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  • IMPULSO HISTÓRICO A LOS PUEBLOS DE LA COMUNIDAD ANDINA

    Acto de inauguración de la exposición El Retorno de los Ángeles en el Museo Nacional.

    Santafé de Bogotá, 4 de febrero de 1999.

    En tiempos como estos, de dolor y de pérdidas irreparables para nuestros hermanos del eje cafetero, y para todos los colombianos, esta maravillosa exposición debe interpretarse como una pausa en el camino que debe conducimos, lo antes posible, a la reconstruc- ción cultural de la región devastada por la tragedia. Debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para devolverle a los colombianos que sufrieron las consecuencias del terremoto su pasión por la vida, su amor incondicional por el país y por todos aquellos aspectos que forman parte esencial de su memoria e identidad. Confiamos plena- mente en que la solidaridad de nuestros compatriotas y de la comu- nidad internacional nos permitirá superar la crisis.

    Hasta hace unos años, aún era posible encontrar en las pequeñas, en las casi minúsculas iglesias de las montañas de Bolivia, Ecuador o Perú, indígenas confesándose en quechua y recibiendo la absolución en castellano. También era posible escucharlos rezar ininterrumpidamente en su idioma natal durante toda la homilía y elevar a otro mundo las palabras de los sacerdotes que llegaban hasta sus oídos simultáneamente y confundidas con los sonidos de los armonio s gastados por los siglos.

    Pienso que todo esto ocurre motivado por la inmensa necesidad que tienen las culturas de dialogar entre ellas mismas, independiente- mente de que vivan diferencias irreconciliables o conflictos profundos. Hay un substrato común, un lugar de coincidencias que nos permite sentir que no todo es nuevo cuando nos acercamos a una cultura extraña o contraria a la nuestra. En el proceso de reconocimiento entre un pueblo y otro, suele imponerse, finalmente, la curiosidad, la simpatía y el asombro.

    El encuentro entre las culturas de los pueblos autóctonos del Nuevo Mundo con la de los europeos es una muestra de ello y aunque sabemos cuánta injusticia y crueldad corrieron por los ríos de América, también sabemos de experiencias, mucho menos contadas, que celebraron la inauguración de este infinito, maravilloso y complejo proyecto cultural que impulsa y fundamenta la historia de nuestros pueblos.

    Los ángeles que están de vuelta no nos vienen de una cultura extraña. Hace mucho tiempo que entraron a formar parte del imaginario religioso latinoamericano. Muchos de ellos sufrieron cambios cuando aparecieron en este nuevo escenario y fueron observados por una mirada que a la vez que les rindió devoción los transformó. Estos ángeles, arcángeles y arcabuceros de la pintura colonial boliviana si bien no fueron radicalmente distintos a los que vinieron de Europa en una estampa, en un cuadro o en la mente de algún pintor que estableció en América su taller o su escuela, sí poseen rasgos y sen- tidos nuevos y originales.

    Antes de que nos sea permitido verlos, me gustaría expresarle, señor Vicepresidente, la gran admiración que siento por su país. Bolivia posee una de las tradiciones culturales más fuertes de la región. Cuando se viaja por sus pueblos y ciudades se tiene la sensación de estar en un país en el que la realidad y el misterio se confunden, no sólo porque su territorio parezca a veces producto de una alucinación, sino porque allí es posible presenciar, bien sea atravesando La Puna en búsqueda de La Paz o en cualquier calle de Potosí o Cochabamba, la visita de un pasado que ustedes supieron integrar sabia y creativamente al presente, convirtiéndolo en fuente de identidad y de riqueza.

    De ese inmenso y rico patrimonio que Bolivia ha protegido con valentía, dignidad y grandes sacrificios, van a hablamos estos ángeles, arcángeles y arcabuceros emparentados con algunos de los que vigilan la noche de nuestras iglesias de San Agustín y La Tercera y completamente distintos a los que se esconden en la iglesia de la antigua aldea de Sopó, tan llenos de misterios y aparentemente mucho menos relacionados con los asuntos de este mundo, como parece que sí lo estuvieron los de Potosí, La Paz, Calamarca o los pueblos a orillas del Titicaca.

    Van a hablarnos también de la infinita fuerza creativa de la cultura, de su poder de reconvertirlo todo y de ser escenario propicio para que los seres humanos nos encontremos en la verdad, en nuestras comunidades y en nuestras diferencias. A esa fuerza acudimos hoy los colombianos con la certeza de que nos proveerá de grandes posibilidades de reconstrucción.

    Gracias a todas las entidades que han apoyado esta magnífica exposición. Gracias, especialmente, al Gobierno de Bolivia. Sabemos todo lo que están haciendo por impulsar el desarrollo cultural de su país y por liderar importantes reflexiones sobre la comunidad andina y en general sobre todos aquellos aspectos que forman parte esencial de la memoria e identidad de nuestra América.

    Gracias a la UNIÓN LATINA, que viene desarrollando en los países con lenguas romances una importante tarea en beneficio de la promoción y difusión de nuestro patrimonio lingüístico, artístico y cultural; al Convenio Andrés Bello, que en 1999, cuando cumple casi treinta años de existencia, hace grandes contribuciones a la crea- ción de una verdadera comunidad latinoamericana y caribeña; al Museo Nacional de Colombia, esta casa grande de la cultura, cada vez más generosa y más comprometida con abrir sus puertas y las puertas del país al diálogo con las culturas del mundo.

    No quiero desaprovechar esta oportunidad para referirme, así sea brevemente, a la terrible tragedia ocurrida en el eje cafetero y que ha causado sufrimiento y angustia a miles de compatriotas.

    Tras más de una semana de arduo trabajo hemos logrado aliviar las necesidades más urgentes de los damnificados. Personalmente me trasladé a la ciudad de Armenia para liderar las labores de rescate y atención de las víctimas. En esta tarea ha sido fundamental el apoyo de varias organizaciones privadas como la Cruz Roja, la Defensa Civil, las Fuerzas Militares, la Policía Nacional, las autoridades loca- les, los scouts y la Iglesia. Por otra parte ha sido invaluable la solidaridad de la Comunidad Internacional. No deja de maravillarme la generosidad con que varios países amigos y organismos multilaterales nos han acompañado en la atención de la emergencia.

    Ahora nos enfrentamos al enorme desafío que significa reconstruir la región del eje cafetero. Esta zona del país ha sido fuente de gran riqueza económica y cultural. Todos los colombianos sabemos que uno de los rostros más queridos de nuestra patria en el exterior es el de Juan Valdés, quien con su mula promociona el café colombiano por el mundo entero.

    Hemos creado el Fondo para la Reconstrucción de la Región del Eje Cafetero que, bajo la dirección del doctor Luis Carlos Villegas, tendrá como fin devolverle a los habitantes de la zona las condiciones de vivienda, empleo y desarrollo que tenían antes de la ocurrencia del desastre. Conozco bien el espíritu emprendedor y perseverante que caracteriza a quienes viven en la región afectada por el terremoto, y por eso, no me cabe duda de que, más temprano que tarde, esta hermosa parte de nuestra patria volverá a ser lo que siempre fue: un admirable eje de progreso económico, social y cultural del que todos nos sentimos orgullosos. Yo continuaré liderando desde la Presidencia de la República todos los esfuerzos tendientes a solucionar definitivamente la tragedia.

    Vuelvo a insistir en que no bajemos la guardia ni un sólo instante. Nuestra solidaridad, nuestra generosidad, nuestro amor por la patria, nuestro compromiso con la vida, nuestro deseo de hacer de Colombia un país más justo y más humano están en prueba. Hoy, más que nunca, es necesario que los colombianos no le fallemos a nuestros necesitados compatriotas.


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    4 de febrero de 1999

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