PALABRAS DEL PRESIDENTE PASTRANA, CON MOTIVO DE LA IMPOSICIÓN DE LA ORDEN DE BOYACÁ A OCHO ILUSTRES COLOMBIANOS2017-12-18T11:46:39+00:00

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Palabras del Presidente Pastrana, con motivo de la imposición de la Orden de Boyacá a ocho ilustres colombianos por su aporte a la cultura.

“LOS OCHO DE OCHENTA”
(Homenaje a la Generación de 1920)

Algo debió pasar en 1920… Tal vez una especial conjunción astrológica que puso en línea las órbitas de Saturno, Marte y Júpiter con la Quinta Casa del panorama astral. Tal vez un terremoto en el Olimpo, que nos dejó caer en forma de pequeños niños a lo mejor de las virtudes dionisíacas. Tal vez hubo algo en la alimentación o los sueños de esas madres hermosas y vitales que dieron a luz el futuro del siglo XX. No sé… De verdad no sé. ¡Pero algo tuvo que pasar en 1920!

Si lo pensamos, no parece normal que en un solo año hayan nacido, como por obra de un designio sobrenatural, tantos cerebros iluminados, tantas manos creadoras, tantos corazones cautivos del arte y el pensamiento, en nuestra provincial Colombia de entonces, anhelante de grandeza y de genialidad.

Pero ¿qué pasaba en el mundo en 1920? Como un convaleciente, apenas se reponía de las heridas mortales de la Gran Guerra. Europa cambiaba de rostro y de fronteras, desplazando nacionalidades y culturas. En París fallecía tempranamente Modigliani; en Madrid moría de viejo Benito Pérez Galdós, y en Alemania decía adiós el filósofo Max Weber. Los dadaístas, por su parte, revolucionaban la estructura del arte, en tanto Marcus Garvey, el inmenso jamaiquino de ébano, invitaba en Nueva York a los negros del mundo a regresar a África. En Irlanda, el IRA amenazaba el orden público; en Estados Unidos comenzaba la famosa Ley Seca, y, en México, Pancho Villa deponía las armas.

Era un mundo cansado de la guerra que comenzaba una carrera desenfrenada, a ritmo de charleston y fox-trot, hacia un destino incierto, mientras en Munich un hombrecillo oscuro comenzaba a difundir las tesis del nacional socialismo.

¿Y qué pasaba en Colombia? Para ese año, el Presidente era un intelectual antioqueño, de origen humilde, llamado Marco Fidel Suárez. Se hicieron las primeras pruebas de telefonía inalámbrica y se inauguró el servicio de correo aéreo entre Barranquilla y Girardot. Además, se organizó el Primer Campeonato Nacional de Fútbol y se adoptó por decreto nuestro actual Himno Nacional.

Pero pasó algo mas maravilloso aún: mientras en Barcelona veía la luz un niño rubio y robusto llamado Alejandro Obregón, en Panamá dio su primer berrido de alegría Enrique Grau. Lo bueno de esto, es que ambos, a pesar de su lugar de nacimiento, fueron más colombianos que ninguno.

Entre tanto, en el suelo patrio nacieron también, como en una catarata de inspiración, Edgar Negret, Manuel Zapata Olivella, Nereo López, Otto Morales Benítez, Fernando Charry Lara, Danilo Cruz Vélez y Alvaro Castaño Castillo.

Hoy, cuando han pasado ochenta años desde ese glorioso momento histórico, Colombia entera se pone de pie para rendir homenaje a una generación excepcional que ha dado lo mejor de su arte, de su pensamiento y de su vida para el patrimonio cultural de sus compatriotas.

Hoy, mientras Obregón, el único artista que ha sabido pintar el viento, se debe estar riendo complacido desde el cielo de los cóndores y las barracudas, todos nosotros, los que quedamos viviendo y luchando sobre esta tierra de esperanza, le decimos gracias a los “ocho de ochenta”, que hoy representan lo más auténtico y lo más excelso de Colombia.

Querido Maestro Enrique Grau Araujo:

Hoy es el día de su cumpleaños, y por eso, lo primero es desearle que tenga una feliz celebración y muchos buenos años más de creatividad y tranquilidad, para el bien de todos nosotros.

No podrá quejarse, Maestro Grau, de la calidad de los invitados que hemos traído a su fiesta de cumpleaños, muchos de ellos amigos suyos de toda la vida. Porque usted, así sea por cosa de unos pocos días o unos pocos meses, es el “benjamín” de esta generación que viene asombrando al mundo desde 1920.

Su pintura, sus dibujos, sus grabados, sus murales, sus esculturas, son el mejor reflejo de un hombre enamorado de su tierra y de su raza, del “hijo predilecto de Cartagena de Indias”, la más bella ciudad de Colombia, que ha engalanado con sus obras y su ejemplo.

A Cartagena, cuyo cielo usted ha llenado en sus cuadros de toda clase de objetos: avionetas, paracaidistas, flores de grana o estatuas de próceres, le ha dejado, Maestro Grau, lo mejor de su arte y de su vida, como el “Tríptico de Cartagena de Indias” que hoy ocupa la pared principal del Museo de Arte Moderno de esta ciudad; o el telón y la cúpula del Teatro Heredia, que su arte ha coronado de musas sensuales y gozosas, o el bronce de “San Pedro Claver y el Esclavo”, que en pocos días estará situado a sólo unos metros de los restos del santo apóstol de los negros.

Aquí mismo, en la Casa donde nació Nariño, tenemos el privilegio de contar con uno de sus más bellos cuadros, “Antonio Nariño y los Derechos del Hombre”, que muestra lo más grande de su arte y de su compromiso con la historia de Colombia.

Maestro Grau: Desde la ya famosa “Mulata Cartagenera” de sus veinte años, pasando por otros “clásicos” como el “Retrato de Marcel”, “Tres Mujeres”, “La Gran Bañista”, “La Gran Novia”, “La Gran Alacena”, “La Pequeñísima Alacena” y la infaltable “Rita”, usted nos ha acostumbrado a disfrutar de esos rostros anchos, morenos y vitales; de esas manos fuertes y gruesas; de esas flores de colores asombrosos; de decorados de plumas, encajes y sombreros de fábula.

Usted ha engrandecido con un estilo personal y único el arte, no sólo de Colombia, sino de toda América, y enriquecerá hoy mismo los espacios del Parque Nacional en Bogotá con una escultura de la coqueta y sensual Rita, hermosa como ninguna con su sombrero y su corpiño.

Hoy Colombia, Maestro Grau, le rinde el homenaje de su gratitud. Su abuela, doña Concepción Jiménez, y sus tías de la Cartagena de su niñez, bajo cuya amorosa protección usted se prendó del arte, también estarán celebrando el triunfo de su pequeño Enrique.

¡Felicitaciones de nuevo, Maestro Enrique Grau, y reciba el aplauso sincero de su Patria!

Querido Maestro Edgar Negret Dueñas:

Aunque infortunadamente no pueda encontrarse con nosotros en esta cálida mañana de homenajes, quiero decirle unas palabras, que estoy seguro de que llegarán a usted sobre las alas del cariño de sus admiradores.

Hablar de Edgar Negret en el arte universal del siglo XX, es mencionar a un artista de las grandes ligas; a un escultor que marcó con su estilo, con sus planos rectos y curvados de aluminio, con sus tuercas y tornillos visibles como un desafío, con sus colores rojo, negro, azul y amarillo, el curso de la escultura abstracta en Colombia y en el mundo.

Desde su natal Popayán, pasando por Cali, Bogotá, Nueva York, París, Madrid, Barcelona, México y Perú, entre tantos sitios de trabajo e inspiración, el Maestro Negret ha seguido una sola dirección, que es la del compromiso y la coherencia con un estilo artístico que se ha enriquecido con el tiempo.

Bajo la sombra tutelar del gran escultor vasco Jorge Oteíza, su primer maestro, usted recibió el influjo de un mundo cambiante, de un mundo hecho de máquinas, industrias y vuelos espaciales, pero jamás olvidó las raíces prehispánicas: muiscas, incas, aztecas o mayas, que también pueblan su creación.

Por eso no es extraño que, después de sus deslumbrantes “Aparatos Mágicos”, de sus “Navegantes”, de sus “Puentes” y “Acoplamientos”, de su “Cabo Kennedy” y su Metamorfosis”, haya vuelto, como en un pacto ceremonial, a “Machu-Pichu”, al “Sol”, a “la Luna” y a “La Serpiente Emplumada” de los primeros americanos, o a sus más recientes “Mariposas”.

Su escultura “Vigilantes”, que adorna la Plaza de Armas de la Casa de Nariño, se encuentra a pocos metros de la réplica de una estatua de la misteriosa estirpe de San Agustín. No podía ser de otra manera. Como usted mismo lo ha hecho notar, si es libre para jugar con las formas y los colores, es porque lo “avalan quinientos años de trabajo”.

Maestro Negret: Usted –como dijo el poeta Mario Rivero- “es el señalador de nuevos caminos para la escultura colombiana”. Sus construcciones “comunican, como pocas, lo espiritual concebido estéticamente”.

Con el fervor de nuestra admiración, hoy le rendimos un homenaje a un pionero: al primer escultor abstracto de Colombia.

Por eso, para que se oiga en el silencio de su hogar, Maestro Edgar Negret, desde aquí le brindamos el aplauso sincero de su Patria.

Querido Maestro Manuel Zapata Olivella:

¡Con cuánto alegría exaltamos hoy la vida y obra del más grande representante de la literatura e investigación cultural y social de las negritudes de Colombia!

Usted, Maestro Zapata, médico de profesión, pero escritor, folclorista y antropólogo por vocación, es el mejor ejemplo del aporte de una raza fuerte y valiente, la raza del almirante Padilla y de María Isabel Urrutia, la raza de sus destacados hermanos Juan y Delia Zapata Olivella, la de Willington Ortiz, la de Leonor González, la de Joe Arroyo, la de Francisco Maturana y la de tantos hombres y mujeres que le han dado brillo a Colombia en la cultura, el deporte y todos los temas de la vida nacional.

Usted ha tenido una vida que merece ser contada: fue recolector de café en Costa Rica, boxeador en Guatemala, enfermero del gran Diego Rivera en México, médico y diplomático; ha viajado con el folclor afrocolombiano por el país y por el mundo, y nunca ha dejado de proclamar y defender sus raíces, su orgulloso espíritu de negro colombiano.

Sus novelas, como “Changó, el gran putas”, “Tierra Mojada”, “Detrás del Rostro”, “La Calle 10”, “Chambacú, Corral de Negros” y “El Fusilamiento del Diablo”; sus libros de cuentos y obras de teatro; sus estudios culturales, como “Las Claves Mágicas de América”, que han merecido tantos premios y reconocimientos, hoy son parte del patrimonio cultural del país y del continente.

“¡Levántate mulato: por tu raza hablará el espíritu!”. Hoy su nativa Lorica y su adoptiva Cartagena están de fiesta, y celebran las gentes del Caribe y del Pacífico de nuestro país, porque Manuel Zapata Olivella asciende al podio de los laureles.

Usted, Maestro, que este año recibió el Premio Aplauso a las Bellas Artes, reciba también hoy, con nuestro inmenso cariño, el aplauso sincero de su Patria.

Querido Maestro Nereo López Meza:

Imagino la felicidad que representa para usted recibir este homenaje, al lado de su gran amigo y compadre de toda la vida, Manuel Zapata Olivella.

Él, que lo conoció desde sus épocas juveniles en Cartagena y que presentó sus primeros trabajos fotográficos a la Revista Cromos en 1950, lo ha descrito, maestro Nereo, como “un artista que tiene plena conciencia de que la historia está construida de momentos”.

Y eso es, precisamente, Nereo López, uno de los más grandes fotógrafos de la historia de Colombia: un cazador de momentos, que, desde cuando tomó su primera foto con una pequeña cámara Kodac, hace más de sesenta años, no ha dejado de servir como testigo de su tiempo, de su gente, del quehacer cotidiano, de las luces y sombras de su tierra, desde San Andrés hasta Leticia, desde el Chocó hasta los Llanos, desde el río Magdalena hasta los viejos caminos del tren: un testigo incansable de la vida.

Usted lo ha dicho, Maestro Nereo: “La foto hay que imaginarla antes del disparo”. Y así habrá imaginado usted a Obregón, a Gabo, a Cepeda Samudio, a Fuenmayor y a los demás amigos que trasnochaban con usted en “La Cueva” de Barranquilla. Así habrá imaginado al maestro Escalona, a Leandro Díaz y a Emiliano Zuleta, los soberanos de la provincia vallenata, y a tantos otros colombianos anónimos que vivirán por siempre, gracias a su lente y a su genio.

Han pasado los años, pero nunca Nereo López ha cesado de buscar. Desde las épocas de Cromos, El Tiempo, El Espectador y O’Cruzeiro, desde la infinidad de exposiciones en América y Europa, ha llegado Nereo a sus ochenta, exponiendo y creando.

A medio camino entre Nueva York y Bogotá, entre Barranquilla y su natal Cartagena, el Maestro Nereo nos sigue asombrando, sigue innovando como un niño superdotado, navegando por la internet como el mejor cibernauta y utilizando la más sofisticada técnica digital. Su última exposición, que se abrió la semana pasada en Bogotá, es la mejor prueba de su continua apuesta por la vida y el arte.

Maestro Nereo López: como el testimonio de nuestra admiración, reciba usted también el aplauso sincero de su Patria.

Querido Maestro Otto Morales Benítez:

Hoy me siento muy complacido al realizar un justo homenaje a un humanista por excelencia; a un caldense auténtico, hijo predilecto de Riosucio, la tierra del “Diablo del Carnaval”, e hijo de don Olimpo y doña Luisa, de quienes heredó los valores de la ética y el trabajo.

Otto Morales Benítez ha sido casi todo en Colombia y ha dicho y escrito sobre casi todo. Abogado, político, ensayista, historiador, diputado, congresista, ministro de dos carteras, miembro y presidente de dos comisiones de paz, miembro de las Academias de Historia, de Jurisprudencia y de la Lengua, profesor, conferencista y orador como pocos, es difícil encontrar un tópico del pensamiento en el que no haya incursionado este hombre con espíritu renacentista, cuya sola mención de sus obras nos ocuparía tanto tiempo que me veo obligado a omitirla.

Como él mismo le confiesa a sus nietos, en su último libro “Política y Corrupción”, toda su actividad ha estado centrada en tres líneas interrelacionadas: el Derecho, la escritura y la política, tres afectos del espíritu, tres mandatos íntimos con profundas raíces, que han marcado el prolífico devenir de su obra y de su vida.

Otto Morales, liberal hasta los tuétanos, ha obrado siempre como un hombre conciliador; jamás sectario ni intolerante; como un apasionado de la vida, que contagió de humor e irreverencia a su generación con sus sonoras carcajadas.

Tal vez la mejor forma de definir su aporte al país sea a través de sus propias palabras, cuando hace veinte años se posesionó como miembro de número de la Academia Colombiana de la Lengua:

“Lo único que he realizado a través de mi vida es tratar de interpretar mi visión del mundo. Y ayudar a construir otro más justo a tantos seres indefensos que he visto caminar por pueblos y veredas colombianos. He buscado revivir momentos de la vida nacional, en ciclos o personajes, que destacan etapas muy vivas de esperanza por su cercanía a la libertad. Con mis análisis he pretendido desentrañar lo que yo entiendo que quisieron decir poetas, novelistas y escritores de la más diversa índole, quienes estaban o han estado siempre en un nivel de justicia para el hombre. En mis ensayos he intentado situar las esperanzas, los júbilos y desfallecimientos de las gentes que me rodean. Quizás ese empeño pueda justificar este homenaje”.

Sí, Maestro Otto Morales Benítez, su empeño de vida y humanismo justifica este homenaje y muchos más de parte de sus compatriotas, y por eso le brindamos con afecto el más sincero aplauso de su Patria.

Querido Maestro Fernando Charry Lara:

¡Bienvenido sea usted y la poesía que representa!

“Acaso vino a saber que su destino no era el de aquel abogado vagante por la ciudad (…) sino el de hombre soleado, que sólo al juntar palabras poblaba de sueño y de seres sus días”.

Con estos versos suyos, Maestro Charry Lara, le expreso la admiración a un hombre que, más allá de su profesión de abogado, destinó lo mejor de sí a buscar la esencia de la poesía, que no es otra cosa que la esencia del alma y el corazón del ser humano.

Su poesía nostálgica, evocadora y sutil, sin estridencia ni caminos trillados, es un punto muy alto en la literatura colombiana, que ha quedado plasmado en libros como “Nocturnos y otros Sueños”, “Los Adioses”, “Pensamientos del Amante” y “Llama de Amor Viva”, o en profundos estudios críticos sobre otros poetas colombianos.

Su labor como divulgador de la cultura desde la Universidad Nacional y la Radio Nacional de Colombia, como profesor y conferencista, es el complemento ideal del trabajo creador de alguien que, como usted, creció bajo la sombra tutelar de don Justo Charry, el creador de la famosa cartilla con la que tantos aprendimos a leer; en una familia llena de arte; amando y viviendo a su Bogotá de siempre, y cuidando la belleza del idioma desde la Academia de la Lengua y el Instituto Caro y Cuervo.

Hay versos –versos suyos, Maestro Charry- que merecen el premio de la inmortalidad, como decir, tal vez, “quiero unas manos, un pecho, unos devoradores labios, todo lo que un nocturno cuerpo nos entrega”.

Usted lo ha dicho, Maestro: “Quiero que entre mis brazos, lenta, oscura, desnuda, surja la verdad del mundo”.

Hoy Colombia reconoce esa verdad en su poesía. Por eso este mismo año se le ha otorgado el Premio de Poesía José Asunción Silva a la vida y obra de un creador, y por eso hoy nosotros, desde este recinto del afecto, le entregamos, poeta, el sincero aplauso de su Patria.

Querido Maestro Danilo Cruz Vélez:

Tampoco el pensamiento filosófico podía faltar en esta generación privilegiada. Y usted, Maestro Danilo Cruz, es, sin duda, uno de sus mayores exponentes en el país.

Nada presagiaba durante su infancia en Filadelfia, Caldas, o durante sus años de juventud en Riosucio, Popayán y Manizales, que su vida entera iba a estar dedicada a la filosofía. Más bien tenía una profunda inclinación hacia la literatura, si bien acabó estudiando Derecho, mezclando la lectura de los códigos con su profunda amistad con los poetas piedracelistas.

Pero, como usted dice, “en el hombre hay una misteriosa predestinación originaria, es decir, una especie de fijación en un determinado camino de la vida, y esto es su vocación”.

La suya, para fortuna del pensamiento colombiano, fue la filosofía, una disciplina que aprendió enseñándola en la Universidad Nacional y luego perfeccionó en la Universidad de Friburgo de Brisgovia, en Alemania. Usted, Maestro Cruz, junto con otros pocos pioneros, introdujo el estudio de la nueva filosofía del siglo XX en una Colombia que estaba hasta entonces cerrada sobre sí misma.

Sus años de cátedra y sus obras magistrales, como “Nueva Imagen del Hombre y de la Cultura”, “El Mito del Rey Filósofo”, “¿Para qué ha servido la Filosofía?”, “Filosofía sin Supuestos” y “El Misterio del Lenguaje”, entre otras, son aportes duraderos y originales al importante mundo del pensamiento colombiano.

Volviendo a sus palabras: “A cada una de las épocas de la historia de la cultura humana corresponde un concepto del mundo propio (…) Hay creadores del mundo de cada periodo histórico. Estos son, según Nietzsche, los grandes pensadores, los grandes legisladores que establecen la ley de una cultura”.

Usted, Maestro Danilo Cruz Vélez, ha sido uno de esos pensadores en nuestro país y nuestro tiempo, y por eso, con entusiasmo, le entregamos hoy el sincero aplauso de su Patria.

Querido Doctor Alvaro Castaño Castillo:

¿Qué tienen en común la gran mayoría de los hasta ahora nombrados, aparte de haber nacido en 1920? Que la mayoría de ellos, si no todos, han dejado su voz guardada en el registro memorable de una emisora cultural, la H.J.C.K., que cumplió medio siglo bajo la dirección e inspiración de un promotor de la cultura como pocos en Colombia: Alvaro Castaño Castillo.

Alvaro Castaño, comunicador, abogado y escritor, ha entregado su vida a la cultura y a la difusión de los valores culturales de Colombia y el mundo, ampliando cada vez más el espectro afortunado de la “inmensa minoría”. Su vocación cultural ha sido tan grande que alrededor suyo se han formado y crecido voces como las de Alvaro Mutis y tantos otros creadores que han sido sus amigos y contertulios.

Sólo un “caminante” como Alvaro Castaño –para utilizar un término acorde con su último premio- pudo sentar a Borges, ya ciego, a recitar sus poemas, mientras él le servía de consueta, o lograr que León De Greiff le leyera sus versos por teléfono desde Estocolmo para que él los grabara en Bogotá.

A una generación tan especial, como la que nació en 1920, le hacía falta un hombre universal, culto y dinámico como Alvaro Castaño Castillo, un pionero del periodismo cultural en la radio y en la televisión, para acabar de cumplir su misión en la historia.

Y cómo no agregar a este homenaje el lugar de privilegio que merece doña Gloria Valencia de Castaño, la esposa de este cachaco ejemplar, quien le ha enseñado a Colombia el sentido de la distinción, del amor a la cultura y a la naturaleza.

Por todo esto, Doctor Alvaro Castaño Castillo; por ser “un hombre feliz” y uno de los mayores gestores de la cultura en nuestro suelo, le brindamos también el aplauso sincero de su Patria.

Apreciados amigos:

Ayer hace exactamente 170 años murió en Santa Marta un hombre enjuto, cansado y de rostro cetrino, que ocultaba tras su aspecto famélico la más alta estatura moral de la historia de América: el Libertador Simón Bolívar.

Fue el mismo Bolívar quien, un día después de la Batalla de Boyacá, instituyó la Orden que lleva su nombre para honrar a aquellos que mejor sirvieren a Colombia. En su memoria, y en nombre de cuarenta millones de colombianos que hoy disfrutan de su herencia artística, poética, filosófica y cultural, hoy tengo el inmenso honor de entregar a cada uno de ustedes, a los miembros más destacados de la pléyade de 1920, a los “ocho de ochenta”, la Orden de Boyacá.

Éste es un gesto de agradecimiento y reconocimiento para ustedes, queridos Maestros de la Cultura y de la Vida, que han entregado, sin descanso, sus 80 años de vida al servicio de su país, de su gente y de los más preciados valores del espíritu.

Como Presidente, me siento feliz al tener la oportunidad de realizar este justo homenaje, pero como colombiano mi honor es aún mayor: Porque tengo el privilegio de haber nacido en el mismo suelo que ustedes han enaltecido con su vida y su obra.

Con ustedes, y para siempre, recordaremos los versos profundos, melancólicos pero llenos de fe, del poeta Charry Lara: “Algo hay sobre la tierra: olvido y esperanzas… ¡la vida!”

Muchas gracias

Lugar y Fecha

Bogotá, Colombia
18 de diciembre del 2000