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  • LOS ESPEJOS RECUPERADOS DEL SEÑOR CUERVO

    Discurso del presidente Andrés Pastrana Arango, en el Instituto Caro y Cuervo

    Santa Fe de Bogotá, D. C 23 de abril de 1999.

    Hemos venido a celebrar un año más de la creación del Instituto Caro y Cuervo. Digo celebrar porque no es esta una fecha rutinaria sino el compendio cronológico de un sueño que permanece, de un ideal renovado a partir de sí mismo y sobre todo de un propósito que es el de ayudar a conservar intacta el alma de la Nación y luego convocar a todos a enriquecerla.

    He apreciado hondamente la invitación que me ha hecho Don Ignacio Chaves Cuevas, nuestro Director, y he respondido afirmativa- mente no sólo por el agradecido recuerdo con mi padre, quien perteneció honorariamente a la institución, sino porque tengo certeza de algo y es que la orilla de la paz tiene el sentido de la cultura que seamos capaces de forjar.

    Permítanme explicarles esta afirmación. La paz es, ante todo, un estado del espíritu; es ella la expresión de nuestra armonía interior y al serlo es cultura.

    La cultura de un pueblo es la forma como, individual y colectivamente, se relacionan sus miembros con la naturaleza, con los bienes creados por el hombre, con los demás seres humanos, con los vivientes en general y con su sentido del porvenir.

    Creo, entonces, amigos, que estamos viviendo una de las mayores crisis culturales de nuestra época y en una buena lógica la paz que buscamos pasa por la reconstrucción que seamos capaces de lograr de nuestra cultura.

    Somos un pueblo que comienza a anhelar aquello que siente lejano, a saber: la tolerancia, el sentido del diálogo, la pérdida de valores, la razón del vivir; y somos un pueblo, igualmente, que descubre en el cuarto de San Alejo de su ayer que Caro, que Cuervo, que el Padre Félix, que Rivas Sacconi, que Guzmán Esponda, que Torres Quintero y ahora ustedes estaban y están custodiando, celosamente, una riqueza que debemos aprender a merecer.

    Si hay algo vivo es el idioma; más que nadie un presidente lo puede constatar porque ser dirigente de un país consiste fundamentalmente en oír y en escuchar. Y se escuchan y se oyen voces airadas; otras voces son de dolor y de desconsuelo; otras de desinterés y es cierto que hay otras de enamorada solicitud por la convivencia.

    Pero permítanme el atrevimiento de observar que en todas esas voces hay una enfermedad común y es que las palabras no evocan lo que debieran evocar.

    Como la democracia de la que muchas veces se habla no es democracia, se da comienzo a esa dura tarea del adjetivo que utilizado donde no merece, más que ampliar el significado de algo, lo reduce. Independientemente del lugar que se ocupe en la confrontación existente, las palabras que se escuchan son las mismas: justicia, justicia social, respeto, vida, amor, diálogo, negociación, humanidad; pero sus significados son muy diferentes.

    ¿Cómo entender acaso que a nombre de estas palabras se mate, se secuestre, se desaparezca a la gente?

    Yo creo que ya es hora de ponernos de acuerdo para que las palabras muestren la armonía con lo que contienen. Para que en la palabra paz haya realmente paz.

    Mientras no hablemos un mismo lenguaje, estaremos rodando por el despeñadero de un diálogo de sordos.

    Digo esto ante ustedes que han asumido la misión de cuidar la palabra en todas sus facetas, en todas sus formas de ser y de aparecer. Ante ustedes que saben que la cultura como forma de vivir se hace palabra para crear la sociedad.

    No quiero detenerme en esta consideración sin decir por qué he hecho de ella el tema de la celebración de este viernes 23 de abril -Día del Idioma-, es decir, día en el que hacemos fiesta por esta maravi- llosa lengua de la convivencia que es el castellano, enraizada entre nosotros y poseedora de todos los matices que nos permiten hablar- nos cada día y no escaparnos nunca de la creación continua de maravillas que surgen del lenguaje del campesino, del joven, del indígena o se convierten en presencia literaria en escritores como nuestro Nobel Gabriel García Márquez y Alvaro Mutis.

    Esa lengua del viejo Berceo, de Cervantes, de Juana de la Cruz, la lengua de Caro y de Cuervo, la del Señor Suárez, la de Martí y de Neruda; en fin, la de todos aquellos que dieron nombre a la realidad que ayudaron a describir o transformar.

    Vida, cultura y lengua; solidaridad y paz; justicia social y tolerancia; libertad son palabras de un hondo sentido. ¿Cómo no dejarse llevar de la poesía que ellas contienen?

    En ellas pensé cuando tuve noticia de la decisión de convocar a esta orilla colombiana de la vida del idioma que es el Instituto Caro y Cuervo a Don Carlos Fuentes, a Don Jesús de Polanco y a Don Danilo Cruz y hacerlos parte del homenaje en esta fecha.

    Son ustedes, amigos, tres protagonistas de nuestro tiempo que han cumplido, cada quien en su campo, con la misión que define su vida.

    Perrnítame, Don Jesús de Palanco, decir que usted es uno de aquellos seres que honran la condición de ser humanos; usted ha llegado a convertir la solidaridad en un lenguaje comprensible para todos en un mundo en el que cada vez más se exige colocar en la mano extendida del prójimo no sólo la dádiva generosa sino el aporte inteligente de quien ofrece posibilidades y alternativas. Me complace siempre

    pensar en que la solidaridad es esa única virtud donde uno se enriquece dando.

    Qué bueno es cuando se parte del principio de que la cultura es también la forma de relación con nuestros prójimos el saber que usted, Don Jesús, sea la expresión, el lenguaje vivo de esa solidaridad que debe ser el fundamento de la globalización que se anuncia.

    Yo puedo decirle que en usted habla el lenguaje del porvenir; ese lenguaje que se convierte en gesto de humanidad y que abre caminos para un futuro mejor.

    Quienes lo han convocado a ser miembro de honor de este Instituto saben muy bien que el lenguaje no se agota en las palabras, sino que encuentra su dimensión real en los gestos, allí donde el ser humano habla con la única lengua posible en esta aldea global donde es preciso entender que sólo actuando juntos podemos merecer el porvenir.

    Esta razón que a usted lo distingue define desde mi punto de vista a Don Danilo Cruz Vélez, filósofo y maestro de generaciones.

    Es de honda importancia para una nación en búsqueda de sus señas de identidad que haya personas capaces de desentrañar el sentido del vivir, que sepan escudriñar las motivaciones del actuar humano, conservando abierta esa curiosidad que define al filósofo que se declara insatisfecho de la certeza hallada, luego de haber gozado de ella por un instante. Nada hay más peligroso que una cultura que se niega a buscar en el mañana el sentido de la sociedad que promueve.

    Y es allí en esa sociedad que se estremece para cambiar donde se levanta este monumento vivo de la hispanidad castellana, iberoamericana, mestiza y universal que es Don Carlos Fuentes. Creo en el acierto de vincular estos años gloriosos de su vivir como pensador a esta herencia del señor Caro y del señor Cuervo. Muchas son las páginas de Fuentes que pueden servir de ejemplo viviente del buen decir, pero son más aquellas en donde campea el buen pensar, y quienes hemos seguido su vida sabemos que a las dos puede sumar- se sin lugar a dudas el buen actuar.

    Cuando recibí la invitación a presidir esta ceremonia me puse a hojear uno de los tomos de Don Rufino José Cuervo y me vino al recuerdo ese libro que transita las culturas del mundo bajo el título de El Espejo Enterrado publicado en 1992 y del que se tienen que recorrer 386 páginas deslumbrantes de sentido para descubrir el momento en que los espejos sepultos de un ayer lleno de futuros despiertan a la luz de un presente pleno de desafíos.

    Me dio por pensar entonces que Cuervo y los suyos -presentes en la memoria y en el testimonio- han terminado de desenterrar los teso- ros del idioma en 1994, ciento veintidós años después del día aquel que en 1872 decidiera el señor Cuervo hacerse a la tarea de crear el primer diccionario sintáctico, semántico, etimológico y de autori- dades que ha llegado a ser el gran Diccionario de Construcción y Régimen de la Lengua Castellana.

    Qué bello es observar en esos tomos cómo evolucionan las pala- bras, cómo cambian, cómo se enriquecen de matices . Y qué bueno es ver en la obra de Carlos Fuentes cómo evolucionan las sociedades, cómo cambian y cómo se enriquecen de soluciones y de interrogantes.

    Pensé entonces que había una gran similitud de espejos enterrados que han ganado, por fin, la luz que merecen.

    Fue allí donde se hizo evidente que una sociedad que no se apunta al cambio cultural se convierte en memoria fría de la historiografía. Conservo, y me deben permitir citarlo, un texto de Fuentes que comparto y que me llena de serenidad en las horas en donde los interrogante s son tantos que parecen no dejar espacio para las res- puestas.

    “Mi optimismo -dice él- es relativo pero bien fundado. En medio de la crisis, la América Latina se transforma y se mueve, creativamente, mediante la evolución y la revolución, mediante elecciones y movimientos de masas, porque sus hombres y mujeres están cambiando y moviéndose. Profesionistas, intelectuales, tecnócratas, estudian- tes, empresarios, sindicatos, cooperativas agrícolas, organizaciones femeninas, grupos religiosos, organizaciones de base y vecinales, el abanico entero de la sociedad, se están convirtiendo rápidamente en los verdaderos protagonistas de nuestra historia, rebasando al Estado, al ejército, a la Iglesia e incluso a los partidos políticos tradicionales. A medida que la sociedad civil, portadora de la continuidad cultural, incrementa su actividad política y económica, desde la periferia hacia el centro y desde abajo hacia arriba, los viejos sistemas, centralizados, verticales y autoritarios del mundo hispánico, serán sustituidos por la horizontalidad democrática.

    Fue por ello que al recibir la gentil invitación de Don Ignacio Chaves decidí que era preciso estar aquí en este lugar y en este momento en el que se puede escuchar cómo la historia llama al cambio; cómo un mundo nuevo comienza su génesis y cómo se inicia una nueva sociedad; porque sólo logrando la identidad cultural y valorándola podemos ser alguien que dice ser voz sobre el universo.

    Es preciso entender que si cultura es esa forma de relación con nuestros prójimos, con la vida, con la naturaleza, con el pensamiento, con la capacidad creadora y con Dios, no podemos sino aspirar a que crezca una cultura de la paz y a que la paz se haga cultura. Sólo quienes tengan esta cultura se podrán comprometer con la vida y sólo ellos podrán ser los padres del futuro que estamos empezando a construir.

    Nuestra cultura no puede ser virtual sino real, es decir comprometida con el acontecer de cada día. Esto es el Instituto Caro y Cuervo: una realidad que ha dejado su impronta en la historia de Colombia; una institución que sin ruidos innecesarios continúa entregándole significados a la vida colombiana poniendo una vez más en evidencia que estas instituciones son un sitio de encuentro desde donde se puede soñar el porvenir.

    Permítanme asociarme a la idea de esa parábola del retorno que comienza ahora con el regreso de Don Rufino José Cuervo porque ha llegado para él el momento de unir a su gloria hispánica y latinoamericana el honor de una patria que lo reclama.

    Qué gran significado tiene ahora para Colombia que regrese el señor Cuervo y nos permita colocar la pequeña inmortalidad de nuestro recuerdo junto a la magnífica vida eterna que le ha conferido la lengua castellana.

    Quiera presidir su espíritu y el del señor Caro enriquecidos por el de todos ustedes, señores miembros honorarios, la construcción de la nueva cultura de la patria.

    Cuando los veo aquí reunidos y soy testigo de sus compromisos, cuando siento en ustedes todo este ímpetu de creación, entiendo lo que Hannah Arendt afirmaba: “Nunca en ningún tiempo de la historia fue más difícil promover la cultura, pero nunca, en ningún tiempo, fue más necesario hacerla. Ella es uno de los secretos de la supervivencia” .

    A esta tarea los convoco en este aniversario y este es el desafío al que todos nosostros debemos responder.


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    23 de abril de 1999

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