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  • MARÍA ISABEL URRUTIA, NEGRA DE ORO DE COLOMBIA

    IMPOSICIÓN DE LA ORDEN DE BOYACÁ A LA DEPORTISTA MARÍA ISABEL URRUTIA OCORÓ

    Eran las doce en punto de la noche y el martes 19 de septiembre del año 2000 llegaba a su fin. Media Colombia dormía y media Colombia se estremecía porque había contemplado, pocos minutos antes, cómo una compatriota fuerte y valiente realizaba una hazaña en las antípodas de nuestro país: en Sidney, Australia, donde todavía eran las 4 de la tarde.

    La confusión era total, pero la expectativa crecía. María Isabel Urrutia estaba a punto de convertirse en la “Negra de Oro de Colombia”. Apenas unos momentos antes había alzado, como si fuera fácil, 110 kilos de peso en la modalidad de arranque y luego, para nuestro asombro, con una determinación inolvidable, había levantado sobre su cabeza, en envión, nada menos que 135 kilos, algo así como el peso de dos hombres promedio o de tres bultos de cemento. En total, eran 245 kilos que la tenían al borde de la gloria y a nosotros al límite de los nervios.

    Pero el destino jugaba en nuestro favor. Ya era un signo positivo y una premonitoria casualidad que esta competencia fuera la primera en transmitirse en directo desde Sidney, gracias a las gestiones de la Presidencia y de Inravisión. ¡Por algo sería!, y ese “algo” estaba a punto de suceder.

    Era la medianoche en Colombia y los locutores no atinaban a descifrar quién se llevaba la medalla de oro, frente a los últimos buenos resultados de las competidoras de Nigeria y de Taipei. Hasta que todo se aclaro: ¡María Isabel Urrutia sí era la Negra de Oro de Colombia! ¡Colombia tenía por fin la primera medalla dorada en su historia olímpica!

    ¿Qué más podíamos pedir a esta mujer prodigiosa, a esta vallecaucana de acero, que tiene tanta fuerza en su corazón como en sus piernas y sus brazos?

    Y sea ésta la oportunidad, María Isabel, para ofrecerle disculpas por haberla despertado del más justo sueño que haya dormido colombiano alguno en los últimos días. Pero ¿cómo podía esperar para decirle, como Presidente y en nombre de 40 millones de compatriotas, que estábamos tan orgullosos de su triunfo y que su alegría era la alegría de toda la nación?

    ¡Gracias, María Isabel! Usted no levantó sólo unas pesas, sino el país entero. Usted, como leí en una frase afortunada, le demostró a Colombia cómo se usa la fuerza.

    Ya tenía 24 medallas y 4 títulos mundiales. Ya había sido declarada la segunda mejor levantadora de pesas del mundo en el siglo XX. Sólo faltaba algo, y usted se preparó a conciencia, hizo todos los sacrificios, trabajó y entrenó sin descanso, rebajó 20 kilos en 4 meses, y lo logró: Ahora usted, María Isabel, no sólo ha traído la primera medalla de oro olímpica a Colombia, sino que es también la primera mujer, en su categoría, que se alza con la presea dorada en el deporte de levantamiento de pesas en la historia de los Juegos Olímpicos.

    Todos esperábamos lo mejor de usted y no nos falló: Su mamá, doña Nelly, se lo había dicho: “Nada de traerme una medalla de bronce o de plata. Aquí me llega con una de oro”. Su entrenador, Gantcho Karouchrov, también le dijo: “María, tranquila que usted se trae una medalla”. Sus amigos y vecinos del barrio Mariano Ramos de Cali seguro que también esperaban lo mejor de su querida “Chava”, como siempre los ha tenido acostumbrados. Y yo mismo, cuando despedí hace mes y medio a la delegación colombiana, también dije: “Pronto veremos las medallas en pesas de la campeona mundial María Isabel Urrutia”.

    ¡Qué bueno saber hoy que todos nuestros deseos, pero, sobre todo, el anhelo de una colombiana buena, humilde y corajuda, como usted, María Isabel, se han hecho realidad!

    Pero no ha sido un camino fácil y eso hace más meritorio su triunfo. Usted lo ha dicho, María Isabel: esta medalla no fue casualidad ni fue esporádica; es el fruto de 22 años de trabajo continuo y esforzado en el mundo del deporte; es el resultado de la disciplina y el trabajo, del tesón y la perseverancia. ¡Por eso, María Isabel, usted es hoy el mejor ejemplo para las nuevas generaciones de colombianos que aprenden que todo se puede lograr, si se busca con trabajo honesto y voluntad de hierro!

    Gandhi tenía razón cuando dijo que “la fuerza no proviene de la capacidad corporal sino de una voluntad férrea”. Yo sé, María Isabel, que, de todos sus fuertes músculos, el más fuerte y el más grande, el que le dio la medalla, ¡es el corazón!

    En usted, María Isabel, siempre hay una sonrisa amable, un toque de alegría, para todos los que la rodean. Usted  no olvida que viene de un origen humilde y que la mayor cualidad de los verdaderamente grandes es la humildad.

    Por eso hoy celebramos que hace 35 años haya nacido en Candelaria  una mujer destinada a grandes metas. Era la hija de Pedro Juan y de Nelly; la que jugaba “yermis” y corría como gacela para esquivar la pelota de caucho; la hermana de Carmen Tulia, de Luz Marina, de Edison, de Róbinson y de otros niños que la suerte y la pobreza no permitieron que llegaran a grandes, y que hoy deben ser sus ángeles, María Isabel, unos bellos “angelitos negros”, como dice la canción, que aligeran las pesas con sus alas.

    Y también hay que agradecer a esos hombres que creyeron en usted, que le dedicaron tiempo y vida a forjar su carrera: a su primer entrenador Daniel Balanta, a Wilson Rosero, a Celso Arango, y, por supuesto, a Gantcho Karouchrov, este hombre de la lejana Bulgaria que se comprometió a hacer de usted la mejor levantadora de pesas del mundo ¡y lo logró!

    También hay que resaltar la importante labor llevada a cabo por el Comité Olímpico Colombiano, a través de su programa Altius, apoyado decididamente por Bavaria, y con la colaboración de Coldeportes. Gracias a este programa, María Isabel y otros ocho deportistas colombianos pudieron prepararse en debida forma para lograr la excelencia. Otra levantadora de pesas beneficiada por este programa, Carmenza Delgado, estuvo a punto de regalar otra medalla al país, al quedar de cuarta en su categoría. Por eso sabemos que esta iniciativa tiene que seguir. ¡Nuestra meta,  a partir de hoy, debe ser Atenas!

    Pero si a alguien le debemos este motivo de orgullo para Colombia es a su madre, doña Nelly Ocoró, una mujer excepcional, fuerte y alegre, a quien conocí y con quien tuve el privilegio de compartir un almuerzo hace dos semanas.

    Ella, que se ganó la vida con sus manos, tiernamente bañadas de agua jabonosa, le enseñó a no desfallecer. Ella le decía, y le dice, María Isabel: “Siempre para adelante, porque ¡hacia atrás asustan!”. Ella le dio el ejemplo del valor del trabajo, y por eso usted jamás le ha temido a la adversidad, y ha buscado recursos vendiendo rifas, chance o lotería, y se ha convertido, sin duda, en la más famosa telefonista de Cali.

    Doña Nelly:

    Hoy, en usted, quiero hacer un homenaje a tantas madres de Colombia que con dignidad y honestidad sacan a sus hijos adelante, con cariño y, -cuando es necesario-, con algunos “planazos” correctores.

    No por nada lo último que hizo su “morocha” de oro antes de iniciar la competencia fue llamarla para que la encomendara en sus oraciones y lo primero que hizo cuando bajó del avión fue colgarle a usted, a su “madre coraje”, la medalla que con tanto esfuerzo había conseguido.

    Usted es la madre de la más grande campeona de Colombia y también de Róbinson, quien tiene el récord nacional de los 100 metros. Y verá pronto cómo Johana, su espigada nieta, seguirá la carrera de éxitos de la familia.

    Pueda ser, doña Nelly, que cuando nos volvamos a ver tenga yo el placer de probar alguno de sus deliciosos tamales, esos que prepara con tanto amor y que son la debilidad de María Isabel. Y que nos sentemos, así sea unos momentos, a escuchar la voz gangosa del “Jefe” Daniel Santos, cantando eso que dice: “vengo a decirle adiós a los muchachos”.

    Y no crea, doña Nelly,  que he echado en saco roto sus palabras cuando me pidió, basada en su propia experiencia, más ayuda para nuestros deportistas. Tenga la seguridad de que desde el Gobierno haremos todo lo posible para que casos como el de María Isabel se repitan y para que aquellos que dan gloria a Colombia en el deporte reciban también todo el apoyo de Colombia.

    Su querida “Marisa” ya se ha hecho acreedora, por parte del Gobierno Nacional, a un premio en efectivo y a una pensión vitalicia a partir de los 50 años, según manda la ley. Y vamos a trabajar con las pesas como un deporte prioritario. Por eso, como lo merece el Valle del Cauca, cuna de campeonas, estamos construyendo en Cali, con una inversión de 140 millones de pesos, un Centro de Alto Rendimiento de Pesas.

    Querida María Isabel:

    ¿De dónde nace su fuerza? Algunos dicen que la heredó de su padre, que podía pasar días enteros trasteando bultos de azúcar de un lugar a otro. Doña Nelly dice que se debe a que cuando era pequeñita le envolvía las piernas muy fuerte con las cobijas. Otros podrían pensar que nace del buen entrenamiento que adquirió batiendo ese delicioso “manjar blanco” que preparaban con su mamá. Yo insisto en que su fuerza es la fuerza del corazón, pero también digo que es la fuerza de 40 millones de colombianos a quienes usted representa, un pueblo pujante y trabajador que merece el mejor de los destinos.

    Ese mismo pueblo que le dice: “María Isabel, Colombia te quiere”. Ese mismo pueblo que la esperó en Eldorado, que la aclamó en Cali y que sigue festejando el triunfo inolvidable de uno de los suyos.

    En nombre de ellos, en nombre de la Patria, hoy le he impuesto la más grande condecoración de Colombia, la que lleva el nombre de nuestra libertad, porque nadie, como usted, la merece tanto.

    Doña Nelly lo ha dicho: “Ojalá con este pedacito de oro se empiece a construir la paz de Colombia”. Y usted también lo ha dicho, María Isabel: “Sólo entregaré la medalla de oro por la paz de Colombia”.

    Ese es mi compromiso y el compromiso de todos nosotros: luchar incansablemente por la paz hasta que al fin logremos nuestro anhelo: Vivir en una Colombia con progreso y justicia social, donde florezcan muchas María Isabeles, donde las madres reciban el premio de una vida dedicada a la familia, donde los deportistas alcancen las más altas metas, donde todos festejemos al ritmo de “Cali pachanguero” y no lloremos más las víctimas inútiles de la violencia.

    María Isabel:

    Cuando usted subió al más alto lugar del podio de premiación en Sidney y escuchamos por primera vez en la historia de las Olimpiadas las notas del himno de Colombia, usted lloró de emoción y muchos lloramos con usted. Porque encima de ese podio no estaba solamente una mujer, una gran mujer de nuestra tierra, sino que estaba toda Colombia.

    Gracias, ¡muchas gracias!, María Isabel, por este momento. ¡Y que Dios la bendiga siempre!


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    3 de octubre del 2011

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