EN BOYACÁ, SE REAFIRMA EL COMPROMISO SOBERANO DE COLOMBIA CON LA CONVIVENCIA PACÍFICA Y LA DEMOCRACIA2017-12-18T11:48:11+00:00

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Palabras del presidente de la República, Andrés Pastrana Arango, con ocasión de los 180 años de la Batalla de Boyacá y del Ejército Nacional

Me dirijo al país en el aniversario de la libertad de Colombia investido con la autoridad presidencial que he recibido del pueblo colombiano, en cuyo nombre y atendiendo su mandato he asumido la búsqueda de una paz duradera entre compatriotas y hermanos.

Enfrente de estos grandiosos monumentos y de este pequeño puente que simbolizan uno de los momentos más trascendentales de la gesta libertadora, con la emoción palpable de pisar el mismo suelo que pisaron con sus pies maltrechos y mal calzados los soldados del coraje, quiero reafirmar el compromiso soberano de Colombia con la convivencia pacífica y la democracia.

Sobre esta tierra amada de Boyacá, cuna de la independencia americana, viene hoy el Presidente de los colombianos a rendir el más sentido tributo a los héroes que nos legaron con su sangre y su valor el privilegio inmenso de la libertad.

Un día como hoy, hace exactamente 180 años, a las dos de la tarde, en este escenario glorioso que recoge nuestro homenaje, se inició el enfrentamiento entre cerca de 2.700 soldados patriotas, armados de decisión y valentía, y otro número similar de miembros del ejército realista, que defendían la causa de su monarca.

Al mando de los patriotas, sobre su brioso corcel, como un centauro poderoso y vigilante, Bolívar dirigió desde la altura, con maestría y determinación, las acciones de sus tropas.

Podemos verlo todavía, con su mente rápida, su don de mando y su mirada de águila; todavía oímos su voz impartiendo las órdenes magistrales que habrían de desconcertar al enemigo y culminarían en la tremenda victoria cuyas consecuencias todavía celebramos y vivimos.

Su estatura moral se imponía sobre sus hombres, enfundado en un uniforme roto y manchado que dejaba ver las fatigas de las batallas y los extenuantes recorridos que lo habían llevado, -a él y a sus hombres-, en sólo 72 días, desde Matecal hasta ese momento culminante de su vida y de su tarea libertadora.

Después del heroico recorrido desde el Casanare, nuestras tropas libertadoras llegaron a la fecha gloriosa del 7 de agosto de 1819, que hoy conmemoramos con agradecimiento, respeto y veneración.

En tan sólo dos horas de intenso combate, el destino de Colombia y de América quedó sellado con la victoria contundente de las tropas libertadoras.

Hoy presentamos homenaje de gratitud a los héroes de Boyacá, que comandados por Bolívar hicieron posible el sueño de la libertad. Se nos llena de orgullo el corazón cuando mencionamos los nombres de los valientes de Boyacá, como lo fueron el general Francisco de Paula Santander, el general José Antonio Anzoátegui, el general Carlos Soublette, el coronel Joaquín París, el coronel Juan José Rondón, el coronel Ambrosio Plaza, el teniente coronel José María Córdoba y tantos otros oficiales, suboficiales y soldados que honraron con dignidad y valor la causa sagrada de la libertad.

Hace 180 años, en estos campos de gloria, el ejército patriota libró la batalla decisiva de la independencia. Por eso hoy también, con el mismo orgullo de sus antecesores, celebramos los 180 años del Ejército Nacional.

Son hombres y mujeres de honor, que hoy continúan la tarea de ese primer ejército libertador que pagó con su sangre y sus sacrificios el alto precio de nuestra libertad. Son los herederos de esa tropa heterogénea, conformada por criollos, mestizos, indios y negros, -la esencia misma de la nacionalidad-, que ganó el privilegio de la indepen- dencia.

Un ejército que mantiene sobre las bases de su tradición histórica, el compromiso indeclinable de respetar y defender la democracia, res- petar los derechos humanos, luchar por la paz y preservar la libertad que con tanto esfuerzo se ganó en estas tierras.

A ustedes: oficiales, suboficiales y soldados de mi patria quiero en esta fecha solemne rendir el más sincero tributo de homenaje y agradecimiento.

Como Presidente de todos los colombianos y en nombre de ellos quiero reconocer la dignidad, la valentía y el decoro con que nuestras Fuerzas Armadas, y en especial el Ejército de Colombia, cumple cada día con su difícil tarea de portar las armas en defensa de sus compatriotas, exponiendo y sacrificando su salud y sus vidas para preservar la vigencia de los principios que nos legaron los libertadores.

¡Cómo no estar en deuda con esos héroes de nuestro Ejército que han ofrendado sus vidas en el altar de la patria! A sus familias, a sus compañeros de armas, a todos los colombianos solidarios con el dolor de esas promesas truncadas en la flor de la juventud, les garantizo que su sacrificio no será en vano. Ellos han muerto por una causa noble, han dado sus vidas por las de todos nosotros, y algún día, cuando la aurora de la paz despunte en el horizonte de Colombia, inscribiremos sus nombres con letras de oro en las páginas de nuestra historia, y su memoria jamás será olvidada, como no olvidamos hoy la sangre derramada por los patriotas de la libertad.

Hoy quisiera hacer especial referencia al recuerdo de un soldado sencillo que propongo a la memoria colectiva como el ejemplo para todos los colombianos.

Me refiero al soldado boyacense Pedro Pascasio Martínez, quien era ordenanza del general Bolívar y encargado de sus caballos de batalla.

Pues bien: este colombiano humilde, de origen campesino, tuvo la suerte de encontrar al derrotado general Barreiro, oculto en unos barrancos cerca del río, cuando ya anochecía después de la batalla del 7 de agosto.

Inmediatamente, el soldado Martínez hizo prisionero al orgulloso general español, quien, viéndose perdido, le ofreció una faja de monedas de oro que tenía en el cinto, a cambio de que lo dejara escapar. «Yo soy el general Barreiro. Toma y suéltame», le dijo el abatido militar, a lo que el indignado Martínez le respondió en su léxico campesino: «Siga adelante. ¡Sino, lo arreamos!», y lo condujo a presencia de los líderes patriotas.

En estos momentos, cuando sentimos en carne propia los nefastos efectos de la corrupción y del narcotráfico, que generó la cultura del «dinero fácil», cuántos Pedros Pascasios Martínez necesitamos!: hombres puros, de principios morales, conscientes de su papel en la preservación de la sociedad y el desarrollo de su país. Hombres de honor, que no manchan su moral por unas onzas de oro. Hombres de cristal, transparentes, que puedan ver con ojos claros y sin vergüenza a sus hijos.

Yo creo en la honradez y siento la solidaridad de la inmensa mayoría de los colombianos, herederos morales del soldado Pedro Pascasio Martínez. A ellos acudo para que continuemos y avancemos aun más en los propósitos de transparencia y en la lucha contra la corrupción en los que está empeñado mi gobierno.

Hace un año, cuando asumí ante Dios y el pueblo colombiano la enorme responsabilidad de dirigir su destino, me comprometí con la recuperación de los valores de la sociedad y con la persecución de los corrupto s y el rescate de la honradez pública.

Pero todos los esfuerzos serán vanos, si no van acompañados de una voluntad de colaboración y denuncia por parte de los colombianos, porque los corrupto s se alimentan del silencio y las sombras, pero nunca podrán triunfar bajo la luz del sol.

Por eso este día, a pocos pasos del lugar donde el soldado Pedro Pascasio Martínez hace 180 años rechazó el soborno ofrecido por el general Barreiro, quiero invitar a todos mis compatriotas a convertir su figura en un ejemplo de lo que debe ser la conducta intachable del colombiano.

Al término del primer año de mi mandato, desde este campo de Boyacá, en el que Pedro Pascasio Martínez ocupó un sitio ejemplar al lado de nuestros libertadores, vengo a hablarle a los colombianos del proceso de paz, de su desarrollo, de sus perspectivas y de sus obstáculos, convencido de que la paz para Colombia significa justicia social, economía próspera, esperanza y futuro.

Si algo puede definir los últimos doce meses de gobierno es la generosidad manifiesta, contra viento y marea, en el proceso de búsqueda de la paz. La palabra empeñada y la buena fe son -sigo convencido de ello- las exigencias mínimas de un pueblo a su gobernante, porque el compromiso con el futuro se construye sobre la base de la confianza y con el cimiento único y duradero de la verdad. El pacto para un mañana debe hacerse sobre la base de un denominador común de concordia, tolerancia, respeto y justicia social.

La verdad del mundo de hoy no es otra que la verdad de los derechos humanos. La coincidencia universal sobre los entonces llamados Derechos del Hombre que engendraron la Revolución Francesa en tor- no de la libertad, igualdad y fraternidad encendieron la llama de la independencia en Colombia en la imprenta de don Antonio Nariño. El propio Precursor habría de sufrir en carne propia la violación de los mismos derechos que propugnaba en nombre de los pueblos que luchaban por librarse del yugo de la tiranía.

La coincidencia sobre los derechos humanos constituye -sin duda alguna- la conquista más grande de la humanidad y la más sublime expresión del ser humano que aspira a una sociedad más justa tanto en lo material cuanto en lo espiritual. Hoy, a las puertas del tercer milenio, tenemos la obligación de defender como sociedad ese pacto universal de respeto por el derecho ajeno, de la búsqueda común de un acuerdo sobre el desacuerdo, de la garantía de unas normas mínimas de justicia y convivencia.

Hoy hablo de derechos humanos porque hoyes el día de la libertad que ellos inspiraron en los criollos. Porque la vigencia de los derechos humanos, 180 años después de la Batalla de Boyacá, no puede ser una simple cuestión de retórica. Se trata de una realidad atada a nombres, a hechos y a consecuencias palpables. Los derechos humanos son hoy, en Colombia, el nuevo nombre de la paz.

El camino de la paz en Colombia es un camino sembrado de espinas. Pero, aun a pesar de ello, es un camino también lleno de esperanza.

El 2 de mayo, junto con Manuel Marulanda, abrimos una trocha hacia la paz en el monte. En una mesa rústica, en un paraje aislado de nuestra geografía, se sentaron el Presidente de Colombia y eljefe guerrillero. Por primera vez, en una historia que comienza a perder- se en el tiempo, se le puso la firma a un acuerdo que garantiza abrirle la puerta a la paz de Colombia. Por primera vez -cara a cara- dos partes del conflicto comprometieron su palabra ante su país y la comunidad universal de naciones.

Lo hicimos con la plena conciencia de que la paz se proyecta, en últimas, hacia un plebiscito nacional para refrendar un futuro con garantías y en concordia para Colombia. Cuando se escogieron las palabras y se fijó la mirada en el horizonte no había más perspectiva que la de un país convencido de que la paz sin garantías no es paz y que la negociación sin ellas es apenas ejercicio estéril e irresponsable.

Por mi parte, como Presidente de la República, en nombre de los colombianos, puse mi firma sobre el papel escrito a mano con el convencimiento de que allí se expresaba en términos tajantes, tras largos años de desangre, que la paz es posible.

El buscar la paz en medio de la guerra ha sido el compromiso más duro para los colombianos que anhelan la concordia. Es así como el proceso ha navegado a lo largo de este ultimo año, flanqueado por halcones y palomas, con el norte indiscutible de la reconciliación. Sin embargo, a pesar del costo de dolor y sangre, se ha avanzado. Son precisamente, estos avances los que quiero compartir con mis compatriotas, cuando vemos a millones de ellos inundando las calles del país en pacíficas pero airadas protestas en nombre de la paz, por los derechos de la población civil, hoy involucrada en el conflicto.

Sin embargo, debo reconocer que atravesamos un momento difícil, en particular en relación con la forma en que debemos verificar que los objetivos que le señalamos a la llamada zona de distensión se cumplan deuna manera transparente para garantizar confianza entre las partes.

Quiero precisar que la zona de distensión debe constituir un escenario de convivencia pacífica en donde la vida cotidiana transcurra de manera normal. Asimismo debe ser un mecanismo idóneo donde se puedan desarrollar las negociaciones con garantías tanto para el gobierno como para la insurgencia.

Los habitantes de los municipios que se encuentran en la zona de distensión deben tener la absoluta garantía para el ejercicio de los derechos y libertades fundamentales, los cuales no pueden verse limitados por las negociaciones de paz. Fue por esa razón que en mi encuentro con Manuel Marulanda propuse y acordamos una comisión que permitiese superar los inconvenientes que se pudiesen presentar en la zona de distensión. Sin embargo, su implementación ha encontrado algunos obstáculos.

La verificación, dentro de este contexto, es una calle de doble vía diseñada por consenso, en la que no caben las nociones de ventajas a favor de una ni desequilibrios en contra de otra de las partes. Sólo así podremos construir la confianza necesaria para la verdadera reconciliación de los colombianos.

Tengo la certeza de que la oportunidad que hemos construido merece el apoyo de todos mis compatriotas, pero con unas reglas que nos den la seguridad de que el proceso avanza con paso firme. Por ello deseo, al reiterar la voluntad de paz de mi gobierno, señalar que estamos dispuestos a encontrar fórmulas que nos permitan superar la coyuntura actual. La puerta sigue abierta.

En este sentido, he dado instrucciones para que dentro del espíritu del Derecho Internacional Humanitario, en especial de las normas previstas en el Protocolo II adicional a los Convenios de Ginebra, que no es otra cosa que la definición de normas mínimas para la humanización del conflicto interno, encontremos mecanismos que faciliten el cumplimiento de lo acordado para la zona de distensión.

Debo recordar que históricamente fueron los grupos insurgentes quienes más insistieron en la aceptación de estos protocolos. Eso sí: no puede existir ninguna duda, ni en Colombia ni en la comunidad internacional, que el decreto que, dentro del marco de la Constitución y de la ley, establece la zona de distensión, es un acto de reafirmación de la soberanía de Colombia en todo su territorio.

También les quiero recordar a los colombianos que cuando el Presi- dente de Colombia habla de verificación lo hace sin rodeos ni ambigüedades. y lo hace convencido de la necesidad de sustraer del conflicto a la gran masa de colombianas y colombianos cobijada bajo el concepto de población civil, que no es más que otra expresión para referirse al común de nuestras gentes, a nuestros vecinos y amigos, a nuestros padres y hermanos.

Interpreto el sentimiento de todos ellos. No queremos más violencia. No queremos más secuestros ni extorsiones. No queremos más atentados contra la vida ni actos terroristas. Colombia necesita ex- presiones que demuestren una auténtica voluntad de paz.

Al cumplirse el primer año de mi gobierno quiero pedirle a los colombianos perseverar en la dura pero esperanzada búsqueda de la paz, de la misma manera que me dirijo a la insurgencia guerrillera para recordarle sus compromisos.

Involucrar a la población civil en el conflicto es robarle al país la ilusión; es combatir contra el empleo; la reactivación económica y el desarrollo social; es sabotear la reconstrucción de un país cansado de corrupción y de saqueo; es desafiar a los millones de colombianos que armados solamente con sus pañuelos blancos salen a las calles a decir «No Más». La población civil no puede seguir siendo carne de cañón.

Como Presidente he asumido personalmente la labor de buscar la paz en nombre del mandato con que me han investido los colombianos y este 7 de agosto debo pedir el concurso de mis compatriotas para defender los avances logrados hasta ahora.

El compromiso de este gobierno con el respeto de los derechos humanos es indeclinable y en esto nadie puede equivocarse. A los violadores de los derechos humanos -al igual que a los corruptos- se les perseguirá y castigará, sean quienes sean, vengan de donde vengan.

En este día de la libertad, mi corazón y el de mi patria se encuentra de manera especial con todos los colombianos y colombianas secuestrados. Hoy abogo por ellos con la esperanza de que el retorno a sus hogares constituya un primer gran paso -en libertad- hacia la paz.

A los boyacenses, guardianes y cultivadores de esta tierra patrimonio de libertad, les traigo buenas noticias, que redundarán en beneficio de su economía y de su empleo:

Vamos a iniciar el proceso para la realización de la doble calzada entre Briceño y Sogamoso, que incluye la construcción de 163 kilómetros de nueva carretera, la rehabilitación de 182 kilómetros de calzada existente y otras obras complementarias, dentro de un mega proyecto que esperamos empezar a construir en el segundo semestre del próximo año.

Entre otras, también vamos a adelantar la concesión de la carretera Zipaquirá-Chiquinquirá-Barbosa-Santa Marta, que permitirá una salida fácil hacia la Costa Atlántica. Además, mejoraremos las cua- tro alternativas viales que integran a Boyacá con Casanare, Arauca y el vecino país de Venezuela, y recuperaremos la línea férrea entre la capital del país y Sogamoso. Daremos especial importancia al mejoramiento de la transversal de Puerto Boyacá-Otanche- Chiquinquirá- Tunja con una inversión de cuatro mil millones de pesos en este año y a la vía entre Duitama y Charalá.

Así le cumplimos a Boyacá: con vías, progreso y empleo.

Por otra parte, quiero anunciarles la decisión del gobierno en el caso de Acerías Paz del Río, de importancia neurálgica para la región. No queremos el cierre definitivo de la acería. Buscaremos la reactivación de la producción siderúrgica, la preservación de la mayor cantidad de empleos posible y la garantía de los derechos pensionales de los jubilados.

Para ello, presentaremos a los accionistas una propuesta que nos permita arrendar la planta a un operador que la maneje, generándose así los ingresos para el cumplimiento de las obligaciones del fideicomiso que reemplazará a la actual empresa.

El Instituto de Fomento Industrial financiará con 15.000 millones de pesos el inicio de operaciones del nuevo esquema productivo. Así rescataremos de su postración actual esta siderúrgica que ha sido por tantos años símbolo de la pujanza boyacense y buscaremos que la nueva operación productiva contrate la mayoría de los actuales empleados.

La Batalla de Boyacá terminó hace 180 años a las 4 de la tarde, y con ella comenzó una era de libertad para Colombia y los territorios vecinos. Pero las batallas por el bien común no han terminado. Hoy los enemigos no son tropas extranjeras, sino otros tal vez más funestos y peligrosos. La guerra hoyes contra la corrupción, contra el desempleo, contra la pobreza y contra el secuestro y la violencia, en todos sus aspectos.

Es una lucha de múltiples batallas en las que está empeñado mi gobierno y en la que espero contar con el apoyo y la acción decidida de todos los colombianos.

Hemos avanzado ya un camino importante, con grandes logros y también grandes dificultades. Pero queda un buen trecho por recorrer. Como los tenaces patriotas, estamos descendiendo ya las duras estribaciones del páramo de Pisba, pero tengo la seguridad de que con la colaboración y el sacrificio de todos hemos de llegar pronto al cumplimiento de nuestros sueños.

Cuando Bolívar vio perdida la batalla del Pantano de Vargas, se acercó a él el intrépido coronel Rondón y le dijo: «¿Cómo se ha de perder, si ni yo ni mis jinetes hemos peleado?». Y gracias a su carga de valor, la batalla se convirtió en un rotundo éxito.

A todos los colombianos que desesperan y se dejan llevar por el pesimismo contagioso de la crisis, les repito hoy estas mismas palabras: «¿Cómo la vamos a perder, si no hemos peleado?».

Vamos todos juntos. Avancemos de frente hacia el progreso y la paz. Hemos dado pasos trascendentales durante este año, y ya se avizoran épocas mejores. Así que: ¡Adelante!

Colombianos:

Para terminar quiero evocar al vencedor de la batalla que se realizó en estas montañas de Boyacá, el general Simón Bolívar quien en carta dirigida al general Santander decía: «yo vaya servir bien a mi patria: voy a servirla con libertad, sin hipocresía y de un modo digno de gratitud porque vaya sacrificar hasta mi popularidad».

Lugar y Fecha

Tunja, Colombia
7 de agosto de 1999