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  • EL FUTURO DE PAZ, PROGRESO Y JUSTICIA SOCIAL QUE ESTAMOS LABRANDO EN COLOMBIA, TAMBIEN IRRADIARA A LAS NACIONES DE NUESTRO ENTORNO

    La democracia es un fruto de la convivencia y la civilización que hoy, por fortuna, florece en todo el continente. Por eso me siento muy honrado al tener la feliz oportunidad de dirigirme al máximo cuerpo legislativo de la hermana República de Bolivia, pues en él reconozco un representante por excelencia de esa democracia que hoy crece y se reafirma en este mágico país del altiplano.

    A pocos pasos de la hermosa Plaza Murillo, donde reside el espíritu de la Revolución Paceña, celebro con ustedes que este Congreso hoy preserve y continúe la tradición que instauraron hace 192 años Pedro Domingo Murillo, Victorio y Gregorio Lanza, Juan Basilio Catacora y Juan Pedro de Indaburo, y que dejaron plasmada en el “Manifiesto de la Junta Tuitiva”, que hoy me tomo la libertad de recordar ante ustedes:

    “¡Valerosos habitantes de La Paz: revelad vuestros proyectos para la ejecución; aprovechaos de las circunstancias en que estamos; no miréis con desdén la felicidad de nuestro suelo, ni perdáis jamás de vista la unión que debe reinar entre todos para ser en adelante tan felices como desgraciados hasta el presente!”

    ¡Qué bueno poder decir, señores senadores y diputados de Bolivia, que ustedes están cumpliendo con el cometido planteado por sus próceres y que, por eso, el continente y el mundo entero celebran que, en medio de la difícil e infortunada noticia de la dimisión por razones de salud del Presidente Hugo Bánzer, Bolivia haya seguido adelante, sin traumatismos, cumpliendo con los cánones de la continuidad democrática y constitucional!

    Desde Colombia traigo mi testimonio de admiración y de respaldo al pueblo boliviano, con los mejores votos por que el Gobierno recién inaugurado del Presidente Jorge Quiroga, de la mano de la labor responsable del Congreso de la República, continúe llevando a Bolivia por el camino del desarrollo social, de la dignidad y, sobre todo, de la consolidación de los valores democráticos.

    Bajo este positivo entorno político, las relaciones entre nuestros pueblos hoy están llamadas a profundizarse más que nunca. Y bien podemos y debemos hacerlo, con vocación de amistad y cooperación, no sólo bilateralmente, sino también en el marco subregional que nos es propio: la Comunidad Andina.

    Esta Comunidad, a la que pertenecemos con orgullo y que hoy preside Bolivia en momentos de importantes definiciones, es la suma natural de nuestras posibilidades en un conjunto con peso en el horizonte internacional. Por eso me congratulo por sus avances; por los compromisos asumidos en Cartagena, Lima y Valencia, y por la riqueza de su institucionalidad. Por eso los invito a ustedes, señores congresistas bolivianos, a acompañarla y a defenderla con decisión, mucho más ahora cuando es orientada por su país.

    Queremos integración, pero una integración vital y progresiva. Una integración seria que implique para sus miembros una sujeción estricta a sus normas y a las disposiciones de sus órganos. Una integración que presente ante el mundo el mapa de una región unida en la democracia y en el respeto a los derechos humanos, con reglas claras y ciertas que se cumplan por encima de los intereses sectoriales.

    La consolidación de la Comunidad Andina es, sin duda, el primer paso para una integración latinoamericana y hemisférica de más largo alcance, como la que hemos planteado en el Grupo de Río –de cuya reunión cumbre acabamos de regresar el Presidente Quiroga y yo-, en la Cumbre de Presidentes Suramericanos de Brasilia y en la Cumbre de las Américas. Sólo unidos en el concurso de nuestros intereses, con el firme piso de una tradición y una cultura compartidas, podremos alcanzar el lugar que nos corresponde en el nuevo orden internacional.

    La integración entre nuestros pueblos es un legado del pasado y un desafío de la historia. Lo he dicho en varios escenarios y lo repito hoy ante mis hermanos bolivianos: ¡Que no seamos nosotros jamás sus verdugos, sino, todo lo contrario, sus mayores impulsores!

    Honorables Congresistas:

    Bolivia y Colombia, históricamente, se han apoyado en medio de las múltiples dificultades que cada país ha tenido que sortear, con la íntima convicción de que nuestro progreso es interdependiente y de que el bienestar del uno es también el mejor porvenir del otro.

    Desde el norte, desde el final ramificado de nuestra común cordillera andina, 40 millones de colombianos observamos con interés y los mejores deseos el devenir político y económico de Bolivia.

    Quiero decirlo hoy ante ustedes, señores congresistas, con voz clara, firme y sincera: Colombia está con Bolivia, sufre sus dolores y comparte con inmensa alegría sus triunfos. No hay nada, ¡ni tiene por qué haber nunca nada!, que nos separe. Somos hermanos, somos hijos de unos mismos ideales, de una misma historia y de un mismo Libertador, cuyo nombre se preserva orgullosamente en el de su nación..

    El futuro, por ello, será nuestro si lo construimos juntos, con solidaridad y con respeto.

    Y, con la misma sinceridad con que se habla en la casa del hermano, hoy quiero compartir con ustedes, como legítimos representantes del pueblo boliviano,  lo que pasa en mi país, lo que estamos haciendo en Colombia para labrar un futuro de paz, de progreso y de justicia social, que no sea sólo nuestro, sino que irradie también a las naciones de nuestro entorno.

    Cuarenta años hemos estado sufriendo los estragos de un conflicto armado desatado por una minoría que no alcanza siquiera al 0.1% de nuestra población, pero que ha insistido, absurdamente, en buscar a través de la violencia lo que sólo puede alcanzarse en un contexto democrático.

    En 1997 10 millones de colombianos depositaron en las urnas un mandato para que sus gobernantes buscaran una solución pacífica y negociada a este problema. Yo he seguido ese mandato, y no he cejado ni un minuto en ese esfuerzo de paz. Lo primero que hice, como Presidente electo, fue reunirme personalmente con el máximo líder de las FARC, la guerrilla más grande y más antigua de Colombia, y sentar las bases del proceso de diálogo que hoy tenemos.

    A partir de ese momento revivieron las esperanzas de alcanzar una paz negociada y hemos avanzado en ese propósito, por encima de las múltiples y obvias dificultades que implica un proceso de esta naturaleza.

    Falta mucho camino, seguramente, pero hoy podemos contar con orgullo a la comunidad internacional que el proceso está vivo, que está operando una Mesa de Diálogo, que tenemos una Agenda definida, que hemos recibido propuestas de todos los rincones de Colombia y que la negociación continúa por encima de los obstáculos, porque estamos convencidos de que una paz sólida sólo se construye sobre cimientos de convivencia y jamás sobre las armas de la destrucción.

    Pero la paz es mucho más que un proceso de negociación con la subversión. La paz no se alcanza sin desarrollo y sin igualdad de oportunidades, y por eso también es inversión social. La paz no se alcanza en tanto subsista la nefasta economía del delito y el narcotráfico, que financia el caos, porque vive del caos. La paz exige la presencia institucional de un Estado fuerte y operante que proteja y defienda los derechos de los ciudadanos.

    Por eso mi Gobierno diseñó una estrategia integral que abarca la complejidad de la situación colombiana y busca, mediante la operación en varios frentes, fortalecer la presencia del Estado y su institucionalidad.

    Esa estrategia es el Plan Colombia, un Plan que incluye mecanismos y programas para reactivar la economía, impulsar las negociaciones de paz, fortalecer la justicia y promover los derechos humanos, aumentar la inversión social –con énfasis en las zonas de conflicto o con cultivos ilícitos-, realizar procesos de sustitución y desarrollo alternativo integral, y luchar contra el problema mundial de las drogas.

    Es importante precisar que el Plan Colombia es un plan netamente colombiano que goza de respaldo internacional y que consta de un programa que se desarrollará en 3 años por un valor de 7.500 millones de dólares, en el cual Colombia, un país que hasta ahora ha asumido –junto con Bolivia, precisamente- una gran carga en lo que a la lucha contra el narcotráfico se refiere, aportará 4.000 millones.

    Yo sé que en muchos casos se ha interpretado  el Plan dando  un desmesurado énfasis al componente militar. Por ello, es bueno aclarar que cerca del 80% del Plan Colombia se refiere a aspectos sociales y políticos, y no militares. Es un Plan de paz, para la paz y para el fortalecimiento del Estado.

    Nuestros esfuerzos, que hoy comienzan a llegar a las familias más necesitadas del país, en aquellos rincones olvidados donde antes prácticamente no llegaba la mano del Estado, se comienzan a ver reflejados en mejor calidad de vida, mayor educación y salud para nuestros niños, y, algo muy importante, oportunidades dignas para esas familias campesinas que requieren de alternativas lícitas para abandonar los cultivos de droga.

    La comunidad internacional, cada vez más consciente de la responsabilidad compartida que existe en el manejo del problema mundial de las drogas ilícitas, está apoyando esta estrategia, porque comprende que no es sólo para el beneficio de un país, sino también para el mejor futuro de la humanidad.

    Hoy celebro que, después de un tiempo de incomprensiones y desinformación, la comunidad internacional, y sobre todo nuestros hermanos latinoamericanos y andinos, hayan entendido que es legítimo y absolutamente normal que Colombia, como cualquier otro país, refuerce sus instituciones y su presencia en las zonas de conflicto y combata la actividad delictiva en todos los rincones de su territorio, lo cual sólo puede derivar en mayor seguridad y comercio para toda la región.

    Juntos, Bolivia y Colombia, tenemos mucho que compartir en nuestro camino hacia el progreso y la justicia social. Si obramos coordinadamente, si hacemos del desarrollo bilateral y subregional un proyecto común y prioritario, tendremos –no me cabe duda- el futuro en nuestras manos.

    Amigos congresistas de Bolivia:

    He hablado con emoción y con verdad ante ustedes, como se habla ante amigos cercanos, con el afecto y el agradecimiento que me genera su bienvenida y esta Sesión de Honor, así como las palabras amables del doctor Enrique Toro Tejada, Presidente de esta institución baluarte de la democracia boliviana.

    Estamos construyendo juntos y seguiremos construyendo juntos, siempre y cuando nos tomemos el tiempo y el esfuerzo para incentivar nuestros lazos, entender nuestras problemáticas particulares y enfatizar las soluciones que podemos atender conjuntamente.

    Permítanme terminar parafraseando la frase histórica del gran Pedro Domingo Murillo, que hoy traigo a la memoria como un homenaje a Bolivia, a su libertad y a su democracia: La tea que hoy dejamos encendida ¡nadie la podrá apagar!

    Muchas gracias.


    Lugar y fecha

    La Paz, Bolivia
    20 de agosto del 2001

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