Lo he dicho en varias oportunidades. Si hubo un aspecto importante que estuvo ausente en la campaña presidencial de 1998, cuando fui elegido Presidente de Colombia, fue el del sector financiero y cooperativo. Ese no fue un tema de debate porque el país no estaba consciente de la grave crisis que se vivía en este sector crucial de la economía, si bien todos entendíamos la urgencia de bajar unas tasas de interés que superaban el 50 por ciento efectivo anual y que hacían imposible e impagable cualquier crédito y, por consiguiente, cualquier inversión.

Cuando asumí la Presidencia encontré que la crisis era mucho mayor que la que cualquiera pudiera imaginar y constaté con alarma que, prácticamente, el sector financiero y cooperativo se encontraba oscilando al borde del abismo, que no era otra cosa que una crisis sistémica como la que jamás había conocido la economía colombiana.

Nos preocupó la salud del sistema financiero, por supuesto, pero no sólo por él en sí mismo, sino por lo que significa. Un sistema financiero es mucho más que bancos y banqueros, mucho más que grandes edificios y mesas de dinero: sus verdaderos componentes son las millones de personas comunes que depositan su fe y sus recursos en él, son los millones de ahorradores y cuentahabientes, al igual que todos aquellos que confían en obtener un crédito para su empresa o para su hogar.

Así que cuando decidimos salvar el sector financiero y cooperativo de una inminente crisis sistémica, comenzando por la declaratoria de una emergencia económica y la creación del impuesto del 2 por mil, lo hicimos pensando ante todo en su cara humana, y entendimos que, más que bancos o cooperativas, estábamos salvando los ahorros de toda una vida, los recursos líquidos y la vivienda de los colombianos.

Además, no era cualquier crisis. La banca privada, la banca pública, la banca hipotecaria y las cooperativas estaban todas en una grave situación de inestabilidad y pérdidas acumuladas. Día tras día se oía hablar de una nueva entidad intervenida o liquidada, y de cientos de usuarios arremolinados frente a sus puertas y averiguando por sus depósitos. Para revertir esta situación teníamos que obrar con presteza, con decisión y con responsabilidad, y así lo hicimos.

Por supuesto, la resolución de la crisis conllevó, como en tantos otros países que la han enfrentado, importantes costos para el fisco, pero nunca excesivos frente a los beneficios de estabilidad que se obtuvieron.

En total se desembolsaron cerca de 1.5 billones de pesos en alivios a los deudores de la banca hipotecaria, 5.7 billones para el saneamiento y reestructuración de la banca pública, y 1.4 billones en créditos a los accionistas de la banca privada para el saneamiento y capitalización de sus entidades. En suma, tuvimos un costo fiscal neto cercano al 4.2% del PIB.

Si comparamos con el costo que evitar una crisis financiera tuvo en otros países, vemos que Argentina gastó más del 50% del PIB en 1980, Indonesia gastó el 50% en 1997, Chile el 40% en 1991, e incluso países como Venezuela, México, Brasil, Finlandia, Noruega y España tuvieron también costos superiores al porcentaje que tuvimos que pagar. Únicamente Suecia puede preciarse de haber gastado menos en el salvamento de su sector financiero que Colombia, lo que demuestra que obramos con eficiencia y optimización de recursos.

Y reitero una idea que es fundamental: salvar el sector financiero es mucho más que salvar la banca. Lo que hicimos fue salvar los ahorros de millones de colombianos y la vivienda de más de 800 mil deudores del sistema hipotecario. Sin duda, apreciados amigos, fue una inversión que valió la pena.

Lo hicimos con audacia y firmeza, generando una nueva y sana estructura en el sector financiero, que hoy vuelve a producir importantes utilidades y a generar crédito.

En la banca pública, por ejemplo, tomamos decisiones tan drásticas como la liquidación del Banco Central Hipotecario y del Banco del Estado, o la transformación de la vetusta y corrupta Caja Agraria en el moderno y eficiente Banco Agrario, que hoy es el mejor aliado de los campesinos.

En cuanto a la banca privada no es cierto, como algunos pretendieron, que hayamos socializado sus pérdidas. Lo que hicimos, a través del Fogafín y con el camino normativo que despejó la reforma financiera de 1999, fue prestar a los bancos y corporaciones para que se capitalizaran y así pudieran responder con mucha mayor solidez ante los requerimientos de sus usuarios. Nada se regaló. Fue un apoyo eficiente y nada más.

¿Y qué logramos? Que Colombia no tuviera que pasar por la pesadilla de una crisis sistémica que parecía inevitable. Que jamás un colombiano cualquiera fuera a un banco a cobrar un cheque y le dijeran que el banco no tenía fondos para responder o encontrara las puertas cerradas. Que jamás un colombiano fuera a un cajero automático y se encontrara con que estos no estaban desembolsando por falta de liquidez en el sector. Eso nunca ocurrió ni ocurrirá, gracias a la gestión responsable que se realizó en el cuatrienio pasado.

Además, con las medidas de salvamento al sector financiero y otras específicas en el tema de la vivienda, salvamos –como ya dije- el hogar de más de 800 mil deudores hipotecarios que estaban a punto de perderlo. Se cambió un UPAC atado a unos intereses inalcanzables por una Unidad de Valor Real –UVR- que no crece por encima de la inflación, y por primera vez en la historia del país, el Gobierno realizó desembolsos para ayudar a pagar la deuda de vivienda a miles y miles de colombianos, que vieron asombrados cómo sus saldos disminuyeron y sus cuotas se hicieron más razonables.

Si hay algo que me enorgullece de mi labor de Gobierno es lo que hicimos en el sector financiero y cooperativo, en el salvamento de la vivienda de los colombianos y en la reactivación de la construcción que ya se vive. Por eso me siento muy feliz al poder acompañar hoy a Héctor José Cadena Clavijo en el lanzamiento de un libro que recoge, bajo su pluma autorizada, buena parte de este proceso fundamental para la estabilidad y el futuro del país.

Héctor José Cadena, quien se desempeñó como Director del Fondo de Garantías de Instituciones Financieras –Fogafín- durante los últimos años de mi Gobierno, fue, sin duda, no sólo testigo, sino principal protagonista de esta labor de fortalecimiento y dinamización de la banca pública y privada que hoy mostramos al país como uno de los más importantes legados de mi administración.

Fogafín, bajo su dirección, se convirtió en una doble fuente de beneficios: por una parte, en la institución que garantiza a los usuarios del sector financiero el reembolso de sus dineros en casos de emergencia, y por otra, en la fuente de financiación oportuna de la banca, que siempre estuvo atenta a dar la mano a aquellas entidades que demostraron su voluntad de afianzar su solidez, con el esfuerzo correlativo de sus accionistas.

Héctor José Cadena, que cumplió esta importante labor en Fogafín, tendrá en este nuevo Gobierno la inmensa responsabilidad de dirigir los destinos del Instituto de Seguros Sociales, por cuyo saneamiento y fortalecimiento trabajamos tanto durante mi cuatrienio. Sin duda, transitará este sendero con la misma seriedad y buenos resultados que demostró en su trabajo por el sector financiero.

Por todo esto, al tiempo que le deseo los mayores éxitos en su gestión al frente del Seguro Social, por el bien de todos los colombianos cuya salud y pensiones dependen de él, quiero expresarle a Héctor José mi efusiva felicitación por el libro que hoy presenta, testimonio de un esfuerzo monumental que nos enorgullece, como enorgullece siempre el deber bien cumplido.

Nos alejamos del abismo, queridos amigos, y caminamos con paso sereno y seguro hacia tierra firme. ¡Qué mejor legado para el futuro!

Muchas gracias.

Lugar y Fecha

Bogotá, Colombia
23 de agosto de 2002