NUESTRO OBJETIVO, UNA NUEVA COLOMBIA2017-12-18T11:48:37+00:00

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Discurso del presidente Andrés Pastrana en la Universidad de Ottawa, en Canadá

«Permítanme comenzar por agradecerle a la Universidad de Ottawa por la invitación a hablar hoy aquí. Desde mi posesión, en agosto pasado, donde quiera que voy, como parte de mi doble misión de mejorar el entendimiento sobre el proceso de paz colombiano y promover la inversión y el comercio, siempre me gusta visitar una universidad y hablar con los estudiantes y la facultad que suelen ser la audiencia más difícil. La Universidad de Ottawa, desde que fue fundada como el College of Bytown hace 150 años, ha defendido principios muy claros: promover y defender la diversidad de culturas; desarrollar la causa de la mujer en general; y ampliar sus contactos con el resto del mundo. Ustedes han logrado todo eso y mucho más. Lo que se ha convertido en la más grande universidad bilingüe de Norteamérica también es un centro de altos estudios, reconocido internacionalmente por su excelencia.

Vemos con gran complacencia su interés en Colombia y esperamos que haya mucho más intercambio que el que ya existe.

He venido para hablar acerca de la paz, en particular acerca de los esfuerzos de mi gobierno por ponerle un fin honorable a una insurgencia armada que ha azotado a Colombia durante casi 40 años. Las perspectivas nunca habían sido mejores, la voluntad de nuestra Nación nunca ha sido tan fuerte. Los colombianos están más que cansados del conflicto, su deseo y determinación por trabajar por la paz conllevaron la mayor votación en la historia de Colombia, primero por el Voto por la Paz y luego en las elecciones presidenciales. El mandato de mi gobierno es claro y sin precedentes: el pueblo ha hablado alto y claro: quiere paz, quiere que sanen las heridas y quiere que el país vuelva a estar unido.

No es una tarea fácil. Si los últimos eventos relacionados con la paz, ya sea en Centroamérica, Irlanda del Norte o el Medio Oriente, nos enseñan algo es que el proceso nunca es fácil y que es común que se presenten inconvenientes. Pero también nos enseñan que con determinación y paciencia, resolución y visión, la paz siempre está al alcance de la mano. Cada iniciativa de paz ha recibido una gran ayuda internacional, tanto en términos de apoyo político como en ayuda material para impulsar el desarrollo y facilitar el comercio. Cualquier paz duradera debe estar acompañada de crecimiento económico crecimiento que llegue a todos los ciudadanos porque allí donde hay pobreza, aislamiento y abandono germinan las semillas de la rebelión.

Antes de hablar específicamente acerca del proceso de paz, permítanme tomarme unos minutos para darles una idea de lo que es Colombia. En esta era de titulares y noticias cortas corremos el riesgo de no ser más que estereotipos. Como periodista que solía ser, comprendo la necesidad de la edición y de los resúmenes cortos; pero como Presidente, me preocupa que haya tanto que podría ser noticia y que nunca llega a las audiencias, especialmente respecto a Colombia, que casi siempre se enfoca desde el punto de vista del narcotráfico. Sin duda se trata de un asunto de suma importancia y uno frente al cual mi administración ha actuado con decisión. Las drogas ilicitas representan una de las mayores amenazas para el mundo y debemos esmerarnos en nuestros esfuerzos por ganarles la guerra.

Pero al decir que en Colombia sólo hay drogas es como decir que en Canadá sólo hay hockey sobre hielo, una suposición absurda, lo sé. Colombia es la democracia más antigua y más estable de Suramérica, nuestras instituciones han estado presentes y han sido retadas durante casi doscientos años. Muchos de nuestros presidentes fueron poetas y políticos, y desarrollamos un gran respeto por la retórica y por el lenguaje y la filosofía de gobernar. Desde el punto de vista geográfico, pertenecemos al Caribe y al Pacífico, al Amazonas y a los Andes. Nuestras tres principales ciudades, Bogotá, Medellín y Cali, son andinas, aunque cada una se encuentra ubicada a una altura diferente y culturas diferentes. Tenemos una gran riqueza en re- cursos naturales, petróleo, carbón, mineral de hierro y níquel, por no mencionar los metales preciosos y semipreciosos. Somos el segundo productor mundial de flores así como de café, y en términos de medio ambiente somos de las naciones con mayor diversidad del mundo -el diez por ciento de las especies de la tierra se encuentra en Colombia-o También nos hemos ganado una envidiable reputación económica, ya que nunca hemos faltado a un préstamo o dejado de honrar una deuda. No hemos tenido un solo año de crecimiento económico negativo desde 1932. Esto es aun más impresionante cuando se tiene en cuenta la insurgencia -somos tan afortunados y hemos logrado tanto, pero padecemos de este terrible conflicto-. Todo esto refuerza la necesidad de lograr la paz e indica que hay posibilidades aun mayores.

Las raíces de la insurgencia aparecieron hace 50 años. El momento definitivo fue el magnicidio de 1948 de Jorge Eliécer Gaitán, líder del Partido Liberal que expresó muchas de las injusticias que sufrían los menos favorecidos. Después de este trágico evento, la violencia ha continuado. Importantes esfuerzos para lograr la reconciliación fue- ron adelantados por los principales partidos políticos. Mi padre, Misael Pastrana Barrero, como Presidente de Colombia, fue un actor prominente de este esfuerzo histórico.

En la década pasada se lograron algunos acuerdos de paz con varios grupos guerrilleros que desde entonces han tomado parte en la vida democrática. Tal es el caso del M-19, un grupo guerrillero urbano que desde 1989 ha jugado un papel activo en la sociedad colaborando incluso en el diseño de nuestra nueva Constitución de 1991 y algunos de sus miembros han alcanzado posiciones en la vida política colombiana. Este grupo también ha mantenido su apoyo a las iniciativas de paz en los meses recientes.

Los dos grupos guerrilleros más grandes, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc, el más antiguo, y el Ejército de Liberación Nacional (ELN),son de origen rural y sus campamentos se encuentran en la selva. El objetivo de mi gobierno es negociar con ambas organizaciones. Hace apenas cuatro semanas, cuando para algunos parecía que el proceso de paz estaba estancado me reuní personalmente, por segunda vez, con el comandante de las Farc, Manuel Marulanda, en un lugar de la selva. Allí acordamos algunos puntos importantes: primero, que el proceso de paz se debe impulsar, y ambos lo hemos hecho; segundo, que el territorio y la soberanía de Colombia no son negociables; tercero, que los dos apoyamos la necesidad de programas de sustitución de cultivos ilícitos para darle a los campesinos alternativas reales a la coca y la amapola; cuarto, que era el momento adecuado para finalizar la elabora- ción de una agenda para las negociaciones; y, quinto, que para la zona de despeje haríamos un Reglamento para su funcionamiento y de común acuerdo nombraríamos una comisión internacional para verificar su cumplimiento.

Antes de esbozar la agenda de paz de mi gobierno, permítanme decir algunas palabras acerca de la zona de distensión, que ha tenido publicidad distorsionada. La zona no es -repito que no es- una entrega de facto del territorio o de soberanía a las Farc. Como lo dije anteriormente -las fronteras y el territorio de Colombia no son negociables- nuestro objetivo común es la reconciliación nacional y no la división.

Si cualquier proceso de paz ha de prosperar, todas las partes deben dejar a un lado antiguas animosidades y miedos y tratar de crear confianza. Esto requiere algo más que tiempo, requiere acciones concretas. La zona fue creada como área en la cual se pudieran realizar las negociaciones, con el ánimo de tener seguridad y confianza. La creación de esta zona es una experiencia única en el mundo, en ninguno de los procesos de paz del mundo se ha utilizado este mecanismo.

Ahora permítanme hablar acerca de los planes de paz de mi gobierno. Tal y como lo prometí durante mi campaña, la administración Pastrana actuaría prontamente y con decisión para establecer los pasos concretos que conllevaran a un proceso de paz viable. Y esto lo hemos hecho. También hemos convocado una alianza nacional para la paz y contra el crimen, para proteger los derechos humanos y combatir la corrupción, el problema mundial de las drogas y la injusticia social, y crear de esta manera un ambiente realista para la paz.

Un aspecto esencial para las iniciativas de paz de mi gobierno es el Plan Colombia, un verdadero Plan Marshall de desarrollo social y económico dirigido a las regiones más afectadas por la violencia. El Plan, promoverá el desarrollo y la inversión en varios frentes, en el corto y largo plazo, en sectores como la agricultura y la infraestructura, para fortalecer muestra sociedad y para acercar y prote- ger a los ciudadanos y protegerlos.

Al mismo tiempo, el Plan Colombia apoyará programas que fomenten una cultura de paz en la educación y a nivel municipal. Y para ayudar a financiar todos estos esfuerzos, el Plan creó un fondo para la paz, que será una herramienta financiera complementaria a las acciones del Estado que permitirá la contribución de todos los ciudadanos y de la Comunidad Internacional. El Fondo fue diseñado como mecanismo para canalizar los recursos, de manera rápida y eficiente, hacia las regiones más necesitadas.

Igualmente importante es la necesidad de una reforma política, y mi administración está impulsando amplias medidas que el pueblo colombiano desea y se merece. Esto significa una mayor transpa- rencia en todas nuestras instituciones y un ataque frontal a la corrupción. Estos dos asuntos van de la mano, para reforzar nuestra democracia debemos no sólo facilitársela a todos y asegurar un mayor acceso, sino que ésta debe ser más responsable y asegurar que aquellos que tratan de corromper el sistema, a cualquier nivel, sientan el peso de la ley.

Esto significa que debemos preservar una verdadera separación de poderes entre las principales ramas del gobierno, que refuerce la independencia de opinión, la legitimidad de la oposición y la responsabilidad por los hechos. También debemos trabajar para darle mayor autonomía y control a las diferentes regiones del país, la descentralización significará que cada ciudadano tenga acceso real e in- mediato a las determinaciones que más lo afectan.

También es importante, en el mundo globalizado e interconectado de hoy, involucrar a la comunidad internacional en nuestros esfuerzos, como ya ha sucedido en otros procesos de paz. Ya sea para facilitar las negociaciones, para financiar iniciativas, para aportar expertos o para ser observadores oficiales, la comunidad interna- cional puede y debe jugar un papel de apoyo. Nuestros vecinos industrializados del norte, incluido el Canadá, pueden jugar un papel importante en este aspecto, tanto de manera independiente, como conjuntamente con el sector privado colombiano, para generar empleo, y ofrecer oportunidades en nombre del interés propio ilustrado.

He dicho que el narcotráfico es el principal enemigo de la paz. Los programas de desarrollo alternativo ofrecen a los campesinos alternativas viables y decorosas para su subsistencia y bienestar. Las Naciones Unidas y la comunidad internacional jugarán un apoyo importante en el apoyo de estas iniciativas.

Hoy, algunas regiones de Colombia están amenazadas por la violencia de la guerrilla y de los paramilitares. Esta es la razón por la cual, como parte de nuestros esfuerzos por garantizar la paz y fo- mentar la reconciliación entre los colombianos, debemos trabajar por reforzar la presencia de la autoridad legítima del Estado a todo el país. Y el Estado no puede tolerar la existencia de grupos paramilitares que presentan una grave amenaza para el proceso de paz y cuya evidente violación de los derechos humanos no se quedará sin castigo. He sido muy claro al respecto en el nombre de la Colombia que dicen amar y honrar, deben cesar inmediatamente estas atrocidades y deponer sus armas. El gobierno no cesará en sus esfuerzos para hacerla s responsables y llevarlos a la justicia.

Debemos asegurar que nuestro sistema sea lo suficientemente fuer- te para garantizar los derechos fundamentales de todos los ciudadanos. Si las denuncias de violaciones a los derechos humanos son ignoradas, guardadas bajo el tapete, las instituciones creadas para proteger nuestras libertades pasarían a ser instrumentos útiles para el crimen. Es por esto que debemos garantizar que cada caso sea tramitado y resuelto.

Finalmente, debemos tener claro que Colombia está luchando dos guerras diferentes: la primera es contra la guerrilla, cuyos orígenes son políticos y sociales, y con quienes podemos negociar como par- te de nuestro compromiso de ponerle fin a la violencia, reformar nuestras instituciones políticas y prestar asistencia económica -en resumen, de reconstruir nuestra sociedad.

El segundo conflicto es contra el tráfico de drogas ilícitas, cuyos orígenes son criminales y con quienes nunca negociaremos. Su amenaza para nuestra sociedad y el mundo en general requiere una lucha multilateral unificada que podemos ganar y de hecho lo haremos.

Nuestro objetivo es nada menos que una nueva Colombia. Debemos construir sobre nuestras fortalezas, sobre la consagración probada de la democracia y el respeto por los individuos, acompañados de nuevas iniciativas para reformar esas mismas instituciones, y asegurar que beneficien a todos los colombianos y no sólo a unos pocos. Debemos llevar este Estado reformado y responsable a las áreas que han sido golpeadas por largos años de violencia y abandono. Debemos suministrar mejores carreteras y servicios, una mejor educación, garantías de seguridad y oportunidades de trabajo alternativas honorables a la insurgencia y a los cultivos ilícitos. Debemos ayudarles a aquellos que han debido abandonar sus tierras para que regresen a ellas y las vuelvan a hacer productivas. Y debemos involucrar al mundo, en términos de inversión, industria y comer- cio, para que a esas regiones que han estado sumidas durante tanto tiempo en la pobreza y el aislamiento llegue lo mejor que el mundo tiene para ofrecer, al tiempo que exportamos nuestros propios pro- ductos y servicios hacia mercados justos y abiertos.

Creo que el momento ha llegado de lograr la paz en Colombia, de crear el país que tanto nos merecemos, ahora que entramos en un nuevo milenio. Le dedico casi todo mi tiempo y energía a este propósito y recibo con brazos abiertos su interés y apoyo.

Lugar y Fecha

Ottawa, Canadá
31 de mayo de 1999