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  • MENSAJE POR MOTIVO DEL “CONGRESO NACIONAL DE RECONCILIACIÓN” CONVOCADO POR LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE COLOMBIA

    Su Santidad el Papa Juan Pablo II, en la encíclica Redemptor Hominis, afirma que la paz consiste en el “respeto a los derechos inviolables del hombre”. Yo me siento, inevitablemente, identificado con esa definición. La paz, a la cual considero un deber político y moral, comienza por la protección de la dignidad humana.

    Cuando ella es vulnerada, cuando las bajezas de la violencia quieren superar la altura de nuestra humanidad, podemos decir que comienza la guerra. La guerra comienza cuando se deja de tratar al hombre como hombre. Quienes han comprendido este mensaje, saben por eso cuándo construyen la entrada al paraíso y cuándo, en su defecto, horadan la roca que conduce a las puertas del infierno.

    Este criterio es una guía para todos los gobiernos. Es esencial no olvidar que el crecimiento del poder está subordinado al crecimiento de las personas que habitan una nación. Bien nos lo recuerda, en el texto antes citado, el Sumo Pontífice: “los derechos del poder no pueden ser entendidos de otro modo más que en base al respeto de los derechos objetivos e inviolables del hombre”. Más allá de ese límite empiezan los ríos de miserias que todos conocemos.

    Sin embargo, con eventos como el que hoy los convoca, el país se aleja de esas orillas. El Congreso Nacional de Reconciliación, al cual infortunadamente me ha sido imposible asistir, es uno de esos espacios que animan a quienes estamos trabajando por la paz a continuar en su búsqueda. Por desgracia, quizás por ceguera o por ese lento veneno que es el uso inadecuado del poder, no todos escuchan este llamado.

    Hay algunos que consideran todavía a la violencia como el motor de la historia. Cuantos muertos queden en el camino o cuantos sufran o griten de dolor resulta para ellos secundario:  sus fines justifican todos los medios. Yo creo, sin embargo, que así no se cuece la historia sino la ruina y que las nuevas épocas surgen de trabajar para la vida y no para la muerte.

    La semana pasada, en el seminario convocado por el Celam, dije que, lamentablemente, algunas personas quieren sólo de palabra a la paz, pero esperan que se haga la guerra y, lo que es más grave aún, algunas personas olvidan el Evangelio que a todos nos obliga y reclaman la paz por destrucción

    Ojalá la luz rompiera los muros de esa ceguera. Creo evidente que más valdría trabajar por ver a un pueblo en paz, izando un alba, celebrando fiestas y no funerales. El bien, como la verdad, no claudica nunca. Lo que claudica, lamentablemente, es el deseo de los hombres por comprenderlo.

    En mi caso, como cabeza del gobierno nacional, no ha sido otro mi deseo que avanzar hacia la consecución de ese bien. Desde antes de mi posesión y durante los más de dos años de mi presidencia, he trabajado por ver un país en paz. Sé que la iglesia colombiana, la cual ha seguido esa máxima del Concilio Vaticano II, según la cual ella no se identifica con ningún sistema político pero sí salvaguarda la humanidad de la política, comparte intensamente el mismo deseo.

    Estamos en tiempos de crisis, pero, como nos lo dice la etimología, la palabra crisis alude a la necesidad de tomar decisiones. Por eso, cuando ella aparece en las páginas de nuestros diarios, lo que está en juego es cómo nuestra sociedad afronta esta urgencia, cómo discrimina entre un mejor y un peor futuro.

    Hoy reitero ante ustedes que los colombianos no podemos ser tan inconscientes de no concederle a la paz la paciencia que le hemos otorgado a la violencia.

    Foros como el  Congreso Nacional de Reconciliación, ayudan, en estos momentos críticos, en la elección de las salidas del laberinto. Bien decía al respecto un poeta alemán: “donde hay peligro, crece también lo salvador”.

    Reciban un saludo de su compatriota y amigo en la Fe.


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia
    25 de septiembre del 2000

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