INTEGRACIÓN Y NO AISLAMIENTO, TENDENCIA DEL SIGLO XXI2017-12-18T11:48:35+00:00

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Discurso del presidente Andrés Pastrana Arango, durante el almuerzo ofrecido por el Gobernador Central de Canadá, Romeo Leblanc, en Rideau Hall

Gracias, Gobernador General Leblanc y señora Leblanc, por la cálida bienvenida que nos han dado a Nohra y a mí y a toda la delegación colombiana.

En su calidad de representante de Su Majestad la Reina Isabel acá en el Canadá, usted simboliza la más antigua institución vigente de la historia del Canadá. Su cargo representa el papel definitivo que han jugado las naciones europeas en la formación, no sólo de este continente, sino de nuestro hemisferio en general. Al mismo tiempo, a lo largo de su carrera como profesor, periodista y líder político se ha interesado usted de manera apasionada por los descendientes de los primeros canadienses, el pueblo aborigen, una causa que comparte su esposa Diane.

Las Américas en su totalidad fueron conquistadas y colonizadas, de una manera u otra, en el nombre del comercio y de la religión y al igual que otros pueblos, somos en gran parte lo que fueron nuestros ancestros, y estamos marcados por sus hazañas. Para citar la sabiduría del pueblo Inuit, «hace mucho tiempo, en el futuro». Canadá se ha ganado una orgullosa reputación, desde el establecimiento de la Confederación hace más de 130 años, de ser una nación construida sobre las bases de la tolerancia y la diversidad; ha crecido y se ha desarrollado en paz y ha mantenido un equilibrio admirable entre los hilos franceses, ingleses y americanos nativos de la tela que es ese carácter nacional único que se ha ido enriqueciendo con otras culturas. Cuando ha sido necesario han tomado las armas, muchas veces con gran sacrificio, en las dos guerras mundiales, como en las misiones de paz de las Naciones Unidas. Y lo han hecho por principio, por ese sentido claro y determinado del bien y del mal y es también por esto que se han ganado el respeto del mundo.

Colombia también es una nación con una marcada tradición indígena, una tradición que creó la leyenda de Eldorado, una nación en la cual, a algunos lugares, aún no ha llegado la civilización occidental. Durante siglos hemos trabajado arduamente para ayudarles a las comunidades indígenas a preservar sus culturas y sus tierras, al tiempo que les ofrecíamos una voz en nuestros sistemas. Hemos desarrollado un apego inquebrantable hacia nuestra democracia, una vieja idea europea refinada por las sensibilidades americanas. La nuestra es la democracia más antigua y más fuerte de toda Sudamérica. Nuestra economía ha sido reconocida desde hace mucho por ser el éxito sur americano más callado y estable casi 70 años de crecimiento ininterrumpido, acompañado de políticas fiscales y monetarias sólidas y una inflación comparativamente baja.

Si como nación hemos vacilado -como vacila cualquier nación- ha sido por nuestra incapacidad de ponerle fin a la insurgencia armada. Comenzó hace más de 35 años, a raíz de una protesta social y política. Nos ha cobrado un costo enorme: más de 35 mil muertos solo en la década pasada; varios miles de desplazados de sus hogares y sus pueblos, y miles de millones de dólares perdidos anualmente que se hubieran podido dedicar a educación, infraestructura y salud. Ha llegado el momento de ponerle fin a todo este sufrimiento. Ha llegado el momento de bajar nuestras armas y solucionar nuestras diferencias por medio de la integración. Esto es lo que casi todos los colombianos piden; es lo que todos los colombianos se merecen. Esta es la razón por la cual, como presidente, me he comprometido a hacer todo lo que esté en mis manos para ponerle fin al conflicto.

Hice campaña con este compromiso, y aun antes de asumir funciones, viajé hasta el campamento guerrillero para hablar con su líder, Manuel Marulanda. Allí acordamos iniciar los diálogos que, estoy convencido, convertirán el suero de la paz en una realidad duradera. Desde nuestra primera reunión, hace casi diez meses, ha habido contrariedades, inevitables en cualquier proceso de paz, ya sea en Irlanda del Norte, en el Medio Oriente o en Centroamérica o Suramérica.

En Colombia no se pueden borrar 35 años de desconfianza en una tarde. Y cuando pareció que nuestros esfuerzos iban a fracasar, volví a reunirme con Marulanda, esta vez hace apenas unas semanas. Concluimos que el proceso necesitaba un empujón de ambos lados. Ahora ya acordamos una agenda común y el proceso de paz está vivo.

No obstante, la paz -la paz permanente y honorable- significa mucho más que detener la violencia. Significa reconstruir, reformar. Desde la perspectiva del Gobierno requiere una reforma política, social y judicial, así como la construcción de una economía fuerte, capaz de competir en el mercado mundial y de mejorar el nivel de vida de cada ciudadano.

La reforma política significa una mayor transparencia y responsabilidad. Debemos y, de hecho, destaparemos y erradicaremos la corrupción a cada nivel. La corrupción compromete y amenaza la legitimidad misma de nuestra sociedad y no se tolerará mientras yo sea presidente.

La democracia colombiana está atacada en dos frentes -la amenaza a los derechos humanos y la amenaza de las drogas-o Hoy hay demasiadas violaciones de los derechos humanos, la mayoría en áreas en las cuales la insurgencia actúa, en donde la guerrilla y los paramilitares están enfrentados en un combate a muerte. Un acuerdo de paz duradero, una nación reunida, significará una reducción drástica de la violación de los derechos humanos, un motivo más para ponerle fin a este conflicto fratricida. Pero no podemos esperar a que la Paz llegue.

Debemos garantizar que nuestro sistema sea lo suficientemente fuerte para implementar las libertades que consideramos sagradas. Si se ignoran las acusaciones de derechos humanos, se archivan o se esconden bajo cinta roja, entonces las mismas instituciones creadas para salvaguardar nuestras libertades se habrán convertido en herramientas del crimen. Esta es la razón por la cual debemos crear más cortes y tener más jueces para garantizar que se está escuchando cada caso. Esta es la razón por la cual debemos tener leyes más fuertes, de manera que el castigo sea equiparable a la ofensa. Vemos con agrado la asistencia prestada por la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y otros grupos que nos ayudan a implementar nuestros sistemas legales y nuestra democracia.

Para nosotros la amenaza de las drogas es local, pero es potencial- mente letal para la gente de todas partes. A menos que nos unamos y combinemos nuestras voluntades y recursos, nunca lograremos una victoria duradera contra la droga. Durante mucho tiempo Colombia tuvo que luchar contra los carteles que atacaban nuestros líderes judiciales, políticos y sociales, dejando muchos mártires a lo largo del camino. Hoy, cuando se han destruido en gran parte los carteles grandes, cuando sus líderes están muertos o tras las rejas, debemos combatir un tráfico de drogas menos obvio, más fragmentado, y cada nación tiene un papel importante que debe jugar.

La erradicación de los cultivos, el desmantelamiento de los laboratorios, la interdicción por tierra y por mar, la extradición de crimina- les, todo esto es importante, pero no es suficiente. Debemos atacar este nuevo bajo mundo donde más le duele: en la billetera. Debemos confiscar sus activos, descubrir y desmantelar las operaciones de lavado de dinero y ponerle fin al contrabando. Pero esto tampoco es suficiente, porque mientas haya demanda alguien, en alguna parte, va a lograr que se encuentren. Necesitamos una mejor educación, les debemos a nuestros hijos el hablar de manera clara acerca del veneno que son las drogas. Ellos deben comprender que no es bueno abusar de sus cuerpos, poner en peligro su futuro o arriesgar sus vidas. También en este frente podemos trabajar conjuntamente, a escala bilateral o internacional.

He hablado aquí de las prioridades de mi gobierno, de los cambios que me he comprometido implementar, de los valores que considero sagrados. He hablado de Colombia a escala nacional, como una más de las naciones de las Américas. Pero para finalizar debo decir una palabra acerca de la manera en que el mundo está cambiando, a una velocidad increíble. La globalización significa que todos estamos interconectados de una manera que no nos habríamos imaginado hace siquiera diez años, y significa que la integración, no el aislamiento, es la tendencia del siglo XXI.

La relación entre Canadá y Colombia es relativamente nueva; de he- cho, tiene menos de 50 años. No obstante, puesto que comulgamos con muchos de los mismos ideales nos hemos acercado mucho, especialmente durante los años 90. En toda Latinoamérica se siente fuerte apoyo a la creciente participación del Canadá al sur del Río Grande y del Golfo de México. Latinoamérica ha sufrido una enorme transformación durante las últimas dos décadas, la autocracia le cedió el puesto a la democracia, y el libre mercado reemplazó los mercados cerrados.

A medida que nuestro vecino se expande, lo recibimos con agrado y de la manera tan sincera y calurosa como nos ha recibido hoy aquí, en Rideau Hall. Consideramos al Canadá un verdadero socio y amigo, y esperamos tener un futuro duradero y próspero, basado en un comercio libre y justo y en el respeto de los principios que com- partimos como naciones y como personas.

Gracias, Gobernador General y señora Leblanc, y que Dios bendiga nuestro trabajo y nuestros países.

Lugar y Fecha

Ottawa, Canadá
31 de mayo de 1999