MORAL Y VERDAD.
LOS PILARES DE LA REPÚBLICA PARA LA NUEVA CENTURIA

Han tenido el Doctor Jorge Ospina Sardi y su brillante equipo de colaboradores, quienes desde la revista ” Dinero ” vienen analizando con profundidad y seriedad el acontecer nacional, la feliz iniciativa de congregar a un grupo de dirigentes para que reflexionemos sobre el futuro de Colombia. Y en lo que a mí concierne, se me ha invitado a presentar mi visión de la Colombia del siglo XXI. Sin embargo, y aunque el ejercicio intelectual de hacer futorología es tentador y apasionante, y a la vez frustrante, pienso que meditar sobre la Colombia del mañana exige ocuparnos primero de los problemas de la Colombia de hoy. Por ello, me tomaré algunos minutos para contarles mi opinión sobre los agitados tiempos que vivimos.

EL IMPERATIVO MORAL

La Corte Constitucional, en su sabiduría, acaba de declarar inexequible el decreto presidencial que implantó el estado de conmoción interior, argumentando que no están dadas las condiciones fácticas que ameriten decretar el estado de emergencia, que no ha ocurrido nada sorpresivo en los últimos tiempos que avale el ejercicio de las facultades excepcionales que la constitución contempla para los eventos de grave alteración del orden público. No es mi intención adentrarme en los pormenores jurídicos de una decisión que revoca una añeja jurisprudencia, en razón de la concepción de la nueva carta política. Pero quisiera llamar la atención de ustedes sobre un aspecto que a mí, personalmente, no vacilo en usar el verbo ,me aterra: nadie menos que los más altos magistrados de la nación han considerado que en Colombia no está pasando nada excepcional, extraordinario, fuera de lo común: es decir, que lo normal en este país es que miles de personas mueran violentamente todos los años; que lo normal es que miles de mujeres sean violadas; que lo normal es que miles de productores del sector agropecuario no puedan ir a sus fincas porque son secuestrados; que lo normal es que ya ni sabemos cuántos compatriotas nuestros están, hoy, en éste mismo instante, sufriendo la atroz tortura del secuestro, porque éste infame crimen se volvió tan común, que sólo cuando la víctima es persona destacada en la sociedad los medios de comunicación hablan de él; que lo normal es que la subversión se haya metido en la capital de la república; que lo normal es que una parte importante de nuestra clase política esté procesada o en la cárcel; que lo normal, en fin, es que el Presidente de la República gaste su tiempo zigzagueando por entre los incisos del código penal, y que sea el único presidente del mundo que en vez de constitucionalistas, que en vez de expertos en derecho administrativo, tenga como abogado de cabecera un experto en derecho penal.

En cualquier país del mundo uno solo de estos hechos, una sola masacre, el secuestro de un niño o de un anciano, el asesinato de un agente de policía o de un soldado, la cobarde bomba de Puente Aranda el pasado miércoles, conmovería las fibras más íntimas de la nación. Pero en Colombia no. Aquí, eso es lo normal, lo patológico. Lo ha dicho el más alto tribunal de la nación.

Hago referencia a la sentencia de la Corte, no para criticar el fallo, sino porque es termómetro , no la fiebre, que indica que soportamos algo tan grave como los delitos mismos; si el recoge una realidad implica que nos hemos vuelto insensibles ante el crimen, ante el delito, ante la corrupción. Hemos, en síntesis, perdido la sensibilidad moral, los valores espirituales, el sentido ético del deber, y hasta la capacidad de ser decentes. Y es en ello, en la pérdida de la moral, donde yo encuentro el núcleo del cáncer que empieza a hacer metástasis por todo el cuerpo de la sociedad colombiana. Porque en gran medida la violencia, la corrupción, el fraude, y otras lacras sociales, son efectos de la pérdida de los valores morales y éticos.

“Moral y luces son los pilares de la república “, escribió el Libertador Simón Bolívar. Moral, porque sin un sentido, por primario que sea, del DEBER SER, el hombre se situaría al nivel de la bestia. Porque aún los individuos más primitivos tienen, inscritas en su conciencia, unas reglas básicas, instintivas si se quiere, pero básicas, de comportamiento. Y como el hombre, según se sabe desde Aristóteles – en la Universidad era el punto de partida de la enseñanza de los filósofos- es un animal social, pues es necesario que la sociedad también tenga una ” moral colectiva “, que debe ser anterior y estar por encima de las leyes del estado.

Recuperar la moral de la nación colombiana tiene que ser, nuestra más urgente tarea. No hace mucho tiempo se decía que Colombia era una potencia moral y Bolívar, lo cito de nuevo, habló del “Poder Moral”. Recuperar ese noble legado de los Fundadores de la República y de nuestros antepasados tiene que ser la prioridad.

En ese clima de confusión de valores , es natural que cada vez que alguien alza la voz para advertirle al país que se asoma al abismo, de inmediato es tachado de conspirador por los que constituyen la corte del régimen. El primer conspirador, en esta etapa nacional, el renovador de este club de réprobos, fue Andrés Pastrana, Yo, cuando denuncié desde antes de las elecciones, que estaba en marcha la financiación de la campaña Samperista por parte del narcotráfico. Pero, por obra de la verdad que siempre triunfa, no estuve solo mucho tiempo. Pronto al club de los conspiradores ingresó la Fiscalía General de la Nación, que le ha dictado auto de detención a los más altos directivos de la campaña de Samper, los mismos que lo eligieron presidente a sus espaldas; e ingresaron varios de los más leídos y acatados columnistas de la prensa oficialista; e ingresaron varios medios de comunicación; e ingresaron los personeros de los gremios económicos, acusados de irrespeto por el presidente, por haberse atrevido a advertirle que sus problemas personales estaban afectando la economía; e ingresaron miles de estudiantes, que exigen conocer la verdad; y me acompaña la intuición que hoy ingresarán algunos de mis ilustres compañeros exponentes en este foro. Crece con tanta velocidad la audiencia que pronto la inmensa mayoría de los colombianos entraran a formar parte del club de los conspiradores.

Pero yo les pregunto a ustedes: quiénes han conspirado contra Colombia: los que se mancharon, metiendo las manos en el polvo maldito, o quienes denunciamos la suciedad ? Hemos llegado, acaso, en nuestra decadencia, hasta el punto de considerar que lo grave no es delinquir, sino que el delito se conozca ? Hemos caído tan bajo como para considerar que quienes mancillaron la imagen de Colombia en el exterior no fueron los que vendieron su alma al diablo, los que entregaron por el caudal de cuantiosos e ilícitos recursos la dignidad de la democracia en su acto supremo de definición del mandato , sino quienes nos atrevimos a denunciar el pecaminosos contubernio ?

Ante este impúdico espectáculo de tergiversación de la verdad y de los valores morales más elementales sólo cabe exclamar, como el poeta antioqueño: “ siquiera se murieron los abuelos, sin contemplar el vergonzoso eclipse.”

Si no logramos, entonces, sacudir la conciencia moral de la nación, si no somos capaces de convocar a las gentes decentes de este país, que son la inmensa mayoría, a una cruzada por el rescate de los principios más elementales de la recta conciencia personal y privada, nuestro futuro, y el futuro de nuestros hijos, estará lleno de oprobio.

LAS URGENCIAS DE LA PAZ Y LA SEGURIDAD CIUDADANA

El segundo gran tema de la Colombia de hoy es el de la paz. Recientemente supe la anécdota de una niña de nueve años que al pasar frente a alguna de las estatuas erigidas en Bogotá, preguntó cuándo habían matado al prócer representado allí. Para esa mente inocente y curiosa, en Colombia la única manera de merecer los honores del bronce es morir asesinado. Se que casi todos los que estamos aquí presentes hemos tenido que acudir al cementerio por lo menos una vez, a enterrar a un familiar, o a un amigo cercano, víctima de la violencia. Otros hemos vivido la infernal experiencia de estar a merced de algún secuestrador desalmado. La nuestra es la única generación de colombianos que ha tenido el penoso trance de ver en la galeria del martirologio a sus amigos, a sus compañeros de colegio o de universidad. Tal es el país que les estamos forjando a las nuevas generaciones.

Sin embargo, el gobierno solamente ve la puerta giratoria de entrada y de salida de los estériles diálogos de paz, sin derrotero alguno, ni estudiando la meta de llegada. . Yo creo que si alguna lección nos han dejado los inútiles intentos por negociar la paz hechos por los últimos gobiernos, es la de que la mano tendida con la cual el estado y la sociedad están dispuestos a tratar a la subversión, en el evento de que ésta decida negociar en serio su regreso a la convivencia civilizada, invariablemente es interpretada por los alzados en armas como una muestra de debilidad institucional, que los impulsa a incrementar sus acciones criminales para obtener más concesiones. Así hemos caído en un infernal círculo vicioso, en el que la buena voluntad manifestada por el estado aumenta la intransigencia guerrillera y ésta genera a su vez nuevas concesiones, concesiones que a su vez provocan más violencia.

Pienso que el Presidente Samper incurrió en el mismo error de sus antecesores al permitir que la subversión concibiera el diálogo, no como un medio para alcanzar la paz, sino como un fin en sí mismo y un camino que lleva a un túnel sin luz de salida. Con una diferencia: en un año, Samper ha ido mucho más allá de donde llegaron sus predecesores. Ofreció dialogar en medio del fuego cruzado, ofreció diálogo sin condiciones, ofreció abandonar militarmente los 7000 kilómetros cuadrados de la Uribe, permitió que individuos capturados ejercieran desde la cárcel una ambigua misión negociadora. Y cual ha sido la respuesta ? masacres en el Urabá antioqueño, bombas en Bogotá, asesinato de niñas en Arauca, campesinos mutilados por las minas quiebrapatas en Santander, aleves asesinatos de policías y soldados a lo largo y ancho del país, secuestros y extorsiones en todo el territorio nacional.

Claro está que también la rendición ante el enemigo es una forma de alcanzar la paz. Pero yo no creo que el pueblo colombiano esté dispuesto a renunciar a los valores que han orientado el desenvolvimiento de nuestra nacionalidad; no creo que el pueblo colombiano esté dispuesto a renunciar a su dignidad y a entregarle la nación a los violentos. No creo, en fin, que debamos renunciar al derecho natural a defender nuestras vidas, honras y bienes, y a soñar para nuestros hijos una patria próspera y digna. La democracia también tiene derecho a defenderse.

Lo anterior tampoco implica que se pueda desistir del anhelo de la paz. El debe constituir una diaria y permanente inquietud. Más como lo dije durante mi campaña, el esquema de la paz no puede ser concebido ni adelantarse con éxito sino colocando la subversión las cartas sobre la mesa, diciendo que es lo que busca, cuales son sus propósitos, sus objetivos y finalidades. Parafraseando a un ilustre creador de la democracia norteamericana, que digan que es lo que quieren para poder ofrecerles respuestas.

Tan grave como el problema de la paz es el de la inseguridad ciudadana. Y en este asunto tiene mucho que ver la debilidad institucional de nuestra Policía. Debilidad que se manifiesta en dos frentes: por una parte, la policía nacional ha sufrido un creciente proceso de militarización, de tal manera que su naturaleza, esencialmente civil, se ha desvirtuado. Y por otra, su número y preparación son alarmantemente deficientes. En efecto, el Policía debe atender a la infinidad de conflictos que se suceden permanentemente en la vida diaria, mientras que el soldado, el militar, está hecho para acciones puntuales, tales como la defensa de las fronteras o los problemas mayores de orden público. El policía vive en medio de la comunidad, debe estar en la calle, recorriendo vecindarios y veredas, en tanto que los soldados viven en los cuarteles y solamente salen a la calle en situaciones graves. Por esta razón, la mejor inteligencia es la de la policía, pues está en permanente contacto con la comunidad. Al ejército, en cambio, se le dificulta esta tarea por cuanto está recluido la mayor parte del tiempo en los cuarteles.

Casi todos los problemas de orden público en su etapa inicial son de policía. Pero cuando no existe policía se convierten en problemas mayores que solamente pueden resolverse con ejército. En Colombia nos acostumbramos a que la mayoría de los problemas de orden público se agraven y sean del ejército, sin que la policía sirva de eficaz filtro que impide su agravamiento.

Si es la policía la que debe estar presente en los problemas iniciales y más comunes de orden público y el ejército el último recurso, entonces el número de policías debería ser superior al de soldados, lo cual es cierto en casi todos los países del mundo. No lo es así en Colombia, donde el número de soldados es cercano a los 120.000, mientras el de policías es alrededor de 92.000. Hay apenas un policía por cada 400 habitantes, mientras en los países desarrollados, sin problemas de inseguridad tan graves como los nuestros, ese porcentaje es tres o cuatro veces superior. Estas cifras reflejan un sesgo ya tradicional en Colombia: cada vez que se percibe un deterioro del orden público, los gobiernos de turno aumentan el pie de fuerza del ejército, sin percatarse de que ese deterioro se origina en gran parte por falta de policía.

Simultáneamente, tenemos que profesionalizar y equipar al ejército. No podemos seguir enfrentando a los grupos delicuenciales más expertos y sanguinarios de América Latina con bachilleres apenas salidos de la adolescencia. En mi campaña propuse eliminar gradualmente el servicio militar obligatorio, de tal manera que todos los soldados fueran voluntarios, profesionales, y desde luego bien entrenados y equipados. Creo que esta propuesta está hoy más vigente que nunca. Y, claro está, es necesario hacer un gran esfuerzo presupuestal para equipar a nuestras fuerzas armadas: cómo derrotar a los subversivos sin helicópteros, sin carros blindados de transporte, sin armas modernas ?

EL CUATRIENIO PERDIDO

En el terreno económico este gobierno, como quien pedalea sobre una bicicleta estática, avanza veloz hacia ninguna parte. En el último año la economía ha avanzado por la inercia que traía desde el gobierno anterior, pero ya los síntomas muestran que ese impulso se está agotando. El sector privado mira con preocupación la perspectiva de la recesión que empieza a vislumbrarse en el horizonte, y que se refleja ya en las ventas. El gobierno quiso mostrar, aún desdibujando las cifras, que la economía marchaba perfectamente. Ahora, cuando la tasa de desempleo se incrementa y se corre el velo de demagogia que adornaba la meta del millón y medio de nuevos empleos, lo único que pudieron decir los funcionarios públicos es que ” la situación podría haber sido peor “.

A pesar de los intentos del gobierno por apropiarse de la reducción en dos puntos de la tasa de inflación, todos sabemos que esta reducción se explica fundamentalmente por el afortunado comportamiento de los precios de los alimentos, por la disciplina monetaria impuesta por la junta directiva del Banco de la República, y por los favorables efectos de la apertura de la economía. Paradójicamente, el pacto social no le estableció un techo al incremento de precios, sino un piso a la tasa de inflación.

El déficit fiscal, como esos huecos negros que han detectado los astrónomos, crece a medida que devora más recursos. Uno de los más importantes logros de la economía colombiana en los últimos años, había sido la reducción gradual y sin traumatismos del déficit fiscal, en busca de un sano equilibrio. Pero tan importante resultado ha sido lanzado por la borda por el actual gobierno, que en su afán de gastar sin medida, le ha puesto a la economía una bomba de tiempo de incalculables consecuencias para la estabilidad económica y la paz social.

En resumen, todos los sectores económicos, los empresarios, los trabajadores, y los consumidores, hemos terminado por darnos cuenta de que este gobierno no tiene una política económica, ni capacidad para tomar medidas en este frente. Su gran bandera de la concentración es la política de la no política. Me asalta el temor de que, así como en la América Latina se habló de una ” década perdida “, nosotros tengamos que lamentar más adelante, si se cumple el mandato completo, que el presente haya sido un ” cuatrienio perdido “.

Difícil también creer que nuestro país puede fortalecer su economía, ampliar sus mercados y lograr estabilidad para la inversión, si no tenemos unas relaciones cordiales y respetuosas con nuestros principales socios comerciales. Y por supuesto, me refiero, entre otros, al caso de los Estados Unidos. Un país débil en lo interno, y sin posibilidades de alcanzar verdaderos consensos nacionales, es muy vulnerable en lo externo. Y ello, lamentablemente nos esta ocurriendo; no es sino mirar los problemas que hoy hacen mas complejo el manejo de la política internacional. Ejemplos como la reactivación de la inadmisible reclamación de Nicaragua, o el precario avance de las negociaciones con Venezuela, confirman esta aseveración. Preservar en este campo los acuerdos nacionales solo se logra con un país cohesionado y libre de la fragilidad de los conflictos internos. En esta dirección, todos los colombianos debemos trabajar con el claro propósito de defender los intereses nacionales.

Tal es, muy brevemente expuesta, y resaltando apenas sus rasgos más sobresalientes, la realidad que yo palpo diariamente en mis contactos con las gentes de este país. Moral, paz y seguridad, son, entonces, los presupuestos mínimos sin los cuales no podemos aspirar a seguir formando parte del concierto de las naciones civilizadas.

MIRANDO HACIA EL FUTURO

Ahora sí, hablemos un poco del futuro. Desde luego, tenemos que asegurarnos de que al llegar el año 2000 aún podamos vivir en libertad y presididos por un gobierno democrático. Estos valores esenciales no están amenazados solamente por la subversión creciente y rampante, sino por la corrupción, también creciente y rampante, que no está solamente en el sector público, sino que, tengo que decirlo con franqueza ante un distinguidísimo auditorio de empresarios, se ha extendido ya el sector privado. Y están amenazadas, la democracia y la libertad, por la crisis que no se puede esconder de los partidos políticos, convertidos hoy en informes montoneras sin disciplina, sin ideología, sin objetivos, sin grandeza, y que defienden más los puestos que las ideas. Las masas en cambio están ahí esperando un mensaje coincidente con sus ideales y anhelos. Todas las democracias que no supieron rescatar a tiempo la vigencia de sus partidos políticos perecieron al primer asalto del populismo caudillista o anárquico. Basta colocar la mirada en los países de otros continentes y repasar un poco la historia latinoamericana para comprobar la verdad de esta afirmación que reconozco es dura.

En el contexto de un mundo cada vez más interdependiente, en el que el intercambio comercial entre los pueblos propiciado por los avances en las comunicaciones y la tecnología tendrá que seguir creciendo, Colombia tendrá que seguir, inevitablemente, casada con la libertad de mercado. Regresar a los esquemas proteccionistas y estatistas del pasado, que hacen ineficientes a las empresas, afectando finalmente la generación de empleo e impidiendo el progreso de los factores de la economía, significa, en mi opinión, un desastroso salto regresivo. Por el contrario, nuestras posibilidades de abandonar el círculo asfixsiante del atraso y la pobreza depende de nuestra capacidad para salir al ancho mundo globalizado a competir con nuestros productos de ventajas competitivas. . Pero nunca lograremos esto si no somos eficientes, y nunca seremos eficientes si nos refugiamos en la sombra del proteccionismo rodeados de artificiales estímulos.

Desde luego, como ni en política ni en economía hay fórmulas mágicas, somos concientes de que un modelo levantado sobre la economía de mercado, aunque crea grandes oportunidades, también genera desigualdades. Por eso el estado tendrá que hacer un gran esfuerzo para desarrollar un programa serio de inversión social, sin populismo y sin clientelismo, de tal manera que los sectores más pobres de la población, puedan beneficiarse de los servicios básicos y garantizarles un nivel de vida digno .

El país carece de la infraestructura requerida para impulsar un desarrollo sostenible. No tenemos autopistas, ni grandes puertos, ni aeropuertos modernos, nuestras comunicaciones siguen siendo deficientes, no hay confiabilidad en el suministro de energía, los distritos de riego y las obras de drenaje brillan por su ausencia en nuestros campos. Y la verdad es que el estado tampoco tiene los recursos necesarios para desarrollar esa infraestructura a corto plazo. Es indispensable, entonces, vincular al capital privado, nacional y extranjero, a ese desarrollo. Pero nadie invierte un peso en un negocio que no ofrezca un marco de rentabilidad y sea relativamente seguro. Hay, entonces, que crear las condiciones para que sea rentable, lo que exige invertir en infraestructura, y sobre todo, tenemos que enviarles a los inversionistas potenciales señales muy claras, inequívocas, de que tendrán unas reglas de juego estables, a corto y a largo plazo. Quién está dispuesto a arriesgar grandes capitales en un país que cada vez con mas cercana periodicidad acude a una Reforma Tributaria ? Y quien va a invertir en un país que no tiene unas reglas claras sobre su régimen de propiedad privada? Por eso desde hace cuatro años he pedido quitar todo equívoco sobres las garantías a la propiedad con la modificación del articulo 58 de la Constitución, porque mientras en el mundo de fronteras abiertas al comercio y la inversión la propiedad es cada día más sacrosanta, en Colombia resolvimos dejar al capricho en cuanto a su expropiación de las entidades administrativas y aún con muchas dudas sobre su indemnización. Es una propiedad a la intemperie.

Pienso, además, que Colombia no puede afrontar los retos del futuro sin transformar el esquema actual de la estructura administrativa del estado. La Constitución del 91 abrió amplios espacios para hacer realidad la aspiración descentralista que con justísima razón han tenido siempre las regiones, y que ahora, más que una aspiración, tiene que ser una realidad, si de verdad queremos que el sector público sea eficiente. Pero esa innovadora filosofía descentralista choca con la conformación del estado nacional, está obscurecida por esa nube de ministerios e institutos que quieren seguir manejando todo desde Bogotá, y sobretodo, por la estructura de la planeación nacional, según la cual cada peso que se invierte tiene que pasar primero por el colador del Departamento Nacional de Planeación.

En efecto, Colombia se quedó con la planeación de los años sesenta, la de los pomposos planes, la que establece que el gobierno lo resuelve todo, la que promete sin poder cumplir. La planeación de los años sesenta, en la que estamos, no mira hacia adentro, hacia el propio gobierno, para buscar corregir sus fallas estructurales, para hacerlo más asequible a la gente, para reacondicionarlo a nuevas y cambiantes circunstancias.

La primera tarea de la nueva planeación debe ser la de mirar hacia adentro para generar las bases de una revolución en la administración pública colombiana. Esa revolución se haría en los siguientes niveles:

1). En lo que respecta a la división de funciones entre los niveles central, departamental y municipal. Actualmente no hay claridad sobre la responsabilidad en la ejecución del gasto entre estos niveles, en áreas críticas como la educación, la salud y la seguridad ciudadana.

2). En la participación del sector privado en proyectos de interés público, ya sea a través de privatizaciones o por medio de concesiones. Un primer paso sería el establecimiento de reglas de juego que permitan la participación privada por medio de una ley marco del Congreso. Pero además se requiere de una clara decisión política para garantizar que las obras y los proyectos se ejecuten verdaderamente.

3) En la definición de criterios para la fusión y reestructuración de las entidades públicas que no están cumpliendo un papel importante para la buena marcha del país, incluso el Departamento Nacional de Planeación, que debe convertirse en una entidad con un reducido pero muy selecto personal dedicado a fijar los grandes derroteros de la nación y de la administración pública.

Finalmente, quiero decirles que ninguna, absolutamente ninguna de las proyecciones que el país haga sobre su futuro, será realizable si Colombia no hace del impulso a la educación de sus jóvenes el gran propósito nacional. Por eso hice de la educación el tema central de mi campaña presidencial. Cómo pensar en ser competitivos con una masa obrera que escasamente sabe pegar ladrillos y manejar el azadón ? cómo competir con esas nuevas fuerzas que empiezan a entrar al mercado mundial, poseedoras de una mano de obra altamente calificada y aún barata, originaria de los antiguos países comunistas de la Europa Oriental ? cómo competir incluso con la China continental, que apenas se ha asomado al balcón del escenario internacional, y ya tiene en serios aprietos a la industria textilera ? o con el Vietnam, cuyo arroz, entrando por Venezuela, nos está compitiendo en nuestro propio patio ?

Sólo hay una respuesta: con tecnología. Pero la tecnología solamente se adquiere estudiando, investigando. Y el panorama educativo nacional es francamente desolador. Mientras, por ejemplo, un niño de primaria en un país desarrollado estudia, en promedio, 1200 horas al año, los nuestros lo hacen apenas 800 horas, y con una calidad realmente deplorable. Solo el 41% de los niños que inician la educación primaria terminan la secundaria. La mitad de los hogares con niños tiene un bajo clima educacional, elemento importante para eliminar los círculos viciosos de reproducción intergeneracional de la pobreza.

La falla del sistema educativo empieza en la base, con profesores mal preparados, mal pagos, sin entrenamiento para la investigación y sin recursos para hacerlo. Luego tenemos que para la gran mayoría de nuestros niños el ingreso a la escuela es traumático, porque no tienen la oportunidad de asistir al preescolar, etapa que los expertos consideran esencial para el éxito futuro del educando, lo cual se refleja posteriormente en la alarmante proporción de repitentes, que en algunos casos llega al 29% de los estudiantes de educación básica, y en el igualmente alarmante índice de desertores. Si bien en éste último caso, muchos de ellos abandonan la escuela por razones económicas.

En el bachillerato, los muchachos son torturados con un bombardeo de conocimientos que no pueden asimilar, porque son recitativos, memoristas y poco creativos. Así, llegan impreparados al ciclo universitario, al que generalmente ingresan sin tener noción de sus verdaderas aptitudes ni de su vocación profesional.

La situación es aún más dramática en el sector rural. Allí, apenas el 25% de los jóvenes termina bachillerato. Los demás desertan, bien porque no tienen un colegio cercano a sus parcelas, bien porque deben incorporarse muy pronto al mercado laboral para ayudar a sus familias. Y repito: tan dramático como el de la cantidad es el problema de la calidad.

Necesitamos, por consiguiente, un vuelco total en nuestro sistema educativo. Necesitamos que nuestros jóvenes aprendan a pensar, a tener iniciativas, a desarrollar su creatividad. Naturalmente, ello implica cambiar primero la mentalidad, la formación y el nivel de vida de sus profesores, y tan vasta tarea no se realiza de la noche a la mañana. Quizás nos lleve una generación hacerlo. Pero tenemos que empezar, y empezar ya.

Recuperar la moral pública, la paz y cuando hablo de paz es con justicia social porque sin ella es frágil, y garantizar la seguridad ciudadana. Purificar los partidos políticos modernizándolos, colocándolos de frente al mundo en vertiginoso cambio, fortalecer la democracia participativa, afianzar la libertad y la economía de mercado con una fuerte inversión en el ser humano y educar para la convivencia y la creativa competitividad. He aquí una agenda mínima, pero al mismo tiempo ambiciosa, con miras al próximo siglo.

La tarea es de todos. De gobernantes y gobernados, de las colectividades políticas, de los personeros de nuestra sociedad civil, de le mujer en un plano de igualdad de sus derechos y obligaciones, de las organizaciones no gubernamentales, de los obreros, de los campesinos, de ustedes, los empresarios, y de los jóvenes, especialmente de los jóvenes, que son los que van a vivir la mayor parte de su existencia en el nuevo milenio y la nueva centuria que ya se divisa.

Los relojes de la humanidad y de Colombia marcan una hora muy especial, porque implica avances y retorno. Avanzar hacia un destino más amable y justo y retorno hacia valores y principios.

Y la Reconciliación de la Política con la Moral debe ser gran propósito nacional.

Muchas gracias.

Lugar y Fecha

Bogotá, Colombia
24 de octubre de 1995