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  • CONFERENCIA EN LA FUNDACIÓN KONRAD ADENAUER

    Quiero agradecer a la Fundación Konrad Adenauer, a su equipo directivo y en especial al Profesor Josef Thesing la invitación para hablar acerca de la paz de Colombia en esta casa de la democracia que, desde Berlín, anuncia la urgencia de trabajar conjuntando las voluntades internacionales por un mundo mejor. Lo hago con gusto porque la Fundación Konrad Adenauer es la decana de las instituciones europeas en la tarea de la cooperación internacional en Colombia.

    Durante 35 años, y todos ellos con el acompañamiento del Profesor Thesing, esta Fundación ha dado asistencia y financiación a instituciones tales como ACOPI y CINSET con la difusión y capacitación en los programas de pequeña y mediana empresa; a CENCOA, en el ámbito de las cooperativas cafeteras del occidente colombiano; al movimiento cooperativo nacional, a través de la Escuela de Administración Cooperativa y COLACOT; a la capacitación de ciudadanos para la participación comunitaria, la gestión municipal y el liderazgo; al INES -Instituto Nacional de Estudios Sociales-, así como a la Cátedra Ludwig Erhardt de la Pontificia Universidad Javeriana, lo mismo que el apoyo a las microempresas indígenas del Valle y del Cauca. No se puede olvidar, además, que alrededor de 250 colombianos han gozado desde 1970 de becas de estudio para diferentes especializaciones que han contribuido eficazmente al desarrollo del país, así como el que durante muchos años dio su aporte financiero y orientador al trabajo que la misión ecológica del Pacto Andino desarrollaba desde Colombia.

    Es por ello que hablar de la paz en esta casa dedicada a la memoria de quien fue el primer constructor de la paz que ahora Alemania disfruta es un privilegio que tiene la dimensión de una amistad sin contraprestaciones, que es lo que ha caracterizado este saber encontrarnos en la cooperación internacional sin perder, ninguno de nosotros, nuestras señas de identidad.

    Pretendo darles a ustedes una visión, mi visión, sobre la paz como meta y la paz como proceso que estamos viviendo en Colombia y espero hacer cierta en mi persona aquella sabiduría que “el viejo Adenauer” recomendaba a los políticos al decir que “en la política no se trata tan sólo de tener la razón ahora, sino tener la certeza de poder conservarla hacia adelante”.

    Los Desafíos de la Paz

    Los invito ahora a que me acompañen un poco con la imaginación, pensando, por ejemplo, en los hijos que, por una u otra razón, se van de casa a estudiar afuera, y cómo allí buscan no sólo hacer su propia vida, sino -además- aprenden a manejarnos según su lógica y nos dan verdaderas lecciones que es indispensable aprender.

    Por favor hagan el esfuerzo de ubicarse en el lugar de un padre o de una madre preocupados que reciben de su hija única y predilecta, que hace su primera experiencia de persona libre e independiente, una carta como la siguiente:

    “Queridos Papi y Mami:

    Me apena mucho la demora en escribirles nuevamente, pero resulta que mi papel de cartas se perdió la noche del incendio del dormitorio ocasionado por la huelga estudiantil y la asonada subsiguiente. Yo ya estoy fuera de peligro y ya salí del hospital y me informa el médico que recuperaré la vista en pocos días más. Lo sabremos cuando me quiten las vendas de la cara.

    El muchacho que me salvó del incendio, Juan, muy amablemente me ofreció que me quedara en su apartamento con él hasta que construyeran los dormitorios. El viene de una familia buena y por eso espero no se sorprendan si les participo de nuestro próximo matrimonio. De hecho, ustedes siempre han querido un nieto y por lo tanto me da mucha alegría anunciarles que el nieto vendrá en cosa de un mes más o menos.

    Por favor, no le paren bolas a la anterior práctica de composición y gramática castellana. No ha habido tal incendio, no he estado en ningún hospital, no estoy embarazada, ni siquiera tengo novio.

    Lo que pasó fue que me rajaron en Matemáticas, lo mismo que en Química, en Francés y en Física, y simplemente quería que recibieran esta noticia dentro de la perspectiva adecuada.
    Todo mi amor.

    María”.

    Realmente María conocía bien a sus padres. Lo catastrófico se reduce siempre a lo conflictivo y esto, a su vez, encuentra una realidad más cierta que es lo problemático.

    Es lo que acontece con el tema de la paz en Colombia, donde se escuchan a menudo tantas cosas y tan brutales, que hacen aparecer la catástrofe tan evidente que sería mejor no hacer nada. O presentan todo con tal pesimismo que realmente se da la certidumbre de no existir ninguna salida.

    Como en la carta de María, yo les puedo asegurar que la integridad del país está a salvo y sus instituciones están firmes. Aceptemos que hay malas notas en algunas materias, pero tenemos el chance de presentar nuevos exámenes, de habilitar la materia, de recuperarla y, como dice la misma niña, mirar la cosa dentro de la perspectiva adecuada.

    Me he permitido comenzar con la lectura de esta carta porque cada vez que hablo acerca de la paz me voy encontrando con gente que siempre se ubica en los peores escenarios para reflexionar sobre las realidades que vive Colombia, que son graves, es cierto, pero nunca tanto como imaginan las malquerencias de algunos o el malconocimiento de otros. Esto siempre es así y aun cuando sé sobre cuál realidad estamos trabajando los colombianos, no aceptaré nunca la caricatura degradada de quienes, no habituados a la esperanza, quieren negarnos a nosotros la posibilidad de construir la propia. Y por eso quiero ser claro: En Colombia no estamos sufriendo una guerra civil, sino una guerra contra la sociedad civil.

    La Caída de los Muros

    Estoy contento de estar en la capital de esta nación que fue desgarrada por la violencia, el odio y la intolerancia y que luego renació a la paz, al respeto a los derechos humanos y a la tolerancia, para convertirse en un modelo y en una impulsora de la democracia.

    Estoy contento de estar aquí donde se levantó el muro ideológico y físico de Berlín que dividió al mundo por tanto tiempo para luego caer estrepitosamente por obra de generaciones de personas, de dirigentes amantes de la democracia.

    Estoy aquí frente a representantes de un pueblo que un día se despertó a la culpa preguntándose: ¿Qué pasó? ¿Por qué pasó lo que pasó? ¿Cómo fue esto posible? Yo vengo de un país, de un pueblo grande de tradiciones y de esperanzas, de gente inteligente y esforzada que ha dado mucho a la historia y sabe que hacia el futuro próximo tiene grandes desafíos que ha de cumplir.

    Vengo de una nación en donde –no se puede negar- habita el innegable monstruo apocalíptico de la violencia; vengo de un país en donde hace cerca de 50 años se renunció a la paz y se comenzó a levantar ese “infamante muro de Berlín” de la intolerancia, de la injusticia social, de la subversión ideológica, de la violencia como metodología de la política.
    Ese muro sicológico –casi cultural- nos divide a los colombianos en dos grupos en donde una inmensa minoría se enfrenta a una inmensa mayoría que apenas comienza a preguntarse: ¿Qué pasó? ¿Por qué pasó lo que pasó? ¿Cómo fue posible? Una inmensa mayoría que ha decidido vivir en paz, destruir el Muro y hacer posible la reconciliación.

    Por esa inmensa mayoría fui elegido con la mayor votación popular de la historia política de mi país para construir la paz. La voluntad popular fue clara en ese sentido y no encuentro justo que los hijos de la guerra –tengan el signo ideológico o de intereses que quieran tener– pretendan ganar a la fuerza o con informaciones de mala intención lo que pierden cada vez que el pueblo vota a saber la razón y la legitimidad.

    Colombia quiere la paz y la tarea del presidente no es otra que hacerla posible, sacrificarlo todo a ella y, aún en medio de las dificultades, avanzar como lo hemos hecho recientemente en las elecciones regionales y municipales en donde –con la única excepción de dos pequeños municipios- la gente votó indicando con ello que el proceso de paz legitima la democracia y se legitima en ella.

    Nuestro muro ya ha comenzado a caer y si algo le estamos solicitando a la comunidad internacional, a las gentes de buena voluntad y buen pensar, es que cooperen para que ese muro pueda caer totalmente y se abran horizontes seguros a la paz.

    La paz crece en democracia; la democracia crece en paz

    Muchos, cuando preguntan por la paz en Colombia, quieren tan sólo escuchar los muy interesantes episodios de las conversaciones pero esto es –a mi modo de ver- equivocado, porque lo primero que es preciso saber es por qué estamos comprometidos con la paz. No se le puede regalar al “pragmatismo de moda” el olvido de las razones del obrar humano.

    Buscamos la paz porque estamos convencidos de la dignidad del ser humano cuya vida es –sin excepción- inviolable. Esa dignidad es la misma para todos y el respeto que exige debe ser igual para todos. Salvar la vida de una persona es razón suficiente para vivir.

    Buscamos la paz porque ella es el punto de encuentro de lo humano, porque hace posible la convivencia, porque la libertad individual sólo es posible bajo la mirada del otro; porque la paz genera la responsabilidad de ser más humanos.

    Buscamos la paz porque debemos preservar la vida y la creación; la violencia destruye la vida del ser humano y su entorno y no podemos dejar que las guerras innumerables que hoy nos agobian agranden el desierto que se está expandiendo. Nietzsche afirmaba: “Que caiga la desgracia sobre quien proteja el desierto”.

    Buscamos la paz porque creemos en los valores de la justicia, la solidaridad y la libertad que deben crecer armónicamente porque se exigen mutuamente.

    La paz exige igualdad de derechos, justicia de oportunidades; exige justicia social y reclama una protección eficaz de los más débiles.

    La paz exige que la solidaridad se abra camino. Nuestro prójimo no puede ser extraño a nosotros mismos y nuestra responsabilidad debe manifestarse concretamente en la protección de la familia, de las asociaciones que genera la convivencia para re-crear el espacio del entendimiento mutuo y sobretodo debe manifestarse en garantizar a todos “seguridad social” que es un derecho inalienable e irrenunciable, cuya primera expresión es la seguridad del vivir.

    La paz exige libertad; esa libertad que busca su garantía en el derecho, que asume su responsabilidad con las generaciones futuras; una libertad capaz de pluralismo en democracia porque es preciso disponer de varios caminos para arribar al mismo punto de llegada.

    Esto implica, apreciados amigos, que la paz si se piensa en serio, es un proyecto común, es una política de Estado y va más allá de cada uno de nosotros mismos. Es mucho más que una conversación, que muchas conversaciones, es la decisión de establecer –con todas sus consecuencias- un Estado social de derecho al que corresponda una economía social y ecológica de mercado y el que se expresa en un modelo social de desarrollo.
    Konrad Adenauer, Ludwig Erhardt y tantos otros que han hospedado su pensamiento en esta casa lo sabían, lo dijeron sabiamente y muchos de ustedes han enriquecido ese pensar y es a ello a lo que llamamos democracia, porque a su construcción debemos concurrir todos.

    Bien sabemos que el orden social y el orden económico van de la mano y que el orden político se va convirtiendo así en el cauce que regula las orillas y que permite hablar de sociedades estables, de naciones capaces de mirar el porvenir con optimismo.

    Por eso digo que la paz no está constituida tan sólo por las “conversaciones”; la paz exige saber a dónde y cómo se quiere llegar; exige parar la muerte y la decisión de mirar juntos en la misma dirección.

    Yo dije en mi discurso de posesión: “Sin pan no hay paz”. Por ello me he comprometido tan decididamente en rescatar la economía, modernizar el Estado, darle agilidad al Plan de Desarrollo, impulsar el Plan Colombia, abrir caminos de participación; en tomar toda iniciativa para avanzar y avanzar en la dirección acertada. El Presidente de Colombia ha ido en búsqueda de los alzados en armas para invitarlos al diálogo; los ha buscado de nuevo para profundizarlo; se ha comprometido con todas las circunstancias difíciles porque sabe que es el momento de las iniciativas, de los compromisos y de los testimonios. Muchos me dicen que he puesto en juego lo que los expertos llaman mi “capital político”, y es cierto, porque no vine a jugar y estoy seguro de que lo que algunos llaman “debilidad política” no es otra cosa que mi convicción de que es preciso llegar a tiempo para salvar la vida de muchos y salvarle la vida a la nación. En esa convicción reside mi fortaleza y de ella se alimenta.

    El Derecho a la Paz

    Bien sabemos todos que la política comienza cuando se anhela la paz y llega a su mayor nivel cuando se la conquista.
    Yo participo plenamente de la idea de que, entre todos los derechos, hay dos que no son discutibles en ninguna de sus facetas: el derecho a la vida y el derecho a la paz. El derecho a la vida no puede separarse nunca del derecho a la paz.

    El derecho a la vida nos señala la vigencia irrefutable del mandamiento de no matar. No hay ninguna razón que justifique la más mínima violación contra la vida. Una sociedad democrática para nosotros es una sociedad que permanentemente opta por la vida.

    En esto no es posible irse por las ramas; la cultura de la vida implica el rechazo a toda forma de violencia sin excepción alguna.

    Yo sé que a algunos les cuesta trabajo entender esta vinculación de la cultura de la vida con el rechazo de la violencia, pero quiero insistir en ello porque la violencia tiene múltiples rostros que es preciso desenmascarar si se quiere vivir en paz. Existe la violencia del hambre, la violencia de la exclusión, la violencia de la pobreza, la violencia del maltrato al medio ambiente, la violencia de la difusión de las drogas, la violencia del tráfico de armas, la violencia de los conflictos armados.
    Todos estos rostros básicos de la violencia se oponen a la vida y se oponen a la paz.

    Quienes hemos vivido, como pueblos y comunidades, el impacto de la violencia, quienes en carne propia hemos experimentado la cercanía de la muerte, el peso infamante del secuestro, la dolorosa pérdida de la libertad y aún de las señas de identidad que dicen a todos de nuestra dignidad, no podemos hacer teorías con la paz ni aceptar que la paz es sólo una teoría.

    Hay gente que se compromete con la paz en las palabras y en las declaraciones, pero el compromiso con la paz no conoce otro camino cierto que el de los gestos y el de los hechos de paz.

    Hay que tener la convicción de que la paz nunca ha fracasado, pero que, en cambio, siempre la violencia ha fracasado. La violencia ha fracasado como recurso político porque la violencia destruye y se lleva por la calle de en medio la moral de los pueblos y las bases que sostienen una sociedad. La violencia sólo deja muertes y lágrimas y sobre ellas no puede construirse nada duradero.

    Me duele mucho mirar la infancia de tantos niños, la juventud de tantos muchachos y la madurez de tantas mujeres y hombres que no han tenido el privilegio de vivir un sólo día cobijados por la certeza de la paz. Quien quiera realmente construir una nueva sociedad tiene que comprometerse a construir la paz. No es posible que el ser humano sirva tan sólo para morir.

    Cómo aceptar por ejemplo que los niños estén en armas; cómo aceptar que la vida nueva se entrene para matar; cómo aceptar que su capacidad de jugar, correr y alegrarse termine mutilándolos en los campos minados y, sobre todo, cómo aceptar que se deje en ellos sembrado el sentido de la destrucción y el sentido de la muerte.

    La Paz, los Derechos Humanos

    Para nosotros, en nuestro pensamiento político, el derecho a la vida y el derecho a la paz, la cultura de la vida y la cultura de la paz, conducen a una cultura de los derechos humanos que se constituye en la expresión más auténtica de la cultura de la vida y de la cultura de la paz. Los derechos humanos lo son en su integralidad y es esa relación de la unicidad la que exige respetarlos absolutamente a todos.
    Los derechos humanos son el punto de encuentro de la cooperación internacional, de aquella cooperación que comprende que es preciso ayudar a construir y que, además, es preciso realizar esfuerzos para habilitar, en la acción coordinada, a los distintos actores que hacen de los derechos humanos su punto de compromiso.

    Lógicamente me refiero aquí a aquellos países, a aquellas organizaciones no gubernamentales y a aquellos grupos de sociedad civil internacional que quieren sinceramente cooperar en el crecimiento de la calidad de vida a través del crecimiento de los derechos humanos y no a aquellos otros que tratan de proteger afuera lo que están irrespetando adentro o que toleran en unos lo que critican en otros o que ofrecen gustosos protección permanente a quienes asesinan y secuestran.

    De hecho, para nosotros la primera globalización real es la de los derechos humanos, que nos permite y nos permitirá tomar cuentas en cualquier lugar del mundo a quienes hayan maltratado la dignidad y la vida de seres humanos, porque quien viola los derechos humanos ofende la conciencia humana y ofende a la humanidad misma. Los crímenes contra la humanidad no pueden ser considerados asuntos internos de una nación porque la conciencia de los pueblos como la conciencia de los seres humanos carece de fronteras cuando se piensa en los derechos humanos.

    El Proceso de Paz y el Plan Colombia

    Desde cuando asumí la Presidencia de la República me propuse trabajar por la solución política y social del complejo conflicto interno que vive mi país. Emprendimos un proceso de negociación con las FARC, el más antiguo y numeroso grupo guerrillero de América Latina, y avanzamos en conversaciones con el ELN. Pero la complejidad del conflicto colombiano, donde intervienen distintos actores que lo exacerban a través de fondos oscuros procedentes del narcotráfico, hace insuficiente la sola respuesta política.

    Tenemos que romper el círculo vicioso entre violencia y narcotráfico, que ha generado pobreza, desempleo e inseguridad para nuestro pueblo, a fin de consolidar la paz que se logre en la mesa de negociaciones. Estamos realizando grandes inversiones en el campo social, en el sector agropecuario y en la infraestructura regional para que nuestros campesinos puedan contar con alternativas diferentes al conflicto armado y los cultivos ilícitos.

    Con este fin, mi gobierno diseñó una estrategia integral que hemos denominado el Plan Colombia. En él se contemplan cuatro componentes principales: recuperación económica y social, lucha contra el narcotráfico, proceso de negociación política del conflicto, y fortalecimiento institucional y desarrollo social. Cada uno de ellos complementa a los demás y sólo el avance simultáneo en los cuatro componentes permitirá a los colombianos consolidar la paz, la reconciliación y la prosperidad que merece nuestro pueblo.

    Es preciso desde esta casa de la política internacional que intentemos explicar qué es y qué no es el Plan Colombia.
    En primer lugar, el Plan Colombia no se trata de una estrategia militarista, dirigida contra las guerrillas, que escalará el conflicto en Colombia. Es preciso aclarar que menos de la cuarta parte de los recursos del Plan Colombia se dedicarán al fortalecimiento técnico e institucional del Ejército y la Policía, pero sólo en cuanto se refiere a la lucha contra el narcotráfico. Esta estrategia contra las drogas ilícitas resulta fundamental para cerrarle a todos los actores armados su principal fuente de financiación. El Plan Colombia es un plan para la paz y no para la guerra.

    En segundo lugar, no se trata de un Plan diseñado por los Estados Unidos con base en su percepción de mi país y la visión que esa nación tiene de la lucha contra la producción de drogas ilícitas. Desde el comienzo de mi gobierno lo anuncié como un estilo de “Plan Marshall” para Colombia -y eso se entiende claramente aquí en Alemania- y constituí un equipo de alto nivel para enunciarlo y presentarlo a la comunidad nacional e internacional. Es una estrategia integral diseñada por colombianos y para los colombianos con base en la percepción que tenemos del país y en los más altos intereses de nuestra patria, convicción que nos anima a erradicar las drogas ilícitas de nuestro suelo.

    La lucha frontal contra el narcotráfico se inscribe en el Plan Colombia, no como una presión externa que se hubiese ejercido sobre mi gobierno, sino como nuestra más íntima creencia de que esta lucha nos permitirá recuperar nuestra viabilidad como nación y avanzar en un proceso de negociación con los alzados en armas que garantice una paz firme y duradera. Contamos, eso sí, con el apoyo de los Estados Unidos, que ya aprobó un importante paquete de ayuda al Plan Colombia, y trabajamos para consolidar la comprensión y el apoyo de la comunidad europea y particularmente de los países desarrollados y de los latinoamericanos, quienes ya en distintos escenarios nos han expresado su total apoyo político al proceso de paz y un creciente interés en las estrategias de desarrollo social y fortalecimiento institucional.

    Vale la pena también aclarar que la campaña de estigmatización del Plan Colombia ha buscado presentarlo como un plan militarista de los Estados Unidos. Nada más alejado de la realidad. La ayuda de los Estados Unidos, que sólo representa un 17% de los fondos totales que implica el Plan y un 37% de la cooperación internacional al mismo, no es sólo militar. Se contemplan en ella aproximadamente 260 millones de dólares para desarrollo alternativo, ayuda humanitaria, proyectos de derechos humanos y apoyo a la justicia. El Plan no se reduce a la ayuda norteamericana. Avanzamos ya, con el Grupo de Apoyo al Proceso de Paz en Colombia, la apertura de Europa al Plan, para darle con ello concreción a la asistencia financiera y técnica que requiere la estrategia de fortalecimiento institucional y desarrollo social del Plan Colombia.

    En tercer lugar, la aplicación de la estrategia anti-narcóticos del Plan Colombia busca prevenir un desplazamiento masivo de la población colombiana hacia los países fronterizos. En el componente de desarrollo social del mismo plan se contemplan ambiciosos proyectos para atender a la población que pudiere resultar desplazada internamente, incluidos los proyectos de desarrollo alternativo.
    En cuarto lugar, la aplicación de la estrategia anti-narcóticos del Plan Colombia no necesariamente ocasionaría el desplazamiento de los cultivos ilícitos y de narcotraficantes a los países fronterizos. Ello depende del grado de coordinación policial y militar, así como del intercambio de información de inteligencia que logremos consolidar con los países vecinos. Para ello, Colombia busca activamente profundizar los acuerdos existentes con esos países que nos permitan enfrentar con éxito al enemigo común: el narcotráfico.

    Lo que no podemos aceptar es que se pretenda combatir un fenómeno mundial concentrando todo la responsabilidad y obligaciones en una nación. La naturaleza misma del flagelo de las drogas ilícitas hace que tengamos que ejercer el principio de responsabilidad compartida y que nos veamos obligados a luchar en forma mancomunada contra las distintas etapas de la cadena del narcotráfico.

    Finalmente, el Plan Colombia no es un proyecto unilateral del gobierno que no haya sido consultado con el pueblo colombiano. Está contemplado en el Plan Nacional de Desarrollo 1998-2002, “Cambio para Construir la Paz”, el cual fue aprobado por el Congreso Nacional, luego de innumerables reuniones con las distintas regiones y fuerzas vivas del país. También fue objeto de varios debates en el Congreso colombiano. Más aún, la estrategia de fortalecimiento institucional y desarrollo social del plan es hoy objeto de continuas reuniones entre el Gobierno Nacional y las organizaciones no gubernamentales que operan en el país a fin de lograr su fundamental aporte a los proyectos contemplados.

    Para esa paz que necesitamos estamos buscando el apoyo de la comunidad internacional al proceso de negociación, incluido el respaldo político, la cooperación financiera y la asistencia técnica. Por eso, también, la gestión diplomática en áreas prioritarias como los derechos humanos, las drogas ilícitas y el medio ambiente resulta prioritaria para alcanzar los objetivos de la política exterior, que a la vez son propósitos centrales de la política doméstica.

    La paz de Colombia es un termómetro de la paz en Latinoamérica. Buscamos por eso que esta zona del hemisferio, primera región densamente poblada del mundo libre de armas nucleares, sea también una región libre del tráfico ilícito de armas pequeñas y ligeras, libre de minas antipersonales, libre de conflictos y libre de los trágicos efectos del problema mundial de las drogas ilícitas.

    En el camino de los grandes desafíos

    Como bien se dice, es preciso tomar decisiones y apostarle con inteligencia al porvenir. Estoy convencido de que estamos llegando al punto crítico en donde tenemos que tomar decisiones extraordinarias.

    Permítanme ustedes hacer mía una historia narrada por Ervin Laszlo, que plantea como ninguno las urgencias de la paz en la sociedad contemporánea:

    “Los relucientes vagones del expreso nocturno corren por las vías, impulsados por su poderosa locomotora. Dentro de los confortables compartimientos la gente conversa, lee, juega a las cartas, dormita; una madre alimenta a su hijo; un grupo de jóvenes canturrea en voz baja mientras uno de ellos rasguea una guitarra. Más adelante, el maquinista echa una ojeada a su reloj. Está en horario y piensa en la llegada a la próxima estación… y en cama caliente.

    “En lo profundo de la corteza terrestre, la presión está aumentando a lo largo de una falla. Las rocas rozan contra las rocas, resisten por ahora, pero son incapaces de evitar la aparición, aquí y allá, de pequeñas fisuras. Si las presiones alcanzan un umbral crítico, un temblor sacudirá la tierra y sus ondas de choque se sentirán en muchas millas a la redonda. Esas ondas serán más fuertes cerca de la línea de la falla. No lejos de ésta hay una garganta rocosa y sobre ella un puente por donde pasa el ferrocarril. Sus esbeltos pilares de acero y cemento están incrustados en la roca y son sólidos; mientras la roca misma sea sólida.

    “Los primeros temblores hacen rodar piedras pequeñas, desprendidas de la ladera, hasta las vías; el maquinista echa una mirada de reojo a las piedras y vuelve a fijar la mirada en las vías: allí todo parece estar en orden. Ahora la locomotora entra en la última curva antes del tramo que conduce al puente sobre la garganta. En el coche comedor los mozos retiran los platos de la cena; los pasajeros, soñolientos, se restriegan los ojos y empiezan a preparar sus cosas. La próxima estación está cerca.

    “Debajo, la presión a lo largo de la falla aumenta rápidamente; el punto crítico no puede estar lejos. Bajo los altos pilares, el terreno tiembla y se desplaza imperceptiblemente. El tren entra en el terraplén que termina en el puente.”

    Es hora de desviar la ruta. Es el momento de la gran bifurcación. Es el momento de la imaginación, de la creación, de las decisiones.

    Las preguntas, entonces, son obvias: ¿Podremos quienes dirigimos el tren advertir a tiempo las señales de peligro? ¿Podremos nosotros, quienes manejamos el tren, detenerlo? ¿Podrán los pasajeros salir hacia un terreno firme y seguro? Yo creo que es preciso desviar, ahora, con decisión el tren de la sociedad hacia la paz. Nadie nos perdonará mañana si no lo hacemos ahora.

    Muchas gracias


    Lugar y fecha

    Berlín, Alemania

    27 de noviembre del 2000

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