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  • CAMINO HACIA LA PAZ

    Instalación de la Mesa de Diálogo entre el Gobierno Nacional y las Farc-Ep.

    San Vicente del Caguán, 7 de enero de 1999.

    Colombianos:

    Hoy venimos a cumplir una cita con la historia. Hemos demorado casi medio siglo en hacerla realidad. Sabemos que los ojos de todos, de cada trabajador, de cada empresario, de cada campesino, de cada madre de familia, de cada desplazado, de cada soldado, de cada insurgente, están pendientes de nosotros.

    Hemos venido a encontrarnos con un ayer de-contrastes, de luces y de sombras, de logros y de fracasos, de sucesos que nos llenan de orgullo y de otros que nos abruman. Pero también a construir un destino común que tenga el rostro y la dimensión de nuestros sueños, de nuestros sacrificios y de nuestra generosidad.

    Confío en que la ilusión de paz de los colombianos será realidad y que esta oportunidad histórica iniciará, por siempre y para siempre, la travesía hacia la paz. Invoco al paciente Dios de los colombia- nos para que nos guíe con su sabiduría por la senda que hoy emprendemos. ‘

    Vengo a San Vicente del Caguán, como Jefe de Estado, a cumplir mi palabra. La ausencia de Manuel Marulanda Vélez no puede ser razón para no seguir adelante con la instalación de la mesa de diálogo para acordar una agenda de conversaciones que deben conducir a la paz.

    En ella, las Fuerzas Armadas cumplen lealmente la noble tarea que la Constitución Nacional les ha señalado. Y debo destacar, con justicia, la voluntad manifiesta con la que han colaborado en este proceso en que estamos empeñados desde el momento mismo en que el pueblo colombiano me entregó el mandato para gobernarlo. Siempre han sido compañeros leales en el camino de la paz. Así como siempre han defendido con valor nuestras instituciones, sé que están comprometidas a trabajar en el logro de la paz.

    Sé para donde vamos. Sé que la travesía será difícil. Sé que hay un camino dispendioso por delante. En él encontraremos sobresaltos y oportunidades. Los colombianos somos conscientes de que un conflicto de muchas décadas no se va a terminar en unos pocos meses. Pero yo estoy seguro de que, al culminar la ruta que nos hemos trazado, lograremos la reconciliación nacional.

    Como Presidente de todos los colombianos quiero una nación próspera y optimista. Sin violencia, comprometida contra la corrupción, progresando contra la pobreza y con sus mejores esfuerzos dedicados al bienestar de mis compatriotas. En esa tarea de cambio se encuentra empeñado mi gobierno. He liderado ese proceso con seguridad y dirección.

    Luchamos de manera infatigable contra la pobreza y contra la corrupción, buscamos crear las condiciones para dar empleo seguro y confiable, diseñamos un plan de desarrollo para construir la paz y fortalecemos la imagen de Colombia en el exterior.

    Mi querido amigo, el Presidente de Sudáfrica y Premio Nobel de la Paz, Nelson Mandela, en sus Memorias dice que comienzo la gente puede no creer que el proceso se ha iniciado en serio, pero sin la paz todo está perdido. Sólo es creíble una paz que supera las razones que generan la violencia” .

    He reconocido el carácter político de las Farc-Ep. Mi presencia en esta plaza es un esfuerzo sin precedentes para encontrar fórmulas y mecanismos que nos permitan hallar el rumbo de la convivencia pacífica. Vengo investido de la legitimidad que me otorgó la democracia con la más alta participación de nuestra historia republicana. Nos reúne aquí el respeto por la unidad de la Nación y la consolidación de sus Instituciones. En fin, son la soberanía popular y la democracia las que nos permiten realizar este encuentro e iniciar el viaje hacia el reencuentro de todos los colombianos.

    Como Jefe de Estado, estoy aquí expresando la voz de un país que quiere paz, que reclama paz, que busca justicia social y que está dispuesto a darle curso a la política como ejercicio del bien común. Un país que reclama libertad con seguridad y pide que se le garantice libertad con dignidad. Un país que exige detener la muerte y abrirse hacia las reformas que sean necesarias para merecer el futuro.

    Pero de la misma manera, con que vengo a reclamar el derecho a la paz, yo, como Jefe de Estado, estoy dispuesto a cumplir y a hacer cumplir los deberes que impone la reconciliación.

    Hay quienes no se dan cuenta de que el fortalecimiento de la paz no sólo exige dejar de matar sino tener la decisión de privilegiar la vida. Retornemos las palas y los azadones, los libros y los cuadernos, los martillos y los ladrillos para construir el país que todos queremos.

    Hay quienes no han visto que las “guerras de la paz” se ganan en el empleo, en la vivienda, en la nutrición, en la salud, en la educación, en el respeto a la ecología, en la certeza de la supervivencia siempre abierta a la felicidad.

    Su Santidad Juan Pablo II lo ha dicho “el derecho a la paz favorece la construcción de una sociedad en cuyo seno las relaciones de fuerza se sustituyen por relaciones de colaboración con vistas al bien común. La situación actual prueba sobradamente el fracaso del recurso de la violencia como medio para resolver los problemas políticos y sociales”.

    Sólo en paz crecerán la justicia social y las oportunidades para todos. El crecimiento de la convivencia pacífica hará posible la aplicación del Plan de Desarrollo “Cambio para construir la paz” en toda su capacidad y del “Plan Colombia” en todo su significado. Cada progreso de la paz será un avance de los recursos para cimentarla y apuntalarla; cada acuerdo dará lugar a proyectos de desarrollo y crearán las condiciones para que la solidaridad de los pueblos convierta en obras de bienestar las buenas intenciones de sus propósitos.

    Sólo la paz, entendida como derecho a la libertad y al desarrollo, ofrecerá la oportunidad de entregar a los campesinos posibilidades ciertas para la sustitución agrícola y la eliminación de los cultivos vinculados al tráfico de drogas. Con narcotráfico, no hay paz. No se deben sustituir las convicciones, por justificadas que sean, por el usufructo de intereses ilícitos.

    Tengo el optimismo de quien reconoce que, al lado del desangre sufrido por los colombianos, ha crecido una percepción y una sensibilidad especiales por los derechos humanos. Yo sé que “la paz florece” cuando se observan íntegramente estos derechos; yo sé que la paz sólo es posible si se tiene conciencia de la dignidad del ser humano; yo sé que cada persona debe ser respetada por sí misma; yo sé que la paz comienza en el derecho a la vida y se le da su dimensión tanto en los derechos civiles y políticos como en los económicos, sociales y culturales. Mi gobierno, así como la comunidad internacional, aspiran a que el proceso que hoy iniciamos nos permita humanizar el conflicto. En ese sentido, debemos propiciar el respeto pleno al Derecho Internacional Humanitario para comportarnos como una nación civilizada.

    Todo el que sueñe la Patria tiene derecho y obligación de participar en este esfuerzo que nos debe vincular a todos. Hay gente que está sólo en teoría con la paz pero no quiere hacer sacrificios por ella.

    Es preciso entender que nuestra paz debe generar un modelo de nueva sociedad en donde “lo social sea la fuerza que anima la transformación del Estado”. Cuando lo social sea el factor determinante de la organización de la comunidad, la justicia social se convertirá en la piedra angular de la soberanía.

    Queridos amigos:

    Basta poner tanto esfuerzo e imaginación para la paz como se ha puesto hasta ahora para la guerra. No podemos olvidar a las víctimas de este conflicto. No quiero repe- tir la amarga experiencia que -como yo- han vivido y viven tantos colombianos. Nuestro sacrificio no puede pasar inadvertido. El dolor de las familias, el padecimiento de los secuestrados y la incertidumbre provocada por los desaparecidos pesan mucho en nuestros corazones. Por todos ellos y, sobre todo, por la memoria de las víc- timas que ha dejado esta tragedia nacional, los invito a un momento de reflexión en homenaje respetuoso. No debemos olvidar que la diferencia entre la guerra y la paz es que “en la guerra los padres entierran a sus hijos y en la paz son los hijos los que entierran a sus padres”.

    Es claro que los esfuerzos por la reconciliación deben conducir a que cesen la muerte y el secuestro. Un acto magnánimo como el señalado hará crecer la confianza entre los colombianos y permitirá recuperar la percepción positiva sobre las verdaderas intenciones de las fuerzas en conflicto.

    Agradezco en nombre de Colombia a la población y a los alcaldes de los municipios de Mesetas, La Uribe, La Macarena, Vista Hermosa y San Vicente del Caguán, que pertenecen a la zona de distensión, por la generosa hospitalidad con que han acogido a los innumerables visitantes que llegan por estos días a esta región.

    El paso que damos hoy se ha ganado el respaldo de la comunidad internacional. Mi agradecimiento por su presencia en este acto la cual entendemos como un testimonio de apoyo a la Diplomacia por la Paz que ha orientado nuestra acción internacional.

    Apreciamos la presencia, igualmente, de quienes están aquí como testigos de buena voluntad; ojalá fueran ellos los mejores embajadores nuestros en sus países para lograr frutos oportunos y dignos de cooperación internacional.

    Colombia no puede seguir dividida en tres países irreconciliables en donde un país mata, otro país muere y un tercer país, horrorizado, agacha la cabeza y cierra los ojos.

    Esa división debe terminar. Sólo juntos podemos sobrevivir. El futuro de un pueblo bueno, noble y generoso, que anhela cambiar el miedo por la esperanza, que sueña, a cada hora de cada día, con el sueño de la paz, depende de ustedes y de nosotros.

    No perdamos más el tiempo. No más huérfanos llorando destroza- dos sobre los ataúdes de sus padres, no más niños empuñando armas. No frustremos otra generación de colombianos. Los hijos de ustedes y los hijos de nosotros tienen derecho a vivir en un país en paz. Tenemos el deber de entregárselo. La historia nos juzgará. Su veredicto será implacable.

    Nada ni nadie nos debe impedir el derecho que tenemos a construir un país en paz. Un país en donde la bandera de la patria se iza orgullosa. La bandera, herencia de nuestros libertadores y que nos rodea y acompaña en el día de hoy, nos hace temblar de emoción en re- cuerdo de lo mucho que ella simboliza: Una patria unida con un destino común. Segura de sí misma. Una bandera que nos hace vibrar ante la gloria de Gabo y la maestría de Botero, la jugada prodigiosa del “Pibe” Valderrama o del “Chicho” Serna, la letra original y moderna de Shakira y los Aterciopelados, la ciencia de Patarroyo y Rodolfo Llinás, la sublime emoción de esta mañana llanera y el pro- fundo orgullo de ser colombianos.

    La hora de la paz ha llegado y nada podrá detenerla.


    Lugar y fecha

    San Vicente del Caguán, Colombia
    7 de enero de 1999

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