PALABRAS DEL PRESIDENTE DE COLOMBIA, ANDRÉS PASTRANA, EN LA PRIMERA SESIÓN PLENARIA DE LA III CUMBRE DE LAS AMÉRICAS2017-12-18T11:45:59+00:00

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Palabras del Presidente de Colombia, Andrés Pastrana, en la primera sesión plenaria de la III Cumbre de las Américas.

Represento, con orgullo, una nación en pie por la democracia. Un pueblo que no sólo ha vivido en democracia desde hace más de 181 años, sino que también está dispuesto a librar todas las batallas para defenderla, para consolidarla y para fortalecerla en nuestro país y en todo el continente.

Colombia, enfrentada a los vientos destructores de la violencia insensata y de las drogas ilícitas, se ha mantenido apegada a las soluciones de derecho. Y nuestra fuerza es la fe inconmovible en los principios de la libertad y de la democracia.

Hemos sufrido mucho. Hemos sentido en carne propia los estragos de la violencia, pero nuestra democracia no se doblega. Está viva. Está lista para fortalecerse y para hacerse cada vez más transparente.

No les quepa duda. Si la democracia en Colombia fuera débil, ya habría desaparecido. Nuestra fuerza está en ella, mediante la participación libre y decidida de nuestra gente en las decisiones políticas y en nuestras instituciones republicanas.

El compromiso de Colombia con la democracia y con las normas y mecanismos para preservarla y depurarla, emanadas de la Organización de Estados Americanos y de otras instancias regionales como el Grupo de Río y la Comunidad Andina, así como de programas globales, es hoy más firme que nunca. Apoyamos con decisión la iniciativa de articular todos estos esfuerzos en una gran carta de orientación que sistematice y reúna los diversos instrumentos americanos para la defensa y avance de la democracia.

Mi país es un eslabón en la inmensa cadena democrática de América: un eslabón fuerte y seguro, que se enfrenta con coraje a las amenazas que lo circundan y que atenazan su futuro.

Colombia ha sido víctima de un problema mundial, como lo son las drogas ilícitas, y de un conflicto interno que se alimenta de este flagelo, pero no renuncia a su derecho de vivir y progresar en paz ni a su obligación de ayudar a construir un sistema interamericano más solidario.

Los grupos que generan violencia en mi país no luchan, como ha ocurrido en otras partes del mundo, para liberar al pueblo de un régimen tiránico y dictatorial, violador de los derechos humanos. En el caso colombiano el conflicto está generado por grupos minoritarios que han tomado equivocadamente el camino de las armas y que han promovido una violencia insensata, enfrentando al Estado y a una sociedad mayoritariamente convencida de la superioridad de la democracia, con sus métodos pacíficos de reforma.

Hoy vivimos en Colombia un momento crucial en el que la sociedad les está ofreciendo a los grupos armados una opción para que se incorporen al sistema democrático a través de la vía política y civilista, y para que corten sus vínculos con el narcotráfico, cuyos recursos sirven como combustible para toda esta violencia y para la degradación del conflicto.

En tal sentido, yo estoy liderando en mi país, siguiendo el mandato de mis compatriotas, un proceso de paz para buscar una solución política al conflicto interno. Pero debemos ser realistas: mientras el problema mundial de las drogas siga enraizado en nuestras naciones, agobiándonos con sus largos tentáculos, cualquier esfuerzo se verá ahogado por su enorme poder corruptor y destructor.

Señores Jefes de Estado y Jefes de Gobierno:

El problema de las drogas ilícitas -y la amenaza que implica contra nuestros sistemas democráticos y contra el tejido social de nuestros pueblos- no es sólo un problema de Colombia: el epicentro está en todos y cada uno de nuestros países, que hacen parte, de una u otra forma, de esta cadena de muerte y de dolor.

Las consecuencias, que hoy sufre Colombia más que ninguna otra nación, son un peligro latente para todo el continente: no por parte de Colombia -que es básicamente víctima y combatiente-, sino porque cada país tiene dentro de sí algún síntoma de esta endemia global.

Es importante que cada Estado, en lugar de mirar sólo hacia afuera, reconozca su cuota de responsabilidad, antes de que sea demasiado tarde, para que, de esta manera, fortalezcamos entre todos una Estrategia Integral contra las Drogas Ilícitas.

Es tiempo de admitir que ningún esfuerzo individual y subregional es suficiente por sí solo para enfrentar un flagelo de estas dimensiones. Por ello debemos potenciar el Mecanismo de Evaluación Multilateral y dotar a la Estrategia no sólo de una estructura operativa eficaz sino también de una instancia de cooperación política y judicial del más alto nivel que garantice su análisis y seguimiento.

Además, tenemos que darle sostenibilidad económica y social al proceso de sustitución de cultivos ilícitos, de tal forma que los campesinos de las naciones afectadas puedan obtener ingresos justos por el cultivo de productos legales.

En este sentido, Colombia, así como todos los países que han visto crecer en su suelo las semillas de la droga, requiere la posibilidad de un comercio abierto y equitativo que le permita orientar su economía en el sentido correcto y afrontar los nuevos desequilibrios que genera la globalización.

Mi país está listo para anticipar la conclusión de las negociaciones del Área de Libre Comercio de las Américas con el propósito de que ésta entre en vigor en el año 2005. Con el mismo énfasis, confía en que la libertad comercial contemple un acceso preferencial a los mercados de los productos derivados de los programas de desarrollo alternativo.

Sólo así, con una estrategia integral contra las drogas, con cooperación internacional, con comercio equitativo, podremos vencer mancomunadamente un enemigo cuyo germen todos tenemos en casa, que puede convertirse en el mayor desestabilizador de las democracias de nuestro continente.

Apreciados colegas americanos:

Tengo también el convencimiento de que para fortalecer la democracia es necesario alcanzar una estabilidad y un crecimiento económico que aseguren un auténtico desarrollo humano. Nuestras sociedades exigen una respuesta clara y firme de quienes tenemos la responsabilidad de liderarlas. Una respuesta que, al tiempo que garantice su bienestar en el largo plazo, atienda sus necesidades básicas de supervivencia.

Es imperioso que seamos realistas: Cuando estas necesidades no están satisfechas, ¡qué difícil es creer en el largo plazo! Cuando acosan el hambre, la miseria y el desempleo, ¡qué difícil es creer en lo estructural y qué fácil incurrir en el populismo irresponsable!

Tenemos que evitar la tentación de caer en el populismo del corto plazo pero también la soberbia de pensar únicamente en las soluciones estructurales, mientras nuestros pueblos sufren y esperan. Si hoy proliferan algunas opciones populistas o si crece el descontento social ello se debe a la torpeza política de no haber sabido equilibrar presentes con futuros.

Cuando algunos ofrecen lo divino y lo humano en la inmediatez están sacrificando un futuro de prosperidad para su pueblo. Y nada hay más peligroso para la democracia que este populismo irresponsable. El retorno a este populismo radical ha probado, en el curso de la historia, ser nefasto para las democracias latinoamericanas.

En el otro lado de la balanza se encuentran quienes nos piden pensar únicamente en el futuro, olvidando que las necesidades de nuestros pueblos no dan espera. Los abanderados de las reformas estructurales o del famoso consenso de Washington deben entender que una posición intransigente y alejada de la realidad social ha sido siempre, y puede ser de nuevo, el cultivo de situaciones críticas o peligrosas. ¡Nuestra América está llena de presente y no podemos darle la espalda!

Lo que yo he buscado en mi gobierno y lo que propongo a todos los gobiernos americanos es que avancemos hacia un equilibrio entre la urgencia de llenar los vacíos del corto plazo y la importancia de construir un crecimiento estable en el largo plazo.

¡Ortodoxia inteligente! ¡Ortodoxia sensible! No primeras, segundas, ni terceras vías, sino la única vía: la vía del equilibrio entre las medidas de largo y corto plazo; el justo término medio entre reformas estructurales y justicia social. Ahí reside el verdadero soporte de la democracia.

Yo creo en la ortodoxia económica. He luchado como pocos en su defensa, en un entorno más adverso que el que haya vivido cualquiera de los presentes. Pero no creo en la miopía política. Por eso estoy decidido a buscar el equilibrio entre lo urgente y lo importante, entre lo conveniente y lo absolutamente necesario.

La política, mi política, la política que les propongo, es el arte de equilibrar el presente y el futuro.

Si luchamos juntos, queridos amigos, si trabajamos en plena cooperación, ese porvenir que estamos construyendo desde hoy tendrá, por fin, ¡la medida de nuestros sueños!

Muchas gracias

Lugar y Fecha

Quebec, Canadá
21 de julio de 2001