LOS ROSTROS DE LA VERDAD, DE LA PAZ, DE LA LIBERTAD Y DE LA JUSTICIA SOCIAL2017-12-18T11:48:36+00:00

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Una aproximación a la tarea del periodista en una sociedad en crisis

Discurso del presidente Andrés Pastrana Arango, en la entrega del Premio a la Libertad de Prensa

Reflexionar sobre la sociedad a la luz del principio de la «Libertad de Prensa» es una tarea que no solamente debe ser realizada por quienes vivimos en el ámbito de las comunicaciones, sino por todos aquellos interesados en colocar los cimientos de una sociedad más humana y desarrollada.

Y qué bueno es hacerla convocando el espíritu de don Guillermo Cano cuyo recuerdo habita la inmortalidad que no ha de agotarse, pero que es un recuerdo que todavía espera ser comprendido por quienes desde su oficio reclaman su herencia como periodistas o por quienes hemos justipreciado en él al buen ciudadano que quiso librar batallas de las que surgieran razones para el consenso y para la convivencia.

Es duro observar cómo de una sociedad en crisis como la nuestra se han ido marchando esas personas que eran ya capaces de saltar sobre la propia estatura de sus méritos para ofrecer una mano generosa a la reconciliación y la otra a la construcción de futuros ciertos.

Quienes han entrado a la gloria bajo el signo del sacrificio tienen el derecho no sólo de ser recordados, sino de ser imitados, de servir de modelos que encaucen testimonios y compromisos de las nuevas generaciones.

Verdad y libertad

Sólo «los grandes» han amado estos dos valores que surgen de la dignidad misma del ser humano. Son dos valores que se reclaman y se exigen porque la verdad siente que sólo lo es cuando es libre y la libertad tiene su punto de referencia en la exigencia de ser verdadera.

La verdad se degrada cuando renuncia a ser libre y la libertad se convierte en una anarquía estéril cuando es incapaz de ser verdadera.

Hoy cuando en esta cultura de fin de Milenio hemos llegado «al final de las certezas» lo único que queda es tener la vocación por la verdad y por la libertad y hacer de ellas los grandes generadores del consenso.

Sin vocación por la verdad y por la libertad se hace cierto aquel pensar del Maestro León de Greiff cuando afirmaba: «todo no vale nada y el resto vale menos».

«La verdad os hará libres» ha dicho el Maestro de los maestros y lo enunciaba en ese orden –con sobrada razón- porque no está demostrado que en todos los casos la libertad sea generadora de verdad.

La opción de la vida

La verdad consiste en saber mirar la realidad desde los «valores» que definen lo humano; por ejemplo, consiste en saber mirar la realidad desde la opción de la vida orientando la expresión hacia todo aquello que favorezca la vigencia del «no matar».

En eso se parecen la opción del gobernante y la opción del periodista: son opción por la vida y por todo lo que la favorezca. Repugna tanto un gobernante que sólo tenga como recurso del cumplimiento de su acción el recurrir a la «fuerza» como el periodista que ayuda a crear el clima que la reclama.

Bien se dice que gobernar e informar es generar «consensos» que favorezcan la supervivencia y bien nos haría falta en esta Colombia dolorida reconocer que nuestro balance en torno a la vida es deficiente, que es preciso aclimatar acuerdos entre quienes amamos la vida para cumplir mejor nuestra tarea.

La opción de la convivencia

Cuando uno revisa la historia del surgimiento del Estado y la del nacimiento de esta profesión de periodista -que alguien definía como un apostolado de la verdad- encuentra que el Estado surge como aquella institución que debe garantizar la convivencia, y el periodismo como el ejercicio de aclimatarla.

Es por esa razón que el gobernante y el periodista se deben a propósitos comunes y a metas comunes. Ni el gobernante ni el periodista pueden tener dueño, no pueden ser de nadie, no pueden en el ejercicio de su tarea estar enajenados a ningún interés particular, de grupo o de organización.

Un gobernante lo es para todos los colombianos; un periodista lo es para todos igualmente; y debo decir que la grandeza de quienes hacen a ellos posible el vivir con dignidad, consiste en no reclamar por sus denarios otra cosa que la verdad decidida, la calidad evidente en su transmisión y la oportunidad de su vigencia.

Italo Calvino afirmaba que la tragedia de muchos gobernantes e informadores consistía en que habían olvidado que eran «trompeteros» que producían los sonidos que debían producir y no sólo las «trompetas» de mensajes ajenos.

La opción por la paz

Vivir y convivir encuentran su sentido definitivo en la «paz». Es necesario volver a creer que la paz es posible; que ella no pasa por la destrucción de los otros; que nuestro amor por la vida no pasa por la muerte de quienes nos enfrentan; de que esta patria, esta sociedad, este mundo son capaces de contenernos a todos; que la ley del más fuerte no consiste ni se realiza en la «selectividad social» a la que algunos depravados han dado el nombre de «limpieza social», sino que el más fuerte es aquel que extiende la mano al prójimo para ayudarlo a vivir y a tener vida en abundancia.

Optar por la paz es recoger los primeros frutos de la verdad. Acercarse, comunicarse, conversar, dialogar, negociar, pactar son caminos que deben ser recorridos por quienes a diario estamos reclamando ser dirigentes y formadores de la sociedad.

Quienes nos vean, quienes los vean tienen que estar ciertos de estar viendo en todos nosotros a personas de paz y no ser como aquellos que se disfrazan de pasividad para no tener que correr riesgos. Digo esto a ciencia y conciencia de estar llamando a la reflexión a quienes ante la primera dificultad renuncian al diálogo. Digo esto a ciencia y conciencia para que tampoco se equivoquen quienes suponen que este gobierno no será capaz de recurrir a la autoridad que le han entregado los ciudadanos y la constitución para garantizar el «orden socialmente necesario» que nos permita, a todos, construir juntos el país que queremos.

El gobernante y el periodista tienen la obligación, el primero, de asegurar el orden, el segundo, de propiciarlo y ninguno de los dos puede alquilarse como instrumento de aquellas minorías que llaman «orden» a aquel «orden sobrante» que les permite progresar en el rendimiento de sus intereses.

Magistralmente Alain Touraine se pregunta en su última obra titulada «Podremos vivir juntos», sí seremos capaces de crear el «orden socialmente necesario» que nos permita tener la certeza de que vamos a sobrevivir; de que nuestros hijos nos sobrevivirán; de que a orillas de este Milenio que ya se insinúa se escuchará cantar el «himno de la Alegría» y no el desesperado grito del «sálvese quien pueda».

No hay guerra buena; siempre cuando se llega a los armisticios, a las treguas, a la reconciliación, al inicio de la paz duelen los muertos que no supimos evitar, los sufrimientos que no fuimos capaces de ahorrar y atormenta la «marca de Caín» sobre la frente.

Es por ello que la «opción por la paz» está tan lejana o tan cercana de nosotros como queramos que esté.

Un gobernante, un periodista, un ciudadano, cualquiera que sea la posición desde la que sea interpelado tiene una obligación por la paz.

Para algunos la paz tiene el rostro de la tolerancia; para otros el de la información verdadera y veraz; para otros el del rostro de la productividad, para otros el del precio justo; para otros el del empleo; para otros el de la justicia social; para aquél el del desprendimiento; para éste otro el de la generosidad; para «quién sabe quien» el de la paciencia, el de la firmeza, el de la disciplina, el de la constancia, el del amor.

Qué bueno sería que nos preguntáramos: «para mí, para usted, cuál es el rostro de la paz» y saber que es por ese rostro por lo que debemos dar cuenta.

El célebre novelista Gesualdo Buffalino afirmaba con razón que los maestros, los periodistas, los Ministros de Dios, los gobernantes y los líderes sociales por obligación deben tener consigo todos los rostros de la paz.

La verdad reclama estas tres opciones: vida, convivencia y paz que son absolutamente indispensables para abrirle la puerta a la realidad de una libertad que reclama los nuevos escenarios de un mundo que ha cambiado de libreto, que tiene nuevos sueños y demanda nuevos protagonistas.

Los caminos de la libertad

Guillermo Cano fue un precursor de una «libertad de prensa» que no ha podido existir realmente porque no ha existido tampoco esa pequeña porción de verdad que reclaman la democracia y la libertad para existir. Es duro escuchar cómo Jean Francois Revel afirma que «la democracia para existir requiere de una mínima dosis de verdad» y cómo Adam Schaff l autor de «noticias de un hombre con problemas» reclama las mismas condiciones de existencia para la libertad.

Mi vocación como Gobernante no puede ser otra que la de crear condiciones para que la verdad sobreviva y haga posible la libertad en todas aquellas manifestaciones que la verdad exige.

La libertad de pensamiento, la libertad de expresión y la libertad de acción son los tres caminos privilegiados de la verdad en una sociedad que pretenda merecer el apelativo de civilizada.

Es el Estado quien debe, de manera obligatoria, garantizar y promover y defender estas libertades pero no sólo el Estado, sino todas las opciones institucionales, la sociedad civil, todas las opciones de poder estén donde estén ubicadas, piensen lo que piensen.

Así como el periodista asume la obligación de ser un «servidor de la verdad» las personas, la ciudadanía, todas las instancias sociales le rinden por este gran trabajo el homenaje de su protección eficaz. Colombia no puede seguir asesinando periodistas. Es preciso que demos un paso al frente de la historia y salgamos de esta «enfermedad del atraso» que nos hace vivir en el tiempo concluido de las pasiones políticas.

Es preciso que entendamos que «nos está matando el ayer» que no podemos seguir rindiéndole homenaje a posturas políticas superadas que deben ocupar sitio legítimamente tan sólo en la Academia.

El desarrollo de la libertad

En el ayer, la libertad consistió en el proceso de derrocar el empeño de las minorías para garantizar la expresión de las mayorías; a ello se le dio el nombre de democracia y a proteger ese derecho de pensamiento, de expresión y de acción, se dedicó la gestión del Estado y la acción de los periodistas. Hace unas pocas décadas la democracia ha venido asumiendo el desafío de defender -desde la sensatez de la mayoría-, los derechos de las minorías.

En el ayer, la justicia consistió en derrocar privilegios y garantizar la igualdad ante la ley; luego, la idea de la equidad se hizo presente con la exigencia de proporcionar a cada quien lo que le corresponde y más recientemente ha venido tomando la forma ética de recuperar para todos el respeto a lo que es fundamental y define el ser humano en su ayer, su presente y su porvenir.

Yo creo, amigos, que tenemos que actuar con urgencia, cumplir las tareas del pasado y satisfacer las del hoy; yo creo que hay que actuar contra el pensamiento único, con pensamiento plural; ya que hay que buscar un periodismo que no se agote en los hechos y en las anécdotas y se inscriba definitivamente en el frente de trabajo de construirle a esta nación los presupuestos de la libertad.

Las señas de identidad

El gobernante y el periodista tenemos la obligación de cambiar y de ayudar a cambiar sin perder nuestras «señas de identidad».

Es aquí donde veo el problema fundamental. Desconcertados por la violencia, ebrios de dolor no estamos buscando construir un camino, sino una vía de escape.

Yo espero de todos, pero sobre todo de los periodistas -de los colegas- que ayuden a ponerle fin a esta pesadilla y a construir el sueño posible de una nación; yo espero que la acción del periodista no se agote en «denunciar» problemas, sino se realice en «anunciar» soluciones; yo espero que no caigamos en la trampa de pre- pararle a esta realidad real una solución virtual; yo espero que los amantes de la verdad y de la libertad descubramos que el tiempo se acabó, que el mañana es hoy y que entendamos la pro- funda verdad que preside el título de la obra de Pensamiento de Don Federico Mayor Zaragoza cuando nos advierte que «Mañana siempre es tarde».

Periodistas para la verdad, la libertad y el optimismo

La pregunta fundamental permanece abierta y reclama una res- puesta por parte de todos. ¿Qué clase de sociedad queremos construir?
Quienes estamos aquí ya hemos adelantado unas respuestas pero escuchemos como se nos plantean los interrogante s por parte de las familias. Recientemente en la XXXIIJornada Mundial de las Comunicaciones Sociales los padres de familia plantearon a los periodistas:

¿Qué verdad están proponiéndole a nuestros hijos?
¿Qué vida les están ofreciendo?

¿Qué valores puede extraer una persona que frecuente los medios?

Son interrogantes que no se pueden evadir y que dan origen a esa especial disposición de la comunidad para acatar y defender a sus periodistas que son hoy el «Maestro Colectivo», ese formador de la opinión pública que no es otra cosa que «el modo común y colectivo de pensar y de sentir de un grupo social». Bien se ha dicho que hay que crear una opinión pública cada vez más fuerte en favor de la paz y de aquello que la construye y mantiene, como el aprecio recíproco y la concordia mutua entre los pueblos; el rechazo de toda forma de discriminación racial y de nacionalismo exasperado; el re- conocimiento de los derechos y de las justas aspiraciones de los pueblos; el desarme, en primer lugar, de los ánimos y después de los instrumentos de destrucción; el esfuerzo de resolver pacíficamente los conflictos.

Esta reflexión es buena porque ubica al periodista -al decir de Noam Chomsky- como un constructor de consensos y quien hace esto lo debe hacer con optimismo; debe crear una «auténtica gramática de los sentimientos» que convoquen al testimonio, al compromiso y siembren la alegría de que hay una alegría posible.

No hagamos de nuestras tareas en la historia una variante macabra del sepulturero que aspira a enterrarse con sus pesadillas. Se nos exige con urgencia que seamos gestadores de nuevos sueños, que tengamos la entereza de ensayar de nuevo el heroísmo.

La pobreza intelectual de una nación se pone en evidencia cuando aparece el pesimismo. Estamos acercándonos al momento crítico en donde se nos pedirá decidir si vamos a seguir con la manía de considerar que la política es tan sólo el arte de lo posible o el arte de hacer posible lo que soñamos.

Los nuevos desafíos

Un mundo global, una nueva forma de vivir y de estar presente en la historia se nos presenta ahora con todas sus exigencias en este amanecer del sigloXXI, del Tercer Milenio.

Queremos una prensa veraz y libre; una prensa sembradora de sueños posibles y de optimismo; un periodismo que se aleje tanto del conformismo como del pesimismo. Es hora de decidir qué vamos a hacer para sobrevivir y sobrevivirnos como nación.
La ecología política

Perdónenme si me atrevo a afirmar que al hablar de la libertad de prensa estoy hablando del imperativo que esta profesión tiene, de ser avanzada, cierta, de una nueva «ecología política».

Es preciso que entendamos que esta sociedad expresa no sólo sus «megatendencias» de prosperidad, conocimiento, cultura, bienestar, sino esas dolorosas «megaausencias» que se definen en la justicia social a saber: desempleo, hambre, desnutrición, excluidos, analfabetas.

Es preciso preguntarnos no sólo qué piensan nuestros lectores, sino qué opinan los que no nos pueden leer. Es preciso que no nos satisfagamos con la «opinión publicada», sino que nuestra reflexión la hagamos de cara a esa opinión pública que hemos condenado -a lo mejor sin quererlo- a asumir todas las dimensiones de nuestro silencio.

La «ecología política» a crear reclama la presencia de todos, pero sobretodo el liderazgo de los periodistas y de los gobernantes. Urge que aprendamos a entender que ha llegado la hora de trabajar en común a partir de consensos reales. Es preciso que de cada quién desaparezca el sectario y el dogmático que defienden inseguridades evidentes y que llegan a colocar con sus actitudes las sociedades a la orilla del abismo.

No tenemos derecho a la apatía; una sociedad derrotada por el desinterés es la negación de la democracia y, por tanto, de la verdad y de la libertad. Cómo recuerdo yo esa advertencia de Saramago cuando en su libro sobre la ceguera afirma: «Ya éramos ciegos en el momento en que perdimos la vista, el miedo nos cegó y el miedo nos mantendrá ciegos».

La nueva «ecología política» comienza cuando ustedes como ciudadanos, yo como ciudadano, nosotros como periodistas y como gobernante aceptemos que «nuestra responsabilidad es tener ojos ahora que los demás los han perdido».

Esa fue la enseñanza de don Guillermo Cano y la de todos los periodistas que han dado su vida por la verdad y por la libertad. A ellos rindo homenaje en éste y en todos los días.

La verticalidad ética de don Guillermo Cano sirvió de testimonio para que muchos entendieran que nuestra sociedad no podía cohabitar con el narcotráfico, causante de la descomposición moral y de la relajación de los valores ciudadanos. La condecoración con la Or- den de Boyacá, que hoy de manera póstuma le otorgamos, es el más justo reconocimiento que el país le hace a quien como él supo defender los valores democráticos.

Nosotros -ustedes y yo- debemos saber que el pensamiento de Benjamín Franklin sigue vigente: «Los que cambian su libertad por su seguridad no merecen ni libertad ni seguridad».

Quiero, al finalizar estas palabras en el marco de la entrega de este premio, hacer votos por el Periodismo Colombiano. Un gran pensador afirmaba que las instituciones morían cuando tenían «demasiado pasado, poco presente y ausencia de porvenir». Gracias a Dios sé que podemos contar con periodistas que justiprecian el abundante pasado, que han enriquecido su presente y han aceptado ya dar respuestas al porvenir.

¡Qué bueno es saber que Colombia tiene en sus periodistas «quien le escriba» la bitácora de todo lo que comienza a ser recobrado!

Lugar y Fecha

Bogotá, Colombia
3 de mayo de 1999