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  • ¡COLOMBIA! COMPROMISO CLARO Y CONTUNDENTE DEL EJÉRCITO NACIONAL

    CELEBRACIÓN DEL DÍA DEL EJÉRCITO NACIONAL

    Hace un año, en los verdes campos de Boyacá, donde se ganó la independencia de Colombia, ante el pequeño puente que simboliza el momento más grande de la patria, celebré con mi Ejército, con el Ejército de mi país, los 180 años transcurridos desde aquel glorioso 7 de agosto de 1819.

    Fue un momento emocionante, en el que parecía que podíamos visualizar, en la espiral mágica del tiempo, la batalla  que ocurrió en aquel mismo lugar, cuando las maltrechas pero aguerridas tropas de Bolívar, que venían de realizar una increíble hazaña en el Pantano de Vargas, vencieron con heroísmo y valor a la fuerza enemiga.

    Allí, en Boyacá, un ejército al que el mismo General Santander calificó como “moribundo” después del duro tránsito del Páramo de Pisba, y del que el orgulloso General Barreiro decía, despectivo, que era “un ejército de pordioseros”, demostró hasta qué altas cumbres pueden llegar el coraje, el amor a la patria y la fuerza de los colombianos.

    Allí, el joven y humilde soldado Pedro Pascasio Martínez dio una lección de honestidad y de moral al General español que pretendió sobornarlo con monedas de oro.

    ¡Esa es Colombia! Esa es la Colombia que sale triunfante de las más duras dificultades, que nunca se rinde y que mira con confianza el porvenir, porque cree en sus propias capacidades. Esa es la Colombia de 40 millones de gentes buenas y trabajadoras, que son la razón de ser y el estímulo del Ejército Nacional, un ejército que hoy proclama, como lo hicieron los patriotas hace 181 años, que su compromiso es claro y contundente, ¡que su compromiso es Colombia!

    Este Ejército, que tiene su cuna en Boyacá, es hoy una fuerza profesional, moderna y defensora de la Constitución y de los derechos humanos. Es una fuerza de hombres y mujeres que han puesto a la patria por encima de todo y que merecen el respeto y  la gratitud de los colombianos.

    Como Presidente, me siento muy orgulloso de contar con el apoyo de una Institución seria y eficiente como el Ejército Nacional, más aún en estos tiempos de conflicto, en el que, mientras algunos pocos violentos pierden el sentido de la humanidad y cometen actos de salvajismo contra sus hermanos, nuestros soldados siguen, con sacrificio y abnegación, protegiendo a sus compatriotas y manteniendo en alto la dignidad del ser humano.

    Hoy nuestro Ejército está adelantando una importante labor de transformación organizacional y cultural, que lo coloca a tono con el mundo moderno y globalizado del tercer milenio, gracias a la dedicación y el esfuerzo del Ministro de Defensa, del Comandante General de las Fuerzas Militares y del Comandante del Ejército. Es bueno resaltar que el proceso se está cumpliendo con éxito, a pesar de tener que realizarlo, como no lo ha hecho ningún otro ejército en el mundo, en medio de un conflicto interno de varias décadas, en el que debe librar batallas diarias para preservar nuestra democracia y nuestro estado de derecho.

    El Ejército de Colombia se ha visto fortalecido en este último año con la creación de tres batallones antinarcóticos y la puesta en marcha de la Fuerza de Despliegue Rápido, y esto se ha reflejado en el primer semestre de este año en un incremento de su capacidad operacional en la lucha contrainsurgente del 40% y en las disminución en las bajas oficiales en un 43%.

    Nuestro ejército, como el de Bolívar, es un ejército con vocación de victoria, cada vez más preparado y más profesional. Y qué bueno saber que cada año tenemos 10 mil nuevos soldados profesionales que reemplazan en forma gradual a los soldados bachilleres. Es así como el número de soldados profesionales se ha duplicado desde 1998, pasando de 21.000 a más de 43.000 a finales de este año y a 60.000 para el final de mi gobierno, conformándose así el 50% del pie de fuerza por soldados profesionales.

    Y también es una buena noticia que el Ejército Nacional, aún antes de la vigencia de la ley que así lo ordenó, haya licenciado en diciembre del año pasado a todos los soldados menores de edad, yendo más allá de lo que mandan las convenciones internacionales sobre los derechos del niño. ¡El Ejército de Colombia ha dado ejemplo al mundo, evitando que los menores estén enfrentados a los riesgos propios de la milicia!

    Valga hoy la oportunidad para resaltar el compromiso cada vez mayor del Ejército con la protección y defensa de los derechos humanos y la aplicación del derecho internacional humanitario. Así se han ganado con creces el afecto y el respeto de todos los ciudadanos y, por ello, no resulta gratuito que en las diferentes encuestas de opinión, el Ejército cuente con el más alto nivel de aceptación, únicamente superado por la Iglesia.

    Este año 2000, al cual he declarado como el año del afianzamiento y fortalecimiento de los derechos humanos en las Fuerzas Militares, es muy satisfactorio constatar los inmensos avances que se producen en este aspecto. Ya son más de 90.000 los miembros de la Fuerza Pública que han recibido capacitación especializada en Derechos Humanos, en tanto las quejas por posibles violaciones a estos derechos sólo involucran en un 1.7% a los integrantes de las fuerzas legítimas del Estado, mientras la subversión y los grupos de autodefensa son causantes de más del 98% de estos atropellos contra la vida humana.

    Los derechos humanos y la búsqueda de la paz son conceptos que hoy nuestros soldados tienen arraigados en el alma. Y nadie más que ellos, que han vivido y sufrido en carne propia los horrores de la guerra. Sin embargo, tampoco perdemos de vista que un ejército debe estar siempre preparado, con la mejor formación, los mejores equipos y la mayor tecnología, para defender a sus compatriotas de los ataques de los criminales.

    El proverbio popular que dice “si quieres la paz, prepárate para guerra” debemos entenderlo con claridad, en el sentido de que si queremos un ejército con fortaleza técnica, física y moral, no es porque deseemos la guerra, sino, por el contrario, para evitarla, ya que estoy convencido de que el papel primordial de las fuerzas armadas en una democracia es disuasivo, más que represivo. Y así lo han entendido los militares de Colombia.

    Es paradójico, sin embargo, que, en tanto el  Ejército y toda la Fuerza Pública dan cada día más pruebas de su compromiso con Colombia, con los derechos humanos y con la democracia, los grupos armados al margen de la ley insistan en regar de sangre hermana el país, masacrando sin contemplación y acabando con las casas, los hospitales y las escuelas de los colombianos más humildes.

    A los insurgentes les reitero, tal como lo hice el pasado 20 de julio ante el Congreso y ante el país, mi disposición para que en las mesas de negociación discutamos y sembremos las semillas de la paz. Pero debo insistir en que, fuera de la mesa de negociación, enfrentaremos con mano dura su persistencia en mantener el conflicto y en causar daño y dolor a la población más vulnerable.

    Atacar indiscriminadamente a los caseríos y municipios apartados del país, apenas defendidos por un puñado de buenos policías y soldados, no es de ninguna manera una muestra de superioridad militar, sino, todo lo contrario, una demostración de gran debilidad y cobardía.

    Pero mientras persistan en atacar a los civiles, en matar niños, mujeres y policías indefensos, en secuestrar y en extorsionar, ahí estará el Ejército de Colombia, cada vez más capacitado y más fuerte, listo para pasar a la ofensiva. ¡A la ofensiva contra cualquiera que levante su brazo para asesinar a un solo humilde de Colombia¡

    Queridos amigos del Ejército Nacional:

    Nunca me cansaré de decir que uno de mis mayores orgullos como Presidente es ostentar el título de Comandante General de las Fuerzas Armadas del país, porque me siento orgulloso de ustedes, que enaltecen con su valentía y su honor el nombre de la patria.

    El pueblo soberano de Colombia agradece y reconoce los servicios de quienes mejor le sirven. Por eso quiero felicitar y extender mi abrazo de colombiano a los oficiales, suboficiales, soldados y civiles distinguidos a quienes he condecorado hoy con la Orden del Mérito Militar “Antonio Nariño” y con la Orden del Mérito Militar “José María Córdova”. A partir de este momento ustedes llevarán junto a su corazón, como un símbolo de amor a su país, el nombre y el espíritu de los grandes próceres de nuestra independencia.

    Y quiero rendir también un especial homenaje, uno que nace desde lo más hondo del alma y al cual yo sé que se unen todos los colombianos, a nuestros nuevos héroes, a esos que cayeron en defensa de sus compatriotas, luchando por nuestros valores y por preservar nuestras vidas y nuestra tranquilidad.

    Ellos sí que han entregado todo por Colombia y por eso elevamos a Dios las oraciones para que premie su valor y su amor a los semejantes. Y contemplamos conmovidos el dolor y la angustia de sus familias, quienes hoy sufren su ausencia, pero tienen el consuelo de saber que su padre o su esposo o su hijo o su hermano cayó luchando por la libertad y la paz de los que quedamos. ¡A ellos, a nuestros héroes, gloria eterna!

    Soldados de Colombia:

    Ningún título más honroso que éste de ser soldado de Colombia. Sigan luchando con convicción y valor. Sigan progresando y capacitándose para bien del país. Sigan siendo victoriosos en las batallas, pero sobre todo sigan siendo constructores de paz y de progreso.

    Su coraje es el coraje de nuestra tierra y su valor no es el poder cobarde de los que atacan a los débiles, sino el digno temple de quienes defienden a sus semejantes. Y no olviden que, como dijo el maestro Jorge Luis Borges, “entre las cosas hay una de la que no se arrepiente nadie en la tierra. Esa cosa es haber sido valiente”.

    Muchas gracias.


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia

    4 de agosto del 2000

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