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  • LA POLÍTICA QUE PROPONGO ES EL ARTE DE EQUILIBRAR EL PRESENTE Y EL FUTURO

    UNIÓN DE PARTIDOS LATINOAMERICANOS  -UPLA-

    Hablar ante la Unión de Partidos Latinoamericanos siempre será un placer y un honor. No sólo por la amistad que, como fundador, ex-Secretario General y Presidente Honorario, me une con muchos de sus miembros, sino porque aquí se congregan algunas de las más importantes fuerzas políticas de esta región del continente. La UPLA, en su noveno año de existencia, se ha convertido en un escenario decisivo para mantener una permanente comunicación entre sus líderes y, en esa medida, ha llegado a ser un espacio de reflexión para pensar en las soluciones a nuestros dilemas comunes.

    Por eso, aprovechando que quienes estamos aquí reunidos tenemos la capacidad, en nuestros respectivos países, de intervenir sobre nuestras sociedades y de llevarlas hacia mejores caminos, me gustaría referirme al que es, hoy por hoy, el problema más acuciante de América Latina: la inequidad. No hacen falta posiciones doctrinarias ni sensibilidades especiales para percibirlo de esa manera. Se calcula que 224 millones de latinoamericanos vive en condiciones de pobreza absoluta y que, en cambio, el 5% de la población recibe el 25% de los ingresos totales. Para nosotros esto es intolerable. Para nosotros, como partidos defensores de una economía social de mercado y, por tanto, del crecimiento económico con equidad, esto plantea un reto descomunal. Los miembros de la Unión de Partidos de América Latina, en nuestra búsqueda de una sociedad más humana y más justa, no podemos aceptar como un hecho natural lo que es una aberración y una evolución perversa de nuestras economías.

    La cuestión, entonces, es cómo resolver el problema. Quienes conducimos las sociedades no podemos quedarnos en el lamento o en la melancolía. Tenemos que actuar. Tenemos que tomar decisiones capaces de responder a las inminentes necesidades de nuestros pueblos y plantearles una visión del futuro. Nuestra misión no es sólo descubrir los problemas sino procurar resolverlos sin pérdida de tiempo. Ante tal urgencia han surgido, en el mercado de las respuestas, al menos dos grandes posibilidades de solución.

    Por un lado están quienes confían en las políticas de ajuste estructural como único camino para superar la pobreza y la inequidad. Su fórmula, palabras más, palabras menos, es la siguiente: “Si usted quiere mejorar los indicadores sociales de su país concéntrese en contar con mercados libres y una moneda estable. Asegúrese de liberalizar el comercio y las finanzas, ábrase a los flujos de capital extranjero y busque internacionalizar sus empresas. Pero ¡no lo olvide!: Es fundamental controlar la inflación, estabilizar el cambio y mantener una férrea disciplina fiscal. Lo demás, querido amigo, vendrá por añadidura”.

    Por otro lado, están quienes creen que la fórmula anterior es una nefasta ideología y que la única salida radica en políticas efectistas de redistribución del ingreso. Estos dirían: “Mire, el punto es potenciar las capacidades del lado de la demanda. Encárguese de establecer subsidios suficientemente significativos, regule los precios, si puede provea a los sectores menos favorecidos con bienes y servicios gratuitos. ¡Ah! Y recuerde siempre mantener unos salarios lo suficientemente elevados. En menos de lo que se espera podrá ver los resultados”.

    Para cada una de estas visiones, el Estado cumplirá funciones distintas. Mientras en el primer caso se dedicará a controlar las principales variables macroeconómicas, a asegurar un marco legal atractivo para los inversionistas y a realizar obras de infraestructura que faciliten el tráfico de mercancías, en el segundo caso intervendrá sobre el mercado, realizará inversión social directa e, incluso, se convertirá en un proveedor de bienes y servicios. La función económica del poder político, según el modelo, varía sustancialmente.

    Cada una de estas posiciones ha intentado presentarse con la sospechosa cara de la verdad revelada. Con defensores radicales y críticas despiadadas al modelo contrario, cada una esquiva las propias deficiencias y magnifica las contrarias.

    Los defensores del ajuste estructural, por ejemplo,  evitan atender al desfase entre el ritmo de crecimiento de la economía y el ritmo de las demandas sociales. Confiados en los beneficios a largo plazo del ajuste, descuidan el asunto inmediato de atender las necesidades de amplios sectores de la población que no pueden esperar los buenos efectos de las reformas. El resultado es una creciente inestabilidad política, en cuanto la desatención a las demandas más urgentes resta legitimidad a los gobiernos de turno y origina continuos brotes de protesta. A pesar de las buenas intenciones, se llega al final a fomentar agudas crisis de gobernabilidad.

    Los defensores de la redistribución, por su parte, tienden a decaer en el populismo. Con el ánimo de atender a las necesidades inmediatas y, en esa misma medida, con el deseo de mantener una elevada legitimidad, y -por qué no decirlo- de popularidad, ejecutan políticas asistencialistas en las cuales se preserva la vulnerabilidad y dependencia de los grupos apoyados y en las cuales, a la vez, se invierte más allá de lo que los niveles de gasto público permiten. El resultado es el desangre del patrimonio público de una manera tan significativa que sus mismas políticas tienden a quedarse sin recursos y, así, de modo paradójico, aumentan al final los niveles de insatisfacción de la población.

    Ambos credos, evidentemente sectarios y dogmáticos, son inútiles para la acción política. Si bien pueden ser útiles para hacerse una visión consistente de la vida económica de las naciones, no lo son para operar sobre ella. Intentar someter nuestras realidades económicas a sus esquemas es como medir las curvas de una columna con una rígida regla. Más vale por tanto recoger los elementos beneficiosos de cada una de ellas y, con olfato suficiente, conjugarlas en cada contexto. A esto lo he llamado ‘ortodoxia sensible’.

    La ‘ortodoxia sensible’, como lo expuse en la plenaria de la III Cumbre de las Américas, no es otra cosa que el equilibrio entre la urgencia de llenar los vacíos del corto plazo y la importancia de construir un crecimiento estable en el largo plazo. Como justo medio entre lo conveniente y lo importante, no se obstina en imponerle a la sociedad impecables modelos tecnocráticos, pero tampoco cae en el error de dejarse llevar por la demagogia y la capitalización política del hambre. En lugar de ello ordena las variables macroeconómicas, tal como se ha hecho en mi gobierno con medidas como la liberalización de la tasa de cambio, la reforma al régimen de transferencias o el mantenimiento de mínimos niveles de inflación, pero a la vez implementa una política social integral y debidamente focalizada como la que se ha puesto en obra en mi país con el Plan Colombia.

    Creo que esta opción es de un claro realismo pero no por ello abandona los principios de equidad y bienestar generalizado que animan a los miembros de la UPLA. Es evidente que darle demasiado peso a uno de los lados de la balanza, sólo lleva a su derrumbe: Cuando las necesidades no están satisfechas, ¡qué difícil es creer en el largo plazo! Cuando acosan el hambre, la miseria y el desempleo, ¡qué difícil es creer en lo estructural y qué fácil incurrir en el populismo irresponsable! Ante ese panorama no queda sino saber, oportunamente, colocar los correspondientes contrapesos y mantener, con visión de futuro y atención al presente, un sano equilibrio.

    Este es un campo donde no valen fórmulas generales ni recetas eternas para afrontar los cambios de la vida social. Aquí reina una virtud que Aristóteles consideró esencial para todos los hombres, pero, especialmente, para los gobernantes: la prudencia. Ella no es una ciencia. No es un saber válido para todos los casos y todos los momentos. Su campo es el de la decisión sobre lo conveniente y lo bueno para cada situación. Su valor radica en percibir correctamente las complejas peculiaridades de cada caso, analizar su relación con los valores y costumbres de la sociedad, con las relaciones entre los diversos grupos de la sociedad, con el marco legal y el contexto internacional y, entonces, ajustándose a lo factible, escoger los mejores medios para solucionar los problemas. La prudencia, como pericia para doblegar el azar, es la virtud del gobernante en una época de incertidumbres.

    De nada valen pilotos que no saben actuar cuando se presentan situaciones distintas a las previstas en los manuales de aviación. Debemos, como líderes de nuestras sociedades, contar con la suficiente flexibilidad para adaptar nuestros ideales a las sorpresas de cada contexto y, así, transformar las buenas intenciones en buenas obras. De ese modo, subordinando si es necesario las ideas a las necesidades sociales y aprovechando discrecionalmente las buenas sugerencias de los modelos disponibles, podremos sacar adelante a Latinoamérica y vencer, con disciplina económica pero también con sensibilidad, el intolerable problema de la pobreza y la inequidad.

    ¡Ortodoxia inteligente! ¡Ortodoxia sensible! No primeras, segundas, ni terceras vías, sino la única vía: la vía del equilibrio entre las medidas de largo y corto plazo; el justo término medio entre reformas estructurales y justicia social. Ahí reside el verdadero soporte de la democracia.

    Yo creo en la ortodoxia económica. He luchado como pocos en su defensa, en un entorno más adverso que el que haya vivido cualquiera de los presentes. Pero no creo en la miopía política. Por eso estoy decidido a buscar el equilibrio entre lo urgente y lo importante, entre lo conveniente y lo absolutamente necesario.

    La política, mi política, la política que les propongo, es el arte de equilibrar el presente y el futuro.

    Estimados amigos:

    Como Presidente Honorario y miembro fundador de la UPLA, tengo plena fe en las ventajas que, para el desarrollo de la región, tiene la organización. Bajo la bien encaminada dirección del doctor Marco Antonio Solares, y con el sólido sustento de 23 partidos agremiados, estoy seguro de que conseguirá, cada vez en mayor medida, fortalecer los lazos de unión entre nuestros pueblos y potenciar el desarrollo equitativo y las instituciones democráticas de América Latina.

    En ese sentido, dada la calidad humana y profesional de los miembros de la UPLA, no puedo sino agradecer de corazón la condecoración con la cual me han honrado: la Orden al Mérito Latinoamericano. ¡Gracias a todos ustedes por ese homenaje! ¡Gracias por otorgarme tan alta distinción! Este es un importantísimo gesto de solidaridad con mi gestión y, en esa medida, con el compromiso con la paz, la justicia social y el crecimiento económico que ha inspirado mi administración. En últimas, mi trabajo sólo ha consistido en luchar por imponer, contra viento y marea, los principios que acogimos en la Declaración de Cochabamba y que, con las mejores intenciones, todos los aquí reunidos hemos intentado aplicar.

    La política, creo yo, es el arte de conjugar las realidades con los ideales. La política debe dejar de ser “el arte de lo posible” para convertirse en “el arte de hacer posible lo deseable”. En esa medida no he cesado de demostrar, a pesar de los obstáculos e, incluso, de la resistencia de algunos sectores de la población, mi indoblegable voluntad de paz. He dado también la batalla por la equidad y por ello tenemos en marcha los ambiciosos y bien estructurados programas del Plan Colombia. He luchado asimismo en aras del desarrollo económico y de ahí provienen los manifiestos síntomas de recuperación, diversificación de los productos y estabilización de los principales indicadores macroeconómicos. No he faltado a mis promesas a mi pueblo, porque ellas son el hilo sagrado de mi labor como gobernante.

    Si no se han conseguido totalmente algunos objetivos es porque la realidad no siempre hospeda a las buenas intenciones. A veces, reacia al cambio, se obstina en cerrarnos las puertas. Sin embargo, para quienes nos dedicamos a la vida política, esto no lleva al desfallecimiento. Todo lo contrario: es un aliciente. Como los salmones, parecería que sólo podemos dejar nuestros frutos luego de remontar río arriba la corriente. Lo importante, creo yo, es no perder la voluntad. No dejar de pensar que  nuestras creencias ameritan soportar todas las contradicciones.

    No siempre es fácil. A veces, aunque nos duelan, debemos soportar con templanza las piedras en el camino, pero a veces, y eso es el lado amable de nuestra tarea, también encontramos amigos que marchan en la misma dirección. ¡Hoy estoy reunido con algunos de los más valiosos!

    Muchas gracias.


    Lugar y fecha

    Cartagena, Colombia
    9 de julio del 2001

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