reforma en el largo plazo.

También han quedado atrás las ideas de que es obligatorio escoger entre crecimiento y equidad, y que no es necesario complementar los beneficios del crecimiento con medidas que conduzcan a una mejor distribución del ingreso. De hecho, en la revisión de sus propuestas, los autores del llamado Consenso de Washington han llamado la atención sobre la necesidad de moverse en esta dirección y, más aún, han identificado una amplia gama de políticas que promueven la equidad sin afectar el crecimiento económico.

De la misma manera, al revisar la literatura económica reciente, en especial aquella que trata de identificar las causas del bajo crecimiento de los países latinoamericanos, es posible también llegar a la conclusión de que la vieja distinción entre crecimiento y desarrollo puede y debe ser superada. Dichos estudios han llegado a la trascendental conclusión de que el principal determinante del crecimiento es la calidad de las instituciones del país.

En efecto, los esfuerzos por invitar inversionistas extranjeros a venir a nuestra región sólo encontrarán eco si, al mismo tiempo, les aseguramos un marco legal adecuado y estable para la regulación y supervisión de sus actividades, bajos niveles de corrupción, mucha transparencia y gobernabilidad corporativa.

En general, hemos aprendido que existe una estrecha relación entre crecimiento y aquellas instituciones que favorecen el adecuado funcionamiento de los mercados. Esto puede no ser nuevo para muchos de ustedes. Lo que tal vez sí es nuevo es la coincidencia que se ha descubierto entre estas instituciones y aquellas que consolidan la democracia. La satisfacción de una sociedad con su régimen político va de la mano con la satisfacción que ella deriva de su sistema económico.

El buen comportamiento de la economía ya no es suficiente para asegurar gobernabilidad. Los países latinoamericanos enfrentan un delicado balance entre deuda pública, flujos de capital y crecimiento, de cuyo buen manejo dependerá que consigan el espacio necesario para emprender una política social ambiciosa. Para esto se requieren unas estrategias que, a mi modo de ver, se pueden resumir en una única e indispensable condición: CREDIBILIDAD.

La credibilidad, a su vez, está cimentada en la madurez que hayan logrado o logren alcanzar las instituciones de los diferentes países, desde las instituciones políticas como los partidos políticos y los parlamentos, hasta las instituciones económicas, especialmente los Bancos Centrales.

En medio de la incertidumbre sobre la inversión extranjera, las grandes deudas públicas y el bajo nivel de crecimiento, una crisis de credibilidad es particularmente grave porque se alimenta a sí misma, rompiendo este delicado balance y generando un círculo vicioso difícil de frenar.

Las instituciones y los países

Veamos algunos casos puntuales en Latinoamérica. Tanto Venezuela como Argentina han tenido que enfrentar crisis de credibilidad que, aunque diferentes, ambas tienen fuertes componentes institucionales.

El caso argentino ha sido especialmente complejo pues la dolarización le restó margen de maniobra y creó por sí misma un conflicto entre instituciones económicas y judiciales difícil de resolver. Por otro lado, aunque se intentó en varias oportunidades, no fue posible conseguir un consenso político, entre partidos o entre provincias, que le diera credibilidad a un ajuste fiscal, así fuera progresivo.

En el caso venezolano la crisis de los partidos e instituciones políticas lleva ya una década, con el agravante de que no hay señales de que esté en camino de superarse. Por el contrario, aún en medio de los más altos precios del petróleo de todos los tiempos, la crisis de credibilidad en este país se profundiza, llegando a golpear instituciones claves como la propia empresa petrolera nacional, PDVSA, cuyo manejo profesional es crítico en Venezuela.

La crisis venezolana nos muestra la compleja interrelación que existe entre los aspectos institucionales y políticos, por una parte, y los aspectos económicos, por la otra. Han pesado más la crisis institucional del país y las pocas luces sobre su resolución que las buenas cifras económicas que pudiesen derivarse del petróleo, en contraste, por ejemplo, con lo que ocurrió con la recuperación rusa después de 1998.

En Venezuela, la estabilización del país, como una primera etapa hacia el fortalecimiento de los partidos e instituciones políticas, dependerá de la respuesta que el Gobierno dé a la búsqueda de caminos institucionales para devolver la confianza a los mismos venezolanos.

Resulta interesante dentro de este marco diferenciar dos casos entre lo que muchos analistas ven indistintamente como parte de la ola de populismo que  sacude al continente. Me refiero a la importancia de diferenciar el caso de Venezuela, que surge de una crisis de partidos e instituciones políticas, del caso de Brasil, en donde el Partido de los Trabajadores del Presidente Lula ha tenido una historia y una presencia institucional importante.

Los ojos de los mercados internacionales se han volteado con razón hacia Brasil previendo que el gobierno de Lula pondrá a prueba la madurez de las instituciones.

En la medida en que los brasileños puedan ponerse de acuerdo sobre la importancia de la estabilidad macroeconómica como un objetivo de todos los partidos políticos, se abrirá un nuevo camino en donde la inversión extranjera directa encontrará un campo fértil para llegar, independientemente de las dificultades económicas de corto plazo.

El resultado final de Brasil -que veo con buen pronóstico- tendrá, creo yo, repercusiones importantísimas en el resto de América Latina, no sólo por el efecto sobre los flujos de capital, sino por su ejemplo sobre las instituciones políticas en el resto de los países latinoamericanos que aún no tienen instituciones maduras. Brasil podrá marcar la diferencia entre el populismo de los ochentas -cuyo fantasma asoma aún en algunos países- y la consolidación de un acuerdo alrededor de algunos temas fundamentales, entre ellos la estabilidad y responsabilidad en el manejo macroeconómico.

El caso colombiano

No he querido comenzar por el análisis de Colombia, -la experiencia que, por razones obvias, más conozco-, para hacerlo ahora dentro de este mismo contexto que les propongo. A mi modo de ver, a Colombia se le analiza a través de un prisma equivocado en donde prima el factor del conflicto y de la violencia.

La violencia, indudablemente, es un factor a tener en cuenta para la credibilidad y la confianza. Pero creo que la fortaleza y el desarrollo que han mostrado las instituciones colombianas no han sido estudiados ni valorados a fondo, especialmente en contraste con la mayor parte de América Latina. Incluso, puede afirmarse que la solidez de nuestras instituciones ha sido puesta a prueba, como ninguna otra, por esta violencia, y que ha salido, y sigue saliendo, airosa de esta prueba. La pacífica votación del referendo y los comicios regionales de hace dos semanas -sin entrar a analizar sus resultados- son un ejemplo palpable de la madurez que mantiene la democracia en mi país.

Uno debería preguntarse por qué la economía colombiana ha tenido un buen comportamiento a pesar de cuarenta años de conflicto. Es decir, ¿por qué, si el conflicto es tan central al análisis, Colombia ha crecido, en promedio, más que muchos otros países de la región que no sufren este problema?

Estoy convencido de que si la guerrilla hubiese aceptado la propuesta de paz del gobierno, esto hubiera sido un importante paso adelante. Sin embargo, lo contrario no significa haber dado un paso atrás a nivel institucional. El proceso de paz, como tal, fortaleció aún más las instituciones colombianas tanto internamente como a nivel internacional. Veamos dos ejemplos: la credibilidad de las Fuerzas Armadas entre la población colombiana pasó de un 30% a más del 80%, convirtiéndose en la institución con mayor respaldo y credibilidad en el país. Por su parte, la guerrilla perdió, no sólo el mínimo respaldo popular que creía tener en Colombia, sino también el apoyo internacional que antes tenía en Europa y América Latina.

Hoy el Presidente Uribe cuenta con el apoyo en recursos y tecnología de los Estados Unidos para continuar fortaleciendo el ejército, y con la comprensión -aunque todavía con pocos recursos- de Europa. Además cuenta con un amplio respaldo popular para derrotar a una guerrilla que ha decidido recurrir al terrorismo ante la disminución de su poder relativo. De esta manera, lo que alguna vez fue un conflicto político interno se ha ido convirtiendo a pasos acelerados en una lucha de todos los colombianos contra un grupo de criminales y terroristas financiados por el narcotráfico. Una lucha así, en la cual la sociedad no está dividida sino unida, es mucho más sencilla de resolver y no atenta contra las instituciones democráticas, aunque tenga sus dificultades logísticas y sus dolorosos costos sociales.

En materia económica los gobiernos colombianos siguen en el camino de reducir el déficit fiscal, más lentamente de lo que le gustaría a los prestamistas nacionales e internacionales, pero con una gran continuidad, sin grandes sorpresas o sobresaltos.

En Colombia, al igual que en el Brasil, la sostenibilidad de la deuda dependerá de que el crecimiento de la economía reaccione con más rapidez de la que ha mostrado desde la crisis de 1998. Las bases para la recuperación están dadas, entre ellas un conjunto estable de instituciones democráticas y unas instituciones económicas, incluido un Banco Central independiente, que han ido adquiriendo mucho más peso. Pero los flujos de capital están aún a la expectativa.

La indispensable inversión extranjera

Mi tesis, entonces, es que en la mayor parte de Latinoamérica las instituciones no se desarrollaron al tiempo con los mercados, lo cual dio paso a un desequilibrio estructural. Es claro que las reformas de los noventas exigían nuevos retos institucionales, que en la mayoría de los casos siguen rezagados. Los países que han logrado avanzar en esas reformas están mejor preparados para afrontar la globalización.

Ahora bien, la experiencia de los noventas sobre capitales golondrina y tasas de cambio fijas nos ha dejado graves dificultades, pero también valiosas experiencias. Hoy sabemos que  necesitamos vivir con menos deuda externa y, por lo tanto, desarrollar nuestros mercados de capitales. Y tenemos claridad en que debemos cerrar la brecha institucional. Chile y México, sin duda, han avanzado mucho mejor en estos campos que los demás países del continente.

El momento actual, sin embargo, es muy delicado. Sin flujos de capital no hay crecimiento y sin crecimiento es imposible soportar el peso de la deuda externa acumulada en el pasado y perseverar en las necesarias reformas estructurales. Los nuevos préstamos apenas servirían para pagar los intereses de la deuda vigente, ahogándonos en un remolino sin fin.

Este escenario sólo puede romperse si logramos poner en movimiento un proceso de crecimiento que esté fundamentado en incrementos en la productividad y que permita hacer un uso eficiente del escaso financiamiento externo con que contamos. Esto lo lograremos si este financiamiento viene acompañado de la tecnología, la experiencia y la cultura empresarial que acompañan a la inversión extranjera directa.

Así pues, la vía principal -casi la única- que les queda a los países latinoamericanos para salir de la trampa de endeudamiento externo en que han caído es la inversión extranjera.

La ventaja de la inversión extranjera directa radica en que ésta responde más a consideraciones de largo plazo, encontrando en los países receptores verdaderos socios y no simplemente «prestatarios». El inversionista extranjero le apuesta a un país y entiende que el futuro de ambos está estrechamente relacionado.

Esto probablemente es más cierto en América Latina que en cualquier otro continente: por eso afirmo que la inversión extranjera es casi la única salida que nos queda para acelerar nuestro proceso de desarrollo. Por fortuna, se trata de un camino de doble vía, que beneficia tanto a los países como al sector privado. Los empresarios deben ser conscientes de que la región brinda una oportunidad óptima para emprender nuevos y exitosos negocios que les permitan recomponer sus utilidades generando verdadera riqueza.

Mi llamado, entonces, en esta Asamblea que reúne, a través de sus Cámaras de Comercio, el pensamiento y la fuerza empresarial de Iberoamérica es para que los empresarios tradicionalmente vinculados a América Latina entiendan la verdadera naturaleza de los problemas que hoy enfrentamos, y especialmente las crisis de nuestra deuda externa. Para que no respondan automáticamente a las señales mal informadas y de corto plazo que hoy tiene virtualmente paralizado los mercados internacionales de bonos, sino que usen sus conocimientos y su experiencia directa en el momento de tomar sus decisiones.

Ustedes, que entienden que la globalización llegó para quedarse y que los retardos en aceptar esta integración sólo generarán inmensos costos económicos y políticos, son quienes pueden influir más decididamente en sus países para que América Latina reencuentre, más pronto que tarde, el camino del crecimiento y de la reducción de la pobreza.

Apreciados amigos:

Gabriel García Márquez dijo, en su discurso de aceptación del premio Nobel de Literatura, hace poco más de dos décadas, estas palabras con las que quiero culminar mi exposición:

“América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental”.

Si hacemos, entre todos, -retomando la cita de Gabo-, que los designios de independencia y originalidad de América Latina se conviertan en una aspiración occidental, habremos avanzado, sin duda, hacia un futuro de cooperación y equidad del que podremos enorgullecernos.

Muchas gracias

Lugar y Fecha

Sevilla, España
10 de noviembre del 2003