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  • LA FUERZA AÉREA, BRAZO ALADO DE LA DEMOCRACIA

    DÍA DE LA FUERZA AÉREA DE COLOMBIA

    Por lo general mencionamos nuestros afectos y nuestros agradecimientos en los aniversarios. El resto del tiempo ellos permanecen ocultos. Pero no porque no los sintamos, por supuesto, sino porque deseamos otorgarles la solemnidad que les confiere una fecha singular, un momento que no se repite cotidianamente. Un evento no podría ser solemne si se repitiera todos los días.

    El evento que hoy nos congrega, el octagésimo-primero aniversario de la Fuerza Aérea de Colombia, es por eso una fecha que sólo nos reúne una vez cada año pero que, no por ello, implica olvidar el resto de los días el valor de esta institución. Por el contrario: cuando vemos a sus aviones y sus helicópteros comunicando las zonas más distantes del país, cuando los vemos llevando salud e infraestructura a nuestros pueblos o cuando vemos, también, a sus pilotos convertidos en mártires de la barbarie, pensamos siempre en su inigualable mérito.

    La Fuerza Aérea, aún cuando no sea habitualmente mencionado, es el brazo alado de la democracia.

    La Fuerza Aérea, cuando tiende hilos en las nubes, teje a diario el entramado de la integración nacional.

    La Fuerza Aérea, además, es el ángel guardián del resto de las Fuerzas Armadas de Colombia.

    Cuando los soldados del Ejército, por ejemplo, se enfrentan en tierra a grandes contingentes de subversivos, saben que cuentan con el apoyo incondicional de sus compañeros en el aire. El rugido de las hélices y las alas les recuerda que no están desamparados, que, desde el cielo, les lloverá fuego a sus enemigos. Ese rugido, inconfundible a pesar de las explosiones y los gritos, les anuncia la llegada de su ángel de metal.

    Muchas veces el piloto de combate se convierte incluso, más allá del respaldo táctico, en un respaldo moral. Son muchos los testimonios de miembros del Ejército que cuentan, con el más sincero agradecimiento, cómo un pedido de mantener hasta el final el coraje o una voz de apoyo proveniente de los helicópteros o los aviones, fortalecieron el ánimo de las tropas.

    Me comentaba al respecto un Mayor de la Fuerza Aérea que intervino en la ofensiva contra la toma de Pavarandó, cómo uno de los capitanes en tierra no atinaba a decirle nada luego de concluidos los enfrentamientos: apenas él se acercaba, al capitán se le entrecortaba la voz. El motivo era tan sencillo como meritorio: gracias a sus palabras de aliento, y a su oportuna intervención, se había salvado su vida y, sobre todo, la  vida de muchos de sus hombres y de muchas personas de la población civil. Su gesto sólo expresaba el agradecimiento y el respeto ante quien había arriesgado su vida para resguardar la de otros.

    En repetidas ocasiones los pilotos deben “entrar en caliente” a una zona de combate para que las “arpías” descarguen su furia y para recoger, entre el olor a pólvora y a sangre, a los heridos o a los muertos de esta guerra absurda. En esos momentos deben vencer el miedo. Y hablo del miedo porque sé que, aún a pesar de su valor, es ineludible entonces  tenerlo y porque sé también que los valientes no son quienes no temen sino quienes, por pensar en los más altos principios, doblegan su temor.

    En esos momentos, olvidándose por un instante de su familia y de sus amigos, sólo les importa cumplir lo mejor posible su responsabilidad con la estabilidad del país. Luego de esos instantes destinados a la angustia y al coraje, vendrá el momento de la calma.

    Por eso, cuando se dice que los sacerdotes y los médicos son los únicos que, en relación a su alma o a su cuerpo, pueden salvar a los seres humanos, se declara algo correcto pero incompleto.  Las fuerzas armadas de un país también salvan a sus compañeros y, antes que a nadie, a todos sus compatriotas.

    Sin embargo, como si lo anterior fuera poco, a eso no se limita su acción. Las Fuerzas armadas son agentes de la seguridad pero también del progreso. Por eso, ningún escenario podría ser mejor para celebrar los 81 años de la Fuerza Aérea de Colombia. Aquí, en la base “Luis Arturo Rodríguez”, se conjugan y se manifiestan todas sus importantes tareas: su entrega a la protección de la soberanía nacional, su control del espacio aéreo, su permanente respaldo a las tareas de defensa interna y su apoyo a los proyectos de desarrollo social.

    La base, enclavada dentro de las monumentales llanuras del Vichada, es el resultado del largo proceso que va desde la iniciativa para construirla, durante el gobierno del Presidente Belisario Betancur, hasta hoy día, cuando, aún sin concluir, es el epicentro del plan de Desarrollo Gaori y uno de los más estratégicos puntos de operaciones de la Fuerza Aérea en el oriente colombiano.

    Desde este punto, ubicado en la confluencia del río Tomo y el caño Terecay, no sólo se han adelantado misiones antinarcóticos y antisubversivas -como fue su participación en el operativo que repelió la toma de Puerto Inírida por parte de las Farc- y se ha ejercido control del tráfico aéreo por medio de su nuevo radar, sino también se ha impulsado también todo un programa de desarrollo sostenible que, con los programas de producción agrícola aglutinados en el proyecto Pancoger y con los criaderos de pollos y cachamas iniciados desde 1998, está sacando adelante la economía de la región.

    La base “Luis Arturo Rodríguez Meneses”, por todos esos motivos, es un polo de seguridad y progreso.

    A la vez, ella es un gran homenaje a uno de los mejores hombres que ha tenido durante su historia la Fuerza Aérea. El Coronel Rodríguez, un patriota que cambió la caballería por la aviación, entregó 35 años de su vida a promover con mística el desarrollo de la institución. Como fundador de la base aérea en Apiay, Meta, cuyo objetivo era reestablecer el orden público en los llanos orientales, el Coronel fue un precursor de proyectos como el que hoy nos acoge.

    Pero eso no le bastó: aparte de haber servido como observador aéreo en el conflicto armado con el Perú en 1932, fue director de bases tan importantes como las de Palanquero, Buenaventura y Tres Esquinas, fue piloto personal de los presidentes Ospina Perez y López Pumarejo, inauguró el servicio de aerotransporte a San Andrés en los memorables aviones Catalina 612, propugnó por la adquisición de los mejores aviones de la época y, como Comandante General de la Fuerza, fundó, hacia finales de los años 40, el Fondo Rotatorio y el Club de la FAC..

    Para su esposa, Doña Aurora, para sus siete hijos y, especialmente, para uno de ellos, el Mayor retirado Carlos Arturo Rodríguez, quien infortunadamente sufrió un grave accidente mientras se aprestaba a repetir la exitosa carrera de su padre en la Fuerza Aérea, creo que este homenaje es un justo reconocimiento. Luis Gabriel, Martha Eugenia, Luz Amparo, estén seguros de que su padre aún sigue en los cielos.

    A un hombre que entregó su vida al país, el país no puede devolverle sino su más profundo respeto.

    Ejemplos como el suyo son los que debemos rememorar en situaciones tan difíciles como las actuales. Los grandes hombres, al fin y al cabo, son quienes nos recuerdan que nunca las circunstancias vencen los principios. La historia de nuestros héroes, por eso, no es nunca un pasado muerto y congelado en la tinta de los textos escolares, sino es una permanente invitación a repetir sus glorias.

    De hecho ya muchos lo están haciendo. Los oficiales que hoy son condecorados, con distintos y prestigiosos honores militares, reciben sus insignias precisamente porque, recordando la labor de los grandes hombres de la historia de Colombia, han servido a la patria con humildad y con grandeza. Especialmente quiero resaltar, dentro del grupo de condecorados, el justo reconocimiento al General Héctor Fabio Velasco Chávez, comandante de la Fuerza Aérea Colombiana, quien ha dedicado su vida al bien de la institución y, en esa medida, al bien del país.

    General Velasco:

    Gracias por su trabajo, gracias por su firmeza y su destreza en el mando de la FAC y gracias, además, por poner en claro que la fuerza de las armas siempre está al servicio de la fuerza moral y de la integridad de sus comandantes. A esta última, más que nunca, es que necesitamos hoy día apelar.

    El conflicto armado que sobrecoge al país nos exige recurrir a ella para mantener el coraje y, sobre todo, el coraje para la paz. Recuerdo el caso de un lord inglés quien, en una discusión política después de una cena, recibió el contenido de un vaso de agua sobre su rostro. Uno de sus opositores, salido de casillas, se lo había arrojado con alevosía. Él, guardando la compostura, sacó su pañuelo, se secó y le dijo con frialdad a su agresor: “ahora espero sus argumentos”.

    La violencia, como lo demuestra este ejemplo, sólo demuestra la debilidad de las razones. Yo quisiera ver a los líderes guerrilleros argumentando sobre las alternativas para crear empleo y no prometiendo nuevas extorsiones. Yo no creo, como lo hacía el líder chino Mao Tse Tung, que “la guerra sólo puede ser abolida mediante la guerra”. Este no es el camino. La guerra no trae soluciones sino multiplica los problemas. Ganar y perder la guerra son sólo dos formas de desgracia.

    Los colombianos no podemos seguirnos matando. Los hermanos sólo pueden vivir para aumentar el tamaño de la hermandad y no para hermanarse en el sufrimiento. Hace falta que nuestros caínes olviden sus viejas intenciones.

    No por ello, sin embargo, abandonaremos nuestra misión: salvaguardar las leyes reconocidas y aceptadas por todos los colombianos, conservar el orden de la República, cuidar la vida y las propiedades de los ciudadanos. Cumplir estas funciones no es hacer la guerra sino reprimirla. El pacifismo no consiste en dejarse agredir sino en contener las posibles agresiones. No defenderse de quienes amenazan nuestra vida no es un gesto de paz sino de cobardía.

    Estimados amigos:

    Decía el poeta y aviador Antoine de Saint Exupery que el avión era una máquina que le despertaba al hombre la capacidad para ver las bellezas de la tierra. Más se incrementa esta capacidad, creo yo, si esa tierra es la de Colombia. Ustedes, más que nadie, conocen y aman la totalidad de la geografía nacional y saben  que su extensión es tan inmensa como la sublimidad de sus paisajes.

    Basta mirar las llanuras del Vichada para darse uno cuenta de tal grandeza. Aquí, donde queda ubicado el segundo parque natural de Colombia, en medio de la pureza del río Tomo, de las ricas  tradiciones de los Guahibos y Puinaves, de las sombras esquivas de los guayacanes y las ceibas, es difícil no idolatrar el país y no sentirse comprometido a defenderlo y hacerlo prosperar.

    La Fuerza Aérea, en ese sentido, puede sentirse plenamente orgullosa. Su trabajo diario engrandece a Colombia y pone a volar las ganas de la mayoría de los colombianos por un país mejor. Sigan construyendo patria, sigan defendiéndola sin cesar de los ciegos y los sordos. Ustedes son las alas de los sueños de nuestros hijos y los portadores de las buenas nuevas.

    Muchas gracias.


    Lugar y fecha

    Vichada, Colombia
    8 de noviembre del 2000

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