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  • CONSERVACIÓN Y UTILIDAD DE LA BIODIVERSIDAD

    Sesión extraordinaria de la conferencia de las partes del convenio de biodiversidad.

    Cartagena de Indias, 22 defebrero de 1999.

    El Siglo XX, ya próximo a terminar, se caracterizó por ser aquel en el que la humanidad avanzó como nunca en el conocimiento científico y en la innovación tecnológica. Pero, a la vez, jamás como en estas décadas la especie humana fue testiga de su capacidad de destruirse a sí misma y a su entorno, al grado, de llegar a predecir que el hombre, que fue el último en llegar a la Tierra, será el primero en abandonarla, como sostenía Maurice Maeterlinck.

    Ambas evidencias nos permiten transitar hacia un nuevo milenio, conscientes de que la posibilidad que nuestra especie vea su final, depende de lo que hagamos hoy para asegurar la obtención del desarrollo humano sostenible.

    Sabemos que asuntos como el progreso, el crecimiento poblacional, la justicia social, los derechos humanos y el ambiente, sólo pueden ser debidamente comprendidos y atendidos desde una perspectiva integral e integradora. Cuando se les quiere analizar aisladamente, indefectiblemente quedan amenazados.

    Barry Commoner sostenía que “cuando se persigue el origen de uno cualquiera de los problemas del medio ambiente, salta a la vista una verdad ineludible: las causas radicales de esta crisis no las hallamos en la interacción del hombre y la naturaleza, sino en la interacción de los hombres entre sí. Esto es, que para resolver la crisis del medio ambiente hay que dejar resueltos los problemas de la pobreza, de la injusticia racial y de la guerra; que la deuda que tenemos contraída con la naturaleza, que es la medida de la crisis ecológica, no puede ser asumida persona a persona -usando envases reciclables o poniendo en práctica hábitos ecológicamente sanos- sino que hay que liquidarla con la vieja moneda de la justicia social. En suma, que a la paz de la naturaleza debe antecederle una paz de los humanos”.

    Los problemas de la naturaleza adquirieron un contexto global; incumben a la humanidad toda. Si en algo concebimos que el planeta Tierra es “uno solo”, es en la necesidad que se nos impone de protegerlo, especialmente, de nosotros mismos.

    En la protección de la naturaleza no puede haber ricos o pobres; se trata de una tarea común, en la que no se puede actuar con criterio restringido; no es un asunto limitado a la competencia de las naciones, o las regiones, o los continentes.

    Es impostergable revitalizar la cooperación internacional, transferir recursos financieros adecuados y suficientes hacia los países en desarrollo, y permitir el acceso preferencial de estos últimos a las tecnologías modernas y ambientalmente sanas. Esa cooperación debe traducirse, así mismo, en transferencia de conocimientos, de expe- riencias y de capacitación, de suerte que nuestros países puedan adecuar sus instituciones a las nuevas exigencias del desarrollo sostenible.

    Los países en desarrollo, y especialmente aquellos que, como el caso de Colombia, poseen un gran riqueza en biodiversidad, tienen la obligación ineludible de participar activamente en la creación y desarrollo del nuevo derecho internacional ambiental. De lo contrario, corremos el grave riesgo que la normatividad sobre esta materia sea expedida desde los organismos financieros internacionales con crite- rios que no siempre pueden serjustos ni acordes con nuestra propia realidad, pero que en muchas ocasiones obedecen a conceptos im- puestos por los países más fuertes en detrimento de nuestras economías.

    Sólo de esa manera lograremos construir una verdadera y eficaz asociación para el desarrollo sostenido. Cooperación y no confrontación debe ser la base para el diálogo sobre la importancia ecológica.

    En este tema hemos avanzado de manera muy importante durante las pasadas conferencias internacionales, y de manera particular en la Cumbre de Río de Janeiro. No obstante, ante nosotros existen aún retos inmensos, e incluso nuevas situaciones extremadamente graves, que nos indican de manera implacable que, no importa cuanto hemos caminado, la meta está aún muy lejana.

    En efecto, es abrumador saber que el 40% de los habitantes del mundo viven en condiciones de extrema pobreza. Los bajos niveles de salubridad y los altos niveles de morbilidad infantil que se registran en muy diversas regiones del planeta son insoportables, y deben ofender nuestra consciencia.

    Para finales de 1999, el planeta tendrá 6.000 millones de personas. De ellas, más de 1.000 millones estarán privadas de las necesidades básicas. Cerca de una tercera parte de la población en los países en desarrollo carecerá de agua potable. Novecientos millones de niños no tendrán acceso a la educación secundaria. Unas mil doscientas mi- llones de personas carecerán de vivienda adecuada. El panorama no podría ser más preocupante.

    Se estima, mientras tanto, que el 20% de la población mundial con- sumirá casi el 60% del total de la energía y más del 80% del papel proveniente de los bosques. Ese 20% poseerá cerca del 90% de la flota de vehículos que circulen en el mundo.

    Durante la segunda parte del siglo XX, la disponibilidad mundial de agua per cápita se ha reducido en más de la mitad. En los últimos treinta años, ha desaparecido una tercera parte del área forestal. La población de peces ha disminuido en una cuarta parte. Las especies silvestres se están extinguiendo cincuenta veces más rápido de lo que hubiera ocurrido en su evolución natural.

    Esta situación puede superarse, mediante una firme y seria voluntad política, manifestada en la auténtica solidaridad global entre to- das las naciones. No es este un asunto de caridad o filantropía internacionales, es un asunto de supervivencia del conjunto de la especie humana, tal como se reconoció en la Cumbre de la Tierra.

    El creciente deterioro del medio ambiente nos ha llevado a pensar que el hombre de nuestro siglo es un depredador insaciable de la naturaleza al que la naturaleza le pasa su cuenta de cobro. Ello nos hace recordar que “Dios perdona siempre, el hombre perdona a ve- ces, pero la naturaleza no perdona nunca”.

    Tenemos conciencia del valor inmenso del patrimonio ecológico, y la oportunidad científica de obtener su máximo provecho. Pero ese provecho depende de que la ciencia se subordine a la ética; la ética que favorezca el acceso equitativo a los beneficios de la naturaleza, y la satisfacción de las necesidades humanas básicas.

    Quiero insistir en que en un mundo donde las ventajas comparati- vas se basan cada vez más en el dominio de la información y de las nuevas tecnologías, debemos buscar las condiciones para que estas se pongan al servicio de la erradicación de la pobreza, es decir, “una tecnología con rostro humano”, como reclamaba E.E Schumacher.

    Al reflexionar sobre estos desafíos es necesario reconocer que todos ellos están determinados de manera importante por la distribución mundial del desarrollo económico y tecnológico. Me he referido ya a los países que no tienen la suficiente capacidad de explorar y cono- cer su biodiversidad y por lo tanto de utilizarla en forma sostenible para beneficio de la humanidad. Y en la otra orilla están aquellos países que tienen los medios tecnológicos, en particular la biotecnología, así como la capacidad financiera para su aprovechamiento. Nuestro deber es tender el puente entre estos dos mundos.

    Colombia tiene el privilegio de contar con una rica diversidad biológica. En nuestro territorio, cuya extensión es de menos del 1% de la superficie de la tierra, se encuentra el 13% de la biodiversidad del planeta. Y por increíble que parezca tenemos el 12% de las especies naturales de todo el mundo. Somos la nación más rica en variedades de anfibios y aves, la segunda en cuanto a flora, la cuarta en reptiles y la sexta en mamíferos. Un buen ejemplo de esta riqueza lo encontramos en nuestra selva húmeda tropical, considerada mundialmente como una de las zonas más ricas en biodiversidad: cerca de 2.000 especies de plantas y 100 especies de aves sólo se encuentran en este lugar.

    Nuestro país está bendecido con costas en los mares Atlántico y Pacífico, posee grandes extensiones de selva, es dueño de imponentes montañas en sus tres cordilleras andinas.

    Colombia ha estado a la vanguardia en materia de protección ambiental. En 1974, durante la administración del presidente Misael Pastrana Barrero, mi padre, se diseñó y elaboró el primer Código de Recursos Naturales de toda América Latina, y seguramente el primero en el mundo emitido como texto integral. Sus normas se orien- tan a impedir las usuales formas de depredación y a proteger a la naturaleza.

    Para esos años cursaba yo la universidad. El sentido de anticipación de mi padre me sembró la preocupación por este tema y me condujo a proponer, en mi tesis de grado, el desarrollo del derecho ecológico en Colombia.

    Estoy convencido de que la calidad ambiental, así como la distribución equitativa de los beneficios que se derivan del uso de los recursos naturales, constituyen pilares fundamentales para la obtención y consolidación de la paz. Por esta razón hemos incluido el tema ambiental como uno de los temas fundamentales de la agenda para la reconciliación nacional.

    Por otra parte, nuestra situación ambiental guarda una estrecha re- lación con el problema mundial de las drogas. Las plantaciones de coca y amapola existentes en Colombia socavan seriamente la productividad de nuestras tierras y agotan nuestros valiosos recursos hídricos. Ello sin mencionar el grave efecto que los cultivadores de estas plantas generan en la depredación de los bosques, a través de su anárquica y descontrolada ampliación de la frontera agrícola.

    Estoy liderando la erradicación de estos cultivos ilícitos, consciente, como lo debe estar la Comunidad Internacional, de que este no es sólo un asunto de orden público, sino ante todo un problema social.

    Por ello la solución de fondo que he propuesto y estoy dirigiendo privilegia un consistente Plan de Desarrollo Alternativo, que tiene como propósito ofrecer condiciones de trabajo, económicamente viables y ambientalmente sustentables, a los campesinos que se de- dican a esta actividad.

    Por otra parte, la utilización de precursores químicos en el procesa- miento de la cocaína continua amenazando nuestro ecosistema. Se calcula que aproximadamente 750.000 toneladas de estas sustancias han sido derramadas durante los últimos 14 años en las selvas colombianas. Por esto se hace cada vez más urgente la cooperación internacional a fin de impedir el ingreso de estas materias a nuestro país.

    A nivel global, 174 naciones han tratado de solucionar el problema de la protección de la biodiversídad, dando su respaldo al Convenio sobre Diversidad Biológica de las Naciones Unidas, aprobado duran- te la Cumbre de la Tierra en 1992.

    La razón tras este respaldo político, con pocos precedentes en el área multilateral, es que en este acuerdo se conjugan de manera sabia y equilibrada tres objetivos: la conservación de la diversidad biológica, el uso sostenible de sus componentes, y una justa y equitativa distribución de los beneficios que se deriven de su utilización, principalmente en relación con los países que aportan recursos biológicos.

    Así como la discusión del protocolo que hoy nos convoca reconoce la importancia del uso de la biotecnología para la conservación y la utilización sostenible de la diversidad biológica, también pone en alerta a la comunidad internacional sobre los posibles efectos adver- sos que puedan tener los productos de la biotecnología moderna, denominados Organismos Vivos Modificados.

    Estos nuevos organismos tienen la asombrosa particularidad de ge- nerar soluciones a los problemas de alimentación, salud y deterioro de la naturaleza, pero pueden a su vez convertirse en una pesadilla y en una amenaza para nuestro bienestar y para el equilibrio del planeta, si no se manejan de forma responsable y segura.

    Son entonces varios los desafíos que enfrenta la revolución genética. Ella tiene que ser un factor positivo para contribuir al logro de la seguridad alimentaria en el mundo, entendida no sólo como mayor producción, sino como condición que tenga en cuenta el impacto sobre la salud humana y otros factores sociales y económicos. La obtención de semillas por medio de la biotecnología moderna no debe convertirse en un instrumento de monopolio de los mercados o de control político de la producción alimentaria.

    Frente a las oportunidades que nos brinda la biotecnología, tenemos la enorme responsabilidad de mantener una cantidad y una calidad de reservas genéticas estratégicas. En ellas seguramente están las respuestas a las necesidades alimentarías, de salud y de otra naturaleza, de la población mundial, así como la posibilidad de mantener el equilibrio ecológico de nuestro planeta.

    Por esta razón, desde el inicio de las negociaciones Colombia ha ve- nido insistiendo en la necesidad de contar con un Protocolo de Bioseguridad que, guardando coherencia con los objetivos de la Con- vención, regule el comercio de los Organismos que produce la biotecnología moderna, tomando en consideración el principio de precaución y el intercambio transparente de información. Así mismo, insistimos en la necesidad de tener en cuenta una distribución justa de las responsabilidades, para garantizar unas condiciones de seguridad adecuadas en el movimiento fronterizo de estos organismos entre los países exportadores y los usuarios de estos nuevos productos.

    Hace cerca de cuatro años la Segunda Conferencia de las Partes, máxima instancia de decisión del Convenio de Diversidad Biológica, dio comienzo a un proceso orientado a elaborar y consolidar un Protocolo capaz de manejar los riesgos planteados por los potenciales efectos adversos de los organismos vivos modificados, productos de la biotecnología moderna, sobre el medio ambiente y la diversidad biológica. Se creó entonces un grupo de trabajo, que bajo la presidencia del señor Viet Kostner, ha realizado una impresionante labor a lo largo de las seis reuniones que han precedido esta Conferencia.

    La Conferencia Extraordinaria de las Partes que hoy comienza, recibe el resultado de las deliberaciones de la Sexta Reunión de este Grupo de Trabajo, el cual es el resultado de un enorme esfuerzo humano, técnico y financiero de todos los países involucrados, y de extenuantes jornadas de trabajo en las cuales todos ustedes han hecho una gran demostración de voluntad por llegar a un acuerdo de consenso.

    La necesidad de establecer una regulación apropiada para el creciente movimiento transfronterizo de organismos vivos genéticamente modificados, que sea aceptable por todos los países del mundo, no da espera. Esta Conferencia tiene, por lo tanto, frente a si la responsabilidad de dar los pasos finales en este proceso de concertación que nos permita en muy breve tiempo contar con dicho instrumento.

    Es urgente avanzar en la búsqueda de la concertación para enfrentar con responsabilidad temas implicados en la protección de la biodiversidad, tales como la seguridad alimentaria mundial, la salud de millones de habitantes del planeta, la garantía de supervivencia de la diversidad cultural de nuestros pueblos y sus sistemas tradicionales de produccción y el futuro socioeconómico equitativo, tanto del mundo industrializado, como de las naciones en desarrollo.

    No puedo terminar estas palabras sin expresar el profundo agrade- cimiento del pueblo colombiano y de mi gobierno, por la generosa ayuda que hemos recibido de muchos de los países y organizaciones aquí presentes para enfrentar la dolorosa tragedia que ha afectado nuestro país en fechas recientes a raíz del terremoto que afectó la zona del eje cafetero. Gracias por su solidaridad, de la cual continua- remos necesitando en el futuro.

    Ustedes pueden tener la seguridad de que mi país continuará la labor de promover la plena participación de todos los países aquí representados, para que esta Conferencia pueda llegar a feliz término con la adopción de un Protocolo de Bioseguridad que pueda entrar en vigor lo antes posible, y que demuestre de manera práctica cómo a través del Convenio sobre la Diversidad Biológica, la comunidad internacional está dando pasos para corresponder al deber que nos demandan los ciudadanos del mundo a las puertas del nuevo milenio.

    En sus manos está el futuro de este instrumento.

    Exito en sus deliberaciones y muchas gracias.


    Lugar y fecha

    Cartagena, Colombia
    22 de febrero de 1999

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