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  • INTRODUCCIÓN

    Antes que nada quiero manifestar mi enorme complacencia porencontrarme hoy con personajes de tan alto nivel y calidad profesional y humana para tratar un tema que nos concierne a todos y que tiene cada vez mayor importancia en los tiempos que vivimos, como lo es el de la responsabilidad social del sector privado.

    Mi colega y gran amigo, el señor Ex Presidente de Costa Rica, Miguel  Ángel Rodríguez; mi compatriota, amigo y líder caracterizado del  sector privado en Colombia, el doctor Luis Carlos Villegas; el Presidente de ese ejemplar grupo empresarial que es Unión FENOSA,  don Antonio Basagoiti, y don Adolfo Jiménez, Secretario General de la Organización Iberoamericana de Seguridad Social, darán sin duda realce a la discusión que se adelante en esta mesa.

    Agradezco, por otra parte, a don Juan Reig, Presidente de esta II Feria de Acción Social de Valencia, y a las empresas y fundaciones organizadoras, la gentil invitación que me han hecho para moderarla, porque significa una oportunidad única para referirme al ejercicio de la responsabilidad social, cada vez más crucial en el desarrollo de las actividades de los gobiernos, las organizaciones internacionales, la sociedad civil, y, por supuesto, del sector privado.

    IMPORTANCIA DEL SECTOR PRIVADO

    Comencemos recordando un célebre pensamiento de Winston Churchill que puede dar el tono a este debate. Decía el célebre primer ministro inglés lo siguiente: “Algunos consideran al sector privado como un gran predador al que debe dispararse; otros le miran como una vaca a la que puede ordeñársele, y sólo algunos lo aceptan como lo que es: ‘el caballo que arrastra todo el carruaje’”.

    No cabe duda de que el sector privado, más que un predador o un simple benefactor, es de muchas maneras el motor del desarrollo económico y social de las naciones, tanto aquellas desarrolladas como las que padecen grandes niveles de pobreza.

    Un reciente estudio conducido por la UNCTAD muestra en términos comparativos que 29 de las economías más grandes del mundo son empresas multinacionales. Esto implica, porcentualmente, que un país como Ecuador produce ingresos comparables a los de Bayer o que la economía de Chile es comparable con la de Mobil.

    La globalización está creando entidades empresariales con igual o mayor poder económico que los mismos Estados, y con una capacidad de penetración aún mayor, ya que su actuación traspasa las fronteras.

    No es de asombrarse, entonces, que en una reciente encuesta realizada en 18 países de América Latina, en desarrollo de un estudio sobre la democracia en la región adelantado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, a la pregunta “¿quién detenta el poder en su país?” la mayoría de los encuestados hubiera dado como respuesta: “los grupos económicos”. En segundo lugar figuran los medios de comunicación y sólo en el tercer puesto aparece el Poder Ejecutivo del Estado. (Algo sobre lo que debemos reflexionar, amigo Miguel Ángel, todos quienes hemos creído alguna vez detentar el poder público…)

    RESPONSABILIDAD SOCIAL EMPRESARIAL

    Así pues, si el sector privado está ganando cada vez más en poder y capacidad de influencia, no cabe duda de que esta “ganancia” debe ser equiparable a su responsabilidad para con la comunidad con la cual y hacia la cual trabaja.

    De ahí que se hayan desarrollado en los últimos años teorías económicas alrededor de la ética empresarial (business ethics) y de la gobernabilidad en el sector privado (corporate governance), tan importantes hoy en día como los más sesudos estudios políticos sobre el manejo del Estado.

    Las empresas -aún las que operan únicamente en países desarrollados- están, sin duda, obligadas a hacerse concientes y corresponsables de su entorno. No es posible cerrar los ojos a la abrumadora realidad de que por lo menos la mitad de la población mundial (más de 3 mil millones de personas) vive en condiciones de pobreza, con ingresos inferiores a 2 dólares por día, y que, de estos, alrededor de 1.200 millones soportan situaciones de indigencia, con menos de un dólar al día.

    Bien lo decía otro primer ministro británico, Clement Attlee, hace ya medio siglo: “No podemos crear un paraíso adentro, dejar un infierno afuera, y creer que vamos a sobrevivir”.

    El deber de solidaridad es hoy, algo más que un imperativo moral, una necesidad estratégica para la supervivencia del género humano y de nuestra civilización.

    Como lo anota el mexicano Carlos Fuentes, a propósito del proceso imparable de la globalización: “Si vamos a vivir en un planeta unido, la globalidad no lo será sin la responsabilidad”.

    También me valgo de un pensamiento de Fernando Savater para redondear esta idea: “Por mucho que indudablemente el desarrollo económico deba a la iniciativa personal de unos cuantos, toda riqueza es fundamentalmente social y no puede desentenderse de sus obligaciones comunitarias, es decir, democráticas”.

    Partiendo de estas premisas, se ha construido la doctrina de la Responsabilidad Social Empresarial, según la cual el sector privado debe asumir su parte en la tarea de hacer del mundo un lugar mejor, demostrando de esa forma su liderazgo y compromiso ciudadano.

    ¿Cómo hacerlo? Apoyando activamente la consecución de un desarrollo sostenible, que tiene tres dimensiones fundamentales, en todas las cuales es válida la acción del sector privado: Económica, Social y Ambiental.

    Aquí cabe perfectamente la definición que da una ilustre catedrática de Filosofía de la Universidad de Valencia, Adela Cortina: “La responsabilidad social consiste en asumir voluntariamente las consecuencias de la empresa en el medio social y en el medio ambiente”.

    Por supuesto, no podemos olvidar que la primera función de las empresas se refiere a mantenerse, crecer y producir beneficios económicos para sus propietarios. Con sólo cumplir, dentro de los marcos legales, con este rol esencial, ya están contribuyendo a la sociedad mediante la generación de empleo estable y el estímulo al crecimiento de la economía a través de sus aportes tributarios y parafiscales.

    Pero una empresa abarca mucho más que sus propios propietarios, directivos y empleados. Toda empresa existe en una comunidad en la que está inserta y a la que puede afectar positiva o negativamente. Su papel, pues, también implica pensar en esta comunidad y en su bienestar, en los consumidores de quienes depende, y en el país y la región donde se ubica.

    Se entiende que las empresas busquen el lucro, y esto por sí sólo puede ser fuente de riqueza particular y también de bienestar común. Sin embargo, dicha búsqueda, -si es inteligente y moral-, debe estar acompañada de un sentido de responsabilidad social y ambiental con la comunidad de la que derivan sus ingresos, en el sentido más amplio de la misma.

    Volviendo a citar a la doctora Cortina: “Las empresas que asumen la responsabilidad social intentan articular el imperativo de la competitividad con el imperativo de la humanidad. Por supuesto, una empresa tiene que ser competitiva, viable, pero esta competitividad no la conseguirá si no es a través del imperativo de la humanidad”.

    Así entendida, la Responsabilidad Social Empresarial es un concepto humanista bajo el cual las compañías incorporan a su plan de negocios las preocupaciones sociales y ambientales de la comunidad en busca de soluciones específicas que les beneficien como personas, no como consumidores.

    Esto implica una gestión voluntaria que trasciende las obligaciones puramente legales, beneficiando a la comunidad mediante la inversión en el capital humano y la protección del ambiente, todo esto dentro de un marco de cooperación activa con los gobiernos e instituciones de fin social.

    Aquí es importante tener en cuenta este triángulo que reúne los llamados tres sectores: el privado, el estatal y el de la sociedad civil. Para que la responsabilidad social empresarial produzca verdaderos efectos debe ser coordinada y consensuada, en lo posible, desde estos tres protagonistas.

    Ahora bien: Resulta claro, hoy en día, que la responsabilidad social empresarial genera, por sí misma, beneficios colaterales a las compañías que se comprometen con ella.

    Por un lado, envían un mensaje positivo sobre sus actitudes a todos los interesados, sean estos empleados, accionistas, consumidores, entes reguladores u organizaciones no gubernamentales, con lo que realizan una inversión en su futuro, contribuyendo a su propia generación de ingresos.

    Además, los consumidores e inversionistas son hoy en día más sofisticados incluso que hace diez años. Ambos demandan que la compañía cuyos productos adquieren o en la cual invierten desarrolle sus negocios en forma socialmente responsable.

    En un reciente estudio conducido por Environics International, se estableció que más del 25% de los inversionistas tiende a comprar o vender acciones basado en el compromiso social de una empresa.

    Entidades de inversión, como la Dow Jones, han comenzado a publicar un “indicador de sostenibilidad” que les permite hacer una medición de aquellas empresas que activamente promueven el aumento de utilidades mediante la adopción de políticas de desarrollo sostenible.

    En otro estudio, desarrollado por Market and Opinion Research Internacional,  se demostró que la imagen que el público tiene de una empresa se encuentra ligada más a la adopción de prácticas socialmente responsables que a la calidad de su marca o a la percepción de la gestión de su negocio. Sin duda, esto debe dejar importantes enseñanzas a los empresarios.

    Por fortuna, ya muchos de ellos están tomando en cuenta esta nueva realidad. El aumento en el número de compañías que han comenzado a incorporar información sobre sus políticas sociales en los reportes anuales es un claro indicador de la aceptación que tiene el movimiento de la Responsabilidad Social Empresarial a nivel mundial, como motor de desarrollo y cambio en el comportamiento corporativo.

    No más miremos estos casos como ejemplo:

    Coca Cola -en su búsqueda por crear una red de vendedores, embotelladores y distribuidores de sus productos en África- ha invertido más en el desarrollo de la microempresa en dicho continente que USAID y la Comisión Europea juntas, generando un gran impacto en la pequeña y mediana empresa y en la forma de hacer negocios.
    Otras empresas, como Merck y DaimlerChrysler, han contribuido a mitigar las consecuencias del SIDA en África mediante la entrega de tratamientos retrovirales a los empleados y sus familias, opciones que no se encuentran disponibles por parte de los gobiernos y que van más allá de lo prescrito en las legislaciones locales.

    Estoy convencido -y, con seguridad, ustedes también- de que las empresas tienen un inmenso potencial para convertirse en factores de cambio y de progreso, particularmente en las naciones que sufren mayores problemas de pobreza y marginalidad.

    PERSPECTIVA INTERNACIONAL

    Entrando más al tema específico de esta mesa, que es la perspectiva internacional de la acción social, es bueno constatar que el movimiento para promover la Responsabilidad Social Empresarial no se limita exclusivamente a las empresas o las organizaciones no gubernamentales. En la práctica, diferentes organismos internacionales y gobiernos nacionales han adoptado medidas para estimular la adopción de prácticas responsables por parte del sector privado.

    El Pacto Mundial de las Naciones Unidas, propuesto por el Secretario General Kofi Annan en 1999, en el Foro Económico Social de Davos, ha buscado desde entonces recoger un consenso y un compromiso voluntario entre las empresas del mundo para promover valores universales fundamentales que satisfagan las necesidades de la población mundial.

    El citado Pacto agrupa dichos valores en 3 grandes áreas: los Derechos Humanos, el Ámbito Laboral y el Medio Ambiente. Vale decir, pretende que las empresas que se acojan a él -y ya son más de setecientas en 54 países del mundo- preserven, en su gestión, los derechos humanos; eliminen cualquier forma de trabajo infantil o de discriminación en materia de empleo, y alienten el desarrollo y el uso de tecnologías respetuosas del medio ambiente, entre otros varios propósitos.

    ¡Qué bueno que cada vez más empresas en Iberoamérica se vinculen y comprometan con este Pacto Global!

    Debo decir aquí, en España, que la Unión Europea puede sentirse orgullosa en cuanto a que es el grupo de países donde más desarrollo ha tenido el concepto de la responsabilidad social empresarial en el mundo.

    En efecto, durante la reunión de Lisboa del año 2000, los países miembros de la Unión Europea aceptaron discutir una propuesta que ha sido descrita como la “mayor campaña para estimular al sector privado a aceptar con mayor seriedad la Responsabilidad Social Empresarial”, la cual fue sometida a consideración por el Centro Copenhague.

    Como resultado, la Responsabilidad Social Empresarial ha sido incluida oficialmente en la agenda de la Unión, lo que se ha visto traducido en conferencias y la adopción de políticas internas por parte de los países miembros.

    Estos esfuerzos llevaron a la publicación del Libro Verde de la Comisión Europea “Fomentar un marco para la Responsabilidad Social de las Empresas”, del año 2001, y a la Comunicación de la Comisión del año 2002, en la que se establece una estrategia para promover las aportaciones empresariales al progreso social y medioambiental, más allá de las obligaciones legales básicas.

    Organismos internacionales, como el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y las agencias internacionales de cooperación, han comenzado, por su parte, a exigir un estudio de impacto social y ambiental antes de aprobar la financiación de cualquier proyecto.

    En el ámbito americano es bueno resaltar noticias como la donación realizada el año pasado por el Banco Interamericano de Desarrollo de 1.1. millones de dólares para la Fundación Acción Empresarial con el fin de impulsar medidas para promover la responsabilidad social empresarial, comenzando por Chile, Brasil, Perú y El Salvador.

    Seminarios y foros como en el que hoy nos encontramos también comienzan a realizarse en Latinoamérica, como lo demuestran el “Seminario Internacional de Responsabilidad Social Empresarial” que se efectuó hace un año en Santiago de Chile o el “Primer Foro de Responsabilidad Social para Presidentes y Líderes Empresariales” que se reunió en Bogotá hace apenas mes y medio.

    EL CASO DE COLOMBIA

    No puedo dejar a un lado, por supuesto, mi propia experiencia como Presidente de Colombia entre 1998 y el 2002, y mi percepción sobre el papel que puede tener el sector privado para contribuir a la solución de crisis tan profundas como las que vivió mi país, e infortunadamente sigue viviendo, muchas de ellas derivadas del prolongado conflicto armado que sufrimos, financiado por los dineros del narcotráfico y sostenido por la intolerancia de unos grupos guerrilleros que desecharon la más importante oferta de paz de su historia y optaron por el terrorismo.

    A pesar de este conflicto, logramos sacar a Colombia de un estado de postración económica y la insertamos nuevamente en la corriente positiva de la economía mundial, controlando factores claves como la inflación, las tasas de interés y el déficit fiscal.

    Debo reconocer y agradecer -más aún aprovechando la presencia del Dr. Luis Carlos Villegas, presidente del gremio de los industriales en mi país- el importante papel del sector privado en todo este proceso económico y social que permitió devolver a Colombia al camino del crecimiento y la confianza.

    No sólo se vincularon los empresarios colombianos a diversos programas sociales lanzados por el Gobierno, como Computadores para Educar, el Día del Niño, los pactos de transparencia, etc., sino que participaron con entusiasmo en estrategias de largo plazo como la Política de Competitividad y Productividad, que impulsamos desde el Ministerio de Comercio Exterior, o la Agenda de Conectividad, que desarrollamos a través del Ministerio de Comunicaciones.

    Precisamente, en el tema de la competitividad, entendimos que, para responder a las exigencias de los procesos de globalización, era necesario fomentar en las empresas el concepto de responsabilidad social, incluyendo el tema ambiental y la participación en proyectos de interés general.

    La empresa privada colombiana, por tradición, ha estado comprometida con el país, obrando muchas veces con un criterio más nacional que gremial. Fundaciones apoyadas por las principales empresas desde hace ya varias décadas son ejemplo del apoyo prestado por el sector privado a la población más vulnerable del país, viabilizando sus microempresas, capacitándola, generando programas en el tema de la vivienda y la salud, entre muchas otras áreas.

    Incluso en desarrollo del proceso de paz que llevamos a cabo con las FARC, encontré el mayor de los respaldos en el empresariado y los gremios nacionales, dispuestos a realizar grandes sacrificios para recuperar la paz nacional. Tuvimos siempre los buenos aportes intelectuales de la Fundación Ideas para la Paz y el continuo y comprometido acompañamiento del Consejo Gremial, que reúne a los presidentes de los diferentes gremios de la producción y del comercio.

    CONCLUSIONES

    Yo me pregunto: ¿cómo va a salir un país adelante si no es de la mano del sector privado, que es el principal generador de riqueza y de empleo, y, por consiguiente, de mejores condiciones de vida para la población?

    En Colombia, en Latinoamérica, en España y en el mundo entero la adopción de políticas de responsabilidad social empresarial hace parte del continuo proceso de evolución de las economías de mercado, y es la clave para alcanzar al fin una etapa de capitalismo maduro.

    No olvidemos que el germen del descontento y de las revoluciones en el siglo XIX y comienzos del XX radicó en las condiciones inhumanas a las que la llamada “revolución industrial” sometió a los trabajadores, sin preocuparse en absoluto por su desarrollo social y su bienestar económico. Las consecuencias de este capitalismo salvaje, sin dirección social, fueron millones de muertos y décadas de totalitarismo.

    Hoy debemos entender que la historia nos sirve para no repetirla. El sector privado está llamado, está compelido, en estos albores del siglo XXI a buscar -no sólo por filantropía, sino por su propio beneficio- un bienestar general, basado en principios de equidad y justicia social, al igual que un desarrollo ambiental sostenible.

    Siempre existirá una tensión y aparente desconfianza entre aquellos que promueven la justicia social y el sector privado, pero, en el largo plazo, ambos deben trabajar en forma conjunta a fin que el mercado sobreviva.

    El tema de la Responsabilidad Social Empresarial se ha convertido en un asunto prioritario en virtud de la globalización y la apertura de mercados que se inició hace más de dos décadas y que ha dado como consecuencia un incremento en la inversión extranjera y el comercio con países del tercer mundo. Esto, obviamente, ha puesto en el centro del debate a las empresas multinacionales que hacen negocios en esos países.

    El comercio, las inversiones internacionales y las nuevas tecnologías –potenciados por la globalización- han creado inmensa riqueza, y los empresarios, quienes se han convertido en el principal motor y beneficiario de este proceso, deben asumir el deber correlativo de velar por que esta riqueza sea distribuida en forma más justa y equitativa.

    Debo resaltar que para el sector privado mantener el status quo no puede ser una opción, mientras que más de la mitad del mundo sucumbe en la pobreza, y más de 800 millones de personas sufren de física hambre, tal como lo reveló la FAO hace tan sólo una semana.

    Incluso si se asumiera que el único interés y responsabilidad del empresario es generar su propia riqueza,  aquel debe enfocarse en buscar soluciones a la pobreza a fin de incrementar las oportunidades y poder adquisitivo de quienes podrán adquirir sus bienes y servicios.

    Ahora bien: La mejor forma como el sector privado puede contribuir a mejorar el nivel de vida de quienes viven en los países más pobres del mundo consiste en invertir en esos países, haciendo negocios en forma responsable y sostenible, yendo más allá del simple cumplimiento de las leyes nacionales para atender estándares éticos y de bienestar superiores aceptados internacionalmente.

    Aquellas compañías que invierten a largo plazo en el mejoramiento de la capacidad productiva de un país, promueven el mejoramiento de las condiciones de su gente. La inversión extranjera directa, en este sentido, no solamente crea trabajos, sino que permite la transferencia de conocimiento y tecnología, y el mejoramiento de las condiciones de educación y salud de la comunidad donde se la empresa opera.

    Obviamente, hay un límite en lo que las empresas pueden hacer, pues no puede olvidarse que son, por esencia, organizaciones económicas con un fin lucrativo. De ahí que los gobiernos, los organismos internacionales, las organizaciones no gubernamentales necesiten también asumir responsabilidades activas -y no de simple control- a fin de dar solución a los grandes problemas sociales, económicos y ambientales del planeta.

    He pretendido, con esta introducción, dejar planteado el tema en su aspecto general, para que lo enriquezcan a continuación los diversos panelistas desde sus diversos puntos de vista, ya sea como empresarios o como representantes del Estado o de la sociedad civil.

    Por mi parte, les reitero mi convicción de que sólo obrando con solidaridad y responsabilidad hacia el futuro podremos obtener las verdaderas y mayores ganancias, que son las del espíritu, y construir un legado memorable, que es el que queremos dejar a nuestros hijos.

    Termino, entonces, para cederles a ustedes la palabra, con una reflexión del gran escritor argentino Ernesto Sábato:

    “La solidaridad adquiere un lugar decisivo en este mundo acéfalo que excluye a los diferentes. Cuando nos hagamos responsables del dolor del otro, nuestro compromiso nos dará un sentido que nos colocará por encima de la fatalidad de la historia”.

    Muchas gracias.


    Lugar y fecha

    Valencia, España
    6 de mayo del 2004

    Hoy tengo el gran honor de presentarles un invitado excepcional, un estadista e intelectual de marca mundial, a quien cuento, por fortuna, como un buen amigo. Me refiero al señor ex Presidente del Brasil, Fernando Henrique Cardoso.

    Con el presidente Cardoso, que rigió los destinos de su nación durante ocho años, entre 1995 y el 2002, hemos tenido una relación cercana, no sólo porque coincidimos como mandatarios de nuestros respectivos países en los últimos años del siglo XX y los primeros del tercer milenio, sino porque nos sentimos afines en nuestras convicciones, que propenden por un desarrollo eficaz y sostenible, con sentido social.

    Sociólogo de profesión, egresado de la Universidad de Sao Paulo, nuestro invitado fue el autor de uno de los libros más importantes en la historia de las ciencias sociales en Latinoamérica, “Dependencia y Desarrollo en América Latina”, y fue, antes de Presidente, Ministro de Asuntos Exteriores y Ministro de Finanzas de su país.

    Se adjudica a su gestión en este último cargo el haber dado un giro positivo a la economía brasileña mediante el “Plan Real” que, a través de soluciones creativas, logró controlar un problema de inflación galopante en el Brasil.

    Actualmente, el presidente Cardoso es profesor en el Instituto de Estudios Internacionales Thomas J. Watson Jr. de la Universidad Brown, y es patrono del consejo de administración de la Fundación Rockefeller en Nueva York y del Instituto de Estudios Avanzados en Princeton.

    La sola relación de su hoja de vida, plena de logros académicos, distinciones internacionales, doctorados honoris causa, conferencias y publicaciones, no dejaría campo para escuchar su intervención.

    Baste con decir que en cualquier escenario internacional es un privilegio tener como conferencista al presidente Cardoso.

    Por ello hoy podemos felicitarnos, en este Primer Encuentro Internacional de Becarios Líder, por contar con su presencia en Cartagena, haciendo aún más brillante la ya larga lista de personalidades que se han vinculado a este programa de la Fundación Carolina de España.

    Dos anécdotas ocurridas durante el tiempo en que ambos ocupábamos la presidencia de nuestras respectivas naciones me sirven para dar una idea más completa del talante de nuestro invitado.

    El 8 de febrero de 2001, cuando el gobierno colombiano y el grupo guerrillero de las FARC manteníamos conversaciones en una zona desmilitarizada en el sureste del país, yo fui, como Presidente, a dicha zona a sostener un diálogo directo con el líder de dicha guerrilla, Manuel Marulanda, alias Tirofijo, con el fin de determinar si el diálogo que habíamos comenzado en 1998 continuaría o llegaría a su término, debido a continuas dilaciones y congelaciones de las FARC.

    Era un momento muy tenso. El Presidente de la República estaba en una zona selvática rodeado de guerrilleros y sin presencia militar, decidido a lograr un avance para la paz. Como el 8 de febrero no se alcanzó ningún acuerdo, yo decidí, para sorpresa de todos, quedarme a dormir en la Zona de Distensión para seguir las conversaciones al día siguiente.

    Esa noche, mientras el país seguía con el corazón en un hilo el desarrollo de la situación en el Caguán, recibí una única llamada del exterior. Era el presidente Cardoso, quien había oído la noticia de que yo iba a pernoctar en la Zona de Distensión y me expresó preocupado:

    – ¿Qué hace usted, Andrés, durmiendo en medio de la selva, rodeado de guerrilleros?

    En un momento tan difícil, agradecí de corazón su llamada, que simbolizaba, de alguna manera, la preocupación y el respaldo de la comunidad internacional frente a nuestro esfuerzo por no dejar morir el proceso de paz.

    Poco más de dos meses después, tuve la grata ocasión de ser yo el portador de una de las más positivas noticias para el Brasil en su lucha contra el crimen y el narcotráfico.

    El 22 de abril de 2001 el Ejército colombiano, después de una compleja y arriesgada operación en las selvas del Vichada, en la frontera con el Brasil, capturó al mayor y más buscado capo brasileño del narcotráfico, alias Fernandinho.

    A la sazón estábamos el presidente Cardoso y yo en Quebec, Canadá, junto a los mandatarios de todos los países del continente, en la III Cumbre de las Américas, y en una conferencia de prensa yo tuve la inmensa alegría de decirle: “Presidente Cardoso, le tengo la buena nueva de que capturamos a Fernandinho y lo tenemos disponible para enviarlo a su país, tan pronto se cumplan los trámites de rigor”.

    Con historias como éstas quiero resaltar la cooperación y la amistad que deben presidir las relaciones entre las naciones iberoamericanas. Esa misma amistad y cooperación que estamos consolidando en esta naciente Red de Becarios Líder.

    No quisiera demorar más esta presentación, y los dejo con uno de los más reputados intelectuales y conferencistas de América: el presidente Fernando Henrique Cardoso.

    Muchas gracias

     


    Lugar y fecha

    Cartagena, Colombia
    12 de julio del 2007

     Nohra and I want to give you the warmest welcome to our residence in such a beloved event for us as it is the opportunity to bid farewell to His Excellency, the Most Reverend Gabriel Montalvo Higuera, Apostolic Nuncio Emeritus to the United Status of America.

    – For us it is a great pleasure to have in our house such a select group of people to honor and to accompany somebody that is not only a great priest and a great diplomat, but also, for our pride, a countryman born in Bogotá, the capital of Colombia.

    – I want to tell you that the menu of this day is a traditional plate from Bogotá that some of you have maybe never tried, called “ajiaco”, with which we want to honor archbishop Montalvos’ origins.

    – Ajiaco is a traditional version of potatoes and chicken soup from Colombia. It typically contains chicken, corn, at least two or three kinds of potatoes (specially one called “papa criolla”, a kind of potato that only grows in Colombia), sour cream, capers, avocado, and “guascas”, a weedy, aromatic herb native to Colombia that lends the dish part of its distinctive flavor.

    – In Colombia the “ajiaco” is a plate that is been good to share with the family and the friends, in special events as Christmas Eve or in holiday days as Sundays. Today we feel among friends and, for that reason, we want to share with you this recipe of our country.

    – Monsignor Montalvo has had a diplomatic career of immense importance that has taken him to so diverse countries as Nicaragua, Honduras, Algeria, Tunisia, Libya, Yugoslavia, Belarus and the United Status of America.

    – We are all here because we want to honor his career and to bid farewell to a good friend, a charismatic leader and, in our case, a countryman that makes us proud.

    – It is a great honor for us to have today the presence of Chief Justice Roberts whose appointment for the president George W. Bush we all celebrate and applaud.

    – Chief Justice is an excellent example of “buen juicio”, and of professional success based on the ethics and the knowledge. We want all the best to you in your position as Chief of the Supreme Court of this magnificent country.

    – I also want to thank the important presence of all the other guests that today honors us with their company. As I said before, this is a meeting of friends gathering around a good friend and I want you to feel at home.

    – Monsignor Montalvo: Our families have known each other for decades and today I feel very happy of being the host of this fair homage.

    – May God accompany you in all your future activities and reward you for all you have done for the Church and for the good relationships among the countries.

    – Thank you, dear friends, and enjoy the ajiaco!


    Lugar y fecha

    Washington, Estados Unidos
    24 de enero del 2006

    Andrés Pastrana Arango

    Puestos a pensar sobre el futuro de Colombia, no debemos dejarnos distraer por los argumentos cosméticos, ni por los tecnicismos de los profesionales. La tarea de pensar a Colombia debe partir de lo que somos y de lo que queremos ser. Somos una comunidad que aún no resuelve problemas elementales de convivencia y de sustento. No hemos aprendido a cooperar, aún teniendo como ejemplo sociedades que hace escasos cuarenta años envidiaban nuestro nivel de vida y la solidez de nuestras instituciones y que, a base de cooperación, nos van dejando rezagados en la ruta de la prosperidad. En esto no estamos solos, pues compartimos con el resto de América Latina un destino aún inacabado y con enormes desafíos sociales y políticos.

    Es crucial reconocer nuestras carencias básicas como comunidad y también nuestras posibilidades frente a un mundo muy veloz que no da espera y no nos va a aguardar. Si buscamos crear riqueza y no dejar a ningún colombiano atrás, no hay tiempo que perder. Siempre he tenido la convicción de que el fundamento de una sociedad viable y próspera es la capacidad de vivir con el de al lado sin acudir al recurso insensato de la violencia para obtener de él lo que deseo. Colombia aún no alcanza este estadio elemental de entendimiento y ese es el reto que debe seguir estimulándonos.

    Los campeones de una sociedad son quienes toman riesgos. A saber, los padres de familia que arriesgan al educar a sus hijos, al comprar una casa o al iniciar un pequeño negocio familiar; así como los emprendedores que crean sociedades, ingenian productos, buscan mercados y nos satisfacen día a día para suplir nuestras necesidades. Estos emprendedores, que podemos ser todos y cada uno de nosotros, los cuarenta y cinco millones de compatriotas, debemos poder gozar de una segunda oportunidad sobre la tierra, como lo pedía nuestro Nóbel en la última frase de Cien Años de Soledad. ¿Cuál es esa soledad que nos agobia? La soledad de estar todos contra nosotros mismos, de no poder asociarnos o confiar en el más próximo. La soledad de la desconfianza, de unos con otros y todos con el futuro. La pregunta crucial, entonces, es cómo recuperar la fe en nosotros mismos y en los demás.

    Nuestros economistas responden a ese desafío afirmando que es con mayor producción por habitante; nuestros sociólogos afirman que debemos aprender a convivir; los politólogos enfatizan que con representación amplia y exenta de corrupción; y nuestros abogados exigen una sociedad justa en derecho y acceso al bienestar. Creo que todos tienen razón, pero que, en un gesto muy colombiano, nuestros mejores profesionales que tienen las cosas tan claras, no se hablan y no han aprendido unos de otros. Esos elementos se tienen que dar juntos y al tiempo, o no se dan en absoluto.

    Tenemos un gran material que es la laboriosidad y recursividad de los colombianos, su creencia en que trabajando se sale adelante. No podemos defraudar esa esperanza. Pero para hacerlo tenemos que ir más allá de la simple macroeconomía y las reformas políticas y constitucionales. Hay algo más profundo, en el tejido mismo de nuestra sociedad, que aún no está funcionando. Nuestro desafío fundamental debe ser dotar a nuestro trabajador del capital y el entrenamiento que le permitan adquirir clase mundial.

    Estoy convencido de que sólo una mayor inversión en educación y en tecnología, que alcance a todos los estratos sociales con igual calidad, generará un salto cualitativo hacia un desarrollo con justicia social. Los países del sudeste asiático son un ejemplo concreto de cómo con educación e inversión en ciencia y tecnología puede realmente contribuirse a cerrar la brecha social.

    Hoy, frente al horizonte del TLC con los Estados Unidos, nuestro país se prepara para entrar a un panorama de comercio ampliado, con mayor libertad, del cual esperamos buenos resultados para nuestro desarrollo y crecimiento. Pero el libre comercio, por sí solo, no trae ningún beneficio. Los beneficios los obtendremos de la forma en que nos preparemos para aumentar nuestra competitividad, y la fórmula es: inversión en educación -acompañada de nutrición y salud, como complementos fundamentales- e inversión en ciencia y tecnología.

    Hemos avanzado en este camino, y estamos obligados a persistir en él. Hemos pasado en la última década de unos 5 millones de niños que tenían acceso a la educación básica a cerca de 10 millones. En total, hemos superado el 90% de cobertura total en el país de educación básica y secundaria, y miramos como posible un horizonte del 100% de nuestros niños estudiando en el término de pocos años. Cuando me encuentro con empresarios que invierten en nuestro país siempre destacan la calidad del trabajo de los colombianos como un elemento positivo en sus decisiones de inversión. Éste es un capital –el capital humano– que es el único que puede hacer la diferencia en el futuro de Colombia.

    La globalización de los mercados es un hecho que no da marcha atrás. No es cuestión de elegirla o no, pues ella ya nos eligió. Lo importante es que ahora, que la competencia es global, sepamos enfrentarla con inteligencia, invirtiendo en nuestro principal capital, que es la gente. Con un acuerdo de largo alcance, como el TLC, que proporcione seguridad jurídica a los inversionistas, es seguro que nuestro país recibirá mucha más inversión extranjera. Hagamos que esa inversión se vea reflejada en educación y entrenamiento para los trabajadores colombianos, de forma que sepan producir y competir con conocimiento y tecnología.

    Un país que no se integra económicamente al mundo, se aísla, y sus trabajadores dejan de tener acceso a la siempre cambiante tecnología. La gente habla mucho del milagro económico que está produciendo la inversión extranjera en la China. En lo que a mí respecta, siempre que he visitado este gigante asiático lo que más me ha impresionado es la ganancia que dicha inversión y dicha integración al comercio global ha significado para los trabajadores chinos. Esa misma ganancia es la que podemos esperar y debemos estimular en nuestra propia fuerza laboral, para que la educación y la tecnología sean las generadoras de un futuro próspero y con equidad.

    Tal vez no se vea inmediatamente, pero estoy seguro de que la semilla que comenzamos a sembrar en el umbral del siglo XXI, apostándole a la educación y a la integración con el comercio global, nos llevará en pocas décadas a un escenario donde la pobreza ya no sea la protagonista.


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    6 de febrero del 2006

    Andrés Pastrana promete controversia por su libro

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    El expresidente Andrés Pastrana se reunió con ‘Popeye’ para constatar datos para su libro.

    Este jueves, el expresidente lanza en Bogotá ‘Memorias olvidadas’.

    Relatos inéditos de la vida política de Andrés Pastrana que han impactado al país son revelados por el expresidente conservador en su libro Memorias olvidadas, episodios personales de la historia de Colombia relatados a Gonzalo Guillén, que presenta este jueves en Bogotá.

    En el prólogo, Pastrana asegura que la narración está ligada a personajes y hechos que han sido decisivos en la época reciente del país y “cuyas consecuencias están todavía por determinarse en toda su dimensión por razón de que muchos de los actores (…) son aún, con nuevas o viejas máscaras, protagonistas de la política colombiana”.

    La publicación, adelanta Pastrana, va a generar controversia.

    Allí menciona el caso de los narcocasetes, grabaciones que destaparon el escándalo de aportes del Cartel de Cali a la campaña presidencial de Ernesto Samper, en 1994. “Me enteré de quién me los entregó, cómo y por qué me los entregaron, quiénes los conocían, y saco mis propias conclusiones. También del porqué los grabaron, quiénes los grabaron y desde cuándo lo venían haciendo”, contó Pastrana, quien –dijo– siempre ha mantenido una bitácora en la que escribe lo que le ocurre y que ahora le sirve, en buena medida, como base para su libro.

    En Memorias olvidadas narra cómo, cuando ya era presidente, le aceptó una invitación a almorzar a Ernesto Samper. “La charla la hicimos donde Rodrigo Pardo. Hice un resumen de ella después de terminar. Por eso digo que recuerdo cosas”.

    De acuerdo con el expresidente, el libro también recoge buena parte de lo que fue su plagio, en enero de 1988.

    “En el secuestro, yo tenía un diario donde escribí todo lo que me ocurría día a día. Lo revisé y lo voy a publicar, no como un diario, sino como contexto de todas las cosas que sucedieron”, contó. También dijo que en la publicación va a revelar lo que su papá, el expresidente Misael Pastrana Borrero, le escribió sobre cómo vivió ese secuestro.

    Pastrana relató que, posteriormente, pudo hablar con John Jairo Velásquez Vásquez, ‘Popeye’ (jefe de sicarios de Pablo Escobar), para que le contara qué había pasado con su plagio.

    “Él me dijo: ‘¿Usted sabe quién era el que lo quería matar?’, y me reveló su nombre. Era un hombre muy importante en el país que había hablado mucho con Escobar (…). Él está vivo. En el libro se narra la historia”.

    Pastrana también habla de otro hecho que sucedió durante su administración: el secuestro de la candidata presidencial Íngrid Betancourt. Su libro contiene el reporte oficial que le entregaron el día del plagio el general Jorge Enrique Mora –comandante del Ejército– y el DAS.

    “Hay también temas del Caguán. Son, fundamentalmente, historias personales. En buena parte, creo que es mirar la otra cara de la moneda”.

    Al hablar de su libro también se refirió al proceso de paz. Señaló que parte del obstáculo para avanzar con las Farc siempre ha sido la desconfianza que esa guerrilla ha mantenido con el Estado.

    El libro de Pastrana, del sello Penguin Random House, será presentado este jueves en el Club El Nogal, en Bogotá. Saldrá a la venta el viernes.

    Las armas de Fujimori

    “Hay otro capítulo muy interesante, que es el de las 50.000 armas de Alberto Fujimori que les llegaron a las Farc. Toda la historia, cómo fue que descubrimos este negocio de Vladimiro Montesinos y de Fujimori. Inclusive, yo le pedí cita a Fujimori para ir a hablar con él. No pude ir”.

    Fuente: http://www.eltiempo.com/politica/libro-del-expresidente-andres-pastrana-_13218593-4

    Fecha

    24 de noviembre del 2013

    Mi satisfacción personal, tras los resultados electorales, es inmensa. El Partido Conservador -con la inteligencia, el coraje y el liderazgo de Marta Lucía Ramírez y con la franja independiente que la acompañó- ha triunfado en una batalla histórica para proyectarse hacia un nuevo e incontaminado futuro.

    Sin embargo, mi preocupación por el futuro inmediato de Colombia es enorme. Ante todo por la paz, en el sentido más extenso de la palabra.

    Creo, sin el menor ánimo pendenciero, que la fórmula excluyente y secreta del proceso de La Habana debe replantearse ya mismo puesto que ha desbordado la paciencia y perdido la credibilidad de los colombianos al no cumplir sus plazos y confundirse políticamente con el proceso electoral.

    La discordia que ha surgido del choque de dos discursos en contienda ha hundido al país en el escepticismo y la frustración. Por razón de las ambiciones y diferencia políticas propias de la competencia por el poder se ha dejado de lado el diálogo civilizado entre compatriotas para darle prioridad a la confrontación y el sectarismo que nos debilitan como conjunto social en la negociación con la subversión.

    Soy y siempre he sido un hombre de paz. Al país le consta que me jugué mi vida personal y política por la paz. Recuperé el honor, el orgullo y el poderío de nuestras debilitadas Fuerzas Armadas y Policía. Y derroté moral y políticamente a la subversión ante nuestros compatriotas y ante el mundo en el que pasaron a engrosar las listas negras del terrorismo.

    No pacté con la subversión porque esta no entendió el alcance de la generosidad en la mano tendida a ella por el mandato por la paz de los colombianos. Pero dejé unas Fuerzas Armadas y Policía preparadas “para la paz o para la guerra”, tal como le anuncié a Manuel Marulanda el día que lo conocí. Puedo decir con orgullo, por lo tanto, que he contribuido a la paz de Colombia. Mi vida entera, comprometida con su búsqueda, está ligada íntimamente a ella.

    La paz es una y única. No hay paz propia de gobierno, partido, grupo o persona. Porque el requisito fundamental, sine qua non, de la paz es el consenso amplio y generoso de la sociedad. A los colombianos, al margen de la contienda partidista, nos confunden el lenguaje mezquino y los señalamientos agresivos de quienes aspiran a conducir a la nación por el sendero de la concordia. Son ellos, precisamente, quienes deberían ser los primeros en desarmar la violencia verbal y los espíritus, dando ejemplo de convivencia cuando se contrastan las opciones de los medios y la persecución de los fines en medio del fragor de la controversia.

    Una nación dividida ante la paz es una nación débil ante sus enemigos. Una paz que se define apresuradamente en una confrontación virulenta como preludio de las urnas, no es paz. Los pactos sectarios no conducen a la paz sino a una prolongación de la polarización política y social que históricamente nos ha mantenido en la guerra fratricida. Ni a la paz nos llevan soluciones tajantes e inconsultas en contravía del diálogo con la sociedad.

    En estos días, especialmente tras la primera vuelta, he puesto especial atención a los dos discursos que primaron. Mi primera y grata sorpresa es ver un principio de convergencia en el tire y afloje electoral. Veo, sin ánimo sectario, coincidencias sutiles que más valen ser percibidas y las cuales me abstengo de mencionar para evitar divisivas suspicacias y distorsiones. El contraste ha afinado los dos discursos.

    Mi condición de expresidente -es mi convicción íntima- conlleva principios, posiciones, batallas, encuentros y una historia reconocidas y ampliamente debatidas que, si bien son experiencia, pueden llegar a ser una carga o un motivo de conflicto de segunda mano para quienes se aproximan a la paz con menos prevenciones y renovadas esperanzas.

    Por ello considero que le sirvo mejor a la paz, a mi país y a mi partido al darle paso a las nuevas generaciones, sin que el equipaje de mi vida interfiera el avance arrollador de un discurso renovado, fresco y optimista, siempre con ánimo de servicio y a la disposición de quienes aún consideren oportuno consultarme. La presencia de un expresidente en esta recta final sirve mejor a la patria desde las graderías.

    En estos momentos decisivos, el Partido Conservador –el partido de la paz- no puede estar hoy en mejores manos. Marta Lucía Ramírez es una conductora sabia y serena para estos tiempos turbulentos. Su implacable determinación de renovación y su empeño contra la corrupción le han llegado a la gente aún más allá de quienes la respaldaron con su voto. Ella sabrá navegar, con el buen consejo de Camilo Gómez,  hacia el horizonte en el milenio de las mujeres de la mano de su partido y sus gentes, sin la carga de los conflictos del pasado y con los  vientos de cambio que nos impulsarán hacia el futuro.


    Lugar y fecha

    Buenos Aires, Argentina
    28 de mayo del 2014


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    3 de marzo del 2015

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    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    17 de febrero de 2004

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