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  • EXPOHANNOVER: EL VERDE MENSAJE DE COLOMBIA

    Los gitanos, encabezados por el anciano Melquíades, arribaron a Macondo orientados por el canto de los pájaros y cargando todos los prodigios del mundo conocido y por conocer, como heraldos del progreso en aquel pueblo olvidado detrás de ciénagas y serranías. A su llegada, anunciada con pregones y tambores, la carpa donde Aureliano conociera el hielo se llenó con el asombro que salía de los ojos de los visitantes ante tanta maravilla venida de más allá de la selva impenetrable. Astrolabios y sextantes, laboratorios de alquimia, dientes postizos y catalejos se asomaron a las ventanas de todas las casas, abiertas para dejar entrar la curiosidad y el conocimiento en las mentes de sus dueños.

    Los magos, los alquimistas, los inventores y los científicos pertenecen a esa misma estirpe de gitanos embajadores del progreso. Desde las ferias de la ciencia de las escuelas más pequeñas hasta la gigantesca Exposición Universal, cada muestra de arte, ciencia y tecnología es un espacio privilegiado para que el saber y la curiosidad se conjuguen con la capacidad creativa, haciendo realidad objetos e ideas que harán de nuestra tierra un mejor lugar para vivir. Cada una de las exposiciones universales que han abierto sus puertas ha sido un instante mágico desde donde se adivina el porvenir de la humanidad.

    El 12 de Noviembre de 1900 terminó en París la Exposición Universal que abrió el siglo XX. Hace ya más de cien años el mundo se deleitaba con las maravillas del progreso y los atónitos ojos de los parisinos se sorprendían con la gigantesca mole de hierro que apuntaba al cielo de la ciudad. Entonces la Torre Eiffel y sus tornillos inauguraban la era de la electricidad, el cinematógrafo, los viajes al espacio y la Internet. Hace poco más de cien años el mundo entero y sus alrededores vieron llegar hasta la puerta de sus casas la noticia de que la tierra, tal y como ellos la conocían, había cambiado.

    Sin duda, la Exposición Universal de París, que inauguró el siglo pasado con sus novedosos inventos, fue la bola mágica desde la cual se predijo lo que sería el futuro del mundo a lo largo del siglo veinte. La Exposición Universal de Hannover del año 2000, la última del siglo pasado y al mismo tiempo la primera del tercer milenio, fue, por su parte, el broche de oro con el que se cerró el ciclo de la industrialización, descubriendo a los ojos de la humanidad la visión del mundo que nos espera.

    El lema de la Exposición, “Humanidad, Naturaleza y Tecnología”, representa la transformación de la mentalidad humana desde el ideal de progreso hasta el ideal del desarrollo sostenible. Un porvenir lleno de árboles y de agua, un futuro limpio y sano para nuestros hijos, es el legado que el siglo veintiuno habrá de dejar para la historia. La Exposición Universal quiso ser la profecía certera de que el planeta del mañana está preparado, desde hoy, para armonizar la tecnología y la naturaleza con el modo de vida de la humanidad.

    Ésta es, precisamente, la gran trascendencia de la participación de nuestro país en la Exposición Universal. Colombia, este lugar donde el verde es de todos los colores, es el país que ha demostrado con la valentía de su pueblo, con la inmensa biodiversidad que posee, con la inventiva de sus gentes, que el futuro está en nuestras manos y que, por encima de las adversidades, sí estamos preparados para vivir en él con equidad, dignidad y productividad. Este libro es el recuento de un arduo recorrido de muchas manos colombianas por el camino del asombro para desembocar en la esperanza.

    Nuestras frutas y nuestro café, el brillante oro de nuestros soles precolombinos, la música de Totó la Momposina y las danzas de Sonia Osorio fueron como los pájaros y los timbales que anunciaron, con sus olores, sones y colores, la presencia vital y alegre del pueblo colombiano en Alemania. Las filas de visitantes que se arremolinaban frente a nuestro pabellón para tentar sus paladares con sabores desconocidos como el maracuyá o la feijoa, también se emocionaron con las imágenes de nuestra patria que proyectaban su diversidad, su riqueza y las ganas de vivir que mueven nuestros días.

    Nuestra participación en ExpoHannover 2000 marcó una diferencia que hizo histoira. El bosque de teca y metal que Daniel Bonilla diseñó para resguardar bajo su techo el calor de nuestra tierra fue el símbolo de nuestra esencia. Las selvas más profundas y las modernas ciudades se conjugaron en este ambiente para decirle al mundo que el progreso en Colombia está en armonía con su naturaleza. Las ramas entrelazadas que sostuvieron este edificio semejaban los brazos del pueblo colombiano, levantados, unidos entre sí para fortalecer, de común acuerdo, nuestros esfuerzos por la paz. Por eso se quedó en la ciudad de Wolfsburg, para albergar allí un centro de fomento de las relaciones entre el Estado de Baja Sajonia y América Latina.

    Al lado de los modernos pabellones de otros países, nuestro pabellón ecológico y el pabellón de guadua diseñado por Simón Vélez para la fundación ambiental “Zeri- Zero Emission Research Initiatives”, fueron nuestros más claros mensajeros de que el desarrollo y el progreso pueden y deben ir de la mano de la naturaleza. Así mismo, la presencia de la comunidad colombiana, de sus gentes y de los genios que también se dan en esta tierra; alquimistas, escritores, profesores o activistas, pintores y escultores, todos ellos participantes de los diálogos globales, aportaron sus conocimientos y sus experiencias para contribuir a hacer realidad el deseo de un mundo donde el desarrollo es sostenible.

    Sin embargo, el más conmovedor legado de nuestro país para el mundo en esta Feria, a mi modo de ver, fueron las 200 mil cartas con mensajes positivos que enviaron los niños colombianos. Estos niños y niñas escritores son los gitanos que desde ahora nos anuncian las maravillas del mañana. Sus manos, llenas de frases dulces y deseos de bienestar, serán más tarde las manos de los alquimistas, magos, científicos y profesores que harán realidad este mundo equitativo, sano y productivo. Si en la Exposición Universal de París el progreso fue la herencia del siglo XIX que caracterizó al siglo XX, el legado de ExpoHannover deberá ser la equidad, la sostenibilidad del desarrollo y la paz, como ideales del nuevo milenio.

    Después de leer este libro y de contemplar las imágenes de esta Feria histórica y de la digna participación de Colombia en ella, estoy seguro de que los lectores, como yo, sentirán que tenemos muchas razones para creer que el siglo XXI traerá buenas noticias de paz para nuestro país y nuestro planeta.


    Lugar y fecha

    París, Francia
    2001

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