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  • LA PAZ SOLO CRECE DONDE SE SIEMBRA PAZ

    INSTALACIÓN DEL SEMINARIO INTERNACIONAL CELAM-KAS

    He sido invitado hoy por el Celam y por la Fundación Konrad Adenauer a hablar sobre la paz en este encuentro con el que culmina un ciclo que ha tratado los problemas principales y los grandes desafíos de América Latina, como han sido los de la pobreza, la corrupción, la participación de la comunidad y la pérdida de valores en el mundo contemporáneo.

    Ahora para terminar un milenio y comenzar otro, estas Instituciones, –el Celam-, que une la vocación de paz de la Iglesia latinoamericana en concordancia con el pensamiento y el liderazgo de Juan Pablo II, y la Fundación Konrad Adenauer, que es mensajera de paz y de progreso en el mundo de la cooperación internacional y que funda sus concepciones en el pensamiento del gran estadista generador del modelo político de una democracia de participación ordenada por la economía social de mercado, han querido ellas dos colocarnos frente al desafío de reflexionar sobre la paz.

    Yo he aceptado venir acá para decirles a ustedes, en voz alta, cuáles son las razones que me mueven para mantener un compromiso tan grande con la paz.

    Ustedes me perdonarán si en algún momento llego a ofender a alguien que esté esperando escuchar de mí un mínimo pensamiento contra la paz.  Recuerdo muy bien haber leído un texto de Emanuel Mounier que transcribía el famoso pensamiento de Goering, uno de los jefes de la Alemania nazi, que decía:  “Cuando escucho la palabra humanismo saco mi revólver”.

    Digo ésto porque hay gente amiga de la paz cuando ella es el resultado de la destrucción del enemigo.  Yo no soy partidario de esa paz.  La paz por destrucción es el comienzo de aquello que se ha dado en llamar: “siembra vientos y cosecharás tempestades”.

    No quiere ésto decir que no se trabaje con fortaleza.

    No quiere ésto decir que no se aplique el poder del Estado donde debe aplicarse.

    No quiere ésto decir que el Estado se cruce de manos para dejar que transite libremente la muerte.

    Esto quiere decir que el Estado, sin dejar de cumplir lo que debe cumplir por exigencia constitucional, abre caminos de reconciliación y de convivencia para todos aquellos que esperan vivir y continuar viviendo en una sociedad regida por la libertad, la justicia social, la solidaridad y la paz.

    Esto quiere decir que el gobernante con la plenitud de sus ojos abiertos ofrece ser líder en los caminos de la paz.

    Esto quiere decir que el gobernante está dispuesto a dar siempre el primer paso pero a exigir, igualmente, que los demás caminen junto a él.

    Algunas personas quieren de palabra a la paz, pero esperan que se haga la guerra y lo que es más grave aún, algunas personas olvidan el Evangelio que a todos nos obliga y reclaman la paz por destrucción.

    No seré yo quien construya una paz que surja de una guerra inútil.

    Con toda claridad, repito una y otra vez ante ustedes lo que he dicho permanentemente ante el mundo: Colombia no sufre una “guerra civil” sino una guerra contra la sociedad civil.

    Yo quiero reafirmar una y otra vez la máxima de Gandhi de que no hay caminos para la paz, sino que la paz es el camino.

    Solamente con la paz tendremos nosotros la certeza de que se respetará nuestro derecho a la vida, el derecho a conservar y a acrecentar nuestra dignidad, el derecho a mirar el porvenir desde la tranquilidad de nuestra esperanza.

    Solamente con la paz puede una nación y puede una comunidad generar riquezas, crear empleo, abrirse los caminos de la satisfacción de las necesidades básicas y superar la pobreza.

    Solamente con la paz –como decía el gran filósofo israelita- volveremos a ver a los hijos conduciendo al lugar del reposo eterno a sus padres y no sucederá como ahora, que estamos viendo esos grupos de gente madura y de ancianos que conducen a los cementerios la juventud truncada de sus hijos que no tuvieron ninguna oportunidad sobre la tierra.

    La paz interesa a todos, porque el único y principal principio de acuerdo para construir una nueva sociedad es tomar la decisión de que la paz sólo crece donde se siembra paz.

    Es lógico que frente a este radicalismo por la paz estén en desacuerdo quienes viven de la guerra, quienes ganan dinero con la angustia ajena, quienes han montado la grande dinámica de la venta de armas y quienes están dispuesto a enriquecerse con la fácil moneda de la agresión.

    Yo sé, también, que este radicalismo por la paz suena mal en los oídos de quienes practican la política del “sálvese quien pueda”; de quienes esperan tranquilamente que los otros mueran por conseguirles una paz frente a la cual no tienen compromisos.

    Más aún, perdónenme si lo digo claramente, y aquí a “sotto voce”, que hay gente entre nosotros –aún en círculos muy cercanos a éste de nosotros-  que aplaudirían con plenitud de regocijo si mis palabras fueran para convocar a una guerra total.

    Caer en la violencia es fácil, recuperar la cordura es un largo proceso. Cuarenta años de violencia hemos vivido pero no podemos ser tan inconcientes de no concederle a la paz la paciencia que le hemos otorgado a la violencia.

    Yo bien sé que la paz debe tener unos cimientos claros para no ser una paz falsificada. La paz no puede fundarse sobre una falsa retórica ni sobre una palabrería fácil.

    Cuando se habla de paz se deben tener compromisos con lo que la paz exige.  Permítanme que les enuncie algunos de aquellos compromisos:

    El primero de ellos: quien dirige la paz tiene que decir siempre la verdad.  No hay paz que crezca sobre el terreno de la mentira.

    En segundo lugar, la paz requiere de un compromiso permanente contra la corrupción. Quien tolera la corrupción está creándole condiciones favorables a la muerte.

    Tercero, la paz sólo crece donde hay justicia social y quienes me conocen saben exactamente que éste fue el sentido verdadero de aquella frase que pronuncie en mi primer discurso presidencial cuando afirmé que “sin pan no hay paz”.  Es la paz la que nos otorga el derecho al “pan nuestro de cada día”.

    Cuarto, la paz requiere un amor profundo por la libertad.  Sólo quien aspira a ser libre es capaz de entender que la libertad nunca surge de la guerra sino del haber sido constructores leales de la convivencia.  La paz sólo es posible en el desarrollo.  Lo han dicho tantas veces los Pontífices, lo han repetido tantas veces ustedes al afirmar que “el desarrollo es el nuevo nombre de la paz” y bien recuerdo que Juan Pablo II afirmaba que “no hay solidaridad si no es para el desarrollo y no hay desarrollo si no es para la solidaridad”.

    En quinto lugar, la paz requiere participación comunitaria.  Requiere que todos nos pongamos a trabajar aquí y ahora.  Requiere que haya un compromiso absolutamente de todos por conseguirla.  Lo más grave no son los hechos de violencia de quienes actúan en nombre de la muerte, lo más grave es la omisión de los que debieran trabajar por la paz.  Lo más grave son esas “mayorías silenciosas” de los que no se atreven a poner un compromiso claro sobre la balanza de la paz para inclinar a favor de la convivencia el respaldo de toda la población.

    En sexto lugar, la paz necesita constancia.  Cada día debiera comenzar con un agradecimiento a Dios por estar vivos y con una petición a El para que haga de nosotros “instrumentos de la paz”.

    Mucho me llama a mí la atención el pensamiento coherente de Juan Pablo II cuando habla del “derecho a la paz” como el derecho que hace posible el cumplimiento de todos los demás.  La violencia no resuelve nada.  La guerra siempre destruye, nunca edifica.  La violencia debilita las bases morales de la sociedad y prepara nuevas guerras.  La violencia anula la creatividad y da un golpe mortal a la convivencia.  La violencia adiestra para matar y quien se adiestra para matar sólo comprenderá en el futuro el lenguaje de la muerte.

    En ésto hay que ser radical.  Estas afirmaciones así de tajantes las hago mías, son mi convicción.  Estas afirmaciones así de tajantes son de Juan Pablo II y expresan su convicción.

    Estas afirmaciones así de tajantes, espero, igualmente, que sean “su convicción”.

    Necesitamos una paz para poder construir los derechos humanos.  Hay que querer y amar la paz para construirla.  Siempre al final de la guerra, quienes la han firmado han sentido el dolor y la nostalgia de las muertes inútiles de los combatientes y de las víctimas.  Una sociedad poseída por la violencia es una comunidad empobrecida.  Es absolutamente urgente que la vida de cada uno sea importante para todos.  Es absolutamente indispensable proteger y defender la vida de quienes han sido colocados injustamente en medio del fuego cruzado de quienes se enfrentan.  Es preciso que se respete la población civil;  es preciso que se aleje a los niños de la guerra.

    No puede haber ni niños soldados, ni niños guerrilleros.  El respeto a los niños hace obligatoria la opción de enseñarlos a amar la vida y a sus semejantes y no adiestrarlos para matar.  Si alguien tiene necesidad de paz son los niños, tienen derecho a ella y ellos debieran ser el argumento decisivo para que cesara la violencia y nos pusiéramos en la tarea todos de construirles la paz.

    La paz es un deber que reclama acciones en su favor no sólo del gobernante, también del guerrillero, del industrial, del sindicalista, del empleado público, del oficinista, del comerciante, del profesional, de los padres de familia, de los maestros, de los religiosos, en fin de todos porque todos nuestros esfuerzos deben desembocar en la paz.

    Si una ayuda se puede demandar de la Iglesia es el cumplimiento de aquella misión de ayudarnos a educar a los ciudadanos en el arte de reconciliarse.  Bien saben ustedes que nuestro lenguaje, que nuestras expresiones se han venido cargando de rabia, de odio y de rencor. Vale la pena recordarle a la gente el significado de las palabras que definen la convivencia, educándoles en el sentido de que la paz es solidaridad, que la paz es verdad, que la paz es justicia social, que la equidad hace parte de la paz y que todo atentado contra la equidad social es igualmente un atentado contra la paz.

    Educar para la paz significa abrir puestos de trabajo;  significa en algunas oportunidades ganar menos de lo que se piensa, pero ganarlo en paz.  Significa trabajar con mayor calidad lo que se produce y producirlo en paz.  Es preciso que entendamos que la paz es posible, que no hay guerras inevitables, que la paz es dinámica y creadora de nuevas estructuras de convivencia ciudadana, que la paz debe ser hecha tanto en el corazón de cada uno, como en la mano que sale de cada uno para estrechar la del prójimo.

    Todos hablan de un coeficiente intelectual para crear el desarrollo y nos hemos dedicado a cultivar este coeficiente intelectual.  Yo quiero proponerles a ustedes la educación de un “coeficiente espiritual” capaz de generar la paz.

    Este gobierno ha tomado la opción por la paz, consciente de que la paz es posible, de que es necesaria y de que no hay alternativa para la paz.

    Sin embargo, debo advertir claramente que no hay que confundir la convicción con la debilidad porque el bien común, la defensa de los derechos de las personas, el cuidado de la dignidad de cada uno de nosotros exigen que el gobierno acuda en defensa de quienes son inocentemente agredidos, acuda en defensa de la gente de bien que han puesto en sus manos su seguridad.

    Entendamos claramente que hacer la paz no es solamente hablar acerca de ella. Entendamos claramente que la paz es como aquel tejido en donde cada puntada cuenta.

    Trabaja para la paz la familia donde se excluye la violencia contra los hijos y de la pareja entre sí.

    Trabaja para la paz la escuela que renuncia al castigo físico y sicológico para reconvenir desde los valores a quienes hayan transgredido los códigos de la convivencia escolar.

    Trabaja para la paz el empresario que paga el salario justo.

    Trabaja para la paz quien labora honradamente.

    Trabaja para la paz quien aplica el sistema preventivo para no tener que cortar mañana el árbol que hoy ha comenzado a torcerse.

    Trabaja por la paz quien evita la corrupción por acción y quien para no caer en la omisión de combatirla la denuncia.

    Trabaja por la paz quien dice siempre la verdad sin pretender obtener de ello utilidades indebidas.

    Trabaja por la paz el que está dispuesto a darle una espera a quienes trabajan por la paz y a entregarle a la comunidad una esperanza.

    Trabaja por la paz quien vive en paz consigo mismo.

    Bien sé yo que la paz no es tan sólo ausencia de la guerra;  bien es cierto que la paz no consiste tan sólo en “no matar” sino también, y de una manera igualmente importante, en ayudarle a vivir a la vida.

    Es por ello que son urgentes las tareas de la paz, sobre todo en la familia y en la escuela, en el trabajo directo con los hijos y con los alumnos, porque no cambiará una sociedad si no cambiamos nosotros mismos.  Hay quien ha afirmado que “sólo hombres nuevos podrán crear un mundo nuevo”.

    En segundo lugar, es preciso reunirnos para trabajar juntos.  Hay quienes suponen que la paz es tan sólo una tarea de gobierno cuando en realidad hacer la paz significa salir al encuentro de los demás para caminar juntos.

    En tercer lugar, es absolutamente indispensable dialogar con los otros para ir generando consensos, es decir, verdades compartidas.  Encontrarse en el diálogo es conocerse y aprender a respetarse y el respeto consiste en perderle el miedo a las aspiraciones de los demás porque si aspiramos a fundar una democracia debemos tener la certeza de que la democracia no es hija del miedo sino de la confianza.

    Además, es preciso aprender, como bien se decía anteriormente,  a leer los signos de la historia.  Las acciones del presente iluminan el pasado pero también orientan el futuro;  hoy día sabemos muy bien qué no debió haberse hecho en el ayer, pero estamos también aprendiendo a ver claramente qué es lo que debe hacerse para el mañana.

    No podemos olvidar en ningún momento que el derecho de la paz y el derecho a un desarrollo integral y solidario son inseparables. Quien lea nuestro Plan de Desarrollo, quien analice el Plan Colombia, quien mire detenidamente los planes y programas de nuestras entidades públicas descubrirá que todo apunta en esta dirección.

    Cómo no preocuparse con la carencia de empleo para que cada persona desde el puesto de trabajo tenga un escenario para sentirse responsable de sí misma y contribuyendo al bienestar de los demás. Es por ello que no podemos abandonar la reflexión permanente sobre la gestión económica y sobre los fines humanos y concretos de la economía. No puedo olvidar nunca aquella verdad de que no ha nacido el hombre para la economía sino la economía para el hombre.

    En definitiva, optar por la paz es optar por un nuevo modelo de desarrollo, por una cultura de la solidaridad, por una cultura de la responsabilidad frente a todos, por una cultura de la productividad y sobre todo por una cultura que elimine de plano el “caínismo social” de quienes no se sienten responsables del destino de sus semejantes.

    Permítanme terminar repitiendo ante ustedes algo que aprendí de Juan Pablo II, en mi visita al Vaticano, cuando afirmaba que “la paz es un edificio en continua construcción”, que todos somos ingenieros y obreros de la paz.

    Hace unos días veía yo de nuevo por televisión la figura del Abbé Pierre que en el año de 1956 orientó toda la reclamación por la paz y por la economía diciendo que la tarea consistía en reconocer que el hombre es el centro único del universo.  La Iglesia y los Estados tienen la misma vocación al aceptar que el camino para la Iglesia es el hombre y que el camino para la política es el mismo hombre.

    Todos nosotros sabemos que el ser humano es capaz tanto de lo bueno como de lo peor.  Es por ello que nuestra convicción de cristianos y de demócratas integrales nos ha hecho apostar por este proceso educativo que consiste en enseñarnos unos a otros a crear la paz desde la redefinición de nuestros valores.

    Permítanme para concluir no sólo pedir la colaboración de todos ustedes en el ámbito latinoamericano, sino solicitar de todos ustedes la oración cotidiana por la paz de Colombia.  Una cosa es realmente cierta, la violencia y la destrucción nos han enseñado a creer en la Providencia y nuestra fe en la Providencia nos ha enseñado que debemos tener la capacidad de dar respuesta a los más altos compromisos.  Hemos llegado a un mundo que confiesa que las certezas se terminaron.  Yo personalmente pienso que es ahora cuando comienza la certeza de la paz.

    Bien sé que el ser humano es un callejón sin salida, pero él es la única salida.

    Muchas gracias

    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    20 de septiembre del 2000

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