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  • CON EL RESPETO AL PATRIMONIO HISTORICO SE PRESERVA LA EXISTENCIA DE UN MUNDO DIGNO Y MEMORABLE

    QUINTO SEMINARIO TALLER INTERNACIONAL SOBRE LA REVITALIZACIÓN DE CENTROS HISTÓRICOS DE AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE

    Hay sueños temibles.

    Pienso, por ejemplo, en la pretensión de derribar los palacios de Venecia para erigir fábricas con largos penachos de humo y, luego, con el fin de permitir el aterrizaje de descomunales aviones militares, tapar sus canales con los escombros de los monumentos derribados.

    Eso sería como borrar el barrio de la Candelaria de Bogotá para construir, encima de sus ruinas multicolores, un parqueadero de inmensas dimensiones.

    Eso sería como derribar el Palacio San Martín de Buenos Aires para colocar allí, donde antes se alzaba su bella arquitectura dieciochesca, una lucrativa industria de golosinas.

    Eso sería como desplomar los muros de la primera catedral de América, la catedral de Santo Domingo, para construir allí las piscinas de un asoleado resort.

    Eso sería terrible.

    El sueño, o tal vez sería mejor decir la pesadilla, que he mencionado fue pensado por los futuristas. Embriagados por el espejismo de la velocidad, por el dinamismo de la técnica y de la era industrial, querían abolir los monumentos y las plazas, destruir todo lo que sonara a firmeza, solemnidad y memoria, para imponer el reino sin pasado del tráfico automotriz y aéreo, de los rascacielos desafiantes y los puentes reacios a la gravedad, de las grandes centrales eléctricas y las multitudes anónimas en camino hacia las fábricas y los centros comerciales.

    Aunque de un modo no tan radical, el urbanismo moderno muchas veces siguió ese repudio del pasado. Lo nuevo debía crecer desde la nada, libre de cualquier herencia, como una inaudita creación de dioses humanos. Sólo con el tiempo se llegó a pensar que tales rupturas no nos asemejan a la potencia de Dios sino a la impotencia de los amnésicos. Se olvidaba que el pasado, tal como sucede en la vida personal, es constitutivo de lo que somos y queremos, de lo que nos diferencia de los otros y nos da criterios de acción.

    Si se piensa, a modo de ilustración, en qué sucede cuando alguien pierde totalmente su memoria, podemos dimensionar la gravedad que implica violentar el patrimonio histórico. Sin memoria nada se sabe de los propios talentos, esperanzas o temores.

    Por todo esto, un evento como el V Seminario Taller sobre la revitalización de Centros Históricos de América Latina y el Caribe –Sirchal- es una cura preventiva contra la terrible enfermedad del olvido, la misma que sufrieron algún día los habitantes de Macondo.

    Gracias al gobierno francés, a organismos como la Unesco, el Banco Interamericano de Desarrollo, la UIA, el Medef internacional, la Casa de América Latina y las embajadas de los países de la región en Francia, podremos, de un modo teórico y práctico, evitar los peligros de la amnesia.

    Éste es un trabajo minucioso y complejo. En medio de las tensiones entre tradición y modernidad que atraviesan nuestras ciudades, no se trata sólo de un trabajo de restauración física de ciertos espacios, sino de articular las demandas de identidad con las de eficiencia, las de sentido de pertenencia con las de velocidad urbana, las de disfrute de espacios públicos con las de usufructo privado, esto es, se trata de componer poderes potentes y contradictorios.

    Muchas veces, quizás cegados por la estrecha mentalidad que asocia utilidad a funcionalidad y lucro, algunos se preguntan por qué preocuparse por muros viejos y balcones carcomidos por el gorgojo. Para contestarles, no hay sino que mencionar algunos casos: aquí mismo en Barranquilla, la bella Puerta de Oro de Colombia, se ha intervenido sobre el patrimonio histórico de la antigua calle del Comercio, entre Cuartel y 20 de Julio, logrando revivir la valiosa herencia que árabes, judíos, norteamericanos y europeos dejaron sobre sus muros, aceras y fachadas. Allí, en ese trecho recién recuperado por los Vigías del Patrimonio, se rememora el trabajo y, más allá de eso, las vidas de centenares de inmigrantes cuyos descendientes podrán sentirse orgullosos y partícipes del legado de sus viejos. Esto crea cosas tan intangibles pero tan valiosas como lo son la pertenencia, el respeto y la dignidad.

    Basta contemplar y disfrutar también, para seguir con los ejemplos, las casas conservadas de Aguadas o Salamina, en el Eje Cafetero de Colombia, con sus coloridos balcones de madera tallada, con sus muros de bahareque o esterilla de guadua, con sus flores colgantes y sus arcones. En ellas se revitaliza toda la riqueza de la cultura cafetera, esto es, el saber acumulado por varias generaciones de hombres y mujeres dedicados al cultivo y procesamiento del grano. Allí se preserva, como en un tiempo detenido, la existencia de un mundo digno y memorable.

    En Colombia, desde cuando se declararon 14 centros históricos de ciudades como Monumentos Nacionales -a través de la ley 163 de 1959- hasta la fecha, cuando se han reconocido unos 40, se ha incrementado paulatinamente el interés por entender el patrimonio como una valor incalculable e imprescindible. En ese sentido, la realización del Sirchal en Barranquilla que, valga decirlo, no hubiera sido posible sin el trabajo conjunto de la Dirección de Patrimonio del Ministerio de Cultura, la Alcaldía y la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de la ciudad, es una magnífica oportunidad para fortalecer ese creciente interés y para concretar, en acciones efectivas, los deseos de conservarlo e impulsarlo hacia el futuro.

    Les deseo muchos éxitos en este encomiable esfuerzo por salvar la memoria de América Latina. Con tal cooperación, empuje y reflexiones, lograremos que nuestro patrimonio sea, cada vez en mayor medida, la raíz de nuevas y bellas flores.


    Lugar y fecha

    Barranquilla, Colombia

    28 de mayo del 2001

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