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  • LIMA: PATRIMONIO CULTURAL DE LA HUMANIDAD Y UNA DE LAS MÁS BELLAS Y HOSPITALARIAS DE AMÉRICA LATINA

    DECLARACIÓN DE HÚESPED ILUSTRE Y LA ENTREGA DE LAS LLAVES DE LA CIUDAD DE LIMA

    Francisco Pizarro imaginó una ciudad de 9 calles de largo por 13 de ancho que, con sus 177 manzanas, su iglesia y su plaza, rindiera homenaje a la Santísima Trinidad y al imperio español. Después de negarse a ubicarla en Sangallán o en Jauja, decidió fundarla en el hermoso valle del Rímac. Un 18 de enero, embriagado por el olor de los naranjos y acompañado por dos frailes, sus lugartenientes, el hasta entonces todopoderoso curaca de la zona y una morisca llamada Beatriz, dio a luz una ciudad que, a pesar de su hispánico bautizo, con el tiempo fue llamada Lima.

    Lima, la ciudad de los reyes, la misma de tisaneras de olla de barro y pregones ineludibles, la misma de chicheras y turroneros, de mercachifles y  tamaleras, de jazmineros, aguadores y lecheras deambulando entre las calles de balconcitos coloniales y faroles de luces titilantes, pronto desbordó los sueños de Pizarro.

    Poco a poco se transformó y creció hasta convertirse en esta inmensa urbe que hoy nos acoge, donde los balcones, los zaguanes y las viejas casas solariegas conviven con los más modernos edificios y el tráfico incesante de ciudadanos, mercancías y automóviles. Como esos antiguos tableros de los colegios, en los cuales las trazas de tiza de las clases de la mañana aún se ven en las de la tarde, Lima es una síntesis de muchos tiempos.

    Con el evento que hoy nos reúne, en el cual tengo la alegría de recibir las llaves de la ciudad de manos de su alcalde, Alberto Andrade, se demuestra que en Lima no sólo se hermanan las épocas sino las naciones. Esta muestra de amistad y confianza hace patente que la convivencia entre estilos arquitectónicos  que se respira en la ciudad es paralela al espíritu de tolerancia y hospitalidad que anima a sus habitantes y a sus gobernantes.

    Es para mí un inmenso honor recibir esta bienvenida en la capital de un pueblo tan cercano al colombiano, como lo es el peruano. Más aún en la ciudad donde Bolívar entró triunfante, tras vencer en Junín, para sellar la independencia de ese grupo de compañeros de destino que son los países andinos.

    Recorrer las calles de Lima ya no sólo significará para mí disfrutar de la bella arquitectura colonial de sus calles, plazas e iglesias, ni, al pasar por la Calle Capón, pensar en la voz del poeta César Vallejo recitando, en una noche de copas y amigos,  algún verso sobre el sufrimiento de los desposeídos o sobre el juego de dados que según él es la creación; ni será tampoco sólo recordar a Alberto Fernández, el protagonista de “la Ciudad y los Perros”, jugando fútbol en el cruce de la calle Diego Ferré con Ocharán o meditando por las calles de Barranco antes de ir a denunciar el crimen del Jaguar en el Colegio Militar Leoncio Prado.

    De ahora en adelante venir a Lima será para mí recordar un 7 de mayo cuando, de manos de un demócrata de corazón como lo es su alcalde, recibí las llaves y fui declarado huésped de honor de la que es, no sólo una de las más bellas y hospitalarias ciudades de América Latina, sino también, -como lo ha señalado la Unesco-, uno de los patrimonios culturales de la humanidad.

    Hoy, como en los versos cantados de Chabuca Granda, siento que me estoy llevando en el corazón y en la memoria a una “magnolia que se ha escapado de la alameda”: a una ciudad que me ofrece gentil, con la coquetería de una joven limeña, la caricia inolvidable de “un pañuelo… que enamorado llega hasta el cielo… perfumado de jazmín…”

    Muchas gracias por este homenaje y ¡viva Lima!


    Lugar y fecha

    Lima, Perú
    7 de mayo del 2001

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