Lo importante de vivir en la historia es tener el privilegio de hacerla y no de padecerla; pero también es crucial – y sobre todo gratificante- tener la excepcional experiencia de “ser testigo” de aquellos cambios que reorientan la marcha del mundo.

Hay una historia muy bella de un niño que todas las tardes, cuando existían los trenes a carbón y vapor, bajaba a la carrilera donde estaba el guardavías cuya función principal era la de cambiar la orientación, la dirección de los trenes. Se dice que años más tarde el niño de la historia se convirtió en un estudioso de la política y siempre que se le preguntaba la razón de su elección contaba la anécdota y concluía que los políticos y los estadistas tienen la misión y la grandeza de ser aquellos que cambian, reorientan y determinan la dirección del tren de la historia.

Por eso me gusta -y agradezco la invitación- estar en este foro donde se reflexiona sobre la “globalización”, porque estoy convencido y seguro de estar hablando y de reflexionar sobre un tema que define a mi generación y lleva consigo el gran cambio de dirección de la historia.

Es cierto; ¡a partir de ahora todo será diferente! Permítanme por tanto que con mucha delicadeza afirme que la globalización es una auténtica ruptura histórica (digo auténtica porque en nuestra cultura acostumbramos a declarar rota la historia por un triunfo en el fútbol, por un premio literario, por sucesos múltiples, dando como resultado que tengamos una historia hecha pedazos o que no tengamos historia).

La globalización es un punto de llegada y como tal es un punto de partida. La capacidad visionaria de nuestro Libertador Don Simón Bolívar afirmó desde 1811 que la integración sería el gobierno futuro de los pueblos. Es por ello que los Iberoamericanos celebramos el cumplimiento de este sueño que fue nuestro en el deseo, pero que ahora puede alejarse de nosotros si no tenemos la capacidad de acompasar el ritmo de nuestro quehacer en la historia a ese más dinámico de la historia del mundo. Primeros en la retórica de la integración hemos observado cómo otros han llegado a ella y entonces sí hemos tomado en serio el que la única forma de globalizarse sanamente es integrarse, ya que quien llega solo, aislado, a la globalización o a la apertura se destruye en ellas. El principio es claro: integración para la globalización; integración para la apertura. Esta es la única manera de crear realidades ciertas.

Nuestros modos de pensar

Las nuevas realidades han modificado nuestros modos de pensar, de actuar y de reaccionar. Más que hijos del ayer somos y se nos percibe como padres del mañana; más que administrar lo conocido se nos convoca a inventar el futuro, a crear un mundo nuevo, a otorgarle contornos ciertos a la esperanza.

De cierto modo estamos al principio de la creación y el ayer es esa maravillosa materia prima que es preciso reordenar; ese ayer hace parte del “caos” necesario que desafía la imaginación, es la materia prima que demanda generar nuevos paradigmas y debo decirlo muy a pesar mío, muy a pesar nuestro, muy a pesar de todos que nadie puede recurrir a la experiencia. Con el futuro nadie tiene todavía experiencia; ese es el riesgo y ese es el desafío.

Estamos interpelados a variar las formas de pensar; pensar no puede ser repetir nostálgicamente el ayer sino encontrar ese “hilo conductor”, a veces imperceptible, que hace que aun conservando el parecido las cosas y las realidades sean diferentes.

Estamos interpelados a cumplir con el conocimiento, con la ciencia, con la tecnología, con la cultura, con el arte y sobre todo con la política aquella máxima de no echar vino nuevo en cueros viejos o en odres viejos para los puristas del lenguaje porque la razón es evidente: ¡ o se rompe el cuero o se daña el vino¡

La crisis de identidad

La crisis se ha establecido entonces entre nosotros. El ex-presidente de Colombia Misael Pastrana Borrero solía dialogar dos o tres veces al año con el ex-canciller de Venezuela Aristides Calvani y de esas conversaciones siempre salían cosas buenas. En una de ellas surgió aquello de estar no sólo en una crisis de civilización y una civilización en crisis; una crisis de valores y unos valores en crisis; una crisis de instituciones y unas instituciones en crisis; una crisis de identidad y una identidad en crisis. (De seguro ellos dos, ahora, en la plenitud del paraíso recobrado deben haber retornado a este diálogo en la eternidad).

Cuando el Señor Presidente de la IDC me propuso el tema acepté no sólo porque el ámbito social-cristiano es el espacio de mi pensar, de mi sentir humano y político sino además porque recordé de repente este episodio que ocurrió muchos años antes de cumplirse los acontecimientos que ahora nos permiten hablar sin reticencias de la globalización.

Los pensadores tienen razón hacia adelante por eso son ellos los guardavías de la historia.

Pues bien; yo creo que la historia ha recalado en la orilla de la globalización y demanda de cada nación, de cada pueblo, de cada región, de cada continente, de occidente y de oriente, de norte y de sur empezar con urgencia a construir, a diseñar las “señas de identidad” de cada quien para – a partir de ellas- diseñar las únicas de un ser -humano, habitante de este mismo planeta azul, compañero de todos en esta nave espacial llamada tierra, vinculados todos por “un destino común”.

Nada hay peor que la monotonía y la injusticia de lo igual; la globalización exige que superemos la crisis de identidad dándole a ella contornos ciertos.

Nuestros valores

Comentando a Pascal se ha dicho que unidad sin diversidad es totalitarismo y diversidad sin unidad es anarquía. Es preciso estar ciertos de que los valores en la vida personal, social, comunitaria constituyen la identidad real y son al mismo tiempo la base de relación entre las culturas y las naciones. La palabra que designa el valor puede ser igual pero la forma de vivir el valor debe ser diferente, el resultado debe contribuir a reforzar la esencia misma del valor.

Permítanme enumerar aquí los valores a partir de los cuales se construye la identidad:

• Respeto a la vida
• Libertad
• Justicia y equidad
• Respeto mutuo
• Solidaridad
• Integridad

Esos valores definen la calidad de las personas, de las instituciones, de los pueblos, de las naciones. Esos valores al desarrollarse generan una ética que se manifiesta en derechos y en responsabilidades, en aspiraciones y en utopías, en cantidad y en calidad de vida, en ascenso democrático y humano, en liderazgo y afinado sentido por la supervivencia.

Y si nos damos cuenta esta ética global surgida del desarrollo de los valores será la que nos permita diseñar la seguridad que debemos gozar cotidianamente; será la que nos permita activar compromisos capaces de sobrepasar los altos niveles de la retórica; será la que nos permita no negociar la paz -eso es el ayer- sino construir una paz durable; será la que nos permita dejar de tener miedo de la destrucción ecológica porque nos habremos convertido en amigos ciertos del medio ambiente; será la que nos permita crecer espiritual, cultural y económicamente para superar las pobrezas”; será la que sin reticencia nos permita ser regionales y multilaterales sin pensar que ello es una contradicción; será la que nos permita no tener deudas distintas de aquellas vinculadas al testimonio solidario; será la que considere la ayuda al desarrollo una posibilidad de ser para quien la recibe y una certeza de ser más para quien la otorga; será la que haga cierto el desarrollo sostenible; será la que nos permita entender que una de las mejores formas de ser globales es la de ser auténticamente locales; será la que haga del poder una opción vinculada al servicio.

Estos valores, así desarrollados, nos preparan para fundamentar nuestra identidad que no es otra cosa que el ser para otros a “nuestra manera”; de creativamente decir que el legado del mundo que nos es común lo vivimos de esta peculiar forma que nos hace -en mi caso- auténtico latinoamericano en el pensar, el decir, el imaginar y el crear.

Identidad cultural

Hemos afirmado que la identidad se genera a partir de los valores y que estos se despliegan en la ética global y en “certezas de supervivencia” que bien pueden conformar la “utopía posible” de cualquier sociedad.

Permítanme aquí, ante ustedes, arriesgar una afirmación: “los valores no son posibles sin las instituciones”. Quiero ir un poco más allá: las instituciones confieren la especificidad a la identidad cultural. No se puede afirmar que la identidad de un país es democrática pero que sus instituciones no lo son. No se puede afirmar que la institución de gobierno -por ejemplo la presidencia de un país- es digna independientemente de quien la ocupa. “La identidad cultural” exige que valores y persona, que valores e institución actúen como “vasos comunicantes”.

La crisis de los partidos -por ejemplo- obedece a que dejaron de transmitir; a lo mejor porque sus dirigentes no tenían nada que transmitir; a lo mejor porque aquello que transmitían no era propio de la política. Los partidos perdieron su identidad cuando dejaron de ser instrumentos válidos para generar opciones de Bien Común, cuando dejaron de suscitar consensos sociales, cuando pensaron que eran insustituibles en la coordinación del Bien Común.

La crisis de las Iglesias, de los gremios, de las asociaciones, de las mismas internacionales obedece a la pérdida de la identidad cultural, es decir, a la pérdida del sentido de finalidad y de rumbo.

La globalización exige detenerse a pensar, a meditar, a podar el árbol de aquellas ambiciones que agotan los sueños; la globalización destruirá al que no sepa para dónde se va, por que se va, con quiénes se va…; la globalización derrumbará a quienes no sepan qué tienen para dar y qué deben recibir; la globalización no es un juego de autosuficiencias sino de carencias evidentes que hacen posible la solidaridad y la convivencia.

La identidad cultural -creo que afirma Lipovetsky- es la certeza de ser uno mismo, de ser con los demás, de ser para los demás; de serlo de manera tan auténtica que podamos concebir la vida como misión y no como una simple tarea.

Bien sé yo de qué les estoy hablando. Sólo quien ha puesto en riesgo su identidad -cómo recuerdo a Mounier el del “Personalismo”-, sólo quien ha sido colocado en situaciones límite sabe lo que esa identidad significa. Lo experimenté yo cuando fui secuestrado por los narcotraficantes y estuve en la cercanía de la muerte, allí supe que mi identidad era mi compromiso con la verdad. Cada quien debe descubrir por sí mismo lo que lo identifica y debe darle a los demás la oportunidad de reconocerlo. Hay países – por ejemplo – que han dado la mejor elaboración de su identidad bajo la dominación; a los Santos los caracteriza la identidad que dejan reconocer y que se denomina “carisma”; de la misma manera los gobiernos deben ser identificables; los partidos entraron en crisis cuando perdieron su identidad, cuando transmitieron a la gente la certeza de que daba lo mismo ser amarillo que rojo o que daba igual no serlo.

Hoy día la identidad se expresa en la visión y en la misión que son los valores convertidos en vivencia.

El cumplimiento de la identidad cristiana

Yo quiero agradecer esta oportunidad de haber pensado aquí en voz alta en este foro de la Democracia Cristiana. Quienes profesamos el Social Cristianismo y encontramos en él nuestra identidad sabemos que si hay una idea absolutamente cristiana es ésta de la globalización; “que todos sean uno” es el mensaje de Jesucristo. Ello demanda la globalización de la solidaridad, del respeto a la vida, de la justicia…en fin exige que se globalice el imperativo de ser auténticamente humanos. Exige que se globalice el sentido del servicio y exige que se dé camino abierto a nuevos liderazgos que ante todo han de ayudar a que naciones, pueblos y personas se identifiquen e identifiquen su aporte en la construcción de un mundo nuevo.

Los valores cristianos son un punto de llegada y a la vez un punto de partida. No puede haber espacio para el pesimismo. Leyendo el último libro de Drucker y de Nakauchi encontré algo precioso: “se necesita reconstruir la sociedad a base de principios y de valores y eso sólo es posible hacerlo con líderes que ya los tengan y los vivan”.

Permítanme que en esta Patria de Maritain termine con un pensamiento de él que hubiera hecho superfluas todas mis palabras:

“Los cristianos no vamos por la vida a la búsqueda de verdades que nos sirvan porque hemos encontrado ya, en los valores cristianos, una verdad a la cual servir”.

Y eso es cierto y por ello nuestro compromiso político con nuestra identidad. No seremos juzgados por las palabras sino por los hechos. Es el momento de llenar de humanismo cristiano la globalización; es el momento de pasar bajo el “Umbral del Tercer Milenio” con la certeza de que el “Nuevo Mundo” sí lleva nuestras señas de identidad.

Lugar y Fecha

París, Francia

6 de noviembre de 1997