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  • CON EL ÍMPETU DEL NUEVO RECTOR, EL HONROSO PASADO ROSARISTA BRILLARÁ CON LA MÁS PLENA ACTUALIDAD

    Hace algunas semanas, con motivo de la imposición de la Orden Fray Cristóbal de Torres al profesor Guillermo Salah, yo señalaba cómo todos los rosaristas somos médicos: médicos de ese cuerpo inmaterial que es la patria, guardianes de la salud de la nación.

    Hoy, en el acto de posesión del nuevo rector de la universidad, puedo decir que la institución quedará liderada por alguien que cumple doblemente ese condición, pues tanto en su actividad profesional como en su más profunda vocación espiritual ha dedicado su vida a la salud de su prójimo y, a la vez, a la de su país.

    El doctor Rafael Enrique Riveros Dueñas, nuevo rector del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, es el ilustre poseedor de esa  doble condición.

    Tuvieron que pasar 143 años para que un médico rosarista fuera elegido de nuevo como rector del claustro. En efecto, desde cuando Andrés María Pardo, un destacado galeno bogotano conocedor del latín y amante de la botánica, ocupó el cargo a mediados del siglo XIX, nadie con tal profesión había regido los destinos del Rosario.

    El Doctor Riveros, cuya impresionante trayectoria y cuyo  reconocido amor por la institución no tienen parangón, tiene ahora esa tarea en las manos.

    Especializado en transplantes y cirugía vascular, es jefe de transplantes en el Hospital San Rafael y la Fundación Santa Fe y jefe de esta área y de cirugía vascular en la Clínica del Country. Con distinciones rosaristas como la de Colegial Honorario, el Diploma al mejor Interno de la Universidad del Rosario y el diploma Guillermo Fergusson al rosarista más destacado de la Facultad de Medicina; con distinciones académicas nacionales como el Premio Nacional de Medicina de la Academia Nacional de Medicina, o con reconocimientos académicos en el exterior como el International Scholar y la designación como Profesor Visitante Distinguido de Cirugía Vascular en la Facultad de Medicina de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, el doctor Riveros tiene un palmarés sin par en el campo de la salud.

    Ahora enfrentará una operación que quizás no sea la más delicada de las que haya realizado, pero que seguramente será una de las más desafiantes e interesantes de toda su vida.

    Ahora deberá intervenir sobre un cuerpo de 348 años que no necesita transplantes ni cuidadosas incisiones sobre sus vasos y conductos. Un cuerpo de tradiciones y valores que preserva las más altas tradiciones y los más altos valores de la patria. Un cuerpo, robusto de complexión y sólido de principios, que representa lo mejor del humanismo, el cristianismo y el sano liderazgo.

    El Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, al fin y al cabo, no es sólo una universidad. Y esto no lo digo únicamente porque sea mi querida alma mater, el lugar donde me formé académica y espiritualmente. Lo digo porque cualquier colombiano que revise las páginas más importantes de su historia, cualquiera que rastree los momentos cruciales de la ciencia, del derecho y los negocios verá su nombre estampado con letras mayúsculas.

    El Rosario, durante toda su existencia, ha sido fiel a la tarea que le encomendó en sus orígenes Fray Cristóbal de Torres, esto es, formar los líderes de la República. Los “varones insignes” de los que hablaba el fundador, han sido ese conjunto de hombres y mujeres que han servido a Colombia desde los más diversos campos pero que, en cada uno de ellos, han realizado acciones verdaderamente memorables. Su paso por la sociedad nunca ha sido en vano.

    Por eso, doctor Riveros, lo que queda en sus manos no es sólo una universidad: es el campo donde han germinado los mejores frutos de la nación.

    Ese es un poder que sólo personas de su nivel académico y ético pueden llevar a buen puerto. Lo que está en juego no es poca cosa: es la orientación de una institución capaz de difundir el saber y multiplicar las fronteras de la virtud. Bien lo dijo Guillermo Salah, quien ahora prosigue su vocación de servicio al país como Embajador en Marruecos, en su discurso de posesión como rector en noviembre de 1998: “Desde sus orígenes los Colegios Mayores y luego las universidades ejercieron poder, pero poder de servir. Las ‘schola’ medievales otorgaban a sus graduandos el poder de curar, el poder de juzgar, el poder de enseñar, es decir, el poder de servir a la humanidad”.

    No me cabe duda de que con su fe en Colombia y, por supuesto, en los buenos auspicios de La Bordadita, Rafael Enrique Riveros conseguirá llevar ese poder a sus más altas dimensiones.

    Un pasado glorioso seguirá así extendiéndose hacia el futuro, pues, como lo ha dicho Antonio Rocha Alvira, pensando seguramente en nuestro lema rosarista ‘nova et vetera’: “la substancia del pasado importa a la sociedad tanto como la carne al organismo natural: es su soporte, es la condensación de sus experiencias vividas, es la suma integral de sus luchas y victorias en el transcurso de los días”.

    Ahora, con el ímpetu del nuevo rector del Colegio Mayor, el honroso pasado rosarista brillará con la más plena actualidad.

    Muchas gracias.


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    10 de septiembre del 2001

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