• Banner textos

  • JUSTICIA SOCIAL, ESENCIA DE LA VIDA

    Discurso del presidente Andrés Pastrana Arango,

    en su visita a la Universidad de La Habana. La Habana, Cuba – 15 de enero de 1999

    Apreciados amigos:

    Para el Presidente de Colombia tiene un significado muy especial visitar, ahora, en el mes de enero, esta tierra de José Martí, la tierra de Maceo y la del Padre Félix Varela, cuando se cumplen cuatro décadas del inicio de esta etapa histórica para Cuba.

    Quienes nos dedicamos a la “misión” de la política no podemos sino estar de acuerdo con esa citación que tenemos con el tribunal de la historia al que hace mucho tiempo se remitió el Presidente Fidel Castro cuando, confiado en su intención y en su concepción, afirmó aquello de que “la historia me absolverá”.

    Creo que es esa una posición seria y clara ya que no conozco político que le haya hecho bien a su país o a la humanidad en su conjunto habiendo esperado cosechar por propia mano lo que sembró. Para unos la verdad en la historia es sembrar, para otros es cosechar, pero yo estoy seguro de compartir con el Presidente Fidel Castro la vocación de los sembradores. Quien siembra se remite aljuicio de la historia y parece ser cierto que en política quien se dedica a “recolectar” tiene que padecer el juicio de sus jueces.

    Quiero agradecer en la Universidad de La Habana el estar aquí y poder reflexionar con ustedes acerca de este mundo que estamos ayudando a construir y que debe llegar al próximo milenio con una clara esperan- za expresada en un acertado diseño del porvenir.

    Nadie que conozca esta nación puede disculparse de hablar de Historia. Félix Varela el pensador de la democracia cubana exigía ya desde el siglo XIX el cumplimiento de dos condiciones para lograrla, a saber: el que hubiera gentes educadas para la libertad y educadas para la responsabilidad, condiciones a las que se debía unir un proyecto ético capaz de unificar los esfuerzos comunes para forjar desde ellos un auténtico sentido de convivencia.

    Amor a la libertad y conciencia de responsabilidad que están presentes en esa apasionada personalidad de José Martí -Caballero de América- que nos dejó escrito en su obra “Nuestra América”, las líneas maestras del continente que debemos lograr y que son coincidentes con la genialidad de Bolívar que anhelaba bajo el lema “para nosotros la patria es América”, que fuéramos unidos al encuentro con la historia.

    Por eso digo que “Es indispensable que la actual generación de mandatarios de ‘nuestra América’, de líderes y de protagonistas políticos volvamos a pensar en grande y con grandeza para coincidir en el diseño del destino de nuestras naciones como tales, y de ellas unidas en el Sueño de Bolívar”.

    Alguien dijo que “no estábamos en una época de cambios, sino en un cambio de época” y que una nueva época exigía tener claros unos puntos de referencia no negociables.

    Construir y afirmar la paz, darle curso real a la justicia social, desarrollar la democracia y generar empleo son las cuatro columnas maestras que sostienen la aparición de una “nueva sociedad”, la auténtica globalización y el nacimiento de la tan esperada sociedad internacional.

    Perrnítanme ustedes regresar a José Martí y decir con él para toda esta América que es “tierra de promisión”, lo que escribió para Cuba y que es frase que encabeza la Constitución de esta Nación: “Yo quiero que la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”.

    Es, precisamente, esa dignidad la que demanda y exige la paz. Es ella la que en este declinar del siglo XX pide que se le dé una oportunidad a la vida. Es esa dignidad y es esa paz las que van a impedir “la desaparición de esa importante especie biológica” que es el hombre.

    Todas las gentes que dan una mirada honesta a los acontecimientos del siglo que termina, lo acusan de haber dado rienda suelta a la violencia y a la “cultura de la muerte”. Campos de concentración, masacres, exterminios, migraciones forzadas, niños inocentes golpeados por la desnutrición y por el hambre, ancianos sin esperanza que deben mirar el final de sus días con la amargura de las muertes tempranas de sus hijos y de sus nietos, gentes torturadas e inválidas que han perdido a causa de las “minas quiebrapatas” o “antipersonales” el privilegio irremplazable del caminante que pone sus pies sobre el mundo.

    Este mundo reclama que se le diga de una vez por todas que hemos optado por la vida, que hemos tomado la decisión de vivir, de llenar la vida de sentido y esa decisión se llama Paz.

    Es precisamente en la búsqueda de esa Paz en la que nos hemos empeñado en Colombia. Nuestro país viene de un largo periodo de con- flicto armado que ha llevado en ocasiones a perder el rumbo de la vida. Como dice Gabriel García Márquez: “Tenemos un amor casi irracional por la vida, pero nos matamos unos a otros por las ansias de vivir”.

    Hace 8 días me reuní con las Farc para dar inicio al proceso de con- versaciones que nos debe llevar a la paz. Allí coincidimos todos en que en medio de esta confrontación la única victoria que todos que- remos es la de la Paz.

    Como dije en esa ocasión, “Colombia no puede seguir dividida en tres países irreconciliables, en donde un país mata, otro país muere, y un tercer país horrorizado, agacha la cabeza y cierra los ojos”.

    La opción de la paz es la única política posible. Su Santidad Juan Pablo II lo ha afirmado en su reciente documento para la celebración de la “Jornada Mundial de la Paz”. La paz es un derecho y “la promoción del derecho a la paz asegura en cierto modo el respeto de todos los otros derechos porque favorece la construcción de una sociedad en cuyo seno las relaciones de fuerza se sustituyen por relaciones de co- laboración con vistas al bien común”.

    En Colombia, hemos escogido un camino seguro que nos llevará a la paz, porque estamos convencidos de que sólo con ella florecerán la justicia social y las oportunidades para todos.

    Nos hemos propuesto construir una paz integral que abarque cada uno de los distintos aspectos de la vida nacional y que convoque a todos los ciudadanos en todos los lugares de nuestra geografía. La paz debe ir más allá del silencio de las armas; debe llegar hasta la consolidación de la justicia social.

    Para esto hemos puesto en marcha una acción integral con distintos frentes de trabajo, entre cuyos pilares está la solución política negociada con las organizaciones guerrilleras. La instalación de las mesas de trabajo con las Farc-Ep, en días pasados es un paso adelante en esta tarea. En lo que concierne al Eln, también hemos avanzado, ya existe la confianza suficiente para adelantar un diálogo directo. El Gobierno ya ha presentado un texto sobre Convención Nacional en el cual quedan definidas las características y alcances de un ejercicio que nos debe servir para analizar a fondo los principales problemas de nuestra sociedad.

    y ansiosos de avanzar por la ruta que nos llevará a la paz duradera, hemos entendido que la búsqueda de la salida negociada al conflicto armado, no puede estar aislada. Por esto la estrategia de mi Gobierno contempla otras acciones. Presentamos el Plan Colombia, eje de cambio y motor del desarrollo en el campo; lo conforman una serie de proyectos de inversiones estratégicas para la paz, que canalizarán los esfuerzos compartidos a favor de quienes viven en las zonas más afectadas por la violencia.

    Al Plan Colombia lo acompañan otros esfuerzos que sin duda también se traducirán en grandes pasos en la construcción de la paz: nuestro Plan de desarrollo concebido con ese propósito, programas para la prevención de la violencia al interior de la farnilia, proyectos de infraestructura vial que hemos llamado “vías para la paz”, la revolución de la educación, el programa para la convi- vencia ciudadana y el plan de defensa de los Derechos Humanos.

    Finalmente, y porque entendimos que por ese camino más vale el paso firme que nos da la compañía, mi gobierno ha emprendido una noble cruzada internacional que hemos llamado Diplomacia para la paz, con la que buscamos el respaldo internacional como una pieza clave en la construcción de la paz de Colombia.

    La “flor de la paz”, exige la observación íntegra de los derechos hu- manos, el respeto por la dignidad del ser humano, que no es otra cosa que el respeto por su vida, por sus derechos civiles y políticos, sus derechos sociales y culturales.

    Para que esa “flor” viva es preciso dejar de matar, es preciso eliminar la violencia, la guerra, el tráfico de armas, la destrucción de la naturaleza, el narcotráfico y la muerte de los inocentes.

    Hoy los colombianos le decimos al mundo que con narcotráfico no tendremos paz. Con narcotráfico la democracia está herida de muerte. Estamos convencidos de que en Colombia o en cualquier otro lu- gar, el usufructo de los intereses ilícito s de esa actividad, aleja a los seres humanos de la idea del hombre nuevo, del hombre que cami- na por la senda del cambio, del camino revolucionario de la Paz con Justicia Social.

    Uno de los grandes logros de esta nueva época que está comenzando, es haberle permitido a un término como “Justicia Social” el ser pronunciado de manera general en todos los ambientes.

    Siempre he sostenido que la paz no tiene posibilidad alguna si no hace su camino acompañada de la justicia social.

    Hay gente que no entiende que la justicia social es la esencia misma de la vida en sociedad y la razón primera y última de la política tanto de la nacional como de la internacional.

     Justicia Social en pocas palabras es que la persona humana pueda sobrevivir con dignidad y esa supervivencia demanda la satisfacción de las necesidades básicas de salud, vestido, vivienda, alimentación y aquellas de la capacitación y el trabajo.

    ¿Cómo aceptar después de tantos años que esto no se cumpla para la mayoría? ¿Cómo aceptar que la incertidumbre y la angustia sean el pan cotidiano de tantos seres humanos?

    “No hay paz sin pan”, he dicho para indicar que sólo un Plan de desarrollo serio y audaz puede garantizar la justicia social.

    Si alguien pregunta, la respuesta es clara: “un plan de desarrollo” es la expresión de una voluntad ciudadana que sabe que sólo el bien común puede generar la convivencia.

    y cuando se habla de justicia social y de desarrollo, es preciso enten- der que ellos tienen no sólo una dimensión nacional sino también aquella internacional que asegura la supervivencia y el desarrollo de los pueblos. La libre circulación del ser humano y de los bienes y posibilidades que él produce y dimensiona es fun- damental porque la supervivencia de la especie sólo es garantizable con la justa “comunicación de los bienes” que el mundo produce. Por ello es inmoral “sitiar” una sociedad o una comunidad cualquiera ella sea; nadie puede aspirar a “Vencery convencer” arrinconando al contradictor y forzándolo a la extrema necesidad.

    Un plan de desarrollo necesita para funcionar el que una sociedad pueda desplegar todas sus posibilidades de producción y de consumo; que el campo produzca, que la industria produzca, que el comercio active unos y otros. Nadie puede defender la locura de distri- buir pobreza sino que hay que generar la riqueza necesaria para que todos puedan en ella sobrevivir con dignidad.

    Un “plan de desarrollo” demanda en el marco internacional que exis- ta la decisión de crear un orden internacional que haga cierta la afirmación de “la aldea global” de Mac Luhan de que tenemos un destino común.

    Paz y Justicia Social sólo son posibles en democracia, es decir con la participación de todos aquellos que conforman la comunidad. Se ha dicho -y con razón- que la democracia no es solamente una forma de gobierno sino una forma de vida.

    Uno de los grandes errores de la historia fue aquel de absolutizar la importancia del Estado y pretender que el ciudadano no podía vivir sin el Estado, lo cual generó degradantes formas de paternalismo, de asistencialismo y de dependencia. Hoy el péndulo de la historia nos conduce peligrosamente al enunciado contrario de que el Estado no puede vivir sin el ciudadano y que por tanto sólo el ciudadano organizado es capaz de decidir por sí mismo su destino.

    Es posible que la frase suene bien, pero ese planteamiento deja por fuera a la mayoría de los seres humanos de una sociedad, que in- capaces de organizarse, quedan sometidos al impulso de aquellos organizados bajo la moderna denominación de ONG o de Sociedad Civil.

    La existencia del Estado no excluye la existencia de organizaciones sociales; por el contrario, las exige, pero en todo el ámbito de la vida de la comunidad tal que nadie esté sujeto al capricho ajeno y es precisamente esa la tarea del Estado, el armonizar intereses diversos luego de garantizar la paz y la justicia social expresadas en la digna supervivencia del ciudadano.

    Estado pequeño pero eficaz, que tenga la capacidad de liderar tareas de bien común y que no ceda a la tentación que tan a menudo se le presenta de caer en manos de grupos privilegiados de adentro de su comunidad que todo lo quieren para sí o de aquellos grupos que “desde fuera” quieren condicionar el desarrollo de todas las sociedades.

    “La gran tragedia de la democracia es que no ha logrado desarrollar la democracia” porque siempre dejó de lado los componentes socia- les que le pertenecen. La democracia no empieza y no se agota en el voto que si bien es una expresión importante de ella no la resume ni la define.

    Una sociedad comienza a ser democrática cuando decide y acepta que todos sus miembros son igualmente dignos; cuando a partir de esa verdad elige los principios y valores que deben regir la convivencia; cuando genera consensos que orienten la realización de la justicia social y cuando se hace a la tarea de motivar la participación de todos en el logro de ese Modelo de sociedad que debe ser alcan- zado por todos y para todos. ¿No era eso lo que pensaban Félix Varela, Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte y José Martí? Eso mismo exigían, en Colombia, el Libertador Bolívar, Uribe Uribe, Galán y tantos otros que se acumulan en la memoria sin encontrar ahora puesto en estas palabras.

    Democracia es participación y ella debe ser promovida no sólo frente al diseño de sociedad sino frente a las ejecutorias y evaluación de las acciones que deben hacerla posible. El Estado debe saber que la participación del ciudadano es un derecho, y debe respetarlo sin olvidar que esa participación es un deber y debe exigirla.

    La democracia es un camino difícil porque ella debe hacer de cada uno de nosotros un ciudadano no sólo de buena voluntad sino de clara inteligencia capaz de saber que tiene derecho, sí, a la felicidad, procurando también la de los otros y cuidando de que ella sea posible para las generaciones venideras.

    Permítanme recordar aquí esa expresión magnífica de Winston Churchill, quien para vincular la democracia con los valores de la paz, de la seguridad y de la libertad afirmaba que “democracia es cuando alguien toca a la puerta a las 6 de la mañana y uno puede estar seguro que es el lechero”.

    Para ninguno de nosotros es un misterio ni tampoco una novedad que el problema del empleo se está convirtiendo -es ya- en el desafío que pone a prueba no sólo la verdad de la democracia, la estabilidad de la paz, el sentido de lajusticia social, la eficiencia de la política y el sentido humano de la economía y de las grandes decisiones que afec- tan positiva o negativamente la convivencia.

    Digámoslo con claridad: no podemos estar orgullosos de un modelo de economía y de desarrollo que genera desempleo. No podemos

    viajar por la historia generando pobreza y no podemos vivir exi- giéndole a la gente solidaridad con un sistema económico que es pródigo en producir carencias para muchos cuando esperan de él oportunidades ciertas.

    Entiéndase bien que no soy enemigo del mercado; por el contrario, soy defensor de una economía, siempre que sea una “Economía Social de Mercado”. La sabiduría popular propia de nuestras gentes más sencillas dice que “el mal trabajador siempre le echa la culpa a la herramienta” .

    La economía no es ni buena ni mala, sino que ella hace lo que los principios, los valores y el modelo de sociedad que profesemos le obligan a hacer. No se ha hecho el hombre para la economía sino la economía para el hombre y mal puede una sociedad que profesa la certeza de la dignidad de la persona, que cree en la libertad, en la equidad y en la solidaridad, que anhela la paz, que busca la convivencia, diseñar una economía que produciendo riquezas evidentes genera desempleo innegable.

    El grave pecado del desempleo es que impide la verdadera participación de la persona en el desarrollo social y por tanto impide que se cumplan los preceptos de la verdadera democracia. Alguien afirma- ba que un desempleado es aquel que ha perdido la voz frente a los suyos, un ciudadano sin libreto que es silenciado en el escenario de la vida.

    Es preciso por tanto, redefinir valores y modelos de desarrollo, no sólo en las sociedades nacionales sino en la sociedad internacional. Una mala economía nacional, una economía salvaje genera desempleo; una mala economía internacional, una economía salvaje genera eliminación de empresas, cierre de mercados y por tanto desata los activadores de la pobreza.

    Combatir el desempleo, como lo he dicho, es el desafío fundamental de la globalización. .

    La prueba de supervivencia de la democracia, de la economía, de nuestros modelos de desarrollo y aún de la paz será la solución delproblema mayor del desempleo. La globalización no puede ser la del desempleo y la de la injusticia. A muchos se les ha olvidado que antes que la globalización del mercado y de la economía es indispen- sable aquella globalización de los valores y de la solidaridad que debe orientarlos.

    Perrnítanme, queridos amigos, regresar al inicio de esta exposición. Hacer historia hoyes generar paz, crear justicia social, fundar la democracia, reinventar el Empleo y recuperar los valores. Ustedes y yo hemos sido convocados a la historia y ella será la que nos justi- fique o nos reclame por lo que no hicimos oportunamente.

    En especial este es un llamado para los jóvenes, porque son ustedes quienes llevarán las banderas blancas de la paz, los que escribirán en ellas las insignias de la justicia social, las mayúsculas de la democracia y las batirán con el orgullo de haber participado en la construcción de una sociedad mejor. Ese es eljúbilo con el que los animo a llegar al encuentro con la historia.

    Jóvenes de Cuba, he venido a pensar con ustedes en voz alta con la conciencia cierta de que los hijos de Bolívar y de Martí tenemos que marchar juntos.

    No olvido nunca que fue en enero 30 de 1891 cuando apareció publicado por José Martí, en México, el texto de “Nuestra América”, que es Carta de Navegación para todos los que pensamos que la democracia y la paz son posibles.

    Tampoco olvido palabras, que para ustedes son conocidas, del magistral discurso del 10 de enero pasado cuando el Presidente Castro afirmaba que “ningún pueblo por sí solo, por grande y rico que sea puede resolver por sí mismo y por sí solo sus problemas”.

    Colombia y Cuba se necesitan; no podemos prescindir de ningún país del mundo para hacer una verdadera historia cuyas carencias no sean “Interminables”.

    La paz, la justicia social, la democracia, el empleo, la vivencia renovada de los valores demanda que los hermanos del continente se

    reconozcan y hagan saltar juntos a la luz de la verdad las alternativas del vivir.

    He venido a Cuba porque el gran Martí dijo que “Cuba anda de her- mana y obra con la autoridad de tal. Al salvarse, salva. Nuestra América no le fallará, porque Cuba no falla a América”.

    He venido a Cuba a decirles que en Colombia ha comenzado a crecer una semilla de paz que, con la ayuda de ustedes, será también “paz para nuestra América”.


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    La Habana, Cuba

    Destacados

    publicaciones recientes

    Relacionados

    Deja un comentario

    Copyright2021 Biblioteca Presidencial Andrés Pastrana | All Rights Reserved