PALABRAS DE GUSTAVO BELL LEMUS EN LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO “LA PALABRA BAJO FUEGO” DEL EXPRESIDENTE ANDRÉS PASTRANA 2017-12-18T11:45:16+00:00

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Quiero empezar estas breves palabras agradeciéndole una vez más al ex Presidente Andrés Pastrana su especial generosidad para conmigo, en esta ocasión al haberme dado el honor de presentar sus memorias sobre el período de gobierno que le correspondió dirigir entre 1998 y el 2002, y también por el privilegio de ser uno de los primeros en leer sus páginas.

Mi presencia esta noche está íntimamente ligada a una de las muchas virtudes que ha tenido Andrés Pastrana a lo largo de su carrera pública. Me refiero, en particular, a su poder de convocatoria para renovar los cuadros dirigentes del país. Basta traer a la memoria el aire refrescante de figuras nuevas que significó en su momento la aparición de la Nueva Fuerza Democrática en el escenario político nacional. Hoy, muchos de los novatos de aquel entonces ocupan posiciones destacadas en el Gobierno Nacional, en el Congreso de la República y en el sector privado.

Pues bien, si hoy me dirijo a ustedes en calidad de ex Vicepresidente de la República es gracias a esa virtud de Andrés Pastrana. Como muy bien lo dice en un aparte de sus memorias, yo no era su amigo personal ni pertenecía a su movimiento, tampoco representaba ningún caudal electoral que le sumara a su campaña por la Presidencia. Mi única credencial en la vida pública había sido mi paso por la gobernación del Atlántico entre 1992 y 1994, después de la cual había vuelto a mis actividades académicas. Sin embargo, eso fue suficiente para invitarme a que lo acompañara como su fórmula vicepresidencial en los comicios de 1998. El resto es la historia que ustedes ya conocen a grandes rasgos, pero con la lectura de “La Palabra bajo Fuego”, de seguro la conocerán mejor y en más profundidad.

Al hacer la presentación de estas memorias me es un tanto difícil armonizar mi formación como historiador con la de actor protagónico y presencial de los hechos en ellas narrados. Por razones obvias – estuve presente en muchos de los escenarios que rodearon al Presidente y en no pocas ocasiones fui consultado por él para la toma de algunas decisiones. También fui ejecutor de sus políticas y como Ministro de Defensa me correspondió adelantar varias tareas de enorme importancia para la seguridad del país, en especial aquellas relacionadas con el proceso de paz y su posterior ruptura.

Leer entonces “La palabra bajo fuego” fue volver a vivir un período muy intenso en mi vida que aún condiciona mi visión del país, de la política, así como de la condición humana. Pero quiero confesar que me fue muy grata su lectura, no sólo porque está impecablemente bien escrito – primera condición para que un libro sea bueno-, sino porque me hizo sentir orgulloso de haber formado parte de ese esfuerzo y sacrificio, que se hizo con todo el sentido de la grandeza que debe tener un Presidente con el país que lo elige para dirigir sus destinos, en una coyuntura tremendamente difícil, donde lo que se requería era eso, grandeza. Y esa fue la que tuvo Andrés Pastrana.

Permítanme decirle que en mis años de estudiante de Historia, y para escribir mi tesis doctoral – La formación del Estado Nacional en Colombia en la primera mitad del siglo XIX ¬¬¬– tuve que leer muchos documentos sobre el desarrollo político de la naciente Nueva Granada. Labor en la que se echa de menos las memorias de sus gobernantes, lo que hace verdaderamente complicada la tarea de poder estudiar a fondo los gobiernos que, sumados unos tras otros, hacen nuestra historia como república. Desde entonces, pienso que aún tenemos un gran vacío en nuestro conocimiento del país por la ausencia de una investigación a fondo de lo que significó, por ejemplo, el gobierno de Santander entre 1832 y 1837, que marcó para siempre algunos de los rasgos particulares de nuestra nacionalidad y nuestras instituciones. La inquebrantable subordinación de las fuerzas militares al poder civil, entre otros rasgos esenciales de nuestra institucionalidad, proviene precisamente de varios actos de gobierno de Santander en ese período, aún por profundizar.

Para algunos analistas extranjeros de la historia política de Colombia les es muy llamativo el desdén que siempre ha existido en los académicos por el estudio individual de los gobiernos, a los que no les conceden la suficiente importancia como para ser objeto de sus investigaciones. Un extremo simplista de esta posición, sesgada sin duda por un condicionamiento ideológico, no halla en nuestra historia sino una larga cadena de explotación y dominación por parte de elites excluyentes, sin tomarse el trabajo de verificar su real existencia por decir lo menos. Ello ha llevado a la distorsionada idea de que al país lo han gobernado “los mismos con las mismas”, cuando la realidad ha sido bien distinta.

“La palabra bajo fuego” constituye entonces, bajo la óptica de la historiografía nacional, una novedad: la de un Presidente que deja un testimonio personal de su período de gobierno para juicio de la Historia, al cabo de pocos años de haberlo concluido. Testimonio, por supuesto, que no basta para comprender la complejidad de los hechos que se dan cita en cuatro años en la vida de una nación, pero que es imprescindible a la hora de analizarlos.

Al leer los primeros capítulos del libro pude confirmar una vez más lo que aprecié con el correr de los meses estando en la Vicepresidencia: el Presidente Pastrana obraba como gobernante con absoluta coherencia con respecto a lo que había planteado durante su campaña y frente al mandato de paz que había recibido de los colombianos. Su entrega y dedicación para cumplir sus promesas electorales fueron totales y con un profundo sentido de honestidad.

Quien quiera hacer un juicio objetivo sobre su mandato deberá, por ello, tener presente su programa integral de paz, resumido, en forma magistral, en el discurso del Hotel Tequendama el 8 de junio de 1998 ante toda la Alianza por el Cambio, y comprobar después su desarrollo a lo largo del período. Y con ello se ratifica algo que con mucha frecuencia pasa inadvertido en el país: nuestros Presidentes cumplen sus promesas de campaña más de lo que el ciudadano corriente cree. Tal vez porque sus resultados no se ven en el corto plazo la gente estima que no cumplen y sus juicios sobre los gobernantes terminan siendo tan severos. Que es el caso de Andrés Pastrana.

En sus memorias, el Presidente ha querido poner todo su énfasis en el malogrado proceso de paz y la razón es obvia: fue su principal apuesta como estadista. Lo cual no significa que haya descuidado otros aspectos de la vida nacional, como queda ampliamente demostrado en varios de sus capítulos, sino que a ella dedicó todas sus energías. Que no se logró en su cuatrienio es cierto, pero lo que queda meridianamente ilustrado es que no fue precisamente por falta de voluntad, de grandeza o de generosidad.

Noerberto Bobbio señaló en alguna ocasión, que los dos requisitos básicos que debe tener todo dirigente político son: una visión amplia de las cosas y una plena conciencia de las responsabilidades que implica ser político. “La palabra bajo fuego” es el testimonio de un Presidente que obró siempre bajo esas dos premisas. Sus principales políticas siempre fueron concebidas como políticas de Estado y diseñadas para un horizonte de largo plazo, cuyos frutos dependían por ello de su debida continuidad, como inteligentemente lo ha hecho el Presidente Uribe con resultados a la vista.

Desde la perspectiva que da el transcurso de siete años de nuestra historia reciente, hoy son claros los retos que afrontaba Colombia luego de la zozobra vivida en el cuatrienio 1994 – 1998. Reinserción positiva en la comunidad internacional, fortalecimiento de la legitimidad del poder Ejecutivo, modernización y fortalecimiento de las Fuerzas Armadas, presencia del Estado en todo el territorio nacional, y, finalmente, la búsqueda de una solución negociada al conflicto armado por expreso mandato de los colombianos. “La palabra bajo fuego” es un repaso de la mano del Presidente de las políticas y estrategias que se siguieron bajo su mandato para poder salir adelante como nación y como Estado.

Por ello resulta verdaderamente paradójico la idea – hoy en boga, de que ha sido a partir de este gobierno cuando el país empezó a salir adelante, cuando una mirada objetiva de los hechos lo que nos muestra es que nunca antes había habido tanta continuidad en las políticas de Estado como en este gobierno, lo cual, por supuesto, habla bien de su Presidente porque sus frutos dependían precisamente de su continuidad. Es por eso que en los logros de la actual administración hay tantos méritos propios como heredados. Así lo reconoció en justicia el propio Presidente Uribe con ocasión de la visita reciente que hiciera al país Bill Clinton, al señalar que el Plan Colombia era un ejemplo de liderazgo con visión y coraje.

Porque lo que demuestra “La palabra bajo fuego” es que tan importante para un país es el liderazgo de sus gobernantes en el día a día, como el diseñar políticas de Estado que trasciendan los períodos presidenciales. Ese es el gran legado de Andrés Pastrana, porque sus actos de gobierno se convertían de Estado cuando consultaba y convocaba a todas las fuerzas nacionales para que lo respaldaran, y sus objetivos iban más allá de las simples coyunturas del momento. Que tampoco descuidó el liderazgo en el día a día y en el terreno, cuando las circunstancias lo ameritaban, lo recuerda el capítulo de la reconstrucción de Armenia y el eje cafetero.

Uno de los principales aportes que trae “La palabra bajo fuego” es recordarle a los colombianos las circunstancias que rodearon el final del mandato del Presidente Samper, y que marcaron la pauta para el proceso de paz con las Farc y el Eln. La campaña electoral en curso hizo que el tema de la paz se convirtiera irremediablemente en el centro del debate, lo que explica la prioridad que le dieron los candidatos. Por su parte el Congreso expidió el marco legal que habría de utilizar el Presidente entrante para darle cumplimiento al mandato de paz que le daban los colombianos, y que incluía la posibilidad de crear zonas de despeje.

Así, el proceso de paz se hizo inaplazable, lo que pudo haber llevado a obrar con cierta premura en muchos casos e incluso a improvisaciones en sus primeras etapas que a la postre pudieron incidir negativamente en el transcurso de las negociaciones. El Presidente Pastrana no desconoce que se hayan podido cometer errores en el proceso, pero jamás dejó de fortalecer el Estado en todas sus dimensiones ante la eventualidad de que los diálogos fracasaran.

La relectura actual del proceso de paz, hecho por su principal protagonista, no deja de producir una gran frustración por la forma tan ciega e insensible cómo las Farc respondieron a sus continuos gestos de generosidad y amplitud. Si algo quedó en absoluta evidencia durante las negociaciones fue la falta de voluntad de paz de las Farc y la absoluta carencia de un discurso político que fuera creíble para los colombianos. De ahí que al final del proceso quedaran reducidas a ser vistas como una organización terrorista tanto a nivel nacional como internacional, y no porque así lo quisiera el Presidente, sino porque sus mismos actos lo revelaron.

Las memorias de los estadistas tienen como fin último ganarse el veredicto favorable de la historia. Ese veredicto, sin embargo, no se otorga sino en el largo plazo, cuando los hechos generados por sus actos se han decantado, las pasiones apaciguado y sus frutos cosechados. En el caso de Andrés Pastrana, aunque parezca extraño, la opinión positiva que goza el actual Presidente son un anticipo de que aquel veredicto habrá de serle favorable, porque, como ya lo dije, varios de los logros más visibles de esta administración cabalgan sobre las políticas que él dejó diseñadas en su cuatrienio.

“La palabra bajo fuego” debe verse también como un documento que permitirá en el futuro apreciar mejor que la estabilidad institucional del país es el fruto del respeto de sus gobernantes a las leyes y a la constitución. No hubo actuación alguna del Presidente que no estuviera debidamente sustentada en la ley o en la carta constitucional. Empezando por la creación misma de la zona de despeje y su reglamentación, o por las salidas temporales de las cárceles de algunos cabecillas del Eln para efectos del proceso de paz. El apego a la legalidad es algo que, aunque por lo general damos por descontado, es preciso valorar siempre como la esencia misma del Estado de Derecho que nos rige, a efectos de prevenir cualquier tentación autoritaria de los gobernantes.

Se dice que la historia es bueno conocerla para no repetirla. Sin duda “La palabra bajo fuego” abunda en lecciones para quienes en el futuro aspiren a dirigir el país y buscar la paz a través de una negociación. Esbozadas con el mejor ánimo por quién literalmente se la jugó todo por ella.

En uno de los tantos y sabios escolios a un texto implícito, Nicolás Gomez Dávila, escribió: “La historia no tiene leyes que permitan predecir; pero tiene contextos que permiten explicar; y, tendencias, que permiten presentir”. Con la obra que hoy me honro en presentar, Presidente Pastrana, brinda Usted con rigor y con objetividad los elementos del contexto que permitirán explicar, con una perspectiva de larga duración que trascienda la frivolidad del episodio, el difícil cuatrienio en el que, con mano maestra, tuvo que dirigir en aguas turbulentas la nave del Estado, hasta dejarla en puerto seguro. Con esta misma obra, podremos sus compatriotas, corroborar que las tendencias centrales que su obra de gobierno trazó, permiten ahora vislumbrar un mejor futuro para todos los colombianos.

Leyendo su testimonio – el rastro existencial de unos años tan intensamente vividos y mirando en perspectiva ese pasado que en muchos momentos tuve la fortuna de compartir a su lado, con su familia – soporte inamovible de afecto y solidaridad a toda prueba -, me ha venido a la memoria una frase de Castoriadis en la que definió bellamente el don de la prudencia como la facultad de orientarse en la historia. Quiero que esta frase sea el sustento de mi testimonio final en esta noche: el de mi inagotable admiración por quien, ejerciendo a cabalidad el don de la prudencia, nos orientó sabiamente en una coyuntura de nuestra historia colectiva, en el que muchas cosas esenciales estuvieron en riesgo y todas se preservaron para que sobre ellas se pueda ahora construir el porvenir de nuestra patria.

Lugar y Fecha

Bogotá, Colombia
5 de septiembre de 2005