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  • FORO DE COOPERACIÓN COLOMBO-ALEMANA EN POLÍTICA DE JUVENTUD

    Hace tres años, en un diálogo con el escritor español Juan Goytisolo, el premio Nobel alemán Günter Grass expresaba lo siguiente:

    “Ya es tiempo de que alguien nos releve, pero tengo serias dudas de que las generaciones jóvenes y las intermedias estén dispuestas a hacerlo. La tarea de esta generación consistirá en desprenderse de esa influencia tan de moda, tan ‘cool’, (…), expresar sus emociones y, finalmente, mostrarse combativa.”

    Aquí están planteados los desafíos actuales de la juventud, unos desafíos que involucran su compromiso con la vida y con su entorno, su decisión de participar en la construcción de la sociedad y de forjar el futuro desde el presente.

    En mi caso particular, yo siempre he tenido fe en la juventud, porque no la entiendo únicamente como promesa, sino sobre todo como realidad actuante, con mucho que decir y que hacer frente a los retos del momento. No soy tan escéptico como Grass, cuya obra admiro profundamente, tal vez porque en Colombia la situación misma de desventaja económica y social frente a otras naciones más desarrolladas y el conflicto interno que vivimos hacen que  la juventud tome cartas en el asunto e intervenga con decisión en todo aquello que la afecta. En Colombia, la educación es la herramienta del progreso y ningún joven está dispuesto a desaprovecharla.

    Yo mismo puedo dar testimonio del empuje de los jóvenes. Antes de cumplir los 20 años, con un grupo de personas de mi edad, organizamos una caminata para recaudar fondos para las personas más necesitadas, y esa iniciativa ha continuado año tras año hasta nuestros días. Luego, a los 33 años, tuve el honor de ser elegido alcalde de Bogotá, el primero por votación popular, y goberné con los jóvenes y por los jóvenes, abriéndoles espacios de participación. Todavía se recuerda como un hito significativo que en dicha alcaldía organicé y promoví los primeros conciertos de rock en español.

    Y fueron estos jóvenes, en los que siempre creí, los mismos que impulsaron la gran reforma constitucional de 1991, que actualizó y modernizó nuestras instituciones, reemplazando una constitución que venía rigiendo desde finales del siglo XIX.

    Son colombianos jóvenes, como el doctor Juan Manuel Galán, aquí presente, quien dirige el Programa Presidencial “Colombia Joven”, los que día a día asumen en mi país las riendas de un futuro que no les es indiferente.

    Tal vez se deba a que la mayoría de nuestra población tiene menos de 35 años; tal vez sea porque nuestras circunstancias particulares nos obligan a asumir posiciones y compromisos; tal vez se trate del natural talento e ingenio de los colombianos, que reconoció el mismo Humboldt, pero lo cierto es que en Colombia los jóvenes tienen la palabra y ésta es una experiencia que estamos listos para compartir con Alemania y con el mundo.

    Con esta disposición, hoy quiero saludar muy especialmente a la Ministra Federal de la Familia, Tercera Edad, Mujer y Juventud, Dra. Christine Bergmann; al Secretario de Estado, Peter Haupt; a los representantes del DAAD y a todos los participantes en este foro, que piensa y crea futuro para las juventudes de nuestras naciones.

    Estimados becarios de Colombia en Alemania:

    Ustedes han venido a un país amigo pero remoto, a miles de kilómetros de sus familias y de sus amigos, para seguir aprendiendo. Si bien la oportunidad que les ha dado generosamente el gobierno alemán, a través del Servicio de Intercambio Académico Alemán –DAAD-, es tentadora para cualquier persona, en términos de la mayor capacidad en el desempeño profesional y, por supuesto, de los beneficios económicos que esto reporta, no puede dejar de resonar el sentido más radical de tal elección. Si fuera únicamente por el acceso a la posición y el dinero: ¿No podrían ellos alcanzarse por otros caminos? ¿No sería mejor montar un negocio que no exija conocimientos sofisticados, pero que sea rentable? O, si la cuestión es de prestigio y fama: ¿No bastaría con que ustedes se convirtieran en modelos, en futbolistas o en presentadores de televisión? ¿Haría falta desplazarse a una universidad en Alemania para esto?

    Yo no creo en el saber por el saber. No consumimos información y neuronas por el gusto de hacerlo, sino porque, de un modo más o menos claro, tenemos una idea del sentido de esa conducta, de la utilidad de las horas dedicadas al estudio y la lectura.

    Cada quien tiene su propio para qué, su propio código de finalidades. Descontando que este valor no puede ser exclusivamente económico, como lo vimos antes, intuyo que esa orientación tiene, en un sentido muy genérico y pocas veces reconocido, un carácter ético.

    Si entendemos que la ética no es un código de buenas maneras, sino que es el conjunto de preceptos que consideramos valiosos, dignos del respeto y la admiración de todas las personas, entonces se comienza a aclarar un poco el panorama: leemos y estudiamos porque creemos en algo. Es una especie de fe, una red de palabras y de ideas que consideramos casi sagradas y absolutamente deseables, la que mueve a cada uno de ustedes a estar aquí y a dar lo mejor de sí en estos momentos.

    Algunos de ustedes estarán aquí porque quieren mejorar el futuro de su país, otros porque piensan en su propio desarrollo personal, otros quizás porque creen que el sentido último es la permanente búsqueda de la verdad. Lo importante, entonces, es darse cuenta de cómo todas estas perspectivas son las que le dan finalidad a nuestros conocimientos.

    Ni la lógica ni la ciencia nos pueden decir cómo debemos actuar, qué es lo importante y qué lo prescindible. Ese no es su terreno. Bien decía al respecto el sociólogo alemán Max Weber en sus lecciones, ante estudiantes como ustedes, en la Universidad de Munich: “El destino de una época de la cultura que ha bebido del árbol del conocimiento consiste en saber que no podemos hallar el sentido del mundo a partir del resultado de una investigación, por acabada que ella sea, sino que tenemos que ser capaces de crearlo”.

    Cada cual debe por tanto elegir sus valores y actuar conforme a ellos. Ese, creo yo, es un concepto mínimo y fundamental de toda actitud ética. El punto principal, entonces, al dedicar varios de sus años, de sus mejores años, a la disciplina de la vida estudiantil, consiste en que sean conscientes de cómo ese conocimiento que están adquiriendo en las excelentes y exigentes universidades alemanas es, ante todo, un medio para que ustedes enriquezcan sus propias visiones del mundo y potencien su capacidad de interpretarlo y actuar sobre él con mayor comprensión, amor y responsabilidad.

    Si ustedes están fortaleciendo sus ya sobresalientes talentos, pues es bien sabido que están aquí por ser parte de los colombianos más prometedores y más brillantes, es para que afiancen sus perspectivas sobre la vida y no para que las abandonen en beneficio de una mayor habilidad en el uso de los medios requeridos para cumplir su profesión.  Espero que eso no lo olviden. Yo creo que la profesión debe estar al servicio de los valores y no que los valores deben estar al servicio de la profesión. No es sabio el que sabe más, sino el que sabe para qué sabe lo que sabe.

    Nuestra sociedad, aunque necesita por supuesto desarrollarse económicamente, volverse más competitiva a nivel internacional, avanzar en inventos, en métodos administrativos y en aparatos capaces de sorprender a Melquíades y a todo Macondo, necesita, sobre todo, personas íntegras, responsables, con metas profundas, personas que siempre tengan en mente que el sentido de lo humano no está en producir por producir, sino que, con sus valores, y gracias al pacífico conflicto entre ellos, consideren que hay que guiar esa prosperidad y esos inventos hacia el mejor, el más justo y el más hermoso de los caminos. El conocimiento no obtiene su verdadero valor sin su dependencia de la ética.

    Apreciados amigos:

    Cuando Humboldt estuvo en Popayán y conoció a ese portento de talento que era Francisco José de Caldas, le escribió lo siguiente a su colega, José Celestino Mutis:

    “Evidentemente, Caldas es una maravilla en astronomía; desde hace años trabaja aquí en la oscuridad de una ciudad remota. El mismo ha arreglado sus instrumentos para las medidas y observaciones: ora traza meridianos, ora mide latitudes. ¡Cuánto podría realizar semejante hombre en un país donde se le proporcionara más apoyo! Hay por esta Sur América un ansia científica completamente desconocida en Europa, y habrá aquí grandes transformaciones en lo porvenir”.

    Pues bien: Parece como si el DAAD hubiera leído esta carta del sabio berlinés y optado, como él, por apoyar con decisión a los jóvenes talentos de Colombia. A su labor y su empeño, que hoy quiero reconocer muy especialmente y que esperamos que se incremente cada día más, le debemos el éxito de tantos colombianos que han encontrado en Alemania una fuente de conocimiento y de perfeccionamiento profesional.

    Yo sé que los becarios que hoy nos acompañan, cuando regresen al país, van a contar con  un arsenal de propuestas. Después de nutrirse del seno de la rica cultura alemana, después de haber experimentado la vida cotidiana en otro continente, después de haberse comunicado en otra lengua y de haber cultivado amistades, y quizás amores, con personas que nunca hubieran conocido de otro modo, le devolverán a Colombia estos años de estudio convertidos en luces y signos para todos sus compatriotas.

    Luego de su paso por las universidades alemanas, donde habrán adquirido un inmenso bagaje, podrán enfrentar con más elementos las dificultades y los retos que se encuentran en la historia humana y, dentro de ella, en la historia del país que los vio nacer.

    Entonces podrán agradecer ese saber que hoy están adquiriendo en esta tierra hospitalaria con las bellas palabras del poeta Novalis: “Tú despertaste en mí el noble anhelo de contemplar el corazón del mundo; tu mano me dio fuerza y confianza para pasar seguro las tormentas”

    Muchas gracias.

    Lugar y fecha

    Berlín, Alemania
    24 de noviembre del 2000

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