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  • EXPERIENCIAS EN LA LUCHA CONTRA EL NARCOTRÁFICO Y EL TERRORISMO

    Apreciados amigos:

    Imaginen esta escena: Un hombre del campo va conduciendo su camioneta por un sendero sin pavimentar, en una región inhóspita y alejada, en medio de la selva. No hay ningún otro vehículo en el horizonte, solamente el calor abrasador, el polvo que levantan las llantas y dos paisanos que caminan en la lontananza.

    El conductor sigue avanzando, acercándose a los dos personajes que vienen conversando, hasta que estos se hacen a un lado para evitar ser atropellados, y se quedan mirándolo desde la orilla del camino, como si fueran habitantes de la región. El hombre en la camioneta finalmente los reconoce, con los ojos desorbitados por el asombro, y continúa su trayecto en medio de inquietas elucubraciones.

    ¿Será cierto lo que vio? ¿Puede dar crédito a sus ojos? ¿Eran esos dos hombres que caminaban despreocupadamente por el campo, -uno de ellos vestido de camuflado-, el Presidente de Colombia y el legendario Tirofijo, jefe de la guerrilla más antigua y peligrosa del continente americano?

    No sé ustedes, pero yo estoy seguro de que su esposa, su familia y sus vecinos no deben haberle creído al atónito conductor cuando les contó sobre las personas que encontró en su camino. Sin embargo, su versión era completamente verídica, tanto como pueden ser las cosas que ocurren en la patria que dio a luz el realismo mágico de Gabriel García Márquez.

    Episodios anecdóticos e insólitos como éste forman parte de una historia mucho más compleja, que me correspondió protagonizar en los albores del nuevo siglo. Una historia donde los esfuerzos por la paz se mezclan con la continua amenaza del narcotráfico y el terrorismo, los más peligrosos enemigos de la historia reciente. Una historia que hoy quisiera exponer ante ustedes, para que abordemos el análisis de estos dos fenómenos, así como su incidencia en el mundo y en mi país.

    Muchas personas son ajenas al dolor y a los daños que estos dos flagelos producen y sólo se preocupan cuando sienten cercanos sus efectos. Infortunadamente, en Colombia es difícil encontrar alguien que no haya sufrido en carne propia, o a través de sus familiares o allegados, el peso implacable de la violencia.

    Lo digo por experiencia propia, pues mi familia, y yo mismo, hemos sido víctimas del narcotráfico y la delincuencia, como lo han sido millones de colombianos buenos que sufren día a día los efectos devastadores del terrorismo, causados por los carteles de la droga y por los grupos guerrilleros y paramilitares que hoy se financian con recursos del narcotráfico.

    En nuestro país el terrorismo, unido al narcotráfico, ha causado la muerte de niños, jueces, policías y soldados, periodistas, políticos, candidatos a la Presidencia, defensores de los derechos humanos y una gran cantidad de civiles inocentes.

    Además, estos grupos criminales han secuestrado y torturado a sus víctimas, sin ningún asomo de compasión. Es triste decir que las guerrillas en mi país convirtieron al secuestro en una de sus más lucrativas fuentes de financiación, pisoteando las más elementales normas del Derecho Internacional Humanitario. Hoy por hoy, a pesar de que las cifras han disminuido, todavía son secuestradas en Colombia más de dos mil personas cada año.

    Siempre he creído que quienes estamos en la política y tenemos la responsabilidad de gobernar debemos tomar posiciones claras y fuertes frente a ambos fenómenos. En la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico no puede haber términos grises ni medias tintas. Son problemas que afectan al mundo entero y contra los cuales hay que luchar con determinación y coraje.

    Desde mucho antes de ser Presidente fijé mi posición en contra del narcotráfico y en contra de la violencia, por mis convicciones íntimas sobre estas dos materias, y eso me ha traído consecuencias adversas y dolorosas.

    Así pues, apreciados amigos, hoy hablo ante ustedes, no sólo como un ex-mandatario de mi país, sino también como alguien que ha sido víctima de los mismos fenómenos que he combatido. Son recuerdos dolorosos, sin duda, pero me voy a permitir evocarlos para darles una pequeña idea de lo que sufre y ha tenido que sufrir el pueblo colombiano en su empeño por derrotar un negocio criminal que se genera por fuera de sus fronteras.

    Yo mismo fui víctima de los carteles del narcotráfico, que me secuestraron en 1988, y puedo decirles, por experiencia propia, que no existe un delito más aterrador y denigrante que el secuestro.

    En ese entonces estaba adelantando mi campaña para la Alcaldía de Bogota, siendo esa la primera elección popular de alcaldes que se daba en mi país. Una tarde de enero de 1988 un grupo de hombres armados entró a mi sede de campaña y, después de amenazar a todos los que allí se encontraban, ingresaron a mi oficina y me sacaron esposado, con una pistola automática apuntando en mi cabeza.

    De allí fui metido en el maletero de un coche y trasladado a algún sitio en las afueras de Bogotá en donde pasé la primera noche aciaga de mi secuestro. Se trataba del primer secuestro político en Colombia y lo realizaban hombres del Cartel de  Medellín, bajo órdenes de Pablo Escobar, el más temido narcotraficante de la historia. Al día siguiente fui llevado en un helicóptero,  con los ojos vendados, a una zona rural cercana a Medellín, en donde permanecí bajo condiciones inhumanas un poco más de 8 días. Mis captores no me dejaban mover de la celda que habían acondicionado para mí y me vigilaban las 24 horas del día, incluso cuando entraba al baño. Siempre tuve un arma apuntándome, recordándome que no sólo mi libertad, sino también mi vida, estaban en sus manos.

    Por una casualidad del destino, cuando ese mismo grupo delincuencial secuestró una semana después al Procurador General de la Nación, fui rescatado por la Policía, que se topó con mi lugar de cautiverio en desarrollo de un operativo para buscar al Procurador. Hoy siento que fue un verdadero milagro el haber salido vivo de aquella experiencia. Sin embargo, la alegría de mi rescate se vio opacada por una mala noticia por el país, pues el Procurador acabó asesinado por sus captores cuando se vieron perseguidos por las autoridades.

    El dolor de una víctima es el dolor multiplicado de toda su familia. El sufrimiento de Nohra, mi esposa, el de mis hijos pequeños, mis padres y toda mi familia, fue enorme. Esos días del secuestro marcaron también sus corazones, agobiados por la angustia y la incertidumbre, las mismas que todavía corroen a miles de colombianos cuyos familiares permanecen en manos de la guerrilla, los paramilitares o la delincuencia común.

    Tuve la enorme ventura de regresar al lado de los míos sano y salvo, pero muchos de mis compatriotas han muerto en poder de sus captores o han pasado meses y años en  medio de este sufrimiento causado por el terrorismo y el narcotráfico. Son muchos los que han ofrecido sus vidas y su libertad para combatirlos y, por ellos, no podemos desfallecer en la lucha que debemos dar.

    En mi caso concreto, fui secuestrado como una manera de presionar al gobierno de entonces para que acabara con las extradiciones de narcotraficantes a los Estados Unidos. Frente a esta exigencia, mi familia, y en especial mi padre, no cedieron ni un centímetro, y yo mismo, desde el cautiverio, siempre rechacé esta posibilidad.

    Después de mi secuestro vinieron otros con el mismo propósito sin que los narcotraficantes lograran su objetivo. Esto los llevó a realizar la más grande oleada de atentados terroristas de que se tenga noticia, la cual tuve que enfrentar como Alcalde de Bogotá, en los nefastos meses que pasaron a la historia como la época del “narcoterrorismo”. Mi país resistió estoicamente la fatal embestida de las bombas y el terror. Sin embargo, en 1991, por otras vías, los narcotraficantes lograron la suspensión de las extradiciones, que sólo se reanudaron años después, gracias a una reforma constitucional.

    Cuando llegué a la Presidencia en 1998, sin dudarlo ni un instante, reinicié las extradiciones de los narcotraficantes, y hoy esa es una de las armas más efectivas, y más temidas, en la lucha contra este delito transnacional.

    Tristemente, mi secuestro no fue la única experiencia dolorosa que vivimos en mi familia relacionada con la violencia de los grupos delincuenciales. También mi esposa, Nohra, sufrió una terrible pérdida, como lo fue el secuestro y posterior asesinato de su padre, un hombre intachable que hoy tendría que estar disfrutando a sus nietos, cuya querida presencia nos fue arrebatada para siempre.

    No es fácil evocar estos recuerdos, pero si lo hago hoy ante ustedes, ante este privilegiado auditorio, es para significarles que nuestro compromiso y el de millones de colombianos contra el crimen, la violencia y el terrorismo tiene raíces muy hondas, y que hemos pagado un duro precio por nuestra persistencia en dicha lucha.

    EL TERRORISMO EN EL MUNDO ACTUAL

    Como ya dije, después de lo sucedido el 11 de septiembre, la lucha en contra del terrorismo pasó a ser una de las prioridades, tal vez la principal, en la agenda internacional. Hoy en todo el mundo se generan planes para luchar contra el terrorismo, se firman convenios bilaterales y multilaterales para combatirlo, se realizan cumbres internacionales sobre el tema, que es una preocupación diaria para los gobiernos de la mayor parte de los países.

    Lamentablemente, antes del 11 de septiembre esto no era así. Muchos Estados tenían posiciones grises al respecto. Escudados tras la equívoca teoría que buscaba garantizar la seguridad interna mediante la protección o la tolerancia frente a grupos que realizaban este tipo de actos, durante años algunos Estados obraron como si la amenaza del terrorismo concerniera tan sólo a los países que lo padecen y no fuera un asunto de todas las naciones.

    Antes de que sucedieran estos hechos, el terrorismo había afectado en una forma directa y mucho más amplia a países como España y Colombia sin que el resto del mundo expresara siquiera su solidaridad y sin que se diera un tratamiento global al tema.

    Si bien es cierto que, para muchos, las acciones de terrorismo que han sufrido países como Colombia no pueden ser catalogadas como “de alcance global” y por lo tanto de interés internacional, también lo es que los actos terroristas cometidos en países como Colombia tienen alcances transnacionales, pues de una u otra manera son financiados con recursos provenientes del negocio de las drogas ilícitas, el cual proviene de los mercados internacionales. Así mismo, son atentados cometidos con explosivos y armas que vienen del mercado negro internacional. En otras palabras, no puede simplemente verse como un problema interno de un país, pues muchos de los actos terroristas anteriores al 11 de septiembre tienen un alcance internacional innegable.

    El terrorismo tiene una gran cantidad de caras. Está en los atentados del 11 de septiembre pero también en las bombas que explotan en Irlanda, Bali, Colombia o la propia España, donde mueren civiles inocentes. También está en los ataques suicidas que con frecuencia vienen sucediendo en Israel. Y, desde luego, no pueden dejarse por fuera los homicidios selectivos de periodistas, jueces, políticos o líderes sindicales que han rechazado las acciones de los narcotraficantes, como en el caso de Colombia.

    Tampoco es posible sostener la idea según la cual terrorista es sólo aquél que tira del gatillo para asesinar o que oprime el detonador de una poderosa bomba. También hace parte del terrorismo quien financia al que hace explotar una bomba o quien vende los explosivos con este fin. Quienes financian, venden las armas o los explosivos, quienes protegen o ayudan a los que realizan este tipo de actos, también son agentes del terrorismo.

    Ésta es una nueva forma de guerra en la que no es necesaria la utilización  de grandes cantidades de hombres para que se produzca un enorme daño y tampoco se requiere de una compleja estrategia de movilización de tropas. Por el contrario, se necesitan muy pocos hombres pero grandes cantidades de dinero.

    Precisamente, uno de los elementos vinculados al terrorismo es el narcotráfico. Ésta es una actividad que desde siempre ha estado ligada a las actividades terroristas, no sólo para financiarlo sino como uno de los principales motores de su existencia.

    Para nadie es un secreto que las enormes cantidades de dinero que mueve el mercado del opio en Afganistán y de la coca en Colombia, Perú y Bolivia han servido para financiar atentados terroristas en los que miles de personas han resultado afectadas o en las que el medio ambiente se ha visto seriamente dañado. Basta citar el ejemplo de los atentados sucedidos en Madrid el pasado 11 de marzo en los cuales quedó comprobado que los explosivos utilizados por los terroristas fueron canjeados por hachís.

    EL PROBLEMA DEL NARCOTRÁFICO

    Para comprender mejor el tema del narcotráfico es necesario dimensionar el mercado mundial de las drogas, pues el problema del narcotráfico no sólo está en donde se producen las drogas ilícitas sino también en donde se consume y en donde se lava el dinero producto del negocio ilícito.

    Siempre he sostenido que el problema de la lucha contra las drogas ilícitas es algo que concierne a toda la comunidad internacional. La lucha contra el narcotráfico y, por lo tanto, contra el terrorismo, tiene que verse a la luz de las consecuencias transnacionales y de la corresponsabilidad que toda la comunidad internacional tiene en esta materia.

    El mercado de la droga genera enormes movimientos de dinero alrededor de todo el mundo y es necesario verlo desde todos sus perfiles: el consumo, la producción, la comercialización y el lavado de activos. También es necesario analizarlo desde sus nexos con el tráfico de armas y con los actos de tipo terrorista que se cometen en algunos países.

    La enorme mayoría de los consumidores de drogas está en lugares diferentes a los de su producción. Los insumos químicos necesarios para elaborar la droga son fabricados principalmente en Europa. El transporte de la droga se hace a través de varios Estados. Los grandes flujos de dinero generados por este negocio transnacional son lavados y se quedan en países diferentes a los productores.

    Adicionalmente, el terrorismo, con recursos del narcotráfico,  se abastece de armas y explosivos en los mercados negros  alrededor del mundo.

    De acuerdo con las últimas cifras disponibles en los estudios elaborados por Naciones Unidas, se calcula que hoy existen cerca de 185 millones de personas que han hecho uso indebido de las drogas en el último año. De todos ellos, 13 millones consumen cocaína, cerca de 150 millones consumen cannabis y sus derivados, 15 millones consumen opio, morfina y heroína, y 38 millones consumen estimulantes, entre los cuales 8 millones consumen éxtasis, la droga de moda en el mundo.

    Europa y Norteamérica son, sin lugar a dudas, los grandes consumidores de estas drogas. El enorme grupo de consumidores de cocaína y de opiáceos supone una dispersión geográfica que dificulta la definición de parámetros unificados para luchar contra el consumo, generando la sensación de que la lucha contra el consumo resulta más compleja y menos eficiente que la lucha contra la producción. Sin embargo, es imposible asumir la lucha contra el problema de las drogas sin atacar uno de los extremos de la cadena como lo es el consumo. Las reglas básicas del mercado, que indican que no hay oferta sin demanda, nos muestran claramente que todo esfuerzo dirigido contra la producción de droga será inútil si no va acompañado de esfuerzos similares contra la propagación del consumo.

    Voy a concentrarme en el tema de la cocaína y de los opiáceos, ya que estos dos cultivos son los que afectan en mayor proporción a Colombia, y más adelante hablaré específicamente del caso de mi país.

    En cuanto a los cultivos de hoja de coca y producción de cocaína los datos disponibles muestran una realidad contundente: Hoy los cultivos de hoja de coca se encuentran en Colombia, Perú y Bolivia, en donde están cultivadas cerca de 153.000 hectáreas de hoja de coca, de las cuales 83.000 se encuentran sembradas en territorio colombiano, es decir, poco más de la mitad de los cultivos estimados. Sin embargo, por diversos factores como el clima y la calidad de la hoja, en Colombia se produce el 72% de la cocaína que se consume en el mundo, en tanto que en Perú se produce el 20% y en Bolivia el 8%.

    Según cálculos del Departamento de Estado Norteamericano, para producir una tonelada de cocaína se requieren entre 200 y 250 hectáreas de cultivo de hoja de coca. El mismo Departamento de Estado calcula que en Colombia se produjeron en el 2002 cerca de 730 toneladas métricas de cocaína.

    De otra parte, la mayor producción de heroína está en Afganistán, en donde se produce el 76% del total mundial, seguido por Myanmar con un 18% y Laos con un 2%, siendo Colombia el mayor productor en América, con un 1% de la producción total.

    Lamentablemente, Colombia ha mostrado incrementos importantes en el cultivo de amapola y en la producción de heroína hasta tal punto que se ha convertido en el principal proveedor de heroína del mercado norteamericano. De acuerdo con las cifras del gobierno norteamericano, se cree que en Colombia se producen al año cerca de 6 toneladas métricas de heroína.

    Pero para que existan las drogas ilícitas se requieren insumos químicos, la mayoría de ellos insustituibles por otros elementos: el permanganato de potasio para la cocaína y el anhídrido acético para la heroína. Por ejemplo, para producir un kilo de base de coca, según estudio realizado por la DEA, se requieren 3 litros de ácido sulfúrico concentrado, 10 kilos de cal, 60 a 80 litros de kerosén, 200 gramos de permanganato de potasio y 1 litro de amoníaco concentrado. Y para obtener cocaína se requiere, además acetona, éter y otros ácidos.

    ¿Y quién produce estos insumos sin los cuales sería imposible producir la droga? Según los informes del Departamento de Estado norteamericano, los principales países productores de los insumos químicos son Alemania, Argentina, México, Estados Unidos y Holanda, los cuales son también algunos de los principales consumidores de cocaína y de heroína. Este es otro elemento que demuestra el carácter internacional del problema.

    También debemos tener en cuenta el enorme volumen de dinero que este negocio mueve.

    Según reciente informe del Departamento de Estado Norteamericano, un kilo de cocaína pura puede llegar a costar en las calles europeas cerca de 100  mil euros y en los Estados Unidos puede costar 100 mil dólares. Esto significa que, por ejemplo, tan sólo en Europa, donde se consumen cerca de 160 toneladas métricas al año, el mercado en las calles sería de 16 mil millones de euros.

    Así pues, mientras un campesino en Colombia vende un kilo de base de coca en un promedio de mil dólares, un kilo de cocaína se vende en las calles de Europa en un valor 100 veces superior. Esto es tan sólo otra demostración de cómo el problema está en toda la cadena y no sólo en los países productores.

    Con el terrorismo y el narcotráfico, nos enfrentamos realmente a dos monstruos, cada uno de muchas cabezas y con los pies sobre la gran mayoría de las naciones.

    EL CASO DE COLOMBIA

    Permítanme adentrarme ahora en el caso de Colombia, mi país, el cual tuve el honor de gobernar por cuatro años y por el que he luchado  toda mi vida.

    Allí hemos sido víctimas de la violencia como en pocos lugares del mundo. El narcotráfico y el terrorismo nos han atacado sin piedad. Allí han volado aviones llenos de civiles inocentes, han explotado bombas en centros comerciales repletos de ciudadanos, muchos pueblos pequeños de gente humilde han sido atacados y destruidos por la guerrilla, y nuestra infraestructura ha sido constantemente golpeada por atentados terroristas con consecuencias irreparables al medio ambiente. Padecemos un conflicto desde hace 40 años, durante el cual la violencia ha asolado nuestros campos y ha causado terror en los ciudadanos.

    Pero en Colombia, más allá de sus problemas, hay más que nada un pueblo que quiere la paz. Allí hay un pueblo trabajador y honrado que ha sacado adelante al país. Tenemos una ubicación privilegiada en el mundo con 1000 millas de costa sobre el Caribe, 600 millas de costa sobre el océano Pacifico, 3 grandes cordilleras y 44 millones de habitantes. Contamos con el 10% de la  biodiversidad del mundo y el  20% de las especies de aves del mundo. Somos el segundo mayor exportador de flores, producimos el mejor café del planeta y contamos con todos los climas para una variada producción agrícola durante todo el año.

    Colombia es también la más antigua democracia de Latinoamérica. Salvo un pequeño período de dictadura militar entre 1954 y 1957, el país ha desarrollado sus instituciones democráticas y ha elegido a todos sus Presidentes por el voto popular.

    Tiene también una de las economías más estables en el continente. De acuerdo con las cifras del Banco Interamericano de Desarrollo, durante los últimos 75 años, Colombia ha tenido una tasa de crecimiento de 3.2%, con sólo un año de recesión en 1999. Durante los últimos 25 años Colombia creció al 3.1% mientras que el promedio de América Latina fue de solo 2.5 % anual. Nunca ha dejado de pagar sus obligaciones internacionales y no ha tenido episodios de hiperinflación como ha sucedido con otros países de la región.

    Sin embargo, y a pesar de las enormes ventajas con que cuenta Colombia, tiene un conflicto interno que lleva cerca de 4 décadas sin resolverse. Es el único conflicto de este tipo que queda en el hemisferio a pesar de diferentes esfuerzos por alcanzar la paz, especialmente durante mi gobierno.

    Las características que presenta hoy el conflicto colombiano podrían resumirse de la siguiente manera:

    A.    Es un conflicto en el que intervienen tres actores diferentes: Guerrilla, autodefensas ilegales y el narcotráfico, como financiador de los dos anteriores.
    B.    No se trata de una guerra civil: Se trata de una guerra CONTRA la población civil.
    C.    La sociedad no está enfrentada ni  dividida en razón de esta confrontación. Por el contrario, está unificada en la idea de acabar con el conflicto. La soberanía de la nación tampoco está escindida. En este conflicto los actores armados ilegales no tienen ni siquiera un 1% de apoyo de la población y más bien sufren el rechazo total de la sociedad.
    D.    No se trata de un conflicto de tipo territorial, ni étnico ni religioso. Tampoco se trata de una confrontación de tipo social o por causas sociales. Se trata de una confrontación que en sus orígenes tuvo motivaciones de tipo político que hoy han desaparecido, especialmente por la caída de la cortina de hierro y por el fracaso del ideal comunista.
    E.    Es un conflicto donde no existe una confrontación convencional, sino que se presentan enfrentamientos de tipo irregular con acciones de corte terrorista.
    F.    Aunque usualmente el conflicto estaba alejado de las grandes ciudades y revestía más características de tipo rural, la tendencia reciente muestra una “urbanización” del mismo, principalmente en razón al cambio reciente de estrategia de los grupos guerrilleros que pretenden infundir más temor en la población urbana.
    G.    Es uno de los conflictos más prolongados del mundo,  pero no puede ser catalogado como de alta intensidad. Por el contrario, al compararlo con otros conflictos internos se puede afirmar que se trata de uno de baja intensidad. Esto no significa que la tasa de muertes violentas en Colombia sea baja. Por el contrario, es una de las más altas del mundo, si bien la mayoría de homicidios no está ocasionada por el conflicto sino que tiene una relación más directa con otros fenómenos delincuenciales, en especial el narcotráfico.
    H.     Si bien es un conflicto con altísimo contenido de actos terroristas, tampoco se podría afirmar que se trata solamente de una confrontación de este tipo. Los diferentes grupos armados ilegales han sido catalogados internacionalmente como terroristas y sus actuaciones están cada vez más orientadas a este tipo de actividades, pero no se puede caer en el equivoco de  catalogarlo como un conflicto exclusivamente de tipo terrorista.
    I.    A pesar de que la financiación del conflicto proviene mayoritariamente de actividades relacionadas con el negocio de las drogas ilícitas, tampoco se puede incurrir en el error de considerarlo un conflicto motivado exclusivamente por razones vinculadas al narcotráfico.
    J.    Se trata de una confrontación en medio de una geografía muy complicada. Según un reciente estudio de la Universidad de Harvard, Colombia es uno de los 5 países con mayor complejidad geográfica, lo que permite a los violentos utilizar la naturaleza en su favor y le impone al Estado enormes dificultades de tipo militar.

    Teniendo en cuenta estas características del conflicto colombiano y de los fenómenos del terrorismo y el narcotráfico, existen algunos puntos de encuentro entre estos tres temas que exigen una visión integral para poder enfrentar el problema colombiano.

    LA VINCULACIÓN AL NARCOTRÁFICO

    Como bien lo dice el Informe Nacional de Desarrollo Humano preparado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en el 2003, no es realista pensar que el fin del narcotráfico sería también el fin del conflicto o que la finalización del conflicto lleve a la terminación del problema del narcotráfico. No obstante, sí es necesario reconocer que el narcotráfico juega un papel esencial en el financiamiento de la violencia y del conflicto. De otra parte, también puede afirmarse que el gran beneficiado del conflicto es el narcotráfico, pues, como se dice popularmente, “en río revuelto, ganancia de pescadores”.

    Es sabido que los grupos insurgentes en América Latina fueron financiados durante  años por países de la antigua cortina de hierro que pretendían impulsar las revoluciones comunistas en el continente. Con la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la mayoría de regímenes totalitarios de izquierda los grupos guerrilleros colombianos acudieron a diferentes fuentes de financiamiento, las cuales acabaron concentradas en el secuestro, la extorsión y el narcotráfico.

    La guerrilla tiene hoy en el narcotráfico su principal fuente de finanzas. A principios y mediados de los años ochenta, la vinculación de la guerrilla con esta actividad se restringía al cobro de una tasa por cuidar los cultivos y los laboratorios para el procesamiento de las drogas mediante lo que se denominó el “gramaje” o cobro por los gramos producidos, el cual podía alcanzar en 1998 a cerca de 10 euros por gramo. Posteriormente, la guerrilla se ha involucrado mucho más en el narcotráfico hasta llegar a formar parte activa del negocio, pasando de realizar las actividades de vigilancia a cobrar una tasa por las transacciones a los comerciantes de pasta de coca, fijar los precios de la pasta de coca en algunas regiones y cobrar por la vigilancia de las pistas clandestinas para el embarque de la droga. Hoy por hoy, sustituyen a los intermediarios locales en algunas regiones y contactan a grandes narcotraficantes para negociar cocaína directamente con ellos, como sucedió con el conocido capo brasileño de la droga, Fernandinho, hace pocos años. Además, se han detectado casos en los cuales intermediarios a nombre de la guerrilla han intentado entrar directamente en el negocio de la exportación y venta de la droga.

    Bien lo dice el Informe de Naciones Unidas que cité antes: “Así la guerrilla entra a participar del crimen global: desarrolla contactos internacionales para operaciones de tráfico de armas, ingresa al contrabando de insumos químicos y practica del lavado de activos a gran escala a través del sistema financiero internacional, la banca virtual y la infiltración de empresas legales”.

    La dimensión de los ingresos por narcotráfico para la guerrilla resulta aterradora. De las pocas cifras disponibles, se infiere que las FARC obtienen entre  400 y  500 millones de dólares al año como ingresos por narcotráfico. Esto significa que más de 1 millón de dólares al día son recibidos por la guerrilla para alimentar el conflicto que asola al pueblo colombiano.

    El caso de los grupos ilegales de autodefensa no es muy diferente. Desde sus orígenes han estado vinculados al negocio del narcotráfico y, en épocas recientes, ellos mismos han reconocido su participación activa en esta actividad ilícita.

    Sin embargo, como bien dice el informe de Desarrollo Humano, “Colombia no es el único país donde las drogas son fuente de  financiación de la guerra. En Tayikistán 70% de los ingresos de la oposición armada provienen de las drogas ilegales, y otro tanto ha ocurrido en Afganistán y Perú”.

    Con el dinero del narcotráfico los grupos ilegales compran armas y explosivos en los mercados negros, incluso para derribar helicópteros o para realizar atentados a personas. Estas armas provienen de las redes internacionales de venta ilegal de armas. Para darles un ejemplo concreto, tuve la experiencia durante mi gobierno con el caso de las armas vendidas a las FARC con la intermediación de Vladimiro Montesinos, jefe de los servicios de inteligencia  peruana. En este episodio, que terminaría con el derrocamiento del Presidente Alberto Fujimori, la guerrilla colombiana compró 10 mil fusiles AK-47 de fabricación rusa, por medio de Montesinos, a un conocido traficante de armas de origen turco llamado Sarkis Soghanalian, quien adquirió estos fusiles en Jordania.

    También compran explosivos en el mercado internacional, especialmente en países fronterizos que carecen de controles suficientes para la venta de este tipo de elementos. Estos son utilizados para fabricar carros bomba así como otros elementos explosivos de fabricación casera pero de alcance masivo e indiscriminado. Así mismo, los explosivos son usados para realizar actos terroristas  contra la infraestructura eléctrica y petrolera del país, que es atacada constantemente.

    Adicionalmente, la guerrilla compra entrenamiento por parte de otros grupos terroristas en técnicas terroristas y en la preparación de mísiles caseros hechos con cilindros de gas, técnica ésta enseñada a la guerrilla por miembros del IRA.

    LAS SOLUCIONES AL PROBLEMA

    Frente a una situación tan compleja, ¿qué se puede hacer para lograr una solución de fondo?

    Cuando asumí la Presidencia de Colombia en 1998 decidí aplicar una estrategia integral que permitiera atacar de raíz los problemas que he descrito, buscando la paz y atacando el narcotráfico.

    En primer lugar se definió como prioridad recuperar la posición del país frente al mundo, pues es claro que los problemas  de Colombia no se resuelven sin un adecuado apoyo internacional.

    Los objetivos eran precisos: Normalizar las relaciones de Colombia con el mundo, alcanzar apoyo político para avanzar en la construcción de la paz, lograr el involucramiento y la corresponsabilidad internacional en la lucha contra el problema mundial de las drogas, lograr que al mundo le interesara el problema de la paz de Colombia sin internacionalizar el conflicto aunque sí su solución, buscando una participación activa de la comunidad internacional en el proceso de paz.

    Para este efecto decidí liderar personalmente una ofensiva diplomática internacional. Creo que en el mundo moderno, a pesar de todos los avances de las comunicaciones, no existe un mejor mecanismo para manejar las relaciones entre los Estados que los contactos personales entre los Jefes de Estado. Ningún avance en las comunicaciones logrará superar el contacto humano, más aun cuando se trata de situaciones tan complejas como las de nuestra nación.

    Fue así como me reuní con líderes de todo el mundo, de manera bilateral o bien con ocasión de los diferentes foros internacionales, y presenté el caso de Colombia, reclamando la solidaridad con nuestro pueblo y la corresponsabilidad en la lucha contra el problema mundial de las drogas. También ofrecí el respaldo permanente de mi país a la lucha contra el terrorismo  y expliqué con amplitud los esfuerzos de paz que estábamos realizando. Los resultados se vieron y Colombia no sólo contó con el apoyo de la comunidad internacional en la lucha por alcanzar la paz sino que también logró la aceptación del principio de la corresponsabilidad en la lucha contra el problema mundial de las drogas.

    El segundo punto de nuestra estrategia consistió en fortalecer las Fuerzas Militares, pues las carencias en el campo militar eran evidentes. Para eso se plantearon como objetivos lograr la profesionalización de los soldados, dotarlos de mayor movilidad con más elementos de transporte, dotarlos de mejores instrumentos de combate que  permitieran cambiar la ecuación militar de la confrontación, fortalecer las acciones de inteligencia y lograr una coordinación en las actuaciones de las diferentes fuerzas para obtener mayor rendimiento de los recursos y mayor efectividad. Igualmente se desarrolló una importante estrategia de protección de los derechos humanos y de aplicación del derecho internacional humanitario que le permitiera a las Fuerzas Militares ganar legitimidad frente a las críticas internacionales en esta materia.

    Sobre todo, buscamos mejorar las condiciones personales de nuestros hombres. Estoy convencido de que el mejor armamento y el mejor equipamiento de un ejército de poco sirven si no se cuenta con el entusiasmo de los hombres.  En lo personal, al llegar al gobierno me impactó mucho ver a nuestros soldados, jóvenes que sacrifican sus vidas por defender las nuestras, sin los mínimos requerimientos para ir al combate. En una ocasión, visitando a nuestras tropas, me senté a conversar con algunos de estos soldados y uno de ellos me mostraba las botas que tenía, a las que había tenido que adaptarles pedazos de una llanta vieja de camión, porque ya no tenía suelas. Si queríamos tener un ejército que realmente produjera resultados en la lucha contra los violentos, lo primero que teníamos que hacer era tratar dignamente a nuestros hombres y dotarlos de lo necesario para que pudieran acometer sus misiones.

    Por otra parte, al llegar al gobierno encontré que nuestra sociedad no creía en nuestras Fuerzas Militares. Sólo el 34% de la población consideraba que éstas podían derrotar a la guerrilla. Después de todos los esfuerzos, al finalizar el gobierno, más del 65% de la población creía que las Fuerzas Militares estaban en capacidad de derrotar a la guerrilla. Sin el apoyo y la credibilidad de la sociedad es poco lo que se puede lograr y por eso nuestro esfuerzo también estuvo dirigido en ese sentido.

    En tercer lugar se diseñó una estrategia en lo relacionado con la  lucha contra narcotráfico. Como ya dije, se buscó que la comunidad internacional aceptara el principio de la corresponsabilidad en la lucha contra el problema mundial de las drogas y brindara una mayor cooperación en materias como el control al lavado de activos, la interdicción de la droga en la etapa de transporte y los controles a las ventas de precursores químicos. También fortalecimos los mecanismos legales, como la extradición de narcotraficantes y la incautación de sus riquezas.

    En este punto se hizo un énfasis especial pues en el narcotráfico está el combustible de la corrupción, de la violencia y del terrorismo. La lucha en este campo no es  fácil pero el pulso no puede temblar. No vacilé jamás en tomar todas las medidas necesarias para combatir al narcotráfico, aplicando todo el peso de la autoridad. En ese entonces usábamos una frase para describir nuestras acciones: “A los narcotraficantes acción penal, a los campesinos acción social”.

    Fue así como se buscaron mayores avances en la erradicación de cultivos ilícitos, combinando tres mecanismos: erradicación por fumigación, erradicación manual y desarrollo alternativo. Hicimos énfasis en el tema del desarrollo alternativo pues existe un problema social en la medida en que muchos de los pequeños cultivos de hoja de coca pertenecen a campesinos pobres a los que había que ofrecerles alternativas de supervivencia diferentes a la coca.

    Para darles un ejemplo de la magnitud de las acciones en este campo, al llegar al gobierno en 1998 se calculaba que Colombia tenía cultivadas cerca de 145 mil hectáreas de coca y en el año 2002, cuando terminé mi gestión, las hectáreas cultivadas habían disminuido a 103,000, cerca de un 30%.

    En cuarto lugar, dentro de la estrategia resultaba indispensable abordar los aspectos sociales que tienen incidencia en la problemática del país. Para que la situación mejorara debíamos acercar el Estado a las comunidades más pobres y generar soluciones sociales reales. Para esto se diseñó el Plan Colombia con el que se buscó invertir más de  7.500 millones de dólares. El  75% de este Plan se destinó a aspectos de carácter social, en especial en las regiones más apartadas. Sin inversión social no es posible lograr la paz real en un país como Colombia. Si bien es cierto que la pobreza no puede justificar la violencia, también lo es que con hambre y con pobreza no es posible alcanzar la paz real.

    Por último, y frente a los grupos guerrilleros, se buscó una solución  de tipo político por la vía de la negociación. Este instrumento complementaba los anteriores y tenía como objetivos sentar en la mesa de negociación a los dos grupos guerrilleros para que mediante negociaciones de tipo político cambiaran su actividad violenta por actividad política.

    Esta estrategia implicaba un liderazgo personal del Presidente, mucha audacia y perseverancia para alcanzar la construcción progresiva de alternativas políticas que sacaran a la guerrilla de su actividad y la acercaran a la vida civil.

    Muchos se preguntarán: ¿por qué sentarse a hablar con quienes cometen actos terroristas? Creo que frente a un conflicto como el nuestro, la solución viable con los grupos alzados en armas está en la vía política, siempre y cuando de parte de estos grupos exista un interés real de llegar a la paz o al menos una posibilidad cierta de construir esta alternativa. No creo en la solución de la violencia a través del uso de más violencia, ni en la utilización de cualquier medio para lograr la derrota de la guerrilla. El Estado debe utilizar los medios legítimos para lograr la paz y el primero de ellos es la negociación política. Esto naturalmente supone que los grupos ilegales también opten por la vía de la negociación y vean que sí es posible cambiar las armas por la política.

    Me había comprometido con el país a liderar personalmente el proceso y así lo hice. Como Presidente electo fui a la selva y en medio de más de 1.000 guerrilleros armados me reuní con Manuel Marulanda, el jefe máximo de las FARC, para definir si iniciábamos un proceso de paz. Me senté cara a cara con quien desde hace 40 años dirige a cerca de 20.000 guerrilleros y le dije que mi país quería la paz y que estaba cansado de la violencia. Esa fue la primera ocasión en la que un Presidente se reunía con un jefe guerrillero. Tomé el riesgo con la convicción de que la salida negociada es la única vía y con la certeza de que hablar personalmente con la guerrilla significaba la más clara muestra de la voluntad del Estado para encontrar una salida al conflicto.

    Después de iniciar el proceso, y ya como Presidente en ejercicio, cuando el proceso de paz atravesaba las peores dificultades, volví a la selva a reunirme con la guerrilla. Allí en medio de los guerrilleros y sin más armas que la terca convicción de buscar la paz, le dije a la guerrilla que si no estaban dispuestos a avanzar en al proceso yo mismo lo daría por terminado de inmediato. No era una situación fácil en lo personal. En la selva, rodeado de hombres armados, enemigos del Estado desde hace 40 años, les estaba dando un ultimátum. Sin embargo, estoy seguro de que el haberlo hecho de manera personal, asumiendo los riesgos personales y políticos, fue lo que permitió avanzar hasta el punto que llegamos.

    Logramos sentar en la mesa de negociación a los dos grupos guerrilleros, las FARC y el ELN, pero lamentablemente, después de tres años de negociaciones, tras la obstinación de la guerrilla en persistir en su actividad terrorista, no fue posible llegar a acuerdos y los procesos fueron interrumpidos por cuenta de los atentados realizados por las FARC especialmente. Tan sólo entre enero y el 20 de febrero de 2002, fecha en la que se rompió el proceso, este grupo guerrillero realizó 117 atentados terroristas. Lamentablemente, la guerrilla colombiana optó por el camino de continuar con las acciones de tipo terrorista, financiadas con dinero del narcotráfico y ha abandonado la lucha política.

    No se llegó al objetivo deseado pero se avanzó mucho en el camino de la paz, construyendo una agenda de negociación que algún día puede retomarse y desenmascarando a la guerrilla en sus verdaderas intenciones y su accionar terrorista ante el país y el mundo entero. Sin duda, en virtud del proceso de paz que ofrecimos con generosidad, la guerrilla se asestó ella misma, con sus crueles acciones contra el pueblo colombiano, la más grande derrota política de su historia.

    Apreciados amigos:

    La lucha contra el terrorismo y el narcotráfico no es fácil. Requiere tiempo, requiere asumir riesgos y sobre todo requiere saber que se tiene un rumbo claro.

    El terrorismo es un enemigo casi invisible, escurridizo y volátil, que no puede enfrentarse con grandes acciones militares y que se alimenta y crece cuando se recurre únicamente a soluciones bélicas. Las armas que usamos contra los terroristas terminan muchas veces apuntando sobre nuestras cabezas.

    Por ello, más que lanzar al mundo a una desenfrenada carrera armamentista, sustentada en la paranoia que los mismos terroristas fomentan con sus actos, debe atacarse este problema con información e inteligencia. La tarea de nuestros Estados, de nuestros organismos policiales y de inteligencia, radica en obtener y compartir información que permita desarmar las células terroristas y sus centros neurálgicos, superando absurdos celos institucionales que impiden una coordinación franca y efectiva.

    Pero hay algo más que no puede soslayarse. Detrás del terrorismo y sus nefastas conexiones criminales se esconde también la ira y el resentimiento de pueblos enteros sometidos económica y culturalmente. El odio se alimenta con el hambre y la pobreza. El odio se alimenta con la exclusión y las imposiciones externas. En tanto los países desarrollados -y aquellos que están en vías de desarrollo, en la medida de sus posibilidades- no cumplan con los compromisos adquiridos en la Cumbre del Milenio y en la Conferencia Internacional de Monterrey sobre Financiamiento del Desarrollo, lo único que estaremos fomentando será un mundo injusto y sin equidad social, caldo de cultivo para el descontento y el terrorismo.

    Lo mismo ocurre en mi país. Es cierto que el conflicto que sufrimos desde hace cuatro décadas es un cáncer que carcome nuestro sistema social. Pero no podemos equivocarnos. Los verdaderos males que deben atacarse, antes que cualesquier otros, son la pobreza y la inequidad en la distribución de los recursos. Nuestros problemas, más allá de la violencia, radican en las necesidades y carencias de nuestro pueblo. Por eso destiné durante mi gobierno el 75% de los recursos del Plan Colombia a combatir la pobreza en las regiones más apartadas y afectadas por el conflicto. Porque tengo muy claro que donde no hay una política social efectiva resulta inútil todo esfuerzo de seguridad.

    Infortunadamente, la solución del narcotráfico y sus secuelas, no radica en mi país, que ha sacrificado su paz y sus recursos para enfrentar este problema. Los colombianos podemos hacer todos los esfuerzos, y los seguiremos haciendo, para erradicar cada día más hectáreas de coca y amapola, para interceptar avionetas y barcos, para perseguir y extraditar narcotraficantes, para incautar sus fortunas, pero en tanto no se realicen esfuerzos correlativos para disminuir el consumo, nuestra tarea será infructuosa.

    Mientras la comunidad internacional -y los países desarrollados en particular- no acaben de comprender que el problema es de todos y que nuestra juventud sucumbe bajo el peso de la droga gracias a los insumos químicos y las armas que producen y venden sin mayores restricciones, la droga circulará campante por el mundo.

    Mientras los grandes financistas y bancos cierren los ojos permisivamente para permitir el flujo criminal de ingentes sumas de dinero provenientes del negocio de las drogas ilícitas, todos nuestros muertos y nuestro sacrificio habrán sido en vano.

    Tampoco será la “legalización” la solución para este flagelo. Aunque algunos la pregonan como la mejor alternativa, sus efectos podrían resultar devastadores para las generaciones futuras. De hecho, países donde el consumo está, en mayor o menor grado, permitido, no reportan mayores avances en la lucha contra las adicciones. Si permitiéramos también la libre producción sería como dar carta abierta para el negocio del envenenamiento de nuestros jóvenes. Un imposible moral.

    La solución va por otro lado. La solución -como ocurre con el terrorismo- implica un esquema de cooperación internacional que abarque todas las etapas: insumos químicos; producción, transporte, venta y consumo de las drogas; lavado de activos, y tráfico de armas y explosivos.

    A problemas complejos, tenemos que darles soluciones integrales, que involucren todos los aspectos y que comprometan el conjunto de la comunidad internacional.

    Ustedes, queridos amigos de la Young Presidents’ Organization, que han escuchado esta disertación, tienen ahora nuevos elementos para entender la lucha y la situación de Colombia, que no es otra cosa que un reflejo de la situación del mundo entero. En sus manos dejo este diagnóstico, para que entre todos sigamos contribuyendo a las soluciones y construyamos un futuro digno del ser humano.

    Muchas gracias


    Lugar y fecha

    Barcelona, España
    2004

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