Apreciados amigos:

Para iniciar este foro sobre el “poder popular y la democracia” quiero agradecer a la Mesa de Unidad Nacional y a todos los organizadores por tan amable invitación a nuestra querida Venezuela.

Para mi como periodista, como ex presidente de Colombia y como demócrata ha sido de enorme importancia poder sentir, oir y ver personalmente la situación actual de Venezuela. Es muy distinto leer las noticias y oir las historias que vivirlas directamente. Ver, oir y sentir lo que nuestros hermanos venezolanos están pasando es muy impactante.

No vengo a inmiscuirme en los asuntos internos de Venezuela; vengo a hablar de democracia en un país hermano. Pero en el mundo de hoy, en esta aldea global, es imposible no ver los problemas de una democracia de un país de nuestra región, menos aun cuando se trata de un país hermano y vecino. Uno no puede taparse los ojos y los oídos cuando su hermano esta pasando por dificultades. Lo que pasa en Venezuela le duele a Colombia y a los Colombianos.

Y menos aun cuando nuestra frontera es tan viva y en Venezuela viven millones de Colombianos a quienes también son afectados por la grave crisis económica y política por la que atraviesa.

Para empezar este conversatorio quiero hacer unas breves reflexiones sobre el tema que hoy nos convoca.

El poder es algo extraño y fascinante para el ser humano. Casi tanto como el amor. Desde siempre. Desde Adan y Eva diría la tradición bíblica que comienza por entrelazar estas dos pasiones.

El poder es motor de la historia, de la civilización y de la barbarie. Siempre está presente y define nuestras vidas así nunca logremos expresarlo intelectualmente de manera única y precisa.

Sin embargo, al hablar de poder en el mundo actual hay un punto de referencia común e inevitable. Unas reglas del juego acordadas universalmente pero no siempre respetadas. Unos linderos de discusión delimitados por la democracia y los derechos humanos.

El ejercicio del poder, desde cualquiera de sus facetas y contradicciones, es esencialmente humano. O sea, moral. El liderazgo, por lo tanto, no consiste apenas en mover o conmover sino en actuar dentro del marco de respeto de los derechos humanos para producir resultados en pro de toda la sociedad.

Para ejercer responsablemente el poder no basta detentarlo. Algunos líderes fracasan desde los gobiernos por su falta de convocatoria, cuando prima su incapacidad de administrar con éxito la cosa pública o por falta de apertura ante las diferencias de opinión en torno a su gestión.

Hace apenas unos días el presidente Barack Obama señalaba en su discurso del Estado de la Unión la importancia del liderazgo de principios, con la vista puesta en el horizonte. Destacaba asimismo el fracaso del liderazgo ruso que en algún momento parecía ser un despliegue maestro de estrategia y fuerza pero que al final solo condujo pomposamente a la destrucción y ruina de su economía.

Hoy me siento muy a gusto hablando sobre poder ciudadano en este foro convocado por el poder moral de nuestra hermana Venezuela. Me siento cómodo entre esta admirable generación de valientes líderes, jóvenes y capaces, que enfrenta desde las calles y las cárceles el reto de recuperar a su patria de una crisis sin antecedentes en su historia.

El poder ciudadano es revolucionario en la democracia y aún dentro de las revoluciones. Es la esencia misma de la democracia, siempre y cuando se enmarque dentro de los derechos humanos que garantizan la convivencia y el desarrollo armónico de las sociedades.

El poder ciudadano es esencialmente moral, nos enseñaba el Libertador. Los abusos que en su nombre se hacen son la expresión del poder de unos pocos que no creen en la democracia y se burlan a diario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

El poder ciudadano es el voto limpio. Es la expresión popular garantizada por mecanismos amplios, equilibrados y participatorios con elecciones cuyo resultados puedan ser auscultados voto por voto por todos.

Las votaciones turbias, los resultados impuestos por organismos electorales adictos al poder gobernante, son la forma efectiva de birlarle al ciudadano su poder.

El poder ciudadano es el foro clásico, que hoy en día está tanto en las calles como en las redes sociales, estas últimas cada vez más fuertes como forma de expresión imposible de acallar. Es la expresión libre e igualitaria y la coincidencia de muchos, no la imposición de unos cuantos desde el abuso del poder político.

El poder ciudadano es transparente y sus líderes no temen porque tienen las manos limpias. Sus palabras son claras. Sus denuncias retumban.

El poder ciudadano es sutil y respetuoso. Es la voz del estudiante, del empleado, del ama de casa, del taxista o la profesora, del deportista y la obrera. Coincide en el anhelo de los derechos humanos como cosa de la vida diaria. En el derecho a opinar sin ser encarcelado. A votar y ser contado. Coincide en querer que su propiedad se respete. Y en su aspiración al derecho a reclamarle a un gobierno cuando las cosas van de mal en peor.

El poder ciudadano es esa capacidad de los ciudadanos de movilizarse con libertad para defender la causa común de la democracia. Muchas veces, en el ejercicio de este derecho, quienes atentan contra la democracia utilizan el temor que causa la represión como arma para coartarlo.

Pero frente a la represión “inmovilización”!

La “inmovilización” es la capacidad del poder ciudadano de manifestar su inconformidad sin moverse de su casa, sin correr riesgos ni padecer temor. Es la forma de protesta contra la que la represión nada puede hacer. Es el poder silencioso de cada ciudadano expresado desde la intimidad del hogar que retumba en todos los rincones de un país.

Estas disquisiciones en abstracto las dejo sobre la mesa con la enorme expectativa sobre la discusión de los ilustres participantes que compartirán con nosotros su sabiduría y experiencia para ensayar definiciones concretas sobre un tema universal tan apasionante.

Lugar y Fecha

Caracas, Venezuela
26 de enero del 2015