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  • NUEVOS COLEGIALES ROSARISTAS CON EL COMPROMISO DE SER PROFESIONALES CON VOCACIÓN DE SERVICIO AL PAÍS

    CONSAGRACIÓN DE LOS COLEGIALES DE LA UNIVERSIDAD COLEGIO MAYOR DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO

    Ser colegial del Rosario siempre ha sido, no sólo un gran honor para el alumno que alcanza esta distinción, sino también una inmensa responsabilidad, cargada de obligaciones, algunas de las cuales nos parecen hoy, miradas desde una perspectiva histórica, tal vez un poco pesadas, pero, en definitiva, siempre formadoras de carácter.

    Mandaban las primeras Constituciones del Colegio, escritas por su fundador Fray Cristóbal de Torres en 1654, que los colegiales debían cumplir el siguiente estricto horario en sus labores cotidianas: Se levantaban a las seis de la mañana; se juntaban a las siete a rezar el Rosario; desde las 8 hasta las 10 tenían lecciones; a las 10 asistían a la Santa Misa y entonces estudiaban hasta las 12 del día, cuando iban a comer a puerta cerrada. Luego de almorzar, estos disciplinados colegiales podían entretenerse hasta las 2 de la tarde, ya fuera charlando o jugando “juegos no molestos”, como ajedrez o damas, pero eso sí, ni bolos ni argolla ni pelota. Volvían a lección de 2 a 4 y desde las 4 hasta las 6 se recogían a estudiar, para luego ir a conferencia y rezar de nuevo el Rosario a las 7, y, finalmente, cenar y charlar o entretenerse hasta las 10 de la noche, cuando debían recogerse en sus cuartos. Por supuesto, los prelados visitarían y castigarían a quien a las diez y media no estuviera acostado, y así, día tras día, era la vida de los primeros esforzados colegiales rosaristas.

    Resulta también simpático recordar hoy cómo fueron evolucionando estas reglas y cuáles eran el porte y las maneras que se exigían a los colegiales más de tres siglos después de la fundación de la Universidad, cuando el rector Manuel Carrasquilla promulgó unas nuevas Constituciones en 1893. Según éstas, los colegiales, entre otras reglas, debían evitar “entrar a billares, tabernas y lugares de mala reputación”, no debían formar “corros en la puerta y calles vecinas del Colegio” y debían huir “de las conversaciones indecorosas y de los modales zafios e incultos”, mostrándose en todo dignos del Colegio al cual pertenecían.

    Esos eran los Colegiales de los siglos pasados, dentro de los cuales se cuentan aquellos que alguna vez tuvieron el privilegio de recibir clases del mismo sabio José Celestino Mutis y de participar en los hechos históricos de nuestra independencia.

    Lo bueno de esta historia es que todavía, en los tiempos actuales, con los cambios obvios que trae la vida moderna, los colegiales siguen siendo ejemplos de conducta moral y de excelencia académica. Por eso hoy, como rosarista y patrono de este Colegio Mayor, y como Presidente de la República, para mí constituye un motivo de especial orgullo y alegría presidir la consagración de los nuevos colegiales de mi universidad.

    Quienes tuvimos -y quienes tienen- el privilegio de ser alumnos de este Colegio Mayor y de escuchar las lecciones impartidas por sus maestros en las diferentes facultades, entendemos que el respeto a la tradición y al espíritu rosarista es la principal razón de que nuestra universidad sea una de las instituciones educativas que más gloria le ha dado a este país.

    Quiero dirigirme, especialmente a los alumnos que por sus grandes méritos, por su perseverancia, talento, inteligencia y honorabilidad, han sido distinguidos con la colegiatura de este Colegio Mayor. El honor que se les ha conferido trae consigo la responsabilidad de actuar con las más altas calidades morales y de conducta, con integridad y eficiencia en la construcción del país que todos soñamos.

    Ustedes, Señores Colegiales, adquieren el compromiso de ser profesionales con vocación de servicio al país, de respetar las instituciones, de generar ideas que conduzcan a la búsqueda de un mañana mejor, y de pensar con inteligencia y generosidad en una nación más prospera y justa para sus hijos.

    Con la Colegiatura, los estudiantes se hacen protagonistas de los acontecimientos de su universidad. Por eso les corresponde liderar la conciencia moral e intelectual dentro y fuera de las aulas de este claustro.

    Hoy, con afecto y espíritu de rosarista, les quiero expresar a los nueve Colegiales de Número y al Colegial Mayor, que esta tarde ingresan al círculo de los estudiantes más destacados de la Universidad, mi más fervorosa felicitación, que hago extensiva a sus padres y familiares que con razón tienen sus corazones inflamados de orgullo y de felicidad. E igualmente felicito a los doctores Mauricio Plazas Vega y Rafael Riveros Dueñas, hoy consiliares del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, quienes asumen con decoro la distinción como colegiales honorarios de su querido claustro.

    ¡La medalla de la Cruz de Calatrava, que a partir de hoy ostentarán con dignidad, será la insignia que los distinga y ennoblezca en el sendero de su realización profesional y su carrera de servicio a Colombia!

    Quiero referirme también a todos los maestros que contribuyeron a la formación de estos alumnos rosaristas consagrados como colegiales. Ellos, seguramente, sienten hoy una profunda emoción al compartir este momento con sus discípulos. Ustedes, señores profesores, han formado hombres libres, con capacidad de decisión, aptitudes de liderazgo y compromiso con su país.

    Estoy seguro de que estos jóvenes han recibido en esta universidad, -mi universidad-, una formación integral y han comprendido, en su paso por estas aulas, que la tolerancia, el diálogo y el respeto por las opiniones ajenas hacen parte de la búsqueda  de una verdad sin dueño. Este aprendizaje no me cabe duda, constituye un laboratorio de paz y un forjador de progreso. No por nada a la Universidad del Rosario se le conoce como “cuna de la República”, de la cual han egresado 29 presidentes de nuestra querida Colombia, dentro de los cuales, humildemente, me cuento.

    ¡Ustedes señores colegiales, como consagran nuestras constituciones, dictadas por Fray Cristobal de Torres, son personas de grandes esperanzas para el bien público¡

    Sigan siendo fieles a sí mismos y a su destino, ejemplo de vida para sus compañeros, servidores de sus semejantes, luchadores por Colombia y digno ejemplo de los mayores y más preciados valores rosaristas

    Yo quiero hoy terminar este acto retomando unas palabras del gran maestro rosarista Dario Echandía, que para mí resumen el significado de la colegiatura y quiero que ustedes, a lo largo de su vida, las tengan siempre presentes, como las he tenido yo:

    “Necesitamos hombres que tengan fe en la eficacia de las ideas, en el papel dominador de la inteligencia, que sepan poner en acción sus convicciones. Lo que pretendía Fray Cristóbal de Torres para sus colegiales no era solamente la cultura del intelecto sino también, y sobre todo, la del corazón. Aquel que no es capaz de una actitud seria delante del mundo no lo será tampoco de la visión profunda del mundo y de la vida, características de la verdadera cultura.”

    Muchas gracias.


    Lugar y fecha

    Bogotá, Colombia

    9 de agosto del 2000

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