LA «PAZ PREVENTIVA»2017-12-18T11:56:45+00:00

Project Description

Intervención del Ex presidente Andrés Pastrana en la Universidad de Bonn

Introducción

Hablar de “perspectivas” hacía parte en la antigüedad del arte de la adivinación; los etruscos dejaban esa tarea a los arúspices y en general se leía el futuro en las vísceras de los animales. Nadie escapaba a su destino: el mismo Julio César recibió el anuncio del atentado que lo llevaría a la muerte pero sabía que no podría escapar de ella y fue así como murió y con su muerte se cerró un camino de la historia.

Las cosas han cambiado al menos un poco; cientistas políticos, sociólogos y otros más han ocupado el puesto de los “adivinos” y se esfuerzan por acertar. Naturalmente los métodos son otros y ustedes saben muy bien que también se han transformado los instrumentos para construir la historia.

Una “comunidad nacional” o una “comunidad política” se forman a partir de un sueño. Lo más importante de vivir en Europa ha sido ver cómo se forjaba, cómo se realizó, cómo superó las dificultades y mirar hoy con esperanza si van a ser ustedes capaces de animar y de llenar de “Europeismo” la ampliación recientemente producida.

Europa es el sinónimo de las “utopías realizadas”; el mismo sueño norteamericano es el sueño de los migrantes europeos que allí construyeron su vivir y es ese “sueño”, esa “utopía” necesaria para la supervivencia de las culturas el tema sobre el que voy a reflexionar pensando en Latinoamérica.

El sueño de la integración

América Latina, a diferencia de Europa, carece de la presencia de un sueño, de un ideal orientador.

En efecto, el gran sueño del Libertador Simón Bolívar fue aquel de la “integración” que saltó en pedazos aún antes de su muerte porque  los países recién liberados de España no poseían la capacidad de satisfacer las exigencias que ese sueño presentaba.

El enunciado “integración” continuó como una meta a realizar,  muy hacia el futuro, en tanto que el continente veía consolidarse ordenadamente, y aún mediante una guerra de expansión, a los Estados  Unidos de América que ya, por ese entonces, mostraba los elementos claves de una “geopolítica” continental que le ha permitido no sólo apoderarse fonéticamente del término “AMERICA” sino asumir el “liderazgo unívoco” de la historia en nuestro continente. (El juicio sobre éste hecho lo elaborará la historia y en él se verán contrapuestas las mismas apreciaciones, positivas unas y negativas otras, que se escuchan hoy en el mundo de la opinión y a las que no es preciso referirse en esta oportunidad ya que están cargadas de prejuicios y de emociones.)

Frente al ascenso de esta fuerza imperial de los Estados Unidos de Norte América,  Don José Martí -recordando a Bolívar- reclamaba la urgente creación de “NUESTRA AMÉRICA” para, como parte del continente americano, poder competir con éxito, tener reglas claras de juego, poder discutir desde la igualdad con aquel que ya entonces reconocíamos con el apelativo del “coloso del Norte”.

El “sueño norteamericano” se ha realizado y es inútil manifestarnos en contra de él desde una Latinoamérica que no ha sido capaz de realizar sus propios sueños.

Desconcierta y causa admiración observar cómo desde lo político, desde lo económico y aún desde lo cultural,  después de la II Guerra Mundial, en apenas medio siglo de camino, los países europeos han logrado “ser uno” y convertirse en esta Europa capaz de ser interlocutora válida de los Estados Unidos y esperar juntos a la otra potencia del tercer milenio -la China- que hace ya su aparición en la historia.

“El sueño postergado” de América Latina -a pesar de los esfuerzos que en algunos momentos hemos realizado- no estará presente en la mesa del mundo durante el Siglo XXI si no somos capaces urgentemente los latinoamericanos de crearnos una tarea de integración real que nos entregue un “pasaporte para el futuro”.

Creando una utopía

Se necesitaría entonces que América Latina regresara seriamente  al ideal Bolivariano de la integración. Se necesitaría que desde la inteligencia política se definieran el ¿Por qué? y el ¿Para qué? de la integración tal como en Europa lo hicieron Adenauer, De Gasperi, De Gaulle y Schumann porque -como en todas las cosas de la vida- se debe saber “por qué estamos juntos” y “hacia dónde vamos a caminar”, ya que sin ello son imposibles la generosidad, las renuncias necesarias y la motivación para realizar los esfuerzos indispensables para lograr algo. Sin una respuesta a esos “por qué integrarnos” y “para qué integrarnos” lo que se abre es “la caja de Pandora” de las incertidumbres y de los conflictos.

La utopía latinoamericana debe contener la verdad cierta de que construir el futuro es redimir el pasado, es justificar los esfuerzos que se realizan y es tener la capacidad de saber a qué se debe renunciar o  qué se debe postergar en aras de un bien superior que sería aquel de la “COMUNIDAD LATINOAMERICANA DE NACIONES”.

Ello implicaría hacer del multilateralismo la “Carta Magna” de Latinoamérica porque, sin duda alguna, los grandes poderes del mundo desearán continuar negociando bilateralmente con cada pequeña nación en particular y no enfrentarse a la fortalecida realidad que sería esa Latinoamérica cuando se decida a tener un  solo pensamiento, una sola voluntad, una sola acción  y una sola capacidad de construir la “casa común  latinoamericana”.

Ustedes los europeos -más aún ustedes los alemanes- comprenden ésto y sería maravilloso poder tener un balance de las “renuncias” que tuvieron que realizar para poder marchar juntos con los antiguos enemigos y proclamar hoy ante la Historia la inutilidad de todas las muertes del pasado y el valor constructivo de todas las reconciliaciones que fueron necesarias.

Igual balance pueden hacer franceses, italianos, polacos, en fin, todos los países de la Unión que estuvieron a la altura de convertir su “sueño” en una agradable realidad y no en una dolorosa pesadilla.

La “distopía” latinoamericana

Latinoamérica es todavía un continente “distópico”. Esto quiere decir que hemos llegado a ser una “cultura incapaz de soñar”. Solamente nos ha quedado la tremenda fuerza imaginativa de lo “real maravilloso” que ejemplifica nuestro Nóbel de Literatura Gabriel García Márquez cuando desde un mundo que se destruye por “implosión” intenta a todo precio revivir un “Macondo primitivo”, que es con lo único que contamos para ingresar en definitiva en nuestra nueva historia.

Y he dicho intencionalmente que Latinoamérica es distópica porque es incapaz de soñar y repudia a los que por vocación somos “soñadores”; ustedes bien saben que si un político no sueña se convierte tan sólo en un  administrador de inventarios públicos.

Soñar exige ser utópico en cuanto a los fines y ser tremendamente realista en cuanto a los medios. Hay que saber –lo repito- para dónde se va; hay que saber qué es lo que se va a alcanzar; hay que saber con quiénes vamos a empezar el viaje; hay que saber quiénes nos esperan más adelante; hay que saber qué objeciones se interpondrán a nuestros pasos; hay que saber quiénes son nuestros amigos; hay que conocer quiénes son nuestros enemigos y, sobre todo, hay que saber cuánto de nosotros mismos tendrá que ser sacrificado en la realización de este sueño.

Con algunas excepciones, en América Latina todavía no han nacido políticos y dirigentes sociales capaces de unirse continuadamente en un objetivo de integración; de generar fuerzas de integración que los sobrevivan.

Hace falta entender que la historia sólo consagra a aquellos que han tenido la reciedumbre de aguantar sus golpes. Esto lo digo porque es común en América Latina encontrar “expertos en maniobras políticas” que pactan su propia supervivencia en el presente en lugar de efectuar el “pacto con el porvenir” que es el que garantiza que nos van a sobrevivir nuestros ideales.

Dicho en otras palabras, en América Latina son comunes quienes llegan al poder del Estado para ser populares mientras que la verdadera dimensión de la política exige que se llegue al Estado sacrificando la popularidad personal para lograr el éxito de las metas que se han propuesto.

Permítanme con William Cox, en su magnífico libro “La fiesta de los locos”, ayudarlos en la imagen de la “distopía”. El “hombre distópico” es el que está siempre atemorizado en un rincón de la sala con la espalda contra la pared,  temeroso de que alguien lo ataque y quiere al menos saber que no va a recibir el golpe por la espalda. “El hombre utópico” por el contrario, es el que está en el centro de la sala desafiando los riesgos vengan de donde vinieren. Europa, Estados Unidos, China, Japón y la India son “actores utópicos” de la historia presente. América Latina y el Africa son los niños temerosos que están contra la pared en el ángulo de un salón viendo desfilar una historia que para ellos es imposible.

Entonces ¿qué hacer?

Esta es sin duda la terrible pregunta: ¿Qué hacer? Yo he sostenido siempre que “en política lo importante no es tener la razón sino tenerla a tiempo”. Normalmente no le otorgo mayor cuidado a quienes se acercan para decirme luego de algún descalabro o de algún fracaso: “si hubiéramos hecho ésto”, “si se hubiera pensado ésto”, “si hubiéramos interpuesto este recurso”… Mi respuesta es siempre la misma: “por qué no lo dijo a tiempo”. Hablando en términos de las Fábulas de La Fontaine, eso es “llorar sobre la leche derramada”.

Latinoamérica debe prepararse, ahora, para lo que viene después de la globalización y para co-liderar la política mundial desde el pensamiento político de “la des-globalización” y de la “paz preventiva”.

Es posible que haya que aclarar este pensamiento ya que la globalización ha demostrado un buen suceso en el terreno de la economía y en el de las comunicaciones, pero no ha ocurrido lo mismo en el del bien común, en el de la lucha contra la pobreza, en el de la defensa del medio ambiente, en el de la conservación y renovación de la energía, en el de la contensión de las ordas migratorias y menos aún en la globalización de la democracia que requiere de urgentes correcciones  si se quiere que sobreviva en el corazón de quienes conforman la voluntad general de las naciones.

No es un simple dato –según datos de demoscopía- de curiosidad estadística el que en América Latina el 57% de las gentes estén dispuestas a renunciar a la “democracia” que se tiene si se encontrara otro sistema que fuera capaz de garantizar la supervivencia, la “cantidad de vida”, es decir, el mínimo de bien común que haga posible que el sistema en el que vivimos pueda en sus líneas básicas ser también el de las generaciones por venir.

Nadie duda de la crisis que acompaña a los tres pilares que sostienen la globalización, a saber: la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional y la Banca Mundial a las que, por puro pragmatismo, les va a tocar hacerse a la tarea de liderar igualmente la “des-globalización” como única estrategia para salvar los valores que han definido la democracia en Occidente y qué están naufragando a velocidades increibles.

No tenemos tiempo de dedicarnos a un análisis más detallado de esto. Son innumerables los grupos de trabajo que laboran infatigablemente por comprender la catástrofe axiológica que estamos viviendo en medio de tantas maravillas como las que nos ofrecen la tecnología y la ciencia.

Basta mirar el crecimiento del desempleo, de la desocupación, el aflojamiento de la seguridad social, la incertidumbre frente a la inseguridad y el terrorismo, la crisis de los sistemas de cooperación, la crisis energética y el incalculable número de desplazados que no teniendo nada que perder invaden hoy todas las naciones que tengan algo para ofrecer.

Hacia la “des-globalización”

Esto no quiere decir que renunciemos a una “sana economía” internacional. Es indispensable volver a diseñar “acuerdos de auténtica cooperación” en  los que se reconozcan pactos que hagan evidentes los intereses financieros, de inversión, tecnológicos y comerciales de las partes que se comprometen a cooperar.

Es preciso diseñar acuerdos de cooperación en donde los cooperantes mejoren sus formas de vivir y no simplemente que esa cooperación enriquezca -como tantas veces ocurrió- a empresas multinacionales a las que poco interesa el éxito político y el fundamento ético de la cultura de las naciones y la solidaridad que las une.

Es preciso reformular una economía que permita poder volver a hablar de que la felicidad es una meta a lograr individual y comunitariamente en la sociedad contemporánea.

Es preciso que la economía de consumo acompase su ritmo con el valor mayor de la conservación de las fuentes de energía.

Es necesario “revalorar lo local” como el punto de referencia real donde la creatividad de los individuos tiene su desarrollo. Es indispensable que en el nuevo código ético de la post-globalización la legitimidad de la ganancia no ocupe un lugar superior a la del respeto por la vida humana.

Es preciso que las regiones sean favorecidas en su afán de integración. Todos los continentes deben tener una palabra en “la mesa del mundo” porque, a decir verdad, capital, industria, agricultura, servicios y ambiente están íntimamente relacionados y son cinco manifestaciones claras de la voluntad de la especie humana por sobrevivir.

Es preciso  desactivar la terrible bomba de tiempo del terrorismo  cuyos autores aprovechan los instrumentos que les presta la globalización.

Pero es igualmente preciso asumir “las buenas cosas que ha dejado la globalización” como son la agilidad de la comunicación, el acercamiento a los conocimientos y la facilidad de interactuar con múltiples personas que en el mundo piensan y tienen urgencia de comunicar sus pensamientos.

Finalmente, creo yo que la democracia comienza a mostrar su verdadera cara cuando puede decir que satisface las necesidades básicas del ciudadano, a saber: vida, salud, alimento, vivienda, vestido apropiado, educación y puesto de trabajo, y facilita, entonces, el ingreso a los valores de la libertad de pensamiento, de expresión y de empresa que convierten al ser humano en alguien orgulloso de su dignidad de “estar sobre el mundo” y de hacerlo crecer con su presencia y con su aporte creativo.

Es en esta dirección que debe ir la reformulación de la utopía latinoamericana, ya que es aquella región del mundo que tiene super abundancia en recursos del medio ambiente, que tiene una vocación agrícola reconocida, que posee, por el don de sus gentes, la capacidad de darle “rostro humano” a los servicios que presta; que  posee un flujo significativo de capitales, y que puede cooperar satisfactoriamente en ciertas líneas de desarrollo industrial.

Latinoamérica –y en eso tenía razón Hegel- es el lugar donde reposará de su vuelo la “lechuza de Minerva”. Miren ustedes el gran significado del Brasil, Argentina y Chile; miren ustedes el dinamismo innegable de un país que, como Colombia, no sucumbe a pesar de las terribles pruebas a las que está sometido; miren ustedes el poder de México. No olviden nunca que América Latina vive entre el mar del pasado, el Atlántico, y el mar del futuro, el Pacífico.

No pueden ustedes, además, olvidar que somos interlocutores tanto de los Estados Unidos como de la Europa que nace, así como del Asia que llega con toda su fuerza, con todos sus interrogantes y con una inmensa gama de posibilidades que aún no conocemos.

Los europeos no pueden olvidar que es mejor en el mundo una “mesa plural” donde sean posibles las alianzas porque una mesa de dos o de tres conduce inevitablemente a la confrontación.

No es bueno cerrar los ojos ante América Latina. Durante mucho tiempo Europa y Estados Unidos cerraron sus ojos frente a China porque suponían que su potencia científica e industrial compensaba el desbalance que planteaban el territorio y la población. Hoy día, la China ha pasado la cuenta de esa mala evaluación que tiene 5 items que son muy importantes, a saber: 4.000 años de historia, un gobierno unitario, un Estado eficiente, un buen desarrollo  técnico y una sociedad que le otorga importancia real al trabajo. Mientras tanto Europa apenas está aprendiendo a tener un sistema integrado de gobiernos, cuya eficiencia está en muchos campos bajo sospecha, y se ha visto últimamente que tiene que redefinir su concepción del trabajo porque, si no lo hace, corre el riesgo de que sus empresas se trasladen hacia Asia, preferentemente hacia la China, para producir desde allí –desde la “religión del trabajo”- lo que no se puede exigir de quienes son afectos a la “calidad de vida” identificada con la distensión y el tiempo libre.

América Latina, es cierto, no puede ni ofrecer la cantidad de años de historia de la China, menos aún el estar unida por un gobierno, menos aún el haber sido eficiente, tampoco el haber desarrollado la ciencia, o dar primordial importancia al trabajo;  pero tiene el territorio, la población, los recursos naturales y la biodiversidad que garantizan la supervivencia del mundo. Nuestra utopía consiste en diseñar sobre esa riqueza la construcción de la “Integración Latinoamericana”, el desarrollo de la eficiencia en el arte de gobernar y de impartir justicia, el acceso a la ciencia y la demostración palpable de que somos unos pueblos capaces de trabajar con sentido creador y no solamente de fatigarnos en lo inútil.  Tenemos que vigilar con mucha atención cualquier forma de autoritarismo que está nuevamente levantando la cabeza en algunos países de América Latina. Los partidos políticos del continente están llamados a diseñar programas claros de  proyecciones concretas que el ciudadano pueda captar.

La utopía de la Integración Latinoamericana ha sido, para mí,  uno de los grandes desafíos. Estoy convencido –y eso es una vieja verdad- de “que si no peleamos juntos seremos ahorcados por separado”.

Naturalmente llegar a coincidir en esta necesidad de integración requiere de una generación, más aún, de varias generaciones, no de “managers”, no de “administradores de la cosa pública”, no de “políticos de oportunidad”, sino de “Estadistas” capaces de viajar hasta el final de sus sueños y desde allí regresarse reordenando las causas que a ese sueño conducen.

La paz preventiva

Por eso decíamos al principio de esta conferencia que era preciso la “utopía de los fines” y el gran “realismo de los medios” porque en esa tarea es preciso desatar la lógica lineal a la que estamos acostumbrados. Me explico, no se trata de confiar en que buenas causas produzcan buenos efectos. Se trata de imaginar los efectos y regresarse a corregir las causas, a modificarlas, a reorientarlas, a prepararlas para producir el efecto deseado.

Una vez más tienen razón aquellos que dijeron que la historia y la política no son asuntos de la lógica sino de la dialéctica. Por eso en la Latinoamérica que sueño,  “Nuestra América” de José Martí, que es la de Bolívar y la de San Martín y la de muchos,  lo primero que hay que hacer regresando de ese sueño, para que se le entregue a América Latina un puesto en la mesa de los grandes del mundo, es promover la “paz preventiva” que, sin duda alguna, traerá mejores resultados de los que ha traído “la guerra preventiva”.

La paz preventiva “es condición indispensable” para poder soñar una América Latina real protagonista del porvenir.

Y digo esto con angustia. Es preciso derrotar el terrorismo, la subversión, la inseguridad con la ley y con la capacidad del Estado, pero igualmente es preciso derrotar la pobreza, la exclusión, el desempleo, la carencia de educación, la vida sin perspectivas. No hay seguridad política si no hay seguridad social.

La “paz preventiva” significa que el bien común ocupe verdaderamente el puesto de prioridad que desde siempre le ha asignado la historia, no sólo en su preeminencia frente al bien individual sino también siguiendo aquella afirmación de que el bienestar de la especie humana está por encima del bienestar de las naciones singularmente consideradas.

La “paz preventiva” significa igualmente que la biofilía (es decir la conjunción entre ecología y medicina) debe garantizarnos la salvación del planeta.

La “paz preventiva” significa combatir con éxito la corrupción, promover la responsabilidad de cada quien y asegurarse de que las ejecutorias sociales puedan señalar siempre un responsable del bien o del mal causados.

La “paz preventiva” significa que la economía sea una verdadera productora de libertad para el ser humano y no simplemente la cadena dorada de una esclavitud superior.

La “paz preventiva” significa que la democracia sea verdaderamente deliberativa, que el ciudadano participe directamente en la decisión de lo que se va a hacer, en la ejecución y en la evaluación de lo realizado.

Es hora de sustituir a los profetas y a los Mesías populistas por una política que confronta al ciudadano con los retos actuales en un versadero diálogo    (NOTA: ESTA SUGERENCIA OBEDECE A QUE TU ERES LÌDER Y CON LA FRASE ESTARÌAS EXCLUYÈNDOTE DE TAL CONDICIÒN).

La “paz preventiva” significa tener la capacidad de que el ciudadano entienda los argumentos de quienes los dirijan, entiendan sus intenciones, participen de ellas y tengan la certeza de que los objetivos a lograr serán conseguidos.

La “paz preventiva” significa que las “Razones de Humanidad” primarán siempre por encima de las “Razones de Estado”.  Significa la despedida de antiguos conceptos de soberanía que tienen aún mucha fuerza en América Latina.

La “paz preventiva” significa que la democracia no se agota en el sistema electoral sino que ella, más que una forma de gobierno, es una forma de vida.

La “paz preventiva” significa, igualmente, que la política se convierta en el arte de decir la verdad y el político sea identificado con quien dice siempre la verdad.

La “paz preventiva” significa “desarrollo” que es aquel maravilloso momento en donde el progreso es compartido por todos.

***
Conclusión

Este es el porvenir de América Latina: “integrarse para construir la paz en el mundo”.

Quienes axiológicamente, políticamente, culturalmente, estamos en la orilla de la paz, sabemos muy bien el precio que debemos pagar cuando se desatan las fuerzas escondidas de la cultura de la muerte y de la guerra. No hay guerra buena ni guerra justa,  menos aún hoy cuando los muertos en su mayoría son inocentes y nada o poco tienen que ver con quienes los amenazan desde una u otra orilla.  Los amigos incondicionales de las guerras son, por lo general, aquellos que pueden pagar por su seguridad o los que pueden escaparse mientras la guerra pasa.

Es preciso esperar que en el mundo regrese de nuevo la sensatez y que América Latina sea capaz de liderarla.

Yo espero que los gobiernos de México, de Centro América, de los países andinos y de Paraguay, puedan contener con éxito la “rebelión indígena que se insinúa” y desarrollen la capacidad de responderle a esos grupos con quienes nuestras sociedades mantienen una “inmensa deuda social”, con desarrollo y con justicia distributiva y conmutativa a las demandas que plantean.

Si esto es así, si la integración se profundiza, si aprendemos a mirar el futuro, si logramos darle contornos ciertos a nuestros sueños y a nuestras esperanzas, Latinoamérica podrá sentarse junto a la Europa que ustedes representan, a América del Norte, a la China y el Japón, en la segunda mitad de este Siglo XXI que hemos comenzado.

Ninguno de nosotros vivirá lo suficiente para verlo pero es sabio aquel pensamiento que convoca a cada generación a reconocer cuál es su tarea. En efecto, para unos la tarea es sembrar, para otros es cosechar. Yo los felicito a ustedes por estar cosechando lo que sembraron, en medio de grandes dificultades, los padres de esta Europa nacida recientemente.
Les felicito por el diálogo con el mundo latinoamericano que están adelantando en esta prestigiosa Universidad.  Señor Rector, querido amigo Matthías Herdegen, cuenten conmigo para continuar acompañándolos en esta importante labor.

Muchas gracias

Lugar y Fecha

Bonn, Alemania
2004