Apreciados amigas y amigos:

El volver a Madrid, a España, ha sido siempre para mí un retorno a casa.

Sin embargo, el regreso de hoy marca un hito de especial gratitud puesto que vuelvo con el fruto de dos años de trabajo en esta ciudad, en la que con mi familia estuve rodeado por el calor y el cariño de su gente.

El discurrir intelectual y político desde la distancia, el consejo y el argumento de los amigos, la belleza y la amabilidad del entorno fueron marco privilegiado para recoger algunos recuerdos antes de sentenciarlos al consabido baúl o, más aún, antes de resignarme al juicio de las amnesias de otros.

Guardo especial y enorme gratitud con sus Majestades don Juan Carlos y doña Sofía, y con sus Altezas Reales, quienes en todos los momentos, especialmente en los más difíciles, han sido solidarios, con manifiesto cariño hacia nuestro pueblo y mi familia.

Del Presidente José María Aznar -quien hoy me hace el gran honor de presentar este cuaderno de bitácora de una nación esperanzada- me honra su amistad personal, marcada por mi admiración de su visión política y sus convicciones profundas.

Su apoyo político, y consigo el de España, fue esencial para mantener el norte en medio de la tempestad de nuestro conflicto interno, circunstancia histórica de la que nos ocupamos en las páginas que hoy les entregamos. Por ello, junto con mis compatriotas, mi eterno agradecimiento.

A todos los aquí presentes, a mi buen amigo Yago Pico de Coaña, a todos muchas gracias por su compañía.

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Hace apenas unos días Camilo Gómez, el gran amigo y consejero que hizo posible –con su fina inteligencia y óptica paralela de testigo excepcional- cuajar en libro tantas reminiscencias, testimonios y cerros de papeles, me expresaba su asombro por los acontecimientos recientes en Colombia.

Su paso por Salamanca tras su labor de Alto Comisionado de Paz quedó en evidencia una vez más cuando sacó a relucir, a propósito de la búsqueda de la concordia en nuestra patria, el ‘decíamos ayer’ de Fray Luis de León al retomar su cátedra tras cinco años de ausencia por cuenta de la Santa Inquisición.

Ese ‘ayer’, fórmula sacramental despojada de sarcasmo pero marcada por la ironía de la Historia, es lo que hace de lo consignado en ‘La Palabra bajo Fuego’ una bitácora en la travesía de la paz de Colombia. Una constancia de los hechos -aciertos y errores- cuyo principal beneficiario es quien posteriormente decide emprender la misma ruta.

Sin duda alguna, Colombia no es el mismo país de agosto de 1998 cuando, en mi primera reunión con la cúpula militar como Presidente de la República, escuché al Comandante de las Fuerzas Armadas, general Fernando Tapias, afirmar tajantemente: “Presidente, la democracia está en peligro. Estamos perdiendo la guerra”.

En ese entonces encontré un país desbaratado en lo económico, al borde de un colapso financiero, marginado en lo internacional y amenazado internamente por guerrillas, paramilitarismo y narcotráfico cruzados, conjugados, enriquecidos y envalentonados frente a unas fuerzas del Estado prácticamente desarmadas.

Pero en este ambiente, en el que la violencia se cebaba en la población civil, Colombia mostró un pueblo valiente, desafiante y decidido a dar la batalla por la paz. En 1997, mediante el llamado “Mandato por la Paz”, más de 10 millones de ciudadanos, la votación más alta de la historia, votaron para que el próximo Presidente buscara acuerdos de paz para poner fin a un conflicto de cuatro décadas.

Mi obligación histórica, entonces, era recoger ese mandato, tarea que asumí fervorosamente con convicción personal y política que incluso puedo decir que llevo en mi sangre.

El interponer la palabra entre las armas y los odios, la razón entre la fuerza bruta y la población civil, el anteponer la búsqueda de la concordia encarnando el anhelo colectivo de mis compatriotas era el eje de una nueva esperanza.

Recurrí, enfrentado a tan descomunal desafío, al recuerdo de mi padre Misael Pastrana Borrero y al consejo de su palabra escrita en 1984 en referencia a la paz firmada en Corinto, Cauca con el M19. “Mi posición personal en referencia al proceso de paz”, decía, “la he expresado con claridad y sin esguinces: soy amigo irrevocable de la paz, y paz con mano larga y tendida, dentro del más riguroso esquema de las instituciones que nos rigen. Ni la paz, ni la tregua, jamás pueden implicar que el gobierno deponga las armas del Estado de Derecho. La paz es para extender, y no para menguar, la juridicidad. Dentro de estos criterios estaré de acuerdo con todo lo que conduzca a hacer más fecunda la reconciliación para despejar el horizonte de nuestra patria, cargado por décadas con los amenazantes nubarrones de la violencia.”

Sobre los cimientos del Estado de Derecho, sin cálculos mezquinos de prestigio o capital político, emprendí el nuevo camino con los ojos bien abiertos, la cabeza fría, el corazón esperanzado y la palabra empeñada.

La palabra, para mí y para los míos, lo es todo. Es la impronta del carácter, la expresión del alma, el sello del compromiso. La palabra es el fundamento de la Humanidad, de la Civilización, del Pacto Social. La palabra que marcó mi gobierno fue el mandato de una voz colectiva y audaz camino de esperanza para salvar una democracia con los viejos y bien labrados pilares que la sostienen.

“‘La Palabra bajo fuego’”, dice el ex vicepresidente y catedrático de Historia de Oxford Gustavo Bell, testigo y compañero del mismo proceso, “debe verse también como un documento que permitirá en el futuro apreciar mejor que la estabilidad institucional del país es el fruto del respeto de sus gobernantes a las leyes y la constitución. No hubo actuación alguna del presidente que no estuviera debidamente sustentada en la ley o en la carta constitucional. Empezando por la creación misma de la zona de despeja y su reglamentación, o por las salidas temporales de alguno cabecillas del ELN para efectos del proceso de paz. El apego a la legalidad es algo que, aunque generalmente damos por descontado, es preciso valorar siempre como la esencia misma del estado de Derecho que nos rige, a efectos de prevenir cualquier tentación autoritaria de los gobernantes”.

Pero el diálogo desde la debilidad militar, política y social es vana labor. Decía Churchill: “No sostengo que nos debemos rearmar para la guerra. Sostengo que debemos rearmarnos para conversar”. Sobre este principio derivado del axioma de la Roma Imperial que dictaba: “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”, emprendimos la tarea de rearmarnos en los tres frentes.

En lo militar, pusimos todas nuestras cartas sobre la mesa. La guerrilla ‘al igual que el narcotráfico y el paramilitarismo- quedó advertida de nuestra intención de armarnos -para la paz o para la guerra- hasta los dientes, como lo habríamos eventualmente de hacer primero con recursos propios para cubrir lo más urgente y luego, tras el trámite legislativo en Estados Unidos, con los recursos del Plan Colombia que tan visionariamente promovió nuestro amigo el presidente Bill Clinton.

Sin embargo, hay quienes -primordialmente el Presidente Álvaro Uribe- no han entendido el orden de los factores en el producto. Con una política apuntalada en el desprestigio de lo que lo antecedió olvida que recibió una Fuerzas Armadas muy bien armadas y argumenta que el diálogo fortaleció a la guerrilla y debilitó a la fuerza pública. Olvida que las Fuerzas Armadas -a las que en los tres meses que antecedieron a mi gobierno la guerrilla secuestró más de 500 soldados y policías- las entregué con la moral en alto y equipadas para lo que más adelante se habría de denominar como Seguridad Democrática.

Pasamos en cuatro años de “Presidente, la democracia está en peligro. Estamos perdiendo la guerra” a un piso firme para avanzar hacia la paz. Las Fuerzas Armadas -que nadie se equivoque- se fortalecieron, se rearmaron, mientras la guerrilla derrochó cínicamente lo que le quedaba de capital político. Eso le consta al país y, aún así, sobre ello se ha hecho mucha política desde otra óptica.

Para rearmarnos en lo económico se procedió a desactivar una verdadera bomba social. El control de la inflación, la baja radical de intereses, el saneamiento del sector financiero que se encontraba al borde del colapso y la reactivación del crédito hipotecario fueron prioritarios. La entidades regionales se recuperaron hasta generar superávit fiscal y la reestructuración voluntaria de la deuda pública permitió aliviar las amortizaciones del futuro cercano.

Las transferencias regionales de recursos se reformaron y se mejoró notablemente la eficiencia del gasto en salud y educación, lo que permitió duplicar para el gobierno central el producido de cualquier reforma tributaria. Se pusieron en marcha las medidas para que despegara la construcción que hoy está jalonando el crecimiento. Se salvó al sector cafetero de la quiebra con subsidios directos y se instituyeron los planes masivos de Jóvenes, Familias y Empleo en acción, pilar de la política social del actual gobierno.

Una evidencia reciente de las bondades de nuestra terapia económica y social de entonces es la venta en la semana pasada del último de los bancos rescatados de la crisis, el cual quedó en manos colombianas por un valor cercano a los mil millones de dólares.

La Política se asumió entonces mirando siempre a lo lejos, con la paz en el horizonte. Se caminó, como en el poema de Robert Frost, por el camino menos transitado. Y siempre con la misma convicción del poeta de que ello hace toda la diferencia. No se eligió la senda de la cosecha inmediata. Cada paso tenía un costo. Costo político por el diálogo, por el despeje, por la violencia guerrillera, por los contratiempos. Las medidas económicas firmes en un entorno social golpeado también pasan su cuenta de cobro. No fue una época de pan y circo. En el argot político y deportivo colombiano se diría que fue una época de desgaste. Pero los gobiernos, como las montañas, decía un ilustre colombiano, se aprecian mejor desde la distancia.

El gobierno que me sucedió optó por otro camino. Mis reservas en cuanto a la calidad y la definición de sus interlocutores siempre han sido públicas. Nunca me convenció la coincidencia de un acuerdo con quienes son en su mayoría narcotraficantes de origen y un proceso electoral por razón de las suspicacias que podían surgir en torno a la garantía esencial de la democracia.

El proceso con quienes se han enmarcado en la criminalidad sin un estatus político se ha hecho a espaldas del país. Sus resultados, como las salchichas, son muy apetitosos para algunos. Y como las salchichas, nadie se atreve a preguntar qué tienen por dentro.

Hoy hay unos resultados para mostrar, pero resulta esencial que se revelen los pactos o, por lo menos las minutas, de lo negociado en la zona de despeje de San José de Ralito en medio de un supuesto alto el fuego que cobró al menos tres mil víctimas civiles en el curso del primer año de conversaciones. Valga anotar que una de las víctimas -combatiente éste- fue nada menos que Carlos Castaño, jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia. El equivalente a que en El Caguán las FARC hubiesen asesinado a alias Tirofijo.

Por encima de todas las adversidades, enfrentándose inclusive a las solicitudes de extradición por narcotráfico de Estados Unidos, el Gobierno llegó a un acuerdo. La diferencia de San José de Ralito y San Vicente del Caguán reside entonces en que en el primero no se conocieron las conversaciones pero se pactó, mientras en El Caguán la agenda y las discusiones eran de cara al país pero se rompieron las conversaciones. No hubo acuerdo, ni pacto, ni concesiones posteriores. Basta revisar la bitácora que hoy les presento.

Queda también en este registro de viaje constancia del Acuerdo Humanitario y el intercambio -en tres días de despeje de una zona acordada mutuamente- de 14 guerrilleros presos por cerca 350 soldados secuestrados durante el gobierno anterior. En Colombia se da hoy una circunstancia paralela y podríamos decir, parafraseando a Santayana, que vale la pena recordar la Historia para repetirla.

El Acuerdo es sin duda una llave o un preámbulo para una mesa de conversaciones ahora que la audacia parece haber sobrepasado a la prevención. Lo importante hoy es no sólo la voluntad política sino la voluntad misma. La simple gana de lograrlo.

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El vivir a Colombia es una aventura apasionante. Las angustias y las satisfacciones, la expectativa de futuro, los contrastes y los colores, el dolor y las penas, la esperanza y el optimismo de nuestra patria son mágicos, intensos más allá, a veces, de lo que creemos posible.

‘La palabra bajo fuego’ es el registro de un país intenso y de sus contradicciones. Pero al mismo tiempo es un testimonio franco de esperanza entregado en caliente. Recién salido del horno de los hechos. Una visión particular de momentos únicos, controvertibles y controvertidos, defendibles y –poco a poco, a medida que se amplía el horizonte- defendibles y defendidos.

Al recoger documentos y recuerdos comprendimos que en la Historia hay momentos irrepetibles en los que una palabra, una entonación, una mirada, un gesto, cambian el curso de los acontecimientos. Estos detalles hacen del testimonio en primera persona un aporte singular del que surgen intimidades de los hechos y de las motivaciones que los moldearon.

Este testimonio que dejo ahora en sus manos es un testimonio de una búsqueda de la paz convencido de que en los momentos más difíciles de nada vale la cabeza si no se pone al empeño todo el corazón.

Lugar y Fecha

Madrid, España
16 de octubre de 2006