La de Santos, una paz sin convicción

Por: María Elvira Bonilla

“¿Presidente, por qué creer en el proceso de paz? Porque esos tipos no tienen otra opción”. Esa fue la respuesta que Juan Manuel Santos le dio a la periodista María Clara Gracia, según cuenta en su columna.

Una respuesta decepcionante que desnuda el fondo de la postura gubernamental frente a las negociaciones de La Habana, donde prima el pragmatismo instrumental sobre lo fundamental.

Y es precisamente por esto, por haber asumido el mayor desafío que tiene Colombia, no con el talante de un gobernante, de un estadista con convicciones, sino con el inmediatismo de los políticos de nuestro tiempo y de nuestro país, asesorados por los J. J. Rendón , verdaderos expertos en el uso de triquiñuelas y atajos para anunciar resultados que permitan subir en las encuestas y, paradójicamente, puede ser esta la razón por la que Santos no repunta. Y tampoco logra entusiasmar al país con la paz que sigue siendo más un enunciado y una buena intención, pero pobre en sus contenidos. Una paz que se negocia en la clandestinidad, como si se tratara de un tema vergonzante.

El presidente se equivoca. No es cierto que “a esos tipos no les queda de otra”. Las Farc están golpeadas, disminuidas militarmente, pero no derrotadas. Tienen una innegable presencia entre sectores de las bases sociales rurales que se sienten interpretados en las propuestas de reformas que defienden en la mesa de La Habana. Santos pareciera no haber aprendido la lección que le dieron los campesinos cuando los menospreció con su temeraria afirmación de que “el tal paro nacional agrario no existe”. Y recuerden lo que pasó.

Contrasta en esto con la actitud del expresidente Andrés Pastrana en la negociación con las Farc, en su relato de primera mano Memorias olvidadas. Pastrana llegó incluso a asumir riesgos de seguridad personal cuando audazmente decidió viajar como presidente electo, sin protección oficial, a Caquetania a entrevistarse con el máximo comandante de las Farc, en momentos en que controlaban la región del Caguán. Pastrana quiso dialogar cara a cara con Manuel como le decía, para sentar las bases de una negociación a la que el país le apostó con entusiasmo y que respaldó electoralmente en 1998. Ya presidente en ejercicio viajó incluso dos veces más para a intentar enrutar el fallido proceso, al que las Farc no le apostaron en serio porque se consideraban, no sin razón en ese momento, militarmente fuertes. Su testimonio es impactante porque denota, contrario a Santos, convicción, mucha convicción, así las cosas no le hayan salido. Los tres encuentros muestran un trato respetuoso con la cabeza del grupo guerrillero, como en su momento hizo el presidente Clinton como anfitrión del encuentro entre Isaac Rabbin y Yasser Arafat en la Casa Blanca. Como tiene que ser, así el contendor sea un alzado en armas, protagonista de una guerra demencial y estéril.

La visión que tiene Santos de la negociación con las Farc es una expresión más de su manera de gobernar y de entender la política. La misma que se expresó en “la mermelada” preelectoral, cocinada en la propia Casa de Nariño para lograr una coalición de conveniencia pegada con nombramientos y contratos, y no alrededor de propósitos. Esto sin duda le puede funcionar para tramitar leyes, hacerse reelegir, pero no para transformar un país con un proceso de paz. Mejor sería que con esto no jugara con candela.

Fuente: http://www.elespectador.com/opinion/de-santos-una-paz-sin-conviccion-columna-479739

 

Fecha

9 de marzo del 2014