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  • DECISIVA LA LABOR DE JUAN CAMILO RESTREPO PARA SORTEAR UNA DE LAS CRISIS MÁS AGUDAS DE LA ECONOMÍA COLOMBIANA

    Posesión de Juan Camilo Restrepo como embajador en Francia y lanzamiento de su libro “Itinerario de la Recuperación Económica”

    Dicen por ahí que los economistas duran la mitad del año haciendo predicciones y la otra mitad explicando por qué se equivocaron. Pero en el caso de Juan Camilo Restrepo este supuesto no se cumple. Mi estimado ex Ministro de Hacienda, demostró, durante los dos años que lideró la cartera, que sus proyecciones sobre el saneamiento de la economía colombiana eran más que acertadas. Yo me puse a pensar en la razón de su acierto, y entonces me acordé. ¡Claro! Lo que pasa es que Juan Camilo no es economista, ¡sino abogado! Aunque valga decir que hoy es tan buen economista como el que más, lo que no significa que tenga que caer en el supuesto error de los economistas del chiste.

    Ahora sí en serio: Si tuviera que definir cuál es la clave del éxito de Juan Camilo Restrepo, mencionaría tres palabras: trabajo, trabajo y trabajo. Este ha sido el secreto para que, en todos los cargos en lo cuales mi estimado ex Ministro de Hacienda se ha desempeñado, no haya cosechado sino respeto y elogios. El caso de la cartera de Hacienda no fue la excepción sino la confirmación de la regla. Consciente de cómo los problemas no aniquilan las decisiones sino las crean, el doctor Restrepo, recurriendo a su lucidez y a su infatigable capacidad de trabajo, resolvió afrontar el reto de solucionar una de nuestras más profundas crisis económicas. El resultado, como era de esperarse, fue exitoso.

    A narrar este logro es que dedica, precisamente,  el libro que hoy tenemos el gusto de lanzar: “Itinerario de la recuperación económica”. Omitiendo que tal recuperación no se hubiera conseguido sin su esfuerzo personal, sin noches de insomnio, sin sus documentadas exposiciones en el Congreso, sin sus entrevistas y discusiones con los más importantes líderes de las entidades internacionales, Juan Camilo describe aquí, paso a paso, el proceso por el cual la economía del país transitó de oscurecer la esperanza a iluminarla con fiereza. Su balance es la bitácora de un viaje triunfante.

    Tan triunfante como lo será la gestión que el doctor Restrepo adelantará en la Embajada de Colombia en Francia. En reemplazo del doctor Adolfo Carvajal -este valluno cuyos inigualables valores como empresario, diplomático y ser humano son por todos conocidos- Juan Camilo ocupará una de las principales representaciones de Colombia en el continente europeo. A su ya meritoria carrera en la vida pública, donde le ha prestado grandes servicios al país, podrá sumarle ahora los aportes que haga en el terreno diplomático. Ya no desde el edificio del Ministerio al lado del templo de San Agustín, sino desde su oficina sobre la Rue de l’Elysee, podrá desplegar todos sus conocimientos y toda su extraordinaria capacidad de trabajo.

    Para no restarle alientos en su oficio, Juan Camilo, nos aseguraremos de que los cocineros de la embajada preparen tan bien el filet mignon como la bandeja paisa. ¡El sabor de su querida Antioquia también estará en París!

    Ahora bien, volviendo a la economía, no sobra recordar que, cuando me posesioné como Presidente, el panorama era desalentador tanto a nivel nacional como internacional. En ese entonces estalló la crisis rusa con su declaración de moratoria de la deuda externa, se profundizaba la recesión en el sudeste asiático, se encarecía el mercado internacional de capital para América Latina y los precios de los productos básicos alcanzaban su punto más bajo desde la segunda postguerra. Dado el carácter cada vez más interdependiente de los sistemas económicos nacionales, no pudimos sustraernos al contagio del mal.

    A nivel interno tampoco había razones para el optimismo. Como lo recordé recientemente ante la asamblea de la Anif, cuando comenzó mi administración teníamos una inflación del 16,7%, unas escandalosas tasas activas de interés que superaban el 50% efectivo anual, un peso revaluándose artificialmente en perjuicio de nuestras exportaciones, un Producto Interno Bruto estancado, un creciente déficit fiscal y un sector financiero al borde del colapso, y, de ese modo, próximo a arrasar con los ahorros de millones de colombianos y con la confianza pública en el sistema de pagos.

    La esperanza, en ese entonces, sonaba a delirio.

    No obstante, como en las buenas corridas, la fuerza de las circunstancias nos obligó a sacar lo mejor de nuestras capacidades. El equipo comandado por Juan Camilo afrontó con decisión la adversidad y, con medidas adecuadas aunque no siempre populares, convirtió la oscuridad del carbón en el brillo del diamante.

    Varios fueron los frentes de esta campaña para recuperar la esperanza: para comenzar, se corrigió la prolongada revaluación que, con nefastos efectos para el empleo, se había prohijado por largo tiempo.

    Con la consciencia de que las aperturas exitosas no soportan revaluaciones como las antes vistas, pues, en conjunto con el contrabando, colocan en situación de injusta fragilidad al sector productivo colombiano frente a la competencia extranjera y, en esa medida, destruyen las fuentes de empleo, tomamos las decisiones pertinentes.

    En coordinación con el Banco de la República se impulsaron, en primera instancia, dos ordenados ajustes cambiarios y, luego, se abandonó definitivamente la banda. De ese modo, se consiguió una tasa de cambio real para la economía nacional. En efecto, entre agosto de 1998 y agosto del año 2000, se logró una depreciación ordenada y sin sobresaltos del tipo de cambio de 27 puntos reales, ubicando de esta manera a nuestra moneda en niveles de paridad sostenible hacia el futuro.

    Ya estamos viendo los resultados saludables de esta evolución: las exportaciones no tradicionales, por ejemplo, están creciendo en este último año a tasas de más del 20%. Aún con el actual repunte de las importaciones, se ha vuelto a registrar superávit comercial, lo cual, desde hace varios años, no se daba en el país. Asimismo, el aminorado déficit en la cuenta corriente es ahora perfectamente financiable y, especialmente en el campo, hemos protegido miles de empleos. Nada pudo ser más acertado.

    La  lucha contra la inflación ha sido otro de los logros notables de estos dos años. Durante 17 meses consecutivos nos hemos mantenido en el grupo de países latinoamericanos con inflaciones de un solo dígito. Estamos en una buena coyuntura para que este comportamiento se vuelva permanente. A mediano plazo, vale señalarlo, todo proceso sostenible y equitativo de crecimiento requiere de estabilidad en los precios.

    El comportamiento satisfactorio de la inflación no fue una casualidad sino una calculada causalidad de las oportunas políticas gubernamentales. Su descenso no sólo se debe, como algunos afirman, al hecho de que la demanda hubiera estado debilitada en 1999. Se debe también, entre otras razones, al buen comportamiento de los alimentos, a la baja sensible que ha tenido lugar en el costo del dinero en los últimos dos años, al rompimiento de costumbres dañinas como el reajuste de los combustibles a comienzo del año –lo cual atizaba expectativas e inercias inflacionarias–, a la normalización en el suministro de liquidez, y al cuidado con que se ha manejado la política fiscal. Todos estos son factores que confluyen en la explicación de este buen comportamiento de la inflación.

    Mantenerla así de baja, esto es, por debajo del 10%, debe convertirse, ahora que ello es posible, en un permanente propósito nacional. La inflación es una enfermedad del dinero y es tarea de todos evitar las cuarentenas.

    Aparte de los dos logros mencionados, debo destacar también la baja notable de las tasas de interés. Ellas, absolutamente incompatibles con la recuperación de la economía, causaron gran parte de los tropiezos que  afrontaban muchas empresas. No sólo encarecían el crédito y, en esa medida, desestimulaban la inversión, sino que alentaban una cultura rentista y bloqueaban el consumo. De no haber bajado el costo del dinero en casi un 60% no habría sido posible la actual reactivación.

    Hay que señalar, asimismo, las acciones que, a partir de la primera emergencia económica a finales de 1998, evitaron una crisis sistémica en el sector financiero y cooperativo. Con ellas el Gobierno emprendió la ardua e impostergable tarea de reestructurar la banca oficial que por su persistente ineficiencia se estaba convirtiendo en una vena rota para las arcas del Estado.

    En este tema también se pueden mostrar los importantes logros alcanzados: el cierre de las tres entidades más ineficientes -el BCH, la Caja Agraria y el Banco del Estado-, el saneamiento de Granahorrar y Bancafé para su venta y la transformación del IFI en entidad de segundo piso. Al mismo tiempo, se reforzaron las normas de regulación y supervisión para elevar, en forma prudente, pero sin demora, los indicadores del sistema financiero hacia los estándares internacionales que requiere Colombia para integrarse a la economía mundial.

    Gracias a las decisiones adoptadas, que no socializaron pérdidas ni salvaron banqueros sino protegieron a los ahorradores y mantuvieron los niveles adecuados de solvencia,  el bloqueo de la crisis financiera y el saneamiento de la banca pública le costará al país entre 5 y 6 puntos de su PIB. De haberse generalizado la crisis, tal como ocurrió en Argentina y Chile a principios de los ochentas o en Indonesia en 1987, estaríamos hablando, como se señala en el libro, de costos en el PIB que podrían oscilar entre los 40 y los 80 puntos. Otra sería la historia.

    Por último, cabe señalar que la política fiscal desarrollada por el equipo económico de mi administración, que dirigió Juan Camilo, ha sido especialmente cuidadosa. A pesar de las restricciones inmensas que hemos afrontado, y a pesar de los gastos con efectos fiscales que ha demandado la reconstrucción de la zona cafetera afectada por el terremoto, las metas de reducción gradual del déficit fiscal se han venido cumpliendo rigurosamente tanto en 1999 como en lo que va corrido del año 2000. Igualmente, se ha buscado hacer más eficiente, en términos fiscales, la descentralización. La creación del Fondo de Pensiones Territoriales y la ley 617 del 2000 sobre saneamiento de los fiscos territoriales, son dos reformas estructurales de inmensa importancia en ese terreno.

    Bien vale anotar, como se hace en el libro del doctor Restrepo, que los avances en este camino no son fáciles. Como los gobernantes nunca partimos de cero, debemos afrontar la inercia de graves problemas heredados. Al respecto he leído, en el libro, este revelador párrafo: “El crecimiento real porcentual promedio de los  pagos totales presupuestales del gobierno central fue del 12,6% entre 1991 y 1994, del 13,5% entre 1995 y 1998, y apenas del 6% entre 1999 y el año 2000. No hay pues mejor argumento que estas cifras para demostrar cuándo se desbocó el gasto público en el país y cuál es el verdadero origen de los niveles de endeudamiento”.

    Quedan, desde luego, muchas y urgentes tareas por delante en el campo fiscal. El Congreso Nacional, en un momento de alta responsabilidad histórica, ya ha recibido varias iniciativas y recibirá pronto otras adicionales, que tienen como propósito completar el ajuste fiscal iniciado durante la primera mitad de mi administración, a fin de que se consolide el proceso de recuperación y la credibilidad internacional que, con tanto esfuerzo, hemos construido a partir del 7 de agosto de 1998.

    No podemos postergar el ajuste fiscal. Mientras persista el desequilibrio existente, y así la economía crezca a tasas del 3 y el 4% en este año y el próximo, el recaudo de ingresos tributarios seguirá siendo insuficiente para reducir el déficit e implicará, a pesar de los esfuerzos, que el financiamiento mantenga su tendencia creciente e insostenible. No podemos resistirnos a esta evidencia.

    Pues bien: este conjunto de medidas, construido a partir de agosto de 1998, y conformado por la reversión de las tendencias revaluacionistas, la reducción de la inflación, la caída en las tasas de interés, la estabilización del sistema financiero y el ajuste fiscal, es lo que nos ha permitido retomar la senda del crecimiento positivo que, como lo testimonian los datos del PIB de los primeros tres trimestres del año 2000 ya divulgados y múltiples indicadores  sectoriales disponibles, nos permitirá tener este año un crecimiento cercano al 3%.

    Sin su trabajo, Juan Camilo, sin su esmero por lograr la aprobación de leyes como la de vivienda, la de reestructuración empresarial, la de racionalización de gastos territoriales, o de proyectos gubernamentales como el presupuesto del año 2000, conocido como el Presupuesto de la Verdad, o el Fondo Nacional de Pensiones Territoriales, nada de lo anterior hubiera sido posible.

    Con la casa en orden, están dadas las bases para seguir, y potenciar, la ruta del crecimiento.

    Por supuesto, no todo está hecho: los niveles del desempleo aún nos preocupan. Si bien los empleos generados en los últimos 12 meses superan a los creados en todo el cuatrienio comprendido entre septiembre de 1994 y el mismo mes de 1998, que fueron 246.000, seguimos en una tasa de desempleo cercana al 20%. Aunque la población ocupada está en aumento, fue mayor el número de personas que ingresaron a la fuerza laboral que la velocidad del crecimiento para absorber la oferta total. Con la mayor inversión, producto de la estabilidad macroeconómica, esperamos que tales tasas comiencen a ceder.

    También es preciso considerar otra variable señalada en “El itinerario de la recuperación económica”, esto es, que uno de cada dos desempleados no se encuentra en esta situación por razones asociadas al ciclo económico, sino por las carencias de su formación profesional. Esto plantea un reto a la educación superior. A medida que la economía se moderniza, más calificación exigen los demandantes. Por eso, este tema lo hemos llevado a las mesas de concertación y esperamos poder hacer avances significativos prontamente.

    La lucha contra el desempleo, como lo anota el doctor Restrepo, debe ser una estrategia creativa e integral.

    Nos resta, además, otro delicado asunto: los costos económicos de la guerra. Se calcula que lograr la paz nos podría representar 3% más de crecimiento por año, es decir, que si en este año vamos a crecer al 3%, si tuviéramos la paz podríamos hacerlo al 6%. Esto, sin duda, haría  una inmensa diferencia en términos de bienestar y de empleo para los colombianos.

    Desde cuando se obtuvo en el Congreso la aprobación de la ley que creó el Fondo de solidaridad para la paz -en el último trimestre de 1998-, hasta cuando, en el acuerdo con el FMI, se incluyó la cláusula que permite acrecentar la inversión social, el equipo económico de mi administración ha insistido en la valoración de la paz como el mejor negocio para Colombia.

    En lugar del círculo vicioso de violencia y miseria, el Gobierno ha  propuesto, más bien, el círculo virtuoso de paz y prosperidad. Ojalá todos escucharan esta sugerencia.

    Juan Camilo, antes que cualquier otro, fue quien más intentó difundirla. En la zona de distensión expuso con detalle la situación económica del país, sin titubear a la hora de describirle al secretariado de las Farc  las consecuencias de la voladura de las torres eléctricas, de los ataques indiscriminados a los oleoductos y, en general, de todos los efectos nefastos que tiene el conflicto armado para la economía colombiana. Sorprendió que los líderes de esa organización, encabezados por el propio Manuel Marulanda, hayan respondido con un inusual y prolongado aplauso en reconocimiento a la manera sincera y valerosa como usted, Juan Camilo, expuso nuestro panorama económico.

    Ojalá, repito, sus sabias sugerencias sean aún recordadas.

    No me queda más, entonces, sino agradecerle por estos dos años de trabajo en el Gobierno y, en esos términos, para el país. Con los años, seguramente, muchos más de quienes ahora lo hacemos, se percatarán de su decisiva labor para sortear una de las crisis más agudas de la economía colombiana en toda su historia. Bien decía Borges, en alusión a cómo el transcurrir de las décadas separa lo valioso de lo prescindible, que “el mejor antologista es el tiempo”.

    Apreciado Juan Camilo:

    Muchas veces los medios de comunicación lo abordaron para preguntarle si era consciente del desgaste político que significaba ponerse al frente del manejo económico de un país con unas adversidades tan descomunales. Su respuesta a esa insistente inquietud siempre me reconfortó: “Por ahora mi único interés es el futuro económico del país;  el resto de temas están puestos en el congelador”. Esa sencilla respuesta encierra como ninguna otra su entereza como hombre público y su amor por Colombia.

    Como embajador en Francia tendrá otra oportunidad de demostrar que  usted, más que un político, es un verdadero estadista. Georges Pompidou, al respecto, decía: “Un estadista es un político que se coloca al servicio de la nación. Un político es un estadista que coloca la nación a su servicio”. Todos sabemos a cuál categoría pertenece usted.

    Y permítame, Juan Camilo, que lo despida, no deseándole suerte, porque no la necesita, sino teniendo la certeza de que pronto su cadena de éxitos tendrá un nuevo eslabón.

    ¡Au revoir, mon ami!


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    1 de junio del 2000

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