Usted ha sido electo, en 1998, con la promesa de lograr la paz y ha hecho innumerables esfuerzos durante su mandato para avanzar en el proceso de paz. Ahora que faltan poco más de 4 meses para el fin de su mandato y que el proceso ha sido roto, ¿cuál es su sentimiento? ¿Usted tiene algún sentimiento de frustración, de deber incumplido?

APA: Como usted dice, yo fui elegido en 1998 por la votación más grande que haya elegido a Presidente alguno en la historia de Colombia, con una instrucción inequívoca por parte de esa inmensa mayoría de compatriotas: buscar la paz mediante un proceso de negociación política. Mi promesa no era -ni podía ser- la de lograr la paz, sino la de hacer todo lo humanamente posible para alcanzarla. Y eso fue precisamente lo que hice.

Dirigí personalmente los esfuerzos por alcanzar la paz. Me reuní personalmente con el máximo líder de las FARC en tres oportunidades, declaré una zona de distensión para facilitar el diálogo, logramos acordar una agenda temática para discutir, logramos un acuerdo humanitario que permitió la liberación de más de 350 soldados y policías que estaban secuestrados por las FARC, en suma, cumplí mi promesa e hice todo lo humanamente posible por salvar el proceso de paz y concluirlo con éxito.

Lo que pasa es que para hablar se necesitan dos y las FARC, repetidamente, insistieron en una actitud violenta y terrorista contra la población civil, sobre todo contra los más pobres, y llegó un momento en que ellos, con sus actos, determinaron el fin del proceso.

Por supuesto, mi objetivo era llegar a la paz o dejar el camino hacia la paz en un punto de retorno. Pero no me siento frustrado. Sé que éste era un proceso indispensable que teníamos que hacer y, además, que el pueblo colombiano exigía. Sin embargo, así como el pueblo colombiano pidió diálogos con la guerrilla, también comprendió la terminación del proceso cuando se vio que dentro de las FARC ganó su ala guerrerista y terrorista, y que, por consiguiente, no estaban dispuestas a negociar en serio.

El proceso de paz ha sido roto por un hecho clasificado por usted como terrorismo y comparado al secuestro de los aviones estallados contra el World Trade Center. Las acciones anteriores de las FARC, como los secuestros, voladuras de puentes, torres de energía y teléfono, el atentado contra la represa de Chingaza y el narcotráfico, conocidos desde hace mucho tiempo, ¿no serían también, entonces, razón para el rompimiento del proceso mucho antes?

APA: No cabe duda de que en este proceso primó una gran dosis de paciencia, pues siempre fui conciente de que lo que estaba de por medio era la esperanza de paz de todo el pueblo colombiano. Era fácil pararse de la mesa ante el primer atentado, pero teníamos que medir las consecuencias de una actitud precipitada. En enero, frente a la falta de voluntad de las FARC para negociar, estuvimos a punto de decretar el fin de la zona de distensión, pero la acción mediadora de la comunidad internacional permitió dar un compás de espera. Infortunadamente, las FARC no entendieron este mensaje del país y del mundo e insistieron en su conducta terrorista. Yo les había pedido que se definieran entre política y terrorismo, y ellos solos optaron por el terrorismo y cerraron las puertas del diálogo.

Los actos que cometieron las FARC el 20 de febrero, a saber: el secuestro de un avión en pleno vuelo, el secuestro de un senador de la república que iba como pasajero del mismo y la voladura de un puente que generó el accidente de una ambulancia y la muerte de cuatro personas, incluida una madre en proceso de parto, no sólo fueron actos considerados terroristas por la legislación internacional, sino -como dije al país esa misma noche- fueron la gota que rebosó la copa de la indignación.

¿Usted se arrepiente de haber intentado llevar adelante un proceso de paz en medio del conflicto?

APA: Mi Gobierno siempre fue partidario de hablar en medio de la paz y no en medio de la guerra, pero la guerrilla nunca comprendió la importancia de este punto. Ciertamente, hubiéramos preferido que el proceso no se hubiera llevado en medio del conflicto pero, en su momento, esa fue la única opción que tuvimos y teníamos la obligación de intentarlo, con el objetivo primordial de lograr, como primer acuerdo, un cese de fuegos y hostilidades.

¿Cómo evalúa usted el comportamiento de las FARC durante el proceso de paz? ¿Cree que ellos tenían alguna intención de llegar a la paz?

APA: Yo creo que en las FARC, como en toda organización, existen diversos puntos de vista y orientaciones. Hay una parte de esta organización que mantiene algo de la ideología popular que inspiró su nacimiento y que estaba dispuesta a convertirse en una opción política. Lamentablemente, el ala guerrerista, la de los que prefieren defender los ingresos del narcotráfico y el secuestro, los que no tienen problema en atentar contra su propio pueblo, fue la que primó.

¿Cree usted que Colombia estaría distinta hoy si no hubiera pasado el proceso de paz con las FARC? ¿Estaría mejor o peor?

APA: Este proceso era necesario para el país. Era necesario que fuera, además, un proceso genuino, generoso, que le diera una verdadera oportunidad a la paz, como el que intentamos. No hacerlo hubiera sido negar una posibilidad de futuro al país que tenía todo el derecho y la razón en intentar la paz por la vía del diálogo.

Además, no se puede decir que estos más de tres años de proceso pasaron en vano para el país. Las FARC tuvieron una oportunidad excepcional para demostrar que sí podían ser una opción política y, en lugar de aprovecharla, se inflingieron a sí mismas la derrota política más grande de su historia, a nivel interno y a nivel internacional. Hoy han perdido todo respaldo popular en el país, han sido desenmascaradas en sus verdaderas intenciones y ya nadie, en Colombia o en el mundo, cree en sus pretensiones de ser los “robin hoods” que luchan por un pueblo oprimido. Se empeñaron en mostrar su faceta terrorista y perdieron, por consiguiente, toda credibilidad. Yo creo que si algo nos deja este proceso es una claridad sobre la verdadera naturaleza de las FARC y una conciencia nacional e internacional sobre la realidad del conflicto colombiano, que no es una guerra civil entre los colombianos, sino una guerra de unos pocos violentos contra la sociedad civil.

Durante su Gobierno también se han iniciado conversaciones con el ELN, en La Habana. ¿El rompimiento del proceso con las FARC perjudica de alguna forma estas negociaciones? ¿Usted cree posible un cese al fuego con el ELN antes del término de su mandato?

APA: Los diálogos con las FARC y con el ELN han tenido desarrollos autónomos y, por consiguiente, el rompimiento de uno no tiene por qué afectar al otro. Seguimos trabajando, con seriedad, constancia y prudencia, en el proceso de acercamiento con el ELN y hemos puesto como primer orden de la agenda la posibilidad de pactar un cese al fuego bilateral. Las conversaciones avanzan por buen camino, es todo lo que puedo anticipar.

Su Gobierno ha sido criticado por una supuesta omisión por parte de las fuerzas de seguridad en su acción contra los paramilitares. ¿Qué se ha hecho en los últimos años para combatir esto?

APA: El compromiso de mi Gobierno y de las Fuerzas Armadas contra el fenómeno de las autodefensas ilegales, mal llamado paramilitarismo, ha sido el más grande de toda nuestra historia. No más el año pasado las Fuerzas Militares capturaron o abatieron a cerca de 600 miembros de estos grupos ilegales, y más de 1.400 han sido puestos fuera de combate durante todo mi Gobierno. Hoy por hoy, más del 10% de los integrantes de estos grupos se encuentran en las cárceles colombianas. Además, hemos realizado una acción de depuración de las Fuerzas Militares, separando del servicio e investigando y castigando a todo oficial o suboficial sobre el cual recaigan sospechas de colaborar de cualquier forma con esta organización criminal. La versión del apoyo de las Fuerzas Militares a los autodefensas ilegales es cada vez más un mito que una realidad. Los combatimos con todo el peso del Estado y lo seguiremos haciendo hasta el final.

El candidato liberal a la Presidencia, Horacio Serpa, ha criticado a su principal adversario, el disidente Álvaro Uribe Vélez, por decir que su propuesta de reclutar un millón de colombianos para colaborar con las Fuerzas de Seguridad significaría la expansión del paramilitarismo en el país, como ha pasado con la experiencia pasada de las Convivir en Antioquia. ¿Cómo ve usted esta propuesta?

APA: Yo prefiero no pronunciarme sobre las propuestas de los candidatos a sucederme, que están en todo su derecho de proponer fórmulas al país. Eso sí, debo ratificar mi convicción de que lo importante -aún más para la paz que para la guerra- es tener unas Fuerzas Armadas profesionales, modernas, bien dotadas y respetuosas de los derechos humanos. En ese sentido hemos trabajado en mi Gobierno, y hemos incrementado el número de soldados profesionales, pasando de 22 mil a 55 mil en sólo tres años, y esperamos incrementar el número de soldados regulares de 57 mil en 1998 a 93 mil antes de terminar este año.

¿Usted apoya a algún candidato en las próximas elecciones presidenciales? ¿Cuáles son las razones?

APA: No, no apoyo a ningún candidato presidencial, pues como funcionario público no puedo participar en política. Mi deber como gobernante, y en lo que estoy concentrado, es garantizar unas elecciones imparciales, libres y transparentes donde se manifieste con toda claridad la voluntad popular.

Muchos candidatos han protestado contra la supuesta falta de garantías para la realización de las elecciones parlamentarias, que ocurrieron el pasado 10 de marzo, y para las elecciones presidenciales el 26 de mayo, por las presiones de grupos armados a electores e intimidaciones a candidatos. ¿Hay realmente presiones? ¿Usted cree que existen garantías suficientes para la realización de las elecciones? ¿Qué ha hecho el gobierno para garantizar la seguridad?

APA: La mejor respuesta a esa pregunta la puede obtener si analiza lo ocurrido en las elecciones del pasado 10 de marzo. A pesar de los inocultables problemas de orden público, salieron a votar más de 10 millones de ciudadanos, en tanto la abstención se mantuvo en los niveles históricos. Las fuerzas militares y de Policía realizaron un esfuerzo inmenso, gracias al cual se realizaron elecciones en el 98% de los municipios del país y solamente el 0.15% del potencial electoral, es decir, apenas unos 37 mil colombianos, no pudo acudir a las urnas.

El compromiso de mi Gobierno ha sido y es el de procurar unas elecciones libres y transparente y en eso estamos poniendo todo nuestro empeño, ahora con la mira en las elecciones presidenciales.

Si usted tuviera que evaluar su Gobierno, con una nota de 0 a 10, ¿cuál nota se daría?

APA: Realmente, creo que será el futuro el que dé la verdadera y justa nota a mi gestión de Gobierno. Apostamos genuinamente por la paz, consolidamos un respaldo internacional a nuestra política de paz y nuestros programas sociales, rescatamos la dignidad internacional del país, saneamos en buena parte las finanzas públicas, dejamos una economía estable y reactivada, y dejamos en marcha el Plan Colombia, que el plan de acción social más grande de la historia de Colombia. Hemos trabajado con visión de futuro y, sobre todo, con responsabilidad. Confío en que así se reconozca por aquellas próximas generaciones que recogerán los frutos de esta semilla que dejamos plantada.

¿Cómo será, entonces, la Colombia que usted deja a su sucesor?

APA: Será un país maduro para la paz, con una economía estable transitando el sendero de la recuperación, con las Fuerzas Armadas mejor preparadas y dotadas de la historia y con credibilidad internacional. De verdad le digo, el país que dejaré a mi sucesor será el país que me hubiera gustado recibir para haber construido sobre esa base responsable aún mayor prosperidad, paz y progreso para los colombianos.

Fecha

26 de marzo de 2002