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  • LOS FUSILES NO ACALLAN LOS FUSILES: REFLEXIONES SOBRE LA PAZ Y LA JUVENTUD EN COLOMBIA

    Hace tres años y medio, en octubre de 1997, diez millones de colombianos acudieron a las urnas y votaron a favor del mandato por la paz, una iniciativa ciudadana que ordenaba a los gobernantes buscar la paz en el país mediante el camino del diálogo y la negociación política.

    Cuando asumí la presidencia de Colombia el 7 de agosto de 1998 me comprometí a seguir este mandato de mis conciudadanos, no sólo porque me sentía obligado por su voluntad mayoritaria, sino porque su esencia corresponde a las más íntimas convicciones de mi corazón.

    En efecto, estoy convencido de que la negociación con los grupos subversivos, sumada a la mejoría de las condiciones sociales del país, es la única solución posible a los graves dilemas de Colombia. Hoy, con una clara voluntad política de diálogo, con un enfoque social integral de la problemática que rodea los fenómenos de violencia, y sumando un elemento no contradictorio con el camino del diálogo, como lo es el fortalecimiento y profesionalización de las fuerzas armadas, confiamos en la consecución de los mejores resultados.

    La opción que hemos tomado está dando, poco a poco, sus frutos. En relación a la negociación política, se ha logrado establecer con las FARC una zona de distensión para facilitar los diálogos, se ha determinado una agenda para la negociación, se ha incluido la participación ciudadana a través de audiencias públicas y se han definido unos procedimientos y unas mesas para la deliberación. Con el ELN, y con los buenos auspicios de los Grupos de Países Amigos y de Países Facilitadores, se está adelantando el establecimiento de otra zona de encuentro, se han visto gestos de paz como la entrega de soldados retenidos y, en un corto plazo, esperamos comenzar las negociaciones.

    Los signos, además, son cada vez más prometedores. Mientras hace unas semanas los diálogos con las FARC se hallaban congelados, ahora, después de la reunión que sostuve con el líder de dicha agrupación subversiva, se ha decidido reestablecerlos con un intenso ritmo de trabajo semanal y se han acordado, además, mecanismos para asegurar la participación de la comunidad internacional y para desbloquearlos en caso de futuros percances. Aún dentro del malestar de la guerra, creo que indicios como éstos son síntomas de una pronta mejoría.

    A estos avances en la consecución de la paz se le suman los recursos en inversión social que están atacando los fenómenos que coadyuvan en la generación de la violencia. Ya sea en programas de desarrollo alternativo para los campesinos o de generación de empleo para mano de obra no calificada, en la modernización y reforma de la rama judicial, en subsidios para madres cabezas de familia, en el apoyo a proyectos productivos sostenibles a nivel regional, en el  amparo a la población desplazada o en las campañas de divulgación de derechos humanos, se están invirtiendo, bajo el marco del Plan Colombia,  más de 5.600 millones de dólares.

    Con el Plan, cuya imagen en ciertos medios internacionales a menudo difiere sustancialmente de su verdadera orientación, esto es, de su vocación netamente social, se está construyendo, ladrillo a ladrillo, la paz del país. Se trata de un esfuerzo de paz y desarrollo –dos conceptos afines y complementarios- en el cual hemos recibido el respaldo político y la cooperación efectiva de la comunidad internacional, que entiende y valora las bondades de este proceso no sólo para Colombia, sino para la estabilidad de todo el continente.

    La Paz y la Juventud

    En medio de este panorama debemos enfrentar una dura realidad: los jóvenes colombianos están en el ojo del huracán. Según algunas estadísticas, entre el 60 y el 70% de los guerrilleros del país tienen entre 13 y 25 años. De acuerdo a la Defensoría del Pueblo, la mitad de los integrantes de los grupos paramilitares se encuentran dentro de ese mismo grupo. Asimismo, dentro de las contabilidades nefastas del conflicto, se ha determinado que 2 de cada 5 muertes violentas en Colombia corresponden a jóvenes entre los 15 y los 29 años. Además, sólo el 1.6% de las defunciones en el sector de la población comprendido entre los 14 y los 26 años se debe a causas naturales. Es un hecho innegable que este sector ha sido uno de los más perjudicados por la violencia.

    Conscientes de esto, en Colombia hemos prohibido la participación de menores de 18 años en las Fuerzas Militares, así lo hagan por propia voluntad y con el consentimiento de sus padres, una medida en la que hemos ido más allá de lo dispuesto en la Convención de los Derechos del Niño, que coloca como límite los 15 años de edad. Sin embargo, el esfuerzo hecho por el Estado colombiano no ha encontrado,  infortunadamente, eco en los grupos armados al margen de la ley, quienes siguen colocando a los niños como carne de cañón, una barbarie que exige la denuncia y la condena de la comunidad internacional.

    Ahora bien: nuestro compromiso como Gobierno no se limita a sacar a los niños de la guerra sino que va más allá, ofreciéndoles a los jóvenes oportunidades ciertas de educación, recreación y participación. Para ello, el Gobierno Nacional ha trabajado en programas y estrategias capaces de consumar esta meta, convirtiendo el tema de la juventud en un asunto directamente vinculado a la agenda presidencial -a través del programa “Colombia Joven”-, y concediéndole un papel protagónico dentro del conjunto de los planes de inversión.

    Así, en el marco del “Plan Colombia”, se ha diseñado el programa de “Jóvenes en Acción”, el cual espera capacitar, en las 7 ciudades del país con mayores índices de desempleo, a unos 100.000 muchachos de los estratos menos favorecidos en oficios semicalificados. De ese modo, y contando con un período de seis meses de formación no sólo técnica sino integral, se incrementarán sus posibilidades de inserción social y laboral. Más de 70 millones de dólares se invertirán para este fin.

    También hemos puesto en marcha un ambicioso programa de creación de empresas, destinado principalmente a los jóvenes. Partiendo de dos hechos, a saber, que para combatir el desempleo hace falta incrementar el sector productivo, pues el ya existente no es capaz de absorber la oferta laboral, y, adicionalmente, que según los últimos estudios se ha aumentado en gran medida la tendencia entre ellos a convertirse en empresarios y no en empleados, se diseñó, como parte de la Ley sobre la Pequeña y la Mediana Empresa, una serie de medidas referentes a facilidades en la obtención de créditos, reducción de trámites, acceso a asesorías especializadas, respaldo para realizar proyectos de innovación tecnológica y capacitación, las cuales repercutirán sobre las posibilidades de estabilidad social de nuestra juventud.

    Estas medidas no son exclusivamente económicas. Su impacto podrá sentirse no sólo porque generarán equidad, sino también en cuanto eliminarán el deseo de recurrir a conductas ilícitas y al recurso a la violencia como medio de subsistencia.

    Sin duda, la cultura del trabajo es la cultura de la paz.

    Para complementar esa orientación, se ha insistido también en el diseño de políticas que fortalezcan entre los jóvenes la apropiación de los ideales democráticos y del ideario de los derechos humanos. Desde el Programa Presidencial “Colombia Joven”, mi administración ha pretendido difundirlos y buscar, desde las más cortas edades,  su pleno conocimiento y ejercicio, al tiempo que estamos trabajando en el fortalecimiento y consolidación de los espacios de participación juvenil en sus colegios, barrios y municipios. La idea es que entendamos que la ciudadanía no se restringe al derecho al voto y hagamos de los jóvenes verdaderos ciudadanos actuantes y deliberantes en su entorno social.

    Ya han demostrado que pueden hacerlo cuando les dan la oportunidad. Este año celebramos en Colombia los 10 años de una novedosa Constitución Política que se forjó en las mentes jóvenes y creativas de los estudiantes colombianos, quienes promovieron a través de lo que entonces se llamó “la séptima papeleta” un proceso irreversible de cambio que transformó la estructura política del país. Ejemplos como éste son el mayor estímulo para seguir avanzando hacia la paz y el desarrollo social con los jóvenes y por los jóvenes.

    Una Paz sin Cojeras

    En suma, el camino de una paz sólida y duradera para Colombia requiere del impulso a los valores del trabajo y la democracia. Sólo ellos, apropiados por las nuevas generaciones, convertidos en parte esencial de su bagaje y de sus aspiraciones, podrán ser el cimiento del orden social y de la paz.

    Los fusiles no acallan los fusiles. Es preciso dejar en claro que el autoritarismo, las soluciones simplistas y brutales que sustituyen la paciencia que exige la razón por la impaciencia de la fuerza, no son unas opciones dignas de considerar. No confiamos en el derecho del poder, sino en el poder del derecho y el humanitarismo. Un orden basado en la contención que produce la amenaza del castigo y no en la confianza colectiva en ciertos valores positivos y voluntariamente aceptados es como un rascacielos construido sobre cimientos de bahareque.

    Nuestra apuesta es por los jóvenes, por esos mismos jóvenes cuyo liderazgo ha fomentado siempre la Cámara Junior Internacional y sus filiales en 123 países.

    Nuestra apuesta es por una paz sin cojeras: La pierna de la negociación política con la insurgencia y la pierna del desarrollo social deben marchar a la par.

    Esta visión es quizás la única que pueda hacer de nuestro presente una promesa cargada de futuro.


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    2001

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