• Banner textos

  • EL VERDADERO SABER NO SOLO ABRE LAS PUERTAS DE LA CIENCIA SINO LAS DEL SENTIDO DE LA JUSTICIA Y DE LA TOLERANCIA

    ENTREGA DE LOS PREMIOS ANDRÉS BELLO A LOS MEJORES BACHILLERES DEL PAÍS

    A pesar de las tensiones que padece el país, siempre hay momentos para alegrarnos y esperanzarnos. Hoy concurrimos a uno de ellos. Hoy, en los inicios de un nuevo milenio, nos hemos reunido para homenajear a 50 de los más prometedores jóvenes colombianos. Con eventos como éste, donde no se ven más que sonrisas y buenos augurios, podemos esperar buenos regalos del futuro.

    Los Premios Andrés Bello, mediante los cuales honramos a los mejores bachilleres de cada año según los resultados de las pruebas de Estado, son un estímulo y un reconocimiento a quienes, desde su juventud, enriquecen al país con su esfuerzo y su talento. Los honores, en éste y en todos los casos, son el tributo público que una sociedad le rinde a quienes encarnan sus más altos valores y sus más ambiciosas esperanzas.

    ¡Aquí estamos premiando la semilla de nuestros sueños!

    En el dominio de las bases de las matemáticas y del lenguaje,  de la biología y de la química, de la geografía y de la física, de la filosofía o de la historia, estos jóvenes demostraron unos conocimientos, superiores al promedio, que nos hacen pensar que, en el futuro, saldrán de aquí no sólo pensadores de abstrusos problemas metafísicos, inventores de máquinas desconcertantes o creadores de teorías sobre la vida y el cosmos, sino, también, ciudadanos ejemplares.

    El verdadero saber, al fin y al cabo, no sólo abre las puertas de la ciencia sino las del sentido de la justicia y de la tolerancia.

    El nuevo examen de Estado para ingresar a la educación superior ha recalcado, por eso, que la mejor comprensión de la realidad social y la capacidad para razonar sobre dilemas morales y situaciones cotidianas, no es un apéndice del aprendizaje sino que, como la sal al agua del océano, le es consustancial. A mi juicio, el hecho de potenciar las capacidades intelectuales carece de sentido si a ello no se le suma el enriquecimiento de las morales y políticas. Todo lo demás no es sino una extraña forma de parálisis de las facultades humanas.

    Nuestros 50 queridos invitados especiales, para fortuna del país, no padecerán esa enfermedad.

    Por ese motivo, lo que estamos aquí celebrando, es la promesa de que algunos se convertirán en integrales caminantes del saber. No en fríos técnicos, ni en meros buenos profesionales. La ciencia sin consciencia, aquella que resuelve problemas operativos o lógicos y sólo al final piensa en cómo afectará a las personas y a las sociedades, es como un jinete ciego cabalgando con furia.

    En el verdadero saber, por el contrario, nunca se separa la resolución de los problemas de una disciplina del bienestar del conjunto de los seres humanos.

    Adicionalmente, él es un camino infinito del que nunca podrán medirse las consecuencias. El aprendizaje no es un proceso de los primeros años de la vida, ni de la juventud, ni de la primera etapa de la madurez. Es un error, por tanto, creer que lo ejercemos sólo temporalmente, para luego servirnos de él como un medio para alcanzar metas más firmes. Muchas veces, incluso, se piensa que es una inversión de tiempo y dinero, cuyo sentido radica en que luego se verá capitalizado con más dinero o con los fuegos fatuos del prestigio. Según mi parecer, aunque esto quizás puede contribuir, en ocasiones, al desarrollo de las sociedades,  no es de ninguna manera suficiente.

    Al respecto, recurriendo al género literario que cultivaron Esopo, Iriarte y Pombo, esto es, a la fábula, permítanme relatar una pequeña historia:

    En su camino a la tierra de la fortuna, el zorro y el tucán se cruzaron con el árbol del conocimiento. Junto al tronco grueso y rugoso, desde el cual se extendían unas ramas tan intrincadas y largas como tentáculos de calamar, se sentaron entonces a descansar. “Qué buena suerte hemos tenido –dijo el zorro-, podremos surtirnos de esos frutos jugosos y seguir nuestro camino sin hambre. Incluso -añadió- podríamos vender algunos durante el trayecto y así ganarnos unas monedas para pasar la noche en un cómodo hospedaje. Ya estoy cansado de dormir en miserables madrigueras”. Sin sorprenderse de lo zorro que había resultado el zorro, el tucán pensó, más bien, en disfrutar la sombra y comerse una de las frutas con sosiego. Al fin y al cabo, llevaban varios días perdidos entre caminos tan asoleados como panzas de leones, sin la más mínima seña sobre su destino. El lugar, pensó el tucán, era un verdadero paraíso.

    Cuando despertaron, tras un profundo sueño, su habitual acuerdo se había roto. Mientras el zorro envolvía todos los frutos posibles en su bolsa, pensando en lo rentable que resultaría, en el futuro próximo, el esfuerzo de transportarlos y en cómo, si la suerte lo acompañaba, alcanzarían a alimentarlo hasta llegar a la tierra de la fortuna, el tucán, al descubrir su infinita variedad y la incesante fertilidad del árbol, volaba de rama en rama degustando cada uno de sus sabores. Eran realmente deliciosos. Cuando el sol comenzaba a incendiar de nuevo los senderos, anunciando, con el nuevo día, que ya era hora de partir, el tucán desatendió el llamado de su compañero. “Vámonos ahora – le dijo el zorro mirándolo desde el piso-, debemos aprovechar la luz para avanzar lo más posible. Creo que la tierra de la fortuna debe estar a uno o dos días de aquí ¿Acaso no quieres llenarte de monedas los bolsillos?”. Sin embargo, no hubo respuesta. El tucán, extasiado, continuaba picoteando aquí y allá, sin preocuparse por las palabras, primero cálidas y persuasivas y, después, duras como pedradas, que le lanzaban desde el suelo. Cuando el zorro, moviendo su cola con desdén, arrancó su camino, no si antes espetarle la injuriosa calificación de “pajarraco inútil”, su antiguo compañero masticaba una fruta más deliciosa que cualquiera que hubiera antes probado.

    Desde entonces pasaron varios años. Dicen que el zorro pudo vender a buen precio los frutos, pero que, a pesar de su inigualable olfato,  nunca llegó a su meta.  Aburrido de vagar, decidió comprarse una hermosa casa, dotada de un lucrativo gallinero, donde, para tristeza de las plumíferas, suele además calmar su hambre. Otra es la historia del tucán. Desde cuando descubrió cómo, cada vez que mordía una fruta, se sentía satisfecho pero, a la vez, con deseos de comer más, no se ha alejado del árbol. Aparentemente sin moverse, saltando con sus paticas enjutas de una rama a otra, ha permanecido allí más de una década. Con el paso de los días, supo que, si se paraba en la rama adecuada, podía distinguir los cuatro puntos cardinales, predecir las estaciones, comunicarse con muchos tipos de pájaros y contemplar, como pocos lo lograban, el punto más recóndito de la lontananza.  A pesar de su dicha, a pesar de que, gracias a la buena alimentación, su plumaje estaba más vivo y colorido que nunca, sólo había algo que lo afligía, pero que él, en su momento, no pudo revelar: “Pobre zorro – pensaba-, no se dio cuenta que ya habíamos llegado a la meta”.

    Esta fábula nos habla del sentido del saber, de las formas de asumirlo, de las posibilidades que se ofrecen a quienes, como ustedes, están aprendiendo. De allí queda como lección que él no es una estación de paso, que la fortuna tiene formas distintas a los billetes y que, a pesar de descubrir las claves del conocimiento, ellas no son nada sin la solidaridad.

    En su camino hacia la tierra de la fortuna, ustedes, quienes representan las 50 cabezas más prometedoras del país, quienes han conseguido este honor y un respaldo económico por parte del gobierno debido a su esfuerzo académico; quienes, como Andrea Sánchez, pueden darse el gusto de decir que fueron el estudiante más destacado de todo un país, también tendrán que tomar una elección.

    Tal vez esa elección, estimados muchachos, sea más prioritaria que emprender el camino.

    Como corolario de la historia, y como cierre de mi discurso, bien podría mencionar una reflexión del escritor alemán Hermann Hesse: “La verdadera formación no es formación para un fin, sino que, como todo anhelo de perfección, tiene sentido por sí misma. Así como el deseo de fuerza física, destreza y belleza no tiene ninguna finalidad -como podría ser la de hacernos ricos, famosos o poderosos- sino que lleva en sí mismo su propia recompensa -la recompensa de avivar el sentimiento vital y la confianza en nosotros mismos, de hacernos más felices y alegres, de darnos una mayor sensación de seguridad y salud-, tampoco el ansia de formación, es decir, de perfeccionamiento espiritual e intelectual, es un camino trabajoso hacia fines bien delimitados, sino una ampliación satisfactoria y vigorizante de nuestra consciencia, un enriquecimiento de nuestras posibilidades de vida y de felicidad”.

    Muchas gracias, muchachos, y felicitaciones.


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    5 de febrero del 2001

    Destacados

    publicaciones recientes

    Relacionados

    Deja un comentario

    Copyright2020 Biblioteca Presidencial Andrés Pastrana | All Rights Reserved