JUAN PABLO MONTOYA, PATRIMONIO Y EJEMPLO PARA LA JUVENTUD2017-12-18T11:48:39+00:00

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Palabras del presidente de la República, Andrés Pastrana Arango, con ocasión de la imposición de la Cruz de Boyacá al automovilista, Juan Pablo Montoya.

Hoy nos acompañan en la Casa de Nariño, un alegre grupo de niños que son el presente y el futuro de nuestra patria.
También están con nosotros unos jóvenes soldados heridos en combate, que representan la valentía y el arrojo de la juventud colombiana. Ellos creen como nadie en el porvenir de nuestro país. Basta ver las caras de estos valientes, que lo han dado todo y hasta sus vidas han arriesga- do por la paz y la tranquilidad. Unidos, llegaron hasta este lugar a rendir un cariñoso y merecido homenaje a alguien que siempre que se sube a su carro para recorrer una pista, hace que cada uno de nosotros se sienta muy orgulloso de ser colombiano.

Mi emoción es doblemente satisfactoria porque es inusual que alguien de su edad reciba la distinción que hoy me ha correspondido otorgar, en nombre de todos sus fanáticos, de sus admiradoras y en nombre del deporte. A partir de este día la Cruz de Boyacá, que por- tan solamente quienes han hecho grande a nuestro país, hará com- pañía a las insignias del uniforme de Juan Pablo Montoya.

Hoy quiero decir unas breves palabras, a quien considero un amigo y un patrimonio de la juventud colombiana. Es maravilloso encontrar que después de varios meses cargados de triunfos, sigamos viendo en los ojos de Juan Pablo la sencillez que me impresionó cuando lo conocí en un estudio fotográfico a comienzos de este año.

Ese día mientras se realizaba la sesión, me acerqué a él, de la misma forma que lo habría hecho su más furibundo seguidor. Tengo que confesarles que como muchos colombianos soy un afiebrado a este deporte, al punto que en mi juventud escapé a Cajicá para hacerle barra a los amigos que corrían y hasta un par de veces mi entusias- mo por las competencias, me llevó a participar en ellas, llegando a ganar un rally en compañía de José Clopatofsky.

Han pasado algunos años desde cuando frecuentaba las pistas de automovilismo, y sin embargo con un poco de nostalgia, y con gran respeto y admiración hacia Juan Pablo, veo que sus logros nos han llenado a todos. El país entero vive casi una fiebre por lo que él hace, y con gran pasión, entre niños, jóvenes, viejos, -hombres y mujeres-, entre los colombianos de todas las condiciones, ha surgido un denominador común: la Montoyomanía.

Es talla afición que se ha generado, que los lunes se ha vuelto costumbre el comentario a sus carreras porque en calles de pueblos y ciudades – a lo largo y ancho del país-, la gente está muy pendiente de los éxitos de este deportista colombiano.

Yo sé que Juan Pablo es receptivo de este afecto que todos le tenemos, y sé también que la vida le ha cambiado mucho porque ahora provoca entre sus seguidores, entre periodistas y entre miles de mujeres en el mundo, entero, una verdadera fiebre. ¡Cómo será el acoso, que hace unas semanas cuando lo llamé a California, en los Estados Unidos, para felicitarlo por su gran carrera, pensó que era una pega y casi no me pasa al teléfono! ¡Gajes del oficio mi querido campeón!

Es necesario que todos sepamos que sus resultados no son una casualidad. Son el producto del sacrificio, del esfuerzo y del talento. Desde los primeros años de su infancia, Juan Pablo trabajó duro para lograr una meta: ser campeón. Por eso no ha parado ni un instante, convirtiendo su disciplina en un ejemplo para todos los colombianos.

Allí en las pistas hemos visto que este deportista ha sabido poner el talento humano por encima de la tecnología. Piloteando su carro nos ha demostrado que es el hombre, con su espíritu, el que hace la diferencia sobre las máquinas.

Siguiendo sus victorias hemos aprendido la diferencia entre banderas amarillas, verdes y de cuadros. Y hemos aprendido también, cuando con nerviosismo medimos cada segundo que pasa en los pits, lo que significa la importancia que tienen el apoyo y el trabajo en equipo,

Con satisfacción vemos que su gloria es proporcional y justa con los medios que ha empleado para adquirirla: su arrojo y su perse- verancia son un modelo para todos nuestros niños, para losjóvenes y para las familias colombianas, pues con su ejemplo nos recuerda las palabras de Franklin Delano Roosevelt, y es que «en la vida hay algo peor que el fracaso, y es el no haber intentado nada».
Sin embargo, este homenaje no es completo si no mencionamos al gran gestor de la empresa que hoy lleva el nombre de Juan Pablo.

y es que de hecho, el corredor de autos favorito de los colombianos no apareció de la nada. Nuestro campeón, es la creación de un padre que heredó a su hijo una gran pasión, y que durante toda la vida, ha legado sus conocimientos de la única forma que distingue a los mejores maestros. Claro está, siempre con el apoyo y el cariño de doña Libia, quien como mamá siempre ha estado al lado de estos dos hombres que hoy nos dan tantas satisfacciones.

Y aun periodista se adelantó a decir que hoy estamos imponiendo al automovilismo colombiano dos cruces de Boyacá, la que se lleva Juan Pablo y la que merece quien se atrevió a soñar despierto que su hijo sería campeón.

Pablo Montoya Molina, que además de ser muy reconocido en el medio, se hizo famoso en Colombia con la historia de la hipoteca a su casa para enviar a Juan Pablo a Europa. ¡Qué valioso y conmovedor es este ejemplo para las familias colombianas, pues nos con- firma a los padres que cualquier sacrificio que hagamos por nues- tros hijos, será siempre bien recompensado! Pablo: sé que usted ya tiene la satisfacción de haber visto a su hijo triunfar, y que hoy con el corazón palpitante de emoción, al lado de su esposa y sus hijos, recoge los frutos de muchos años de sacrificio, esfuerzo y dedicación. Esta familia de corredores nos demuestra que el talento de Juan Pablo viene en la sangre.

Esta es también la ocasión, don Pablo, para que el país entero reconozca su invaluable labor en el mundo del automovilismo colombiano. Usted ha logrado recorrer las pistas de muchos países, tra- yendo al país las mejores ideas para el diseño y el funcionamiento de nuestras propias pistas. Usted ha logrado ser director, importador, mecánico, arquitecto, organizador, constructor, preparador de una gran estrella, piloto ocasional, pero ante todo, ser un buen padre.

Quiero que todos tengamos en la conciencia que Juan Pablo es campeón porque lo que hace, lo hace y lo hará siempre bien. No porque tenga que llegar de primero. Ese es el ingrediente principal que don Pablo ha inculcado en su gran carrera, y que hoy vale la pena que señalemos. No necesitamos crear más ídolos de barro para después romperlos. No es necesario que nos desbordemos ante sus triunfos, si lo dejamos caer al piso cuando no llega primero.

Qué provechoso sería para nuestra sociedad, que aplicáramos en todos nuestros actos la actitud positiva y emprendedora que ha llevado al éxito a este joven corredor.

Recordemos que para él las cosas no siempre se presentan fáciles, que las mejores carreras, las que más hemos disfrutado, han sido el resultado de la persistencia, que en la pista cuando los punteros han tomado ventaja, poco a poco se va armando la carrera con creatividad, astucia e inteligencia. Al final todos los obstáculos se van dejando atrás.

De esta misma forma, en Colombia afrontamos las dificultades con el concurso de todos los que trabajamos en la construcción de un nuevo país, que nos permita competir mejor, y alcanzar las metas de empleo y de progreso que nos hemos impuesto. Todos aquí, le hemos apostado duro a dos carreras: a la de Montoya por el título cart, y a la creación de una nueva nación reconciliada y en paz, que ofrezca mejores oportunidades para todos.

Ya Juan Pablo nos demostró que si nos trazamos metas, podemos llegar muy lejos: hoyes el automovilismo, pero estamos seguros de que este triunfo se puede replicar en otras áreas, con el convencimiento de que cada uno de nosotros será responsable de lograr su grandeza.

Con humildad Juan Pablo, nos invita a trabajar con entusiasmo y optimismo. Nos invita a materializar la Colombia que nos dibujó nuestro Nobel, Gabriel García Márquez. En ese anhelado país, nuestra insignia será nuestra desmesura y nuestro aprecio por la vida. En él seguiremos el ejemplo de nuestros ídolos con la misma pasión que los creamos. En esa nueva Colombia primará el gesto sobre la reflexión, el ímpetu sobre la razón y el calor humano sobre la desconfianza. Allí nos daremos cuenta de lo valiosos que somos. Esa es la cara con la que queremos ser reconocidos en el próximo milenio.

Montémonos en ese invencible auto de carreras que nos llevará por la pista del progreso y la reconciliación. Imitemos a este gran ídolo que es hoy Juan Pablo, una cara amable de Colombia ante el mundo, un joven que nos anima a pilotear sin mirar atrás porque en la meta nos espera una bandera a cuadros, símbolo de un mejor país para todos los colombianos.

Lugar y Fecha

Bogotá, Colombia
30 de septiembre de 1999