FORO “¿POR QUÉ SALIMOS DE NUESTRA TIERRA?”2017-12-18T11:56:13+00:00

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“Los primeros españoles que vinieron al Nuevo Mundo vivían aturdidos por el canto de los pájaros, se mareaban con la pureza de los olores y agotaron en pocos años una especie exquisita de perros mudos que los indígenas criaban para comer. Muchos de ellos, y otros que llegarían después, eran criminales rasos en libertad condicional, que no tenían más razones para quedarse. Menos razones tendrían muy pronto los nativos para querer que se quedaran.

(…) Pero su corazón (el de los españoles) perdió los estribos cuando descubrió que sus narigueras (las de los nativos) eran de oro, al igual que las pulseras, los collares, los aretes y las tobilleras; que tenían campanas de oro para jugar, y que algunos ocultaban sus vergüenzas con una cápsula de oro. Fue aquel esplendor ornamental, y no sus valores humanos, lo que condenó a los nativos a ser protagonistas del nuevo Génesis que empezaba aquel día. Muchos de ellos murieron sin saber de dónde habían venido los invasores. Muchos de éstos murieron sin saber dónde estaban. Cinco siglos después, los descendientes de ambos no acabamos de saber quiénes somos”.

Comienzo mi intervención con esta hermoso e iluminador texto de Gabriel García Márquez que se llama, precisamente, “No acabamos de saber quiénes somos”, porque pienso que nos puede dar un contexto ideal para el tema de las migraciones que hoy nos convoca.

En efecto, todos los aquí presentes somos hijos y resultado de varios procesos migratorios que confluyeron en nuestros países. Por una parte, la migración de los españoles a América, a la que se refiere Gabo, una empresa insólita en la que miles y miles de europeos, huyendo de un oscuro pasado o ambicionando un futuro de riqueza, se aventuraron en inciertas carabelas sobre las olas indómitas del Atlántico para conquistar y colonizar tierras desconocidas. Por otro lado, si vamos mucho más atrás en la historia, la migración de los primeros pobladores del continente, venida de las estepas siberianas, por sobre las aguas congeladas del estrecho de Bering, en lo que constituyó, tal vez, la primera gran aventura migratoria del ser humano.

De esos dos grupos históricos y étnicos, de esos dos viajes descomunales, nació la esencia del hombre americano. A ellos hay que sumar, por supuesto, la migración obligada a que se fueron sometidos los pueblos africanos bajo la ignominiosa figura de la esclavitud y las diversas oleadas de migración que se vivieron en el siglo XX, como producto de conflictos tan terribles como la Guerra Civil Española y las dos Guerras Mundiales.

De todos estos procesos, de todos estos orígenes, de todas estas razas, somos nosotros el resultado. Formamos parte de América Latina, un subcontinente eminentemente mestizo, producto incomparable de sucesivas migraciones.

En palabras del lúcido ensayista, y ahora novelista, William Ospina, “¡Qué difícil es definir a América Latina! Puede decirse que es la única región del mundo que fue realmente europeizada, en la medida en que ni África ni Asia, a pesar de la colonización, quisieron conservar la cultura europea. Pero a diferencia de los Estados Unidos aquí no sólo fueron transplantados el sueño europeo y la vigilia de África sino que se conservó en gran medida el mundo americano. En esa condición mestiza reposa la singularidad del continente. Mestizo significa mezclado, pero también confundido. Y escindido”.

Pensamos muchas veces que la migración es un fenómeno excepcional o que corresponde a las difíciles circunstancias de los países en vías de desarrollo en los tiempos actuales, pero, como queda visto, la migración es un hecho innato a la condición humana que ha marcado no sólo nuestra historia sino la de todos los pueblos y naciones del mundo.

Desde la edad de piedra hasta nuestros días los seres humanos, en forma personal o grupal, hemos dejado nuestras tierras de nacimiento para migrar a otras tierras ignotas, temporal o permanentemente. Me pregunto, por ejemplo, viendo este nutrido público estudiantil, ¿cuántos de los aquí presentes son nacidos en Quito? Seguramente muchos, por supuesto, pero también habrá otra importante cantidad que no son de esta ciudad. Y la cifra de inmigrantes internos o externos aumentaría, sin duda, si les preguntara por sus padres y sus abuelos, pues gran parte de ellos no serían de Quito, ni de la provincia de Pichincha, ni siquiera del Ecuador. Quizá vinieron de la zona amazónica, o del litoral, o de países vecinos como Colombia y Perú, o cercanos como Argentina, Bolivia y Chile, o de allende el océano…

¡Porque detrás de cada historia personal hay una historia de migración! Todos somos, hemos sido o seremos, de una u otra forma, migrantes.

Si emigrar significa dejar el lugar de origen para iniciar un proyecto de vida en otro territorio, resulta claro que ésta es una situación que cobija a una gran mayoría de seres humanos.

Así que la migración, como tal, no es un fenómeno positivo o negativo, sino más bien un hecho cotidiano y universal que hay que analizar en cada contexto y según sea su motivación.

Este Foro se pregunta “Por qué salimos de nuestra tierra” y no existe una respuesta única para este cuestionamiento.

Un primer grupo de emigrantes -pertenecientes a la que yo llamaría “emigración calificada”- salen de nuestros países con propósitos de capacitación académica, de progreso profesional o de buscar una mayor prosperidad económica, y lo hacen por las vías legales, usando la opción propia de un mundo globalizado de buscar oportunidades donde se encuentren.

En este primer contingente están los estudiantes que viajan a prepararse al exterior y que, incluso, demoran años cursando sus carreras, maestrías y doctorados. La mayoría de ellos regresan a sus naciones de origen con un bagaje de conocimientos y experiencias, y lo aportan a su país y sus necesidades. Otros, infortunadamente, se radican en el exterior, perdiéndose, de esta manera, importante talento humano. La tarea de nuestros gobiernos es buscar la repatriación de estos nacionales capacitados, generando un entorno económico propicio al desarrollo profesional o mediante programas específicos de incentivo. En Colombia, por ejemplo, tenemos entidades, como Colfuturo, que entregan préstamos para estudiar en el exterior, los cuales son condonados en todo o en parte si el beneficiario regresa al país y trabaja cuando menos unos años en él. Muchos de los jóvenes líderes que hoy comienzan a asumir la dirección de temas trascendentales en el país son producto de este compromiso.

También forman parte de esta migración sana y prospectiva los nacionales que viajan al extranjero a ocupar un cargo en una empresa o a crear empresa ellos mismos. Son esfuerzos personales que merecen todo el respeto y que muchas veces revierten en beneficio del país de origen, ya sea por cuenta de las remesas que envían a sus familias, o por la reinversión de sus utilidades en el país, o por el buen nombre que dan a su patria.

Un segundo grupo de emigrantes podría enmarcarse bajo el concepto de “emigración forzada”. Se trata de aquellos que salen de su patria por circunstancias ajenas a su voluntad, normalmente por situaciones de violencia, represión, guerras o conflictos internos, que los obligan a buscar amparo en otras fronteras.

Hablamos, propiamente, de los refugiados, los cuales, para vergüenza de la humanidad, crecen cada día en número y complejidad. La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados -ACNUR-, por ejemplo, recibió en 1950 un mandato limitado a tres años para asistir en el reasentamiento de 1.2 millones de refugiados europeos que se quedaron sin hogar tras la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, al multiplicarse las crisis de refugiados por todo el mundo su mandato fue prorrogándose cada cinco años. Hoy en día, el ACNUR es una de las principales organizaciones humanitarias y asiste a más de 22 millones de personas en más de 120 países.

Ésta es una de las migraciones más dolorosas pues se realiza contra la voluntad del mismo migrante, obligado por circunstancias que lo llevan a salir de su país para proteger su vida e integridad personal y la de su familia. En Colombia, infortunadamente, debido al prolongado conflicto generado por la violencia cruzada de guerrillas y grupos de autodefensa, y a la nefasta ingerencia del narcotráfico, han sido muchos los compatriotas que han tenido que salir temporal o permanentemente -desde jueces, periodistas, sindicalistas y defensores de derechos humanos hasta empresarios o campesinos- para huir de una violencia que no les dio el espacio para desarrollar una vida tranquila.

Durante mi Gobierno tomé la decisión de fortalecer, como nunca antes en la historia, la Fuerza Pública de la Nación, para que llegara con efectividad y total respeto de los derechos humanos a todos los rincones del territorio, un esfuerzo que ha continuado con entusiasmo el gobierno del presidente Uribe, gracias al cual, si bien subsiste el difícil conflicto con las guerrillas, la situación de seguridad ha mejorado ostensiblemente, lo que está suscitando el interés y la posibilidad crecientes para que muchos colombianos de bien vuelvan al país, a vivir y trabajar en paz.

Valga aclarar que, así como existen los refugiados, que son aquellos que han huido de sus países de origen para buscar protección en un segundo país, existen también los desplazados internos, personas que han huido de sus hogares, generalmente por situaciones de violencia o intimidación, pero que han permanecido en sus países de origen en lugar de buscar asilo en el extranjero. Se calcula que existen en el mundo entre 20 y 25 millones de desplazados internos, casi dos de ellos en Colombia. Éste es un tema de difícil solución en mi país, pues está íntimamente ligado al conflicto, si bien se viene trabajando con ahínco para aliviar la penosa situación de esta población altamente vulnerable y, sobre todo, para lograr su adecuado regreso a los pueblos y parcelas de donde nunca debieron haber salido.

Finalmente, hay un tercer grupo de emigrantes, muy numeroso, al que enmarcaría bajo el término de “emigración precaria”. Son aquellos que migran como producto de la angustiosa situación económica, generalmente en condiciones de desesperación e ilegalidad, utilizando sistemas peligrosos para sus vidas, muchas veces engañados, para buscar el clásico “sueño americano” o el nuevo “sueño europeo”.

Tal vez el ejemplo más doloroso y reciente que tenemos de esta clase de migración, que nos toca por igual a ecuatorianos y colombianos, fue el de los 113 infortunados que zarparon de Manta el pasado 11 de agosto en una embarcación, apenas acondicionada para transportar quince personas, que naufragaron cerca al islote colombiano de Malpelo, quedando apenas 9 sobrevivientes.

Ellos viajaban empujados por la angustia económica, desesperados por la falta de oportunidades, presionados por el engaño de los siniestros “coyoteros”, a buscar en el país del norte un futuro que nunca llegó. Como ellos, cuántos ecuatorianos y colombianos, cuántos centroamericanos y mexicanos, cuántos caribeños, han buscado afanosos, a riesgo de sus vidas, el ingreso a países más desarrollados, con la ilusión, casi siempre fallida, de encontrar en ellos las oportunidades que se les han negado en sus propias naciones.

Es, quizá, sobre este tercer grupo de emigrantes, víctima de la inequidad social y fácil presa de situaciones de explotación laboral, e incluso sexual -como es el caso de la trata de personas-, sobre el que más debemos cuestionarnos: “¿Por qué salen de su tierra?” y “¿Qué podemos hacer para que encuentren, mejor, las oportunidades en su propio suelo?”.

Apreciados amigos:

Ya es un lugar común decir que vivimos en un mundo globalizado. Pero la globalización, como dijo Carlos Fuentes, “tiene dos caras: una es la cara de una prosperidad deseable y la otra, la cara de una exclusión indeseable”.

Y sigue diciendo el escritor y analista mexicano:

“(…) la globalización negativa le otorga plena libertad de movimiento a las cosas pero se lo niega a las personas.

“Las mercancías circulan sin barreras. Pero los trabajadores no pueden desplazarse con libertad.

“Las cosas son libres. Los trabajadores son cautivos.

“Ello no desalienta los movimientos migratorios inevitables en un mundo de desequilibrios y necesidades compartidas en el cual las insuficiencias económicas del Tercer Mundo expulsan a la mano de obra desempleada a un Primer Mundo que la requiere para la multitud de trabajos -agricultura, servicios del hogar, hospitales, transportes, hotelería y aún servicios de cuello blanco- que su propia fuerza doméstica ya no necesita o no quiere cumplir, pero que no por ello dejan de ser ocupaciones necesarias.

“O sea, el trabajador migratorio le es indispensable a las economías desarrolladas de la era globalizada.

“(…) sin el trabajador migratorio mexicano en los Estados Unidos, turco en Alemania, magrebino en  Francia, esos países sufrirían escasez de alimentos, inflación y carestía del producto.”

Estas reflexiones de Fuentes nos llevan a una interesante conclusión: La migración por razones de necesidad económica tiene dos facetas; una, la de los desempleados y excluidos del Tercer Mundo que buscan acceder a un trabajo y un mejor nivel de vida en un país del Primer Mundo, y otra, la de los países del Primer Mundo que necesitan esa mano de obra barata, pero que, paradójicamente, restringen la inmigración de tal manera que obligan a muchos inmigrantes a vivir en la ilegalidad, en situación de extrema marginalidad y explotación.

En este tema ha sido interesante el esfuerzo de España, que efectuó un proceso de regularización de la situación de miles de trabajadores inmigrantes que estaban en la ilegalidad y que, por otro lado, realiza convenios con gobiernos, como el colombiano, para llevar por periodos determinados fuerza de trabajo campesina que cumpla con trabajos requeridos en suelo español, con buenos salarios y buenas condiciones laborales.

España ha dado un buen ejemplo de que al inmigrante no se le puede castigar ni perseguir como delincuente, sino buscar incorporarlo debidamente al circuito económico legal. Es un paso oportuno que ojalá sea replicado por más naciones, en un gesto, más que de solidaridad, de sentido común. No hay que olvidar que, según datos de la ONU, para mantener el equilibrio medio actual -de entre 4 y 5 personas activas por cada jubilado en la Unión Europea- de aquí al año 2025 será necesario que los países de la misma recurran cuando menos a 123 millones de inmigrantes. Esto es así debido a la baja tasa de fecundidad en la Unión Europea y al consiguiente envejecimiento de las sociedades industrializadas.

Ahora bien, desde una perspectiva latinoamericana, ¿qué podemos hacer para evitar la emigración creciente de nuestros países? Las cifras hablan de más de un millón de ecuatorianos que han abandonado el país en los últimos cinco años. En el caso de Colombia, se calcula que posiblemente unos 4 millones de colombianos, casi el 10% de la población del país, viven por fuera de las fronteras. ¿Qué deben hacer los gobiernos para que sus ciudadanos no tengan que hacinarse en barcos suicidas para buscar el futuro que no encuentran en su propio suelo?

La respuesta es sencilla en la forma pero difícil de poner en práctica: generar un entorno de oportunidades y de justicia social que estimule el trabajo y el progreso dentro del propio país.

No es una tarea fácil, como me consta y como le consta también a mi ilustre compañero de foro, el ex presidente Sixto Durán Ballén, que hemos tenido el honor y la inmensa responsabilidad de estar al frente del destino de nuestras naciones.

Pese a que América Latina se encuentra en una senda de recuperación económica, con un crecimiento promedio superior al 4%, dicho crecimiento no es todavía suficientemente alto como para producir empleos para una población creciente, y nuestro rezago frente a otros países, lejos de acortarse, sigue creciendo.

La receta para dejar dicho rezago tiene muchos ingredientes, cuya consecución requiere de la acción coordinada, no de uno, sino de varios gobiernos: Hay que crecer sostenidamente de la mano de una política económica y fiscal seria y responsable; hay que mejorar las condiciones de seguridad y hay que adelantar, más allá de reformas económicas, reformas sociales que conduzcan a una más justa distribución del ingreso y que protejan a la población más vulnerable, generando oportunidades de vivienda, de salud y de educación.

En el caso de Colombia, pusimos en marcha, desde los últimos años del siglo pasado, el Plan Colombia, que es mucho más que un plan militarista o de lucha contra el narcotráfico y los grupos armados ilegales como algunos lo han pretendido caracterizar en Ecuador. Se trata de un plan integral de desarrollo social y fortalecimiento institucional que ha llevado la presencia y la ayuda del Estado a los rincones más apartados del territorio, especialmente a las zonas que fueron afectadas por el conflicto, y que ha dado alternativas de trabajo lícito a quienes, por falta de opciones, tuvieron que recurrir a la economía ilegal.

Sea ésta la oportunidad para hacer una necesaria declaración sobre la lucha de mi país contra el terrorismo, y sobre el papel que pueden jugar las naciones vecinas, como el Ecuador, de las que sólo esperamos, como es natural, solidaridad y no indiferencia, compromiso y no neutralidad, comprensión y no malentendidos.

Tal vez sea pertinente recordar ahora el famoso e impactante poema de Bertolt Brecht:

“Primero se llevaron a los comunistas, y yo no dije nada por que yo no era un comunista.

Luego se llevaron a los judíos, y no dije nada porque yo no era un judío.

Luego vinieron por los obreros, y no dije nada porque no era ni obrero ni sindicalista.

Luego se metieron con los católicos, y no dije nada porque yo era protestante.

Cuando finalmente vinieron por mí, no quedaba nadie para protestar.”

Pocas palabras tan dicientes como las anteriores. El hombre no puede dejar aislado a su semejante, sin hacerse un perjuicio a sí mismo. La batalla por la paz y contra la violencia no es de un país sino de toda la humanidad. La lucha contra el terrorismo y contra el nefasto negocio de las drogas no puede ser una tarea exclusiva de Colombia, porque el terrorismo y los tentáculos del narcotráfico nos afectan a todos, de una u otra manera.

La bomba que ponen en Bagdad, o en Tel Aviv, o en Bogotá, no sólo estalla en esas ciudades, sino en el corazón mismo de la humanidad. ¡Cuánto tiempo creímos en Colombia que los cultivos ilícitos estaban en Bolivia y Perú, y no en nuestro suelo! ¡Cuánto tiempo pensamos que el consumo de narcóticos era sólo un problema de las sociedades industrializadas y no nuestro! Hoy la dura experiencia nos ha enseñado que estábamos equivocados y que las ramificaciones del delito y la violencia llegan a todas partes y a todos nos afectan.

Por eso no puedo entender -y lo digo sin ambigüedades- que algunas voces en el Ecuador, ¡nada menos que en el Ecuador, nuestro vecino y amigo!, puedan afirmar, como si nada, que la lucha contra la violencia es problema nuestro y que allá nosotros; que, en el combate entre las instituciones legítimas de mi país y la guerrilla terrorista, Ecuador se declara neutral, o, peor aún, que Ecuador es víctima del Plan Colombia y no del terrorismo.

No se puede confundir la no injerencia con la neutralidad. Colombia sufre un problema de violencia, incentivado por el negocio del narcotráfico, y lo está enfrentando con decisión y coraje. Lo menos que pedimos de nuestros vecinos es comprensión y solidaridad, no indiferencia ni neutralidad. No vaya a ser que un día, como en la parábola de Bertolt Brecht, -y Dios no lo quiera- les toque el turno a ustedes, como nos tocó a nosotros.

¿Alguien puede poner en duda que una guerrilla que destruye poblaciones indefensas, pone bombas en clubes y lugares públicos, dispara cilindros de gas contra una iglesia repleta de niños y mujeres humildes, dinamita la infraestructura vial, eléctrica y petrolera, y realiza asesinatos selectivos, es terrorista? No lo dudan en la Unión Europea, no lo dudan en Estados Unidos. ¡Qué triste que esa vacilación se exprese en un país cercano del que sólo esperamos amistad y solidaridad, y al que sólo queremos tratar con igual reciprocidad!

La respuesta contra el terrorismo y el narcotráfico no es la neutralidad, sino la cooperación. Cooperación para realizar proyectos sociales y de desarrollo en la zona fronteriza; cooperación para que terroristas y armas no crucen la frontera y para que no hallen un refugio seguro en ninguno de nuestros países; cooperación intercambiando información de inteligencia y ampliando los proyectos de integración energética, comercial y cultural. ¡Ese es el Ecuador que queremos! ¡Ese es el Ecuador que siempre conocí!

Apreciados amigos y amigas:

Con iniciativas como el Plan Colombia hemos avanzado positivamente en nuestras metas de desarrollo y equidad, si bien falta mucho todavía. Por fortuna, con los logros hasta ahora alcanzados, aunados a la mejoría en la situación de seguridad, están regresando a Colombia no sólo la esperanza, no sólo la inversión, sino también muchas personas y familias que habían salido del país por causas originadas en la violencia o en la situación económica.

Desterrar la violencia, fortalecer la economía y desarrollar programas de equidad social es la fórmula, allá en Colombia o aquí en el Ecuador, para recuperar nuestro talento humano y mantenerlo con nosotros. Como dije al comienzo, la migración no es buena o mala por sí misma. Siempre habrá migrantes, y mucho más ahora, con los avances tecnológicos, las facilidades de transporte y la creciente globalización. Lo que no queremos es migrantes que, más que emigrar, huyan de países inviables.

Hace más de cinco siglos, como recordé al comienzo de esta disertación al citar las palabras de García Márquez, los españoles llegaron a nuestras tierras atraídos por sus riquezas y maravillas. Hoy parece que se hubieran invertido los papeles, y nos toca a nosotros recuperar el orden natural. No olvidemos nunca, queridos amigos, que el tesoro de los incas habita en nuestros corazones y que está en nuestras manos trabajar para que nuestra América, la América mestiza y vibrante en que vivimos y queremos seguir viviendo, sea de nuevo destino y nunca más tierra de exilio.

Muchas gracias.

Lugar y Fecha

Quito, Ecuador
22 de septiembre del 2005