CONTINUAREMOS TRABAJANDO INCESANTEMENTE DENTRO Y FUERA DEL PAÍS, POR EL TRIUNFO DE LA PAZ2017-12-18T11:47:16+00:00

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Palabras del presidente Andrés Pastrana Arango, pronunciadas durante la ceremonia de entrega del premio de la paz, James A. Baker, en la Universidad de Rice.

Es para mí un gran honor estar hoy con ustedes recibiendo este premio, que lleva el nombre de uno de los hijos más distinguidos del estado de Texas, James Addison Baker III. Pocas personas han desempeñado un papel tan importante en la historia contemporánea como el señor Baker primero como jefe de personal del presidente Reagan; luego como Secretario del Tesoro; más adelante, y aun más importante, como Secretario de Estado de su buen amigo y coterráneo, el presidente George Bush. El señor Baker estuvo en el centro de la transformación de una Guerra Fría a un mundo de múltiples polos. Presenciaron el cambio diametral que sufrió el mundo, al que respondieron con empecinado optimismo, lo cual seguramente les hará merecedores de la más alta calificación histórica.

Desde la perspectiva del Hemisferio Occidental, el señor Baker también desempeñó un papel primordial, pasando de la tradicional posición de Estados Unidos, considerado El Coloso del Norte, a la de socio comercial y promotor de paz. En ninguna otra parte es esto más evidente que en el proceso de paz de Centro América, donde, tras años de batallas motivadas por diferencias divisionistas e ideológicas dentro del gobierno de los Estados Unidos, la administración Bush logró desempeñar un papel vital y marcar una diferencia perdurable en las vidas de millones de personas.

Surge, desde luego, NAFTA, acuerdo nacido del espíritu de Houston, un avance verdaderamente revolucionario en la forma de negociar de las Américas, como abanderado de futuros acuerdos comerciales con los Estados Unidos.

Estoy aquí para recibir este galardón, no a título personal, sino como representante del pueblo colombiano, un pueblo que con justicia siente orgullo de la comprobada democracia de su patria, de sus reconocidos logros culturales y económicos, y convencido, además, de que el conflicto armado que nos ha acosado durante los últimos cuarenta años debe tocar a su fin.

Mi campaña se basó en una plataforma de paz y recibí más votos que cualquier candidato durante nuestra historia democrática de ciento setenta y cinco años, lo cual le confirió a mi gobierno un mandato firme y sólido.

Si los ejemplos contemporáneos de Irlanda del Norte, Centro América y el Medio Oriente pueden servimos de guía, el logro de la paz, evidentemente, es un proceso y no solamente un acto de voluntad. Para culminar con éxito este proceso, se necesita el apoyo de una Nación, un Estado capaz de convertirse en el único garante de la libertad de su gente, en protector de su propiedad y en motor de su prosperidad. Sin el debido marco institucional, aun el acuerdo mejor intencionado fracasará. En segundo lugar, se requiere de la dimensión internacional. Con respecto a Colombia, dicha participación es necesaria, no sólo en aras de la paz, o como medio de aumentar la inversión y el comercio, sino también para poder desarrollar una campaña internacional contra una terrible amenaza: el tráfico ilícito de drogas, que envenena la vida, corrompe los valores y las instituciones, atenta contra el medio ambiente y está al acecho para abatir a nuestros hijos inocentes.

Muchos de ustedes conocen la gravedad de los problemas que afectan a nuestra nación. Sin exagerarles, este ha sido un año extremadamente difícil. Al asumir mi mandato, comprendí que estábamos en medio de una tormenta, cuya verdadera naturaleza nadie había predicho. El desempleo se había duplicado, el déficit fiscal se había cuadruplicado, todo en sólo cuatro años. El principal revés, sin embargo, fue el de un gobierno que dejó el marco del Estado más debilitado que en cualquier otro momento de la historia en los últimos tiempos.

Sin embargo, mi administración ha rehusado dejarse vencer por los acontecimientos, o cederle terreno al pesimismo. Por el contrario, estamos enfrentando estos retos de frente, guiados por los objetivos claros y las expectativas realistas que nos fijamos desde el primer día. Nuestra respuesta no fue diseñada para ganar concursos de ~o- pularidad, sino para reactivar y reconstruir nuestro país. Al término de mi mandato en el año 2002, las instituciones colombianas serán más sólidas y su sistema de gobierno más capaz y justo; no con carácter momentáneo, sino para perdurar en la vida de nuestra nación.

Sí, nuestros problemas son graves, pero gran parte de lo que ustedes escuchan en los medios noticiosos va más allá del predecible estereotipo desorientador o las declaraciones demasiado simplistas. Con franqueza, estoy muy alarmado ante las evidentes, y con frecuencia injustificadas imprecisiones con respecto a Colombia. Se habla de una nación al borde del colapso, o a punto de convertirse en un Estado narco guerrillero y yo estoy aquí para afirmar de manera categórica e inequívoca que este no es nuestro caso. Hace una década se escucharon afirmaciones parecidas, cuando Colombia enfrentó una amenaza mucho mayor contra la estabilidad nacional, las campañas terroristas de los carteles de la droga de Medellín. Sobrevivimos en ese entonces y hoy nos mantenemos igualmente firmes.

Mientras estoy hablando, las Fuerzas Armadas de Colombia están librando una eficaz campaña contra la insurgencia. Los reveses mi- litares de años pasados se han convertido en los éxitos militares de los últimos meses. Es el Estado, y no la insurgencia, el que está ganando terreno y, a la vez que nuestros soldados continúan arriesgando sus vidas en el frente, se están haciendo acreedores al respeto incondicional de cuarenta millones de colombianos. Hemos instaurado amplias reformas militares incluyendo la capacitación obligatoria en derechos humanos, con estándares aun más estrictos que los empleados por los militares estadounidenses.
Estamos eliminado el servicio militar obligatorio a fin de darle paso a la formación de una fuerza más profesional. Hemos ampliado la inteligencia compartida y la cooperación entre el Ejército, la Armada y la fuerza Aérea.

Estos cambios son indispensables, independientemente de nuestra situación interna debemos alcanzar la paz por la vía política.

Recuerden que lo que hoy día enfrenta Colombia, bajo ninguna circunstancia, es una guerra civil. Menos de veinte mil alzados en armas prácticamente una vigésima parte del uno por ciento de nuestra población están al borde de no poder hacer nada más, excepto promover y prolongar la violencia que cunde en nuestros campos y que contribuye al caos ocasionado por el narcotráfico.

Hace apenas un mes, estaba yo en los Estados Unidos, donde me presenté ante la Asamblea General de las Naciones Unidas y me encontré con el presidente Clinton y algunos líderes del Congreso. Parte de mi objetivo consistía en desmentir estos falsos rumores. Sin embargo, el fin primordial era develar un nuevo y completo Plan Colombia, una estrategia de cuatro etapas encaminada a reactivar nuestra economía, forjar una paz duradera, intensificar nuestra lucha contra el narcotráfico y, como elemento fundamental de la estrategia, como su piedra angular, fortalecer nuestro gobierno, tan- to a nivel local como nacional.

En el frente económico, el récord de Colombia no tiene paralelo con otros países latinoamericanos un crecimiento ininterrumpido de casi setenta años, una buena calificación para la inversión, una inflación relativamente baja, una trayectoria comprobada de cumplir todas y cada una de sus obligaciones económicas, un banco central sólido e independiente, una moneda estable, un espíritu empresarial a toda prueba y una economía que ha atraído más de trece mil millones de dólares en inversión extranjera durante los últimos cinco años. Cifra impactante, sin lugar a dudas, especialmente a la luz de los desafíos planteados por el narcoterrorismo, la insurgencia armada y la crisis económica, tanto regional como mundial, fuera de nuestro control.

Agreguemos a esto nuestros enormes recursos naturales representados en petróleo (el 90 por ciento de nuestras reservas aún continúan sin desarrollar), carbón y mineral de hierro, níquel y gas natural, metales preciosos y semipreciosos, madera y productos agrícolas; además, es evidente que contamos con las herramientas y los recursos y que estos se emplearán no sólo para amainar las tormentas, sino para prosperar y continuar creciendo.

Nuestras actuales circunstancias son causa de preocupación, mas no de alarma. De hecho, el mayor reto que enfrenta Colombia tiene mucho menos que ver con la insurgencia que con el desempleo. La inseguridad, la ansiedad, el temor y el hambre, estas son las mayores amenazas para nuestra sociedad civil y para la solvencia de nuestra nación. Las medidas que tomamos con anticipación están comenzando a dar frutos, aunque los remedios que hemos debido aplicar son drásticos y la cura no se puede dar de la noche a la mañana. No obstante, es indudable que estamos en vías de una verdadera recuperación.

Aun así, Colombia sólo puede hacer una parte, puesto que dentro de la economía globalizada de hoy, las naciones deben trabajar conjuntamente para estimular y expandir el crecimiento, sostener mercados libres y equitativos y crear mecanismos que eviten la recurrencia de crisis como las que nos golpearon el año pasado. Dichos mecanismos revisten especial importancia para países como Colombia, cuyas actuales circunstancias se han visto exacerbadas por la depresión internacional, a causa de la cual descendieron los precios de nuestros dos productos más importantes, el petróleo y el café, y toda nuestra región entró en recesión. Es por ello que mi gobierno está adelantando negociaciones con el gobierno de los Estados Unidos, a fin de garantizar un tratado de inversión bilateral que se ha debido suscribir hace tiempo. Pero ante todo, buscamos de forma activa y abierta el equivalente a la paridad de la ICB, lo que significa un acuerdo similar a la Iniciativa de la Cuenca del Caribe, una ley de preferencias comerciales que beneficia las relaciones comerciales de muchos de nuestros vecinos caribeños con los Estados Unidos. Lo que Colombia busca es comercio, no ayuda.

Es responsabilidad de mi gobierno y mi administración tiene la voluntad necesaria el emprender la expansión a gran escala y la reforma de nuestras instituciones, lo cual como consecuencia ya ha comenzado a traducirse en mecanismos de gobierno más saludables y confiables. Esto significa una participación ciudadana más activa y sostenida, tanto a nivel local, como nacional. Significa dotar a nuestras instituciones de los recursos necesarios para cumplir su labor fundamental que es, naturalmente, la de servir a la gente. Significa mejorar la infraestructura en aquellas zonas rurales ignoradas por el desarrollo y donde se anida la insurgencia.

Significa una fuerza mejor equipada dentro de la Policía Nacional para combatir la violencia y la delincuencia común, y para descubrir y desmantelar las operaciones de narcotráfico. Significa la expansión del sistema judicial, de manera que cada caso sea escuchado por un tribunal imparcial, cuyas normas se puedan hacer cumplir adecuadamente.

Y por último, aunque no menos importante, significa los recursos necesarios para mejorar la educación y los servicios de salud, a fin de garantizar que la siguiente generación de colombianos pueda crecer en medio de un ambiente de seguridad y paz, con posibilidades de alcanzar sus sueños.

Aun así, cuando ya se están haciendo los recortes necesarios al gasto público; cuando, con un costo de 1.000 millones de pesos, estamos reconstruyendo el eje cafetero devastado por un terremoto; y cuando le hemos pedido a todos los colombianos que contribuyan con nuestro Fondo para la Paz, lo que nos permitirá obtener fondos cercanos a los 800 millones de pesos, también es cierto que estamos en un momento de nuestra historia en el que buscamos asistencia de la comunidad internacional especialmente de las Naciones Unidas, la Comunidad Europea y los Estados Unidos. Dicha asistencia, la cual definí durante mi visita del mes pasado, asciende aproximadamente a 1.200 millones de pesos al año durante los próximos tres años y resulta esencial si hemos de alcanzar las metas fijadas bajo el Plan Colombia. La materia más notoria será el narcotráfico y es precisamente en este campo donde más se necesitará el apoyo de todos los países y todos los continentes. No hay un solo asunto, con la posible excepción de la protección ambiental, que tan claramente nos afecte a todos y por el cual todos seamos igualmente responsables.

Tanto individual como colectivamente, Colombia ha luchado infatigablemente contra la creciente ola del narcotráfico. Miles de nuestros más prominentes ciudadanos jueces y periodistas, políticos y policías han pagado el más alto precio en esta guerra y el mundo tiene con ellos una incalculable deuda de gratitud. Logramos resistir las campañas de terror de los carteles de la droga, que hoy yacen en ruinas. Sin embargo el tráfico de narcóticos, uno de los negocios más grandes del mundo, continúa atentando contra nuestras sociedades y nuestras instituciones.

En Colombia, los carteles del pasado le han dado paso a una industria más fragmentada y menos conocida, dificultando, por tanto, la penetración y el desmantelamiento de sus operaciones. No obstante, estos cambios no han logrado debilitar nuestra determinación y firmeza de hecho, hace apenas unas semanas incorporamos un nuevo batallón antinarcóticos, destinado a atacar a esta bestia de frente, con el ánimo de reducir el cultivo, además de lograr tener acceso y destruir sus redes de transporte. Este batallón es un reflejo directo de nuestro convencimiento de que el narcotráfico es el principal obstáculo para la paz.

Colombia no puede continuar adelantando esta campaña sin ayuda. Debemos procurar conjuntamente una mayor integración con respecto al lavado de dinero, que ha logrado filtrarse dentro de las instituciones financieras de todo el mundo. Se requiere, además, una mayor decisión para luchar contra el contrabando, puesto que las compañías multinacionales, especialmente las que venden tabaco, licores, electrodomésticos y artículos electrónicos, continúan inundando el mercado, con frecuencia a precios inferiores a los de los mayoristas, dejando sus productos en manos del mercado negro que trabajan en llave con los narcotraficantes, despojando así al Estado colombiano de los ingresos que requiere y perjudicando a la empresa lícita de nuestro país. Se necesitan normas rígidas, que se puedan hacer cumplir con respecto a la venta de sustancias químicas básicas, esenciales para procesar la cocaína, las cuales venden en cantidades alarmantes y no tienen ningún otro uso posible. Luego, estos químicos son descargados sin misericordia en nuestras selvas, bosques tropicales y a todo lo largo y ancho del delta del Amazonas, causando daños de largo plazo a uno de los principales aunque muy frágil ecosistemas del mundo.

Resulta igualmente cierto que, como claramente lo han demostrado las contiendas en Irlanda del Norte, Centro América y el Medio Oriente, que para que un proceso de paz pueda imponerse, la comunidad internacional debe hacer presencia para prestar su apoyo. De nuestra parte, los colombianos continuaremos haciendo todo lo que esté a nuestro alcance y dedicando todos los recursos disponibles hacia el logro de este objetivo. El mundo debe recordar que este, ante todo, es un proceso. Y como tal, llevará tiempo.

Sin embargo, los progresos ya alcanzados ameritan una mayor atención.

Durante los últimos quince meses se han dado pasos más importantes hacia la paz que la suma de todos los intentos de la última década. Me he reunido con los líderes de las Farc, el mayor grupo guerrillero; ya acordamos una agenda para las negociaciones y las conversaciones deben comenzar a finales de este mes. No obstante, el proceso para tener éxito no puede mantenerse en el vacío y es por ello que me he comprometido a realizar esfuerzos diplomáticos en nombre de la paz.

Para nadie es secreto que nuestro principal aliado internacional ha sido y continuará siendo Estados Unidos. Desde la época de John Quincy Adams y de Simón Bolívar, nuestra relación ha perdurado a través del tiempo, superando pruebas difíciles y como buenos vecinos, en nuestra postura regional contra el fascismo durante la Segunda Guerra mundial y en los combates en Corea, en una alianza para el progreso y contra el flagelo de las drogas ilícitas.

Comparto la opinión del señor Baker, quien en sus memorias, La Política de la Diplomacia, escribió: …Las coaliciones en el exterior tienden a perdurar si se basan en ideas y propósitos compartidos. Las diferencias son inevitables, pero no necesitan de otras mayores y abrumadoras causas comunes.

Las causas comunes compartidas por Colombia y los Estados Unidos apuntan hacia una coalición que seguramente prosperará. De nuestra parte mi gobierno continuará trabajando incesantemente, por encima de todos los peligros y dificultades, y a pesar de los reveses temporales continuaremos trabajando, dentro y fuera del país, por el triunfo de la paz, la derrota del comercio ilícito de drogas y por una economía mundial integrada que debe ser sostenida y defendida por un gobierno central fuerte, dedicado a preservar aquellos valores que para nosotros son sagrados, la democracia y la inviolabilidad de los derechos humanos. A lo largo de todos nuestros esfuerzos, confiamos en contar con su permanente apoyo y colaboración.

Lugar y Fecha

Houston, Estados Unidos
20 octubre de 1999