El escenario básico

Un día como hoy, hace 387 años, fueron sepultados en esta ciudad de Madrid los restos mortales de un hombre que cambió con su ingenio el curso del idioma, de la literatura y del pensamiento hispanoamericano: Miguel de Cervantes.

Las figuras emblemáticas de sus personajes, el infatigable don Quijote y su fiel escudero cabalgando las tierras de la Mancha en busca de justicia y esplendor, siguen siendo un símbolo del devenir de los pueblos que heredamos su idioma y sus sueños. En efecto, en América Latina no hemos dejado de buscar, como quijotes contemporáneos, el desarrollo, la paz y la justicia social, así nos toque luchar contra molinos de viento, gigantes fabulosos o caballeros andantes.

Hace poco más de dos décadas, en 1982, otro inmenso escritor de lengua española, esta vez nacido en la región caribe de Colombia, Gabriel García Márquez, pronunció en Estocolmo esta sentencia definitiva, que aún mantiene toda su vigencia:

“América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental”.

Pensemos hoy en esto: El destino de esa inmensa región que se ubica al sur del Río Grande y que baja hasta las heladas cumbres de la Antártica, el destino de esa comunidad de 500 millones de personas que ocupan más de 20 millones de kilómetros cuadrados del planeta, nos involucra y nos interesa a todos, no sólo por pertenecer a ella, -como es mi caso-, sino porque en ella encontramos una verdadera reserva de esperanza para la humanidad.

No podemos ignorar, por eso, que la región latinoamericana se encuentra hoy en día en medio de uno de sus más profundos desafíos: la necesidad de redefinir el rumbo hacia el desarrollo económico y social. Ésta es una necesidad que surge después de haber apostado a realizar drásticas reformas estructurales a comienzos de la década pasada, sin percibir todavía los beneficios prometidos.

Hace una década, a comienzos de los noventas, América Latina, -que apenas salía de los efectos desastrosos de las experiencias populistas que vivieron muchos países en los años setentas y de la crisis de la deuda de los ochentas-, emprendió un profundo proceso de reforma, apoyada por las instituciones financieras multilaterales, con la esperanza de que con ello encontraría una vía rápida hacia el progreso.

Infortunadamente, muy pronto se hizo evidente que la vía que tomamos estaba plagada de obstáculos, esencialmente de dos clases: por un lado, la turbulencia en los mercados financieros internacionales y, por otro, las dificultades para poner en marcha una estrategia exportadora. Como resultado de estos dos problemas, la región viene registrando en los últimos años tasas de crecimiento bajas e inestables.

Las implicaciones derivadas de esta situación han sido de la mayor trascendencia. El pobre desempeño en materia de crecimiento impide a los países atender las justificadas demandas sociales de la población y pone en peligro la sostenibilidad de su deuda externa, erosionando las bases políticas y económicas del proceso mismo de reforma.

Yo espero hoy suministrarles algunos elementos para comprender mejor esta delicada encrucijada en que se encuentra América Latina.

Sin embargo, no podemos tratar este tema sin contemplar antes la situación global: Las economías europeas, la economía norteamericana, la japonesa, entre otras, presentan hoy, y desde hace ya meses, un escenario incierto, sin señales claras de reactivación. No es extraño, entonces, que esa misma incertidumbre se refleje también en América Latina, una región que ha sufrido una crisis mucho más larga, iniciada después de la crisis financiera rusa de 1998.

A este escenario, de por sí preocupante, ha venido a sumarse, con oscuros pronósticos, el conflicto armado en Irak y el desafío patente de su reconstrucción, con las consecuencias que uno y otra tienen sobre la economía mundial.

Hay incertidumbre en el mundo desarrollado y hay también, por supuesto, incertidumbre en América Latina. Estoy convencido de que la economía del mundo desarrollado y la de América Latina están mucho más interrelacionadas hoy que en el pasado y de que, por lo tanto, uno puede apostarle a que el futuro del mundo y el futuro de la región estarán mucho más ligados y avanzarán en direcciones similares.

Ahora bien: mientras la globalización aumenta las oportunidades de desarrollo para muchos países, al generar acceso creciente a mercados mundiales más grandes y más ricos, también representa un mayor costo para aquellos que no logran integrarse adecuadamente al proceso.

Carlos Fuentes lo ha resumido con palabras magistrales: “Los vicios de la globalización están a la vista, pero sus virtudes también. Seamos lo más justos posible. La globalización tiene, como Jano, dos caras: Una es la cara de una prosperidad deseable. La otra, la cara de una exclusión indeseable”.

La frustración de las reformas

La década de los noventas trajo a América Latina reformas radicales con las cuales la región buscó prepararse para los desafíos de la globalización. Retos como promover un comercio más abierto, atraer la inversión extranjera directa y fomentar la difusión de la tecnología fueron asumidos por los países latinoamericanos realizando reformas radicales en el sector financiero y en el de servicios públicos, modificando la estructura arancelaria y ajustando las finanzas públicas. Inicialmente, los efectos positivos de las reformas se sintieron en la región con la entrada importante de capitales extranjeros. Entre 1991 y 1997 el crecimiento real alcanzó un 3.6% mientras la inflación cayó del 200% a sólo el 10%.

Pronto, sin embargo, la crisis de Rusia de 1998 habría de mostrarnos la otra cara de Jano, es decir, los riesgos de la globalización. Muchos capitales “golondrina” se retiraron de la región y los verdaderos inversionistas internacionales comenzaron a preocuparse más por la dinámica de la deuda pública. Esta deuda pública, que era manejable con los altos crecimientos del PIB de que gozaba la región al comienzo de la década, comenzó a hacerse insostenible con los bajos crecimientos de la economía.

La disyuntiva para los países se tornó difícil: por un lado, realizar un necesario ajuste fiscal profundizaba en el corto plazo la recesión económica, y, por el otro, la devaluación de las monedas locales, si bien ayudaba al crecimiento y fomentaba las exportaciones, aumentaba también la deuda total y la hacía llegar al límite de lo insostenible, ya que estaba mayoritariamente denominada en dólares.

La “destorcida” de América Latina, región que en un principio había parecido inmune a la crisis asiática de 1997, comenzó a dejar graves secuelas: el desempleo urbano creció de un 6% en 1994 a cerca del 10% en el 2002, mientras que en algunos países como Colombia, Argentina o Uruguay llegó al 20% y aún hoy se sitúa en más del 15%. Las mejores cifras que había alcanzado la región en el combate contra la pobreza cayeron con la crisis y nuevamente tenemos que enfrentarnos a la terrible realidad de que un veinte por ciento de la población de América Latina vive en una situación de extrema pobreza.

No es sorprendente, entonces, que las difíciles condiciones económicas por las que atraviesa la mayoría de la región, y la persistencia del bajísimo crecimiento, generen también tensiones sociales y políticas y, en muchos casos, llamados vehementes a cambiar el rumbo de la política económica.

Después de poco más de diez años de reformas, el escenario económico y social no podría ser más frustrante. La población latinoamericana, que no ha percibido los beneficios concretos de las reformas, se ha tornado escéptica, así como se ha acrecentado en los círculos gubernamentales y académicos la insatisfacción con el “consenso de Washington”. La agitación política se ha esparcido junto con las semillas de una nueva ola de populismo.

No puede negarse que hoy existe un desencanto en la región sobre las recetas económicas utilizadas y que es real el riesgo de que se produzca una reacción en contra que ponga fin a la búsqueda de la estabilidad macroeconómica como precondición para el desarrollo.

Éste es un riesgo que se debe conjurar a tiempo, porque no cabe duda -en mi opinión- de que América Latina necesita continuar trabajando responsablemente por dicha estabilidad macroeconómica. La región no puede culpar al Fondo Monetario Internacional por los desequilibrios estructurales de sus finanzas públicas y, menos aún, puede darse el lujo de suponer que existen salidas fáciles, como las que ya se intentaron en Brasil y Argentina en los ochentas, que terminaron por generar gigantescas inflaciones y recesión.

La disyuntiva actual

Mi convicción es que América Latina debe persistir en su esfuerzo por alcanzar el equilibrio macroeconómico y el crecimiento sostenido. Sin embargo, debo llamar la atención acerca de un gran obstáculo –quizás el principal- que se opone a esta última meta: la inestabilidad de los flujos de capital, incluyendo la inversión extranjera directa.

Sin duda, la estabilidad macroeconómica y la fortaleza fiscal les permitirán a nuestros países un mínimo espacio para adoptar políticas económicas anticíclicas y para adelantar programas sociales necesarios. Pero sólo la estabilidad en los flujos de capital internacional les asegurará la dinámica en el crecimiento que hará sostenibles esas políticas y estos programas.

De hecho, los ciclos de las economías latinoamericanas en la última década coinciden perfectamente con los ciclos que han registrado dichos flujos: es decir, el crecimiento del producto interno bruto y los flujos de capital se mueven en la misma dirección. Es así como los flujos externos, que llegaron a un pico de 112 billones de dólares en 1997, cayeron el año pasado a sólo 41 billones, casi la tercera parte.

Esto quiere decir que los gobiernos en los países latinoamericanos enfrentan la necesidad de construir y sostener un delicado balance entre deuda pública, flujos de capital y crecimiento económico. Para lograr dicho balance se requieren múltiples estrategias para lograr un objetivo que se puede resumir en una única e indispensable condición: Credibilidad.

La credibilidad en nuestras economías, a su vez, está cimentada en la madurez que hayan logrado o logren alcanzar las instituciones de los diferentes países, desde las instituciones políticas como los partidos políticos y los parlamentos hasta las instituciones económicas, especialmente los Bancos Centrales.

En días pasados leí una interesante reflexión del escritor Mario Vargas Llosa sobre lo que él llama “el fracaso de América Latina”. Dice Vargas que “en América Latina hay una falta de confianza de la inmensa mayoría de latinoamericanos hacia las instituciones, y ésta es una de las razones por las que nuestras instituciones fracasan”. Y luego concluye: “El desarrollo que necesitamos tiene que ser un desarrollo simultáneo, un desarrollo que, al mismo tiempo que mejore nuestros índices de crecimiento y producción, haga funcionar a estas instituciones que hoy en día no funcionan y consiga para estas instituciones la credibilidad, la confianza, la solidaridad que es lo que hace que las instituciones funcionen en una sociedad democrática”.

No puedo estar más de acuerdo. Para que las sociedades latinoamericanas construyan procesos de desarrollo exitosos, estos deben fundarse en instituciones que gocen de legitimidad y de presencia en todo su territorio. Sólo así ganaremos la credibilidad necesaria para atraer la inversión extranjera, superando la incertidumbre generalizada en la región.

El caso colombiano

¿Y cómo dotar de legitimidad y credibilidad a las instituciones? Permítanme hacer un corto paréntesis para ilustrar esta pregunta con el caso que más conozco, que es, obviamente, el de mi país, Colombia.

En 1998, cuando inicié mi periodo de Gobierno, encontré un Estado que no operaba en grandes zonas del territorio nacional y cuya ausencia generaba marginalidad y estaba siendo llenada por grupos armados ilegales. El propósito fundamental del “Plan Colombia”, que diseñamos como el más ambicioso programa social jamás emprendido en mi país, fue precisamente el de devolver la presencia y la legitimidad de las instituciones en las zonas más apartadas de nuestra geografía.

Fue un esfuerzo largo y sostenido, que implicó luchar contra la presencia ostensible del narcotráfico, contra la manipulación y coacción de guerrillas y grupos de autodefensa, pero, más que nada, contra la pobreza y el olvido en que vivían los compatriotas más alejados. Con programas de subsidios directos para las familias más pobres de los municipios más pequeños, de capacitación de jóvenes desempleados, de construcción de pequeñas obras comunitarias, como caminos, escuelas, centros de salud, centros comunales y deportivos, comenzamos a llegar a donde antes nunca se veía la presencia del Estado. Éste es un proceso largo, que requiere de ingentes recursos, el cual ha sido continuado por el actual Gobierno.

También se logró incrementar la institucionalidad de la paz y de la seguridad. Por una parte, con el proceso de paz que se llevó a cabo durante mi Gobierno se realizó el más sincero y genuino esfuerzo para lograr este objetivo nacional mediante el camino del diálogo y la negociación política. Infortunadamente, la guerrilla respondió con terrorismo a la buena voluntad de los colombianos, pero lo cierto es que de este proceso nos quedaron instituciones y valores arraigados sobre los cuales Colombia sigue persiguiendo el supremo objetivo de la paz.

A través del proceso, -por su falta de seriedad y compromiso ante él-, la guerrilla sufrió la más grande derrota política de su historia, al quedar al descubierto sus verdaderas intenciones y métodos, perdiendo todo respaldo internacional o nacional. Igualmente, se creo una conciencia y un consenso nacional en torno a la paz, involucrando a la sociedad civil en un tema que no podía ser solamente una prerrogativa del Gobierno.

Y algo muy importante: se logró un rotundo apoyo de la población colombiana a sus instituciones legítimas de seguridad. Hoy las Fuerzas Militares y de Policía –fortalecidas y modernizadas- gozan de la mayor credibilidad entre todas las instituciones nacionales, por encima incluso de la Iglesia. Sobra decir que los grupos armados ilegales se encuentran en el más ínfimo nivel de popularidad de toda su historia.

De esta manera, lo que alguna vez fue un conflicto político interno se ha ido convirtiendo a pasos acelerados en una lucha de todos los colombianos contra un grupo de criminales y terroristas financiados por el narcotráfico. Una lucha así, en la cual la sociedad no está dividida sino unida, es mucho más sencilla de resolver y no atenta contra las instituciones democráticas, a pesar de sus dificultades logísticas y los dolorosos costos sociales.

En materia económica los gobiernos colombianos siguen en el camino de cerrar el déficit fiscal, con una gran continuidad, sin grandes sorpresas o sobresaltos. Por ejemplo, los ingresos por impuestos han crecido un 60% desde 1990, si bien aún queda camino por recorrer. Lo importante es que hemos configurado un entorno responsable con instituciones fuertes y confiables.

La indispensable inversión extranjera

No obstante lo avanzado, el momento actual, -en Colombia y en toda América Latina-, es muy delicado. Sin flujos de capital no hay crecimiento y sin crecimiento es imposible soportar el peso de la deuda externa acumulada en el pasado y perseverar en las reformas estructurales que son necesarias. Los nuevos préstamos apenas servirían para pagar los intereses de la deuda vigente, ahogándonos en un remolino sin fin.

Este escenario sólo puede romperse si logramos poner en movimiento un proceso de crecimiento que esté fundamentado en incrementos en la productividad y que permita hacer un uso eficiente del escaso financiamiento externo con que contamos. Esto lo lograremos si este financiamiento viene acompañado de la tecnología, la experiencia y la cultura empresarial que acompañan a la inversión extranjera directa.

Así pues, la vía principal que les queda a los países latinoamericanos para salir de la trampa de endeudamiento externo en que han caído es la inversión extranjera. De hecho, la inversión extranjera ha salvado a la región de una verdadera catástrofe ante el cierre de los mercados financieros internacionales a partir de 1998. En efecto, sin contar la inversión extranjera, la salida de capitales de la región acumulada desde ese año hasta el 2002 alcanzó el 18% del PIB. Esta cifra se reduce a sólo un 3% del PIB cuando se tiene en cuenta la entrada de inversión extranjera directa.

La ventaja de la inversión extranjera directa radica en que ésta responde más a consideraciones de largo plazo, encontrando en los países receptores verdaderos socios y no simplemente “prestatarios”. El inversionista extranjero le apuesta a un país y entiende que el futuro de ambos está estrechamente relacionado.

Esto probablemente es más cierto en América Latina que en cualquier otro continente: creo que la inversión extranjera es casi la única salida que nos queda para acelerar nuestro proceso de desarrollo. Por fortuna se trata de un camino de doble vía, que beneficia tanto a los países como al sector privado. Los empresarios –de España, por ejemplo- deben ser conscientes de que la región brinda una oportunidad óptima para emprender nuevos y exitosos negocios que les permitan recomponer sus utilidades generando verdadera riqueza.

Lamentablemente, si bien la inversión extranjera ha mostrado siempre mayor estabilidad que los otros flujos de capital, parece también estarse marchitando en América Latina. Desde mediados de 1999, la inversión extranjera a la región se ha reducido como porcentaje del PIB a la mitad, representando ahora un poco más del 2%.

Ante esta perspectiva, el ALCA o Área de Libre Comercio de las Américas se convierte hoy más que nunca en una pieza clave del futuro de América Latina. En un mundo más integrado y con una Unión Europea en proceso de ampliación, que está mirando más hacia el Este, un acuerdo de libre comercio en las Américas en el 2005, como está inicialmente planteado, puede ser el catalizador de la confianza necesaria para que la inversión extranjera directa despegue firmemente en la región. Como pueden atestiguarlo España, con el Mercado Común Europeo, y México, con el NAFTA, los multiplicadores positivos de un tratado de esta importancia son muy superiores a los inicialmente previstos.

El ALCA representa un inmenso reto, donde todos podemos y debemos resultar beneficiados si obramos con determinación, inteligencia y visión global. Debe también tener consecuencias positivas sobre las relaciones entre América Latina y Europa, como lo muestra la experiencia con México después del NAFTA.

Finalmente, así como ocurre en el tema del comercio, donde la aproximación entre nuestros países es beneficiosa, tenemos que trabajar globalmente otros temas de profunda actualidad como el terrorismo y la seguridad mundial.

La experiencia reciente de la diplomacia latinoamericana ha demostrado la trascendencia que ha adquirido la convocatoria de los países latinoamericanos –y en particular de los países andinos- en torno a una corresponsabilidad global alrededor del problema mundial de las drogas ilícitas y sus delitos conexos. Considero que esta misma aproximación debería ser sustentada por nuestros países para afrontar otros temas que exigen el debate multilateral, como lo son el terrorismo, el tráfico ilícito de armas, la defensa y promoción de los derechos humanos, y la preservación del medio ambiente.

Si algo tenemos claro después de la guerra de Irak es que el mundo que queremos en el futuro es un mundo fundado en el respeto a la vida y los derechos humanos, donde tengamos un multilateralismo operante y funcional, desde el cual afrontar colectivamente los grandes problemas de la humanidad. El desafío actual es construir las reglas de este nuevo escenario internacional.

En suma, apreciados amigos, la globalización -con sus dos caras- llegó para quedarse y los retardos en aceptar esta integración sólo generarán inmensos costos económicos y políticos.

Trabajando juntos por generar espacios de credibilidad entre nuestras naciones podremos hacer que América Latina reencuentre el camino del crecimiento y de la reducción de la pobreza. Podremos hacer -retomando la cita de Gabo- que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

Muchas gracias.

Lugar y Fecha

Madrid, España
23 de abril de 2003