MIRADA MUTUA ENTRE COLOMBIA Y EL PACÍFICO2017-12-18T11:48:37+00:00

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Conferencia del presidente Andrés Pastrana Arango, en la Universidad de Beijing, en donde fue reconocido con el título de Profesor Honorario 

Vengo lleno de esperanzas a esta tierra y a esta Universidad, que son uno de los puntos de referencia obligados de todos aquellos que miran el desarrollo del mundo con realismo.

La filosofía de la sensatez

Siempre, cuando se habla de realismo y de sensatez, se utiliza en América Latina algún pasaje de la sabiduría china y es que hay algo que es preciso reconocer: «El filósofo chino es como un nadador que se zambulle pero sabe que debe volver a la superficie nuevamente; el filósofo, occidental -en cambio- es como el nadador que se zam- bulle y se enorgullece de no poder volver a la superficie».

La filosofía occidental es rica en explicaciones mientras la filosofía china es increíblemente rica en realizaciones. y lo es porque es una filosofía de la vida; es la sabiduría común del hombre de la calle; es la sapiencia del campesino y de todos aquellos que necesitan encontrar a cada paso una explicación y hacer de ella una norma de vida.

Vinculada a la sensatez, la meditación del pueblo chino está unida a los valores, se nutre de ellos y los reafirma. Nosotros, desde Occidente, nos hemos empobrecido de valores mientras nos enriquecíamos coleccionando estadísticas y hechos. Al final sabemos que vivir es un compromiso con uno mismo y con los demás.

Todavía recuerdo cómo se nos decía en la sabiduría popular: «Sé buen hijo, un buen hermano, un buen amigo, un buen ciudadano y si te queda tiempo lee libros». Muchos años después supimos que ésta era una de las normas centrales de la sabiduría china.

Entonces, permítanme decir en esta Universidad, que otorga y enri- quece el sentido de la vida de esta nación, que luego de «la gran mar- cha» comparte el liderazgo en el diseño de un mundo nuevo, es pre- ciso que todos nos esforcemos en su construcción para hacer de él una opción humana de vida, una dimensión humana del destino personal y colectivo y, por tanto, un espacio en donde el más grande y el más pequeño de los seres humanos sientan que esta realidad llamada Tierra les pertenece como señores de un destino que comparten.

Pensar en la globalización sin asumir que la China ocupa en ella una responsabilidad de primera línea, es ingenuo; pensar que ella se rea- lice en contra de la filosofía y del sentido de vivir de este pueblo, sería peligroso; creer que ella es posible sin que las dos caras de la misma moneda -Oriente y Occidente- definan el «valor» que debe tener el mundo cuyo nacimiento, ahora, se ilumina, sería engendrar un desastre contraproducente para todos.

Los grandes desafíos

Es preciso entender que lo que algunos intelectuales han dado en llamar «la muerte de las ideologías» no compromete la superviven- cia de las ideas. No existe el ayer: no existe el hoy: no existe el mañana sino que desenvolvemos el «ovillo», la «madeja», que deja ver cómo el «hilo conductor» une las diferentes etapas de una misma historia. Marco Polo lo supo y entendió que la tarea de ser humanos consiste en ser capaces de vivir de manera diferente una misma realidad.

No existen problemas exclusivos de una nación; todos nuestros problemas son iguales. Lo que varía es la intensidad como ellos aparecen en China, en Colombia, en los Estados Unidos de Norteamérica, en Yugoslavia, en la Unión Europea, en Rusia o en Australia.

El viejo pensamiento de Mao Tse-Tung tiene la vigencia que le otor- ga una realidad que surge de la capacidad que tuvo de reencontrar el hilo conductor del destino de una China que sólo encuentra su definición en el mundo y de un mundo que no puede definirse sin la China.

Nuestros grandes desafíos no son otros que los de entender:

1 . Que este mundo es para seres humanos y que por ello es preciso definir el sentido de lo humano:

50 años después de la «Declaración Universal de los Derechos Hu- manos» es preciso convenir que es mucho lo que falta por realizar; es preciso aceptar con positivo entusiasmo que la cantidad de vida y la calidad de vida van de la mano; que el derecho a sobrevivir es de todos; que el derecho a vivir libremente es de todos; que no hay ninguna institución que pueda reclamar derechos sobre la vida de sus ciudadanos ni superioridad sobre los seres humanos de otras naciones; que la justicia social no se agota en los discursos sino exige realizaciones en torno al alimento, a la salud, a la vivienda, al vestido, a la educación y al empleo.

Este imperativo de humanización nos conduce en cada momento a perfeccionar nuestra visión del ser humano y de la sociedad; a exigirnos unos a otros el cumplimiento de las tareas convenidas sin pretender ser maestros de ocasión que reclaman que crezca en el huerto ajeno lo que no están dispuestos a dejar crecer en el propio.

2. Es preciso comprender que el cuidado de la naturaleza es parte fundamental de nuestra supervivencia como seres humanos.

Tenemos «un destino común», llama la atención constatar cómo en la globalización se ha cumplido con la etapa dolorosa de ver globalizados los peligros de la supervivencia de este escenario que llamas «planeta Tierra», la «nave azul del universo». Atentar contra el ambiente, reducir el significado de una ecología sana es atentar contra el fundamental derecho humano de la vida de todos y -lo que es más injusto- de la de aquellos que verán apenas el amanecer en el tiempo que vendrá.

Golpear la naturaleza es atentar contra los derechos de la humanidad porque es colocar un interrogante sin solución sobre la existen- cia. Se deben aceptar los reclamos de quienes defienden la vida individual y colectiva de los seres humanos ahora, pero es preciso demandar de ellos que cese la amenaza de la vida de millones y millones que padecen la polución, la degradación del planeta, la limpieza del aire y del agua, la vida de los bosques.

Es preciso que entendamos esa verdad de que «no hemos recibido la tierra como herencia de nuestros padres, sino como préstamo de nuestros hijos».

3. Es preciso entender que sólo en la paz crece el desarrollo en términos humanos.

Yo estoy absolutamente convencido de que la paz es el punto de partida para construir una democracia que surja marcada por la justicia social, la libertad de pensamiento y de expresión; yo estoy convencido de que en las naciones y en el mundo es urgente parar la muerte y comenzar a negociar en términos de vida y de dignidad. Es urgente que les permitamos a nuestros adversarios y nos permitamos a nosotros mismos estar con vida para cuando decidamos que todos merecemos existir, para cuando acordemos qué clase de sociedad, qué proyecto social vamos a construir y cómo van a circular los protagonismos, el poder como expresión política de la voluntad de servicio y el disfrute de la legítima capacidad de felicidad que cada persona reclama para sí misma.

Yo estoy absolutamente convencido de que es preciso reconstruirles a los pueblos la capacidad de soñar; sólo un sueño compartido permite la unión de voluntades para lograrlo; una nación violenta es una nación que ha perdido la magia de sus propios sueños y por tanto la capacidad de ser un interlocutor confiable en el mundo.

Estoy convencido de que los colombianos queremos la paz. Duran- te cerca de 40 años hemos sufrido una violencia absurda que nos ha costado demasiado. Nuestro pueblo está ansioso por lograr la paz y yo como su Presidente tengo el compromiso y la obligación de buscarla. Desde antes de asumir la presidencia me comprometí a liderar este proceso de manera personal y así lo estoy haciendo.

Porque estoy convencido de que la reconciliación es el principal pro- pósito nacional, hemos dado inicio a un proceso de paz con los grupos insurgentes, que exige, antes que nada, un viraje profundo hacia los valores, una recuperación de la dignidad de la vida humana y sobre todo, el convencimiento de que tenemos que hacer todos los esfuerzos necesarios para lograrla.

La propuesta que estoy liderando para ponerle fin al enfrentamiento armado, tiene como fundamento una paz integral mediante una solución política negociada que permita la participación de todos en el diseño de un nuevo país.

Hemos avanzado mucho en esta vía. Con las Farc, uno de los grupos subversivos, ya hemos terminado la primera etapa que denominamos de diálogo en la cual acordamos una agenda común, que nos permitió pasar a la etapa de negociación que ahora estamos iniciando. Con el Eln, otro grupo subversivo, hemos mantenido las puertas abiertas.

Una vez se dé la liberación de todos los civiles secuestrados recientemente en un vuelo comercial, estamos plenamente dispuestos a reiniciar el proceso de conversaciones.

No hay guerra buena; no hay paz mala. Sólo la paz construye caminos. Hago parte de aquellos que están dispuestos a «hacerlo todo por la paz»; en la paz no hay gestos inútiles ni palabras sobrantes; la paz exige competir en «hacer gestos oportunos» que desarmen no sólo a quienes profesan la lógica de la guerra, sino a quienes creen que sólo la muerte de los otros les dará la tranquilidad propia.

Sólo deteniendo la máquina de la muerte se le puede entregar una oportunidad a la vida. En lo que hay que competir ahora es en quién toma mejores y más oportunas iniciativas de paz y bien sé lo que les digo: es contundente la lógica de quienes queremos fundar la nueva sociedad en la paz; sabemos que al final ella se impondrá y comprendemos que la primera de las tareas es reclamar credibilidad para la paz, no sólo de los confrontados sino de quienes no están dispuestos a pagar los precios posteriores de la paz que sólo puede tener el rostro de la justicia social.

4 . Es preciso entender que hay que ponerle término al armamentismo, al narcotráfico y a esa cultura que hace que el bienestar de algu- nos se alimente de las desgracias ajenas.

Digo esto porque hay quienes están siempre dispuestos a descubrir lo que los otros deben hacer pero son incapaces de descubrir las propias tareas que deben cumplir. Hay quienes quieren ser reconocidos como campeones de los derechos humanos mientras venden y comercian con las armas que permitirán darles muerte; hay quienes reclaman contra la drogadicción pero suministran los insumos que hacen posible la producción y el narcotráfico y hay quienes hablan de los «dineros malditos de la droga», pero les otorgan protección y defensa en su sistema financiero.

Qué bueno es poder promover el que la responsabilidad internacional se sincronice en el reclamo y en la contribución propia por satisfacerle.

Urge convencer al mundo de la evidencia de que si no se le entregan «utopías posibles» a las nuevas generaciones; valores seguros por construir; proyectos realizables y el protagonismo necesario, la energía que traen se concentrará en la tarea de evadirse de una realidad que nada le dice y en nada lo compromete.

Es muy distinto crear fantasías a crear sueños; la fantasía mata la realidad; el sueño la diseña; soñar es hacer un pacto con una realidad que se construye a partir de cada uno de los que comparten ese sueño. Y lo digo aquí en una tierra que ha hecho realidad todo lo soñado.

5. Es preciso reformular la economía del mundo de tal manera que produzca riqueza, bienestar, empleo, justicia social y paz.

No se puede hablar de economía moderna si ella está produciendo pobreza, exclusión, desempleo e incertidumbre. La economía está hecha para el ser humano y no el ser humano para la economía.

Yo entiendo los reclamos de quienes exigen paz para garantizar el éxito de la gestión económica, pero reclamo de ellos que entiendan también que si bien es cierto aquello de paz para la economía no es menos cierto -y además es prioritario- que debe existir una economía para la paz.

He repetido hasta la saciedad que no podemos estar exigiendo que defiendan la democracia quienes sólo han recibido de ella dolores y carencias.

La economía del mundo tiene una deuda que satisfacer con la paz de los países en desarrollo. La «deuda externa» debe abrir caminos a pagar internamente la «deuda social»; la inversión al tiempo que pro- ductiva debe despertar iniciativas empresariales que satisfagan la demanda de empleos y las ganancias y rendimientos deben aprender que sólo encontrarán seguridad si han garantizado de antemano la posibilidad cierta de la «seguridad social» para todos.

Ni la apertura, ni la globalización son malas; lo que sucede es lo mismo que en el ajedrez, que «una apertura» pone en riesgo el resultado de la partida.

La economía del mundo debe corregir sus defectos que golpean a los pobres del primer mundo y a las mayorías del tercero, no sólo con cooperación, sino con justicia social y oportunidades.

6. Es preciso «dar a luz» una cultura cargada de conocimiento, de esperanza y de optimismo.

Una nación que renuncia al conocimiento renuncia al futuro; la cultura, si no trae consigo la creación de esa percepción de que no basta movernos con la historia, sino que es preciso mover la historia no es una cultura. El conocimiento es la única oportunidad de ponernos al día con este siglo XXI de Occidente, con la época nueva que para todos amanece, sea cual sea el modo cronólogico de contar.

Cuando las nuevas generaciones comprendan la fuerza y el beneficio del conocimiento verán de nuevo renacer la esperanza y el optimismo.

No hay peor señal para el porvenir de un pueblo que una juventud entregada al pesimismo, al desasosiego, a la desesperación.

Ustedes y nosotros tenemos que trabajar con urgencia en estas tareas. «Conocimiento, esperanza, optimismo» se requieren para abrir de par en par las puertas de una globalización que nos hará dueños de nuestro propio destino y corresponsables del destino de nuestros semejantes.

7. Por todo ello es indispensable cooperar.

Todos sabemos que el Pacífico se ha venido convirtiendo en uno de los ejes más significativos de las posibilidades de desarrollo, que es creciente el dinamismo económico y que ganan en significado las operaciones de exportación y de importación y hay quienes dicen que la prosperidad y el dinamismo de la economía se encuentran en la cuenca del Pacífico; que el futuro de la biodiversidad se juega aquí sus mejores cartas; que el cuidado del ambiente puede desarrollar entre ustedes los mejores aliados, que los distintos «foros» creados a lo largo de los tiempos deben integrarse en esa gran estrategia de la «mirada mutua entre Colombia y el Pacífico» en especial con esa mirada profunda de esta cultura que desde la China se abre a la integración.

Con ustedes se hará realidad esa verdad que ha venido naciendo de que si bien el Atlántico fue el mar exclusivo del desarrollo en el siglo XX, el Pacífico será para los países en desarrollo el mar del siglo XXI, desde el cual extenderemos las manos para encontrar la mano amigable de quienes desde aquí salgan a nuestro encuentro.

Permítanme contarles algo de nuestra historia que los compromete a ustedes.

Fue desde Colombia -el 29 de septiembre de 1513 en la Colombia de entonces- desde donde Vasco Núñez de Balboa acompañado de 67 hombres, de Paquiaco y del perro Leoncio que se descubrió el Mar del Sur desde la Sierra. El cronista Don Francisco López de Gómara recoge la profundidad y el sentido de la frase de Balboa: «Veisallí – amigos míos- lo mucho que deseábamos».

Cómo olvidar, además, a Don Nicolás Tanco Armero -comerciante- quien desde 1854 llegó a estas tierras y luego describió sus maravillas en ese libro titulado «Viaje de Nueva Granada a China y de China a Francia»; cómo no sentir que desde aquí se escucha la convocatoria a reconocer que tenemos un futuro común.

Permítanme, amigos míos, repetir a mi manera el pensamiento de Balboa y hacerlo a nombre de todos los colombianos: «Ved amigos aquí a los amigos de cuya amistad tanto tiempo hemos deseado».

Lugar y Fecha

Beijing, China
14 de mayo de 1999